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De pequeño prefería las piscinas al mar. Mis padres aceptaban las invitaciones de tiempo compartido en los resorts porque era la única manera de irnos de vacaciones. No sé si eran los lentes Ray-Ban colgados de la chemise o esa manera que tenía papá de caminar en el centro comercial como si los pies se le fueran a despegar del piso en cualquier momento; pero unos promotores en bermudas le ofrecían fines de semana gratis en la playa con la esperanza de venderle alguna acción, aunque hacía meses que no iba a la oficina.
Yo quería que esta vez saliéramos al amanecer para aprovechar el día, pero papá se despertaba a las nueve de la mañana y recién empezábamos a hacer las maletas. Él preguntaba a gritos por su Speedo azul y mamá respondía desde el cuarto de Martina que por qué mierdas tenía ella que saber dónde estaba su Speedo azul y así, hasta que el sol del mediodía nos alcanzaba en la carretera. Podía jurar que en cualquier momento el latón de la carrocería haría crac y moriríamos quemados.
Este era el sexto viaje que hacíamos en nuestra pequeña operación. Faltábamos al colegio entre semana, pero teníamos que usar mucho protector solar para no regresar a clases bronceados. Ya éramos habituales en el escenario. Apenas llegábamos al hotel, nos soltaban como a unos animales salvajes mientras mis padres se sacrificaban en una salita de cortinas polvorientas donde un hombre en traje hablaba de las maravillas de ser accionista de Las Olas Resort. Dos señoritas con prendedores de estrellas de mar repartían contratos entre los asistentes. Papá fingía fascinación, mamá resistencia. Se cuidaban de no firmar nada, tomaban los cócteles de cortesía y luego nos encontrábamos en el bufé para el almuerzo gratis.
No pasábamos más de dos días en el resort para no pagar la noche extra y la regla era no hacer nada que implicara un costo adicional como abrir las chucherías del minibar o partirnos la cabeza. Después del almuerzo, mamá nos hacía quedarnos quietos en la mesa por treinta minutos porque creía que a los niños se les deformaba la cara si se sumergían durante la digestión. Papá se pasaba de tragos en la comida y el aura de fresco le salía disparada por la coronilla. Yo me ponía nervioso, pensaba que nos iban a descubrir y que el dueño del resort reprendería a los promotores del centro comercial por haber invitado a gente como nosotros. Esta vez, apenas terminamos la comida, mamá agarró la caja de Belmont y nos llevó a la terraza a ver el mar. Papá se quedó en la mesa, despegando la servilleta mojada del vaso con la punta de los dedos.
El humo del cigarrillo se confundía con la brisa marina y el Caribe me pareció un lodazal. En esa parte de la costa la arena era oscura y las olas formaban una espuma sucia llena de algas y troncos. Cerca del horizonte se veían unos claros aguamarina que llegaban hasta La Tortuga donde yo imaginaba que habían filmado la película de los niños que viven solos en una isla, se enamoran y tienen un bebé. Papá decía que esa película no era para menores, pero mamá nos dejaba verla. Se le salían unos lagrimones al final cuando el barco los encontraba.
Martina dijo vamos a la playa pero yo sabía que mamá no estaba de humor, los viajes por carretera la ponían amarga. Así que llevé a mi hermana a las canchas donde había unos hula hoops tirados al lado de unas pelotas. Lancé unas canastas, pero me aburrí rápido. Estábamos solos. A esa hora, el sol sobre el asfalto quemaba la vista. Calculé que había pasado media hora y nos fuimos a la piscina con los trajes de baño bajo la ropa. Martina era alta para su edad, pero yo cuidaba que no se pasara a lo hondo.
Cuando estábamos bien arrugados, apareció mamá con unas toallas secas. Se había puesto una falda amplia, una camiseta blanca y unas sandalias de corcho. Traía el pelo en una cola alta y un poco de ánimo. Después de quitarnos el cloro, cenamos en la habitación unos sánduches fríos con jamón y queso que trajimos de casa. Desde el balcón se escuchaba el mar, una gran masa negra en movimiento. Fuimos al salón del bingo a buscar a papá que estaba instalado en la barra. Mamá dijo mejor vámonos a la playa. Martina se emocionó aunque le expliqué que no podría bañarse porque ya era de noche y se la podía tragar el kraken. Esperé el no le metas cosas en la cabeza a tu hermana, pero mamá no me escuchó.
Las antorchas clavadas en la arena dejaban en el aire un rastro de querosén. Las familias se sentaban cerca de la luz, como luciérnagas atraídas por el fuego. De cerca, aquella negrura tenía otra forma. La costa estaba iluminada por las luces de los hoteles y se curvaba hacia adentro como la casa de un caracol. El mar estaba plácido y parecía que el aire se hubiera limpiado del asco del día. Mamá se soltó el pelo para mostrarle a Martina hacia dónde soplaba el viento. Luego se sentaron en la arena y mamá inventó una canción sobre los peces mientras yo recorría la orilla dibujando un surco con un palito. Entonces escuchamos el grito. Venía del mar.
El chico llegó a tierra con la muchacha en brazos. Lloraba como si le hubieran arrancado una extremidad. Pensé en la escena del tiburón en la película de los niños náufragos y busqué algún rastro de la aleta en el agua.
Acostada en la arena, la chica lloraba con la cara entre las manos. Conté dos brazos y dos piernas, así que descarté al tiburón, pero vi en su muslo izquierdo unas líneas rojas, largas como latigazos. Una de ellas se hundía en la piel más profundamente que las otras, abriéndola en canal. Pronto hubo un grupo alrededor de la pareja. Un señor canoso se arrodilló frente a la herida y retiró una ventosa transparente con la ayuda de un vaso de plástico. El trozo de criatura se deslizó hasta el fondo con un sonido que imaginé pegajoso.
Probaron una cura de arena, también le echaron agua dulce, pero los alaridos eran más fuertes a cada contacto con la herida. Entonces un hombre dijo que la toxina le iba a llegar al corazón. Alguien más comentó que solo las de Australia eran mortales. Se la llevaron cargada entre varios, casi corriendo.
—¿Qué le pasó, mami? —preguntó Martina.
—La picó una aguamala, mi amor.
—¿Y le duele?
—Le duele horrible.
—¿Se va a morir?
—Claro que no.
Cuando volvimos a la habitación compartida, mamá se acostó con Martina en la parte de abajo de la litera. Yo subí al segundo piso con los pies llenos de arena y me dormí pensando en el tentáculo gelatinoso, ¿dónde estaría ahora, seguiría dentro del vaso o lo habrían regresado al mar?
*
Me despertó el resplandor naranja sobre el ventanal del balcón. La cama matrimonial, como otras veces, seguía vacía. Tomé unas toallas para reservar las tumbonas al borde de la piscina y después corrí a la playa. El aire era nuevo. Habían puesto unas cintas amarillas de no pase entre las palmeras y las antorchas. Más allá, en la orilla, el amanecer se reflejaba en una alfombra de aguamalas. Ojos vidriosos salidos de sus cuencas, depositados con cuidado sobre la arena, formando unos iris diminutos que se movían con la luz. Pensé que era una ofrenda del mar, pero enseguida me pareció una advertencia.
—A veces los animales se vuelven locos —dijo papá como única explicación en el camino de regreso—. Hoy en la noche empezarán a pudrirse y van a tener que enterrarlas en la arena. Jamás compraría una acción en ese lugar.
Nadie contestó.
Mamá miraba el coletazo del atardecer en el retrovisor.
Cuento participante en la primera edición de El Editor Invitado,
a cargo de Óscar Marcano.