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En 2016, en Iowa, Hensli Rahn cruzaba el campus con una guitarra en una mano y la laptop en la otra. Éramos treinta y cinco escritores de distintos lugares del mundo en el International Writing Program y los dos venezolanos de aquella edición. Ambos habíamos publicado nuestro primer libro de cuentos en 2014. Nos intercambiamos los libros. Años después, cuando publiqué mi primera novela, Hensli escribió el texto de contraportada.
Hay algo más que debo decir. Entre 2023 y 2024 Hensli me fue pasando versiones de algunos de estos cuentos y yo le devolví comentarios. Vi cambiar varias de estas páginas. Quien quiera descontar de aquí lo que crea justo puede hacerlo. Distancia no puedo ofrecer.
Grabaciones encontradas (Bokeh, 2026) empieza con cuatro palabras: “La palabra es sonido”. La primera escena ocurre en un estudio de grabación. La última habla de todo lo que se tacha y desaparece.
En “Los conectores”, el primer cuento, un ingeniero alemán y su asistente graban en Venezuela el disco de regreso de un viejo cantautor llamado Atilio. Al terminar las sesiones, el representante exige borrar los archivos del computador y se lleva la única copia en un disco duro. El álbum nunca se publica. Atilio muere y, con los años, el poder se apropia de sus canciones.
Mucho después, ya trabajando en un estudio de Berlín, el narrador recibe un video grabado con un celular durante las protestas venezolanas de 2014. Entre la distorsión y los golpes reconoce la música. Es Atilio. La canción sale de un parlante sujeto con mecates a un vehículo militar mientras los uniformados avanzan contra los manifestantes. La voz grabada de un muerto usada para callar a los vivos.
Ahí está buena parte del libro.
En el estudio berlinés, el narrador describe los cables que conectan parlantes, audífonos y equipos. Algunos siguen curvas ordenadas, otros forman una maraña. Son hilos que comunican tiempos y lugares a través del sonido. El libro hace lo mismo con Venezuela y Alemania.
En “Los restos” nos enteramos de un ente del gobierno encargado de corregir los discursos oficiales y administrar sus residuos. El narrador termina preguntándose adónde va todo lo eliminado. La respuesta es una “fosa léxica”, un lugar donde se acumularía aquello que ha sido expulsado del relato. Allí trabajó Daphne Peled, una filóloga francesa. Los medios, decía en una grabación, reproducían en cadena la flauta de “ese Hamelín militarizado”, y la sociedad quedaba reducida a ratas guiadas por un sonido del más allá. En diciembre de 2013 le escribió a su mamá que se había convertido en madre, y adjuntó la foto de dos ratas en un desagüe. Cuando su mamá llegó por fin a Caracas, se asomó al balcón y encontró la silueta de su hija dibujada en tiza sobre el pavimento.
En otro cuento, el hombre que llegaría a hacerse grabar nueve horas diarias aparece en 1978, todavía subteniente en el Catatumbo, cantando joropo.
En “Las correcciones”, la operación se vuelve fantástica: un corrector descubre que las palabras cubiertas con típex pueden desaparecer también del mundo. Primero ocurre con objetos insignificantes. Después aparecen nombres de personas que fueron corregidas antes de desaparecer.
La preocupación por el archivo atraviesa la obra. Abelardo Sanjuán, el pintor ciego de “El regreso”, retrata a las personas escuchando solamente el timbre de sus voces. A un estudioso del joropo lo convierte en un arpa; a su doctora, en una casa enorme donde cabe mucha gente. Hensli despacha el hallazgo en un párrafo, sin subrayarlo. Ese mismo estudioso lamenta que el joropo carezca de un centro, una biblioteca, un archivo. El detalle queda allí y empieza a resonar con otras ausencias del libro.
En “Los silencios”, un narrador que ha heredado los diarios de un periodista venezolano exiliado viaja hasta el Instituto Iberoamericano de Berlín a consultar los tomos de El Nacional de 1992. Falta el de febrero. Ningún bibliotecario sabe por qué. Poco a poco se dibuja algo mayor. Un país sin archivo, o con demasiada gente ocupada en corregirlo.
Porque en Grabaciones encontradas casi siempre hay alguien tratando de averiguar algo. Cintas que revisar, documentos perdidos y testigos a los que alguien intenta encontrar. Una fuente deja de responder y hay que perseguirla durante años. Hensli ejerció el periodismo y esa manera de mirar ha pasado a su ficción. Sus narradores levantan expedientes incluso cuando lo que investigan pertenece ya al terreno de lo fantástico.
Él mismo entrega una pista. En la Addenda define el cuento como “la investigación de un instante”. Lo que queda después es un reporte final, aunque siempre sobrará algo. Un excedente, dice Hensli. Algo vivo que se escapa del procedimiento.
Conviene decir también qué clase de libro es este. En cada uno de los once relatos hay un artista: un músico, un pintor, un poeta, una fotógrafa, un cantante, un escritor. La literatura y el arte están siempre presentes. Es una manera de entender el cuento que privilegia la mirada sobre la peripecia, y quien venga buscando personajes que se muevan y tramas que se cierren va a encontrar, en cambio, atmósfera, oficio y pregunta. Hensli escribe desde la literatura y sobre quienes la hacen. Esa es su apuesta, y la sostiene durante todo el volumen.
Grabaciones encontradas es un libro mejor construido de lo que su brevedad deja ver. El método le da unidad a once relatos escritos a lo largo de siete años, aunque en algunos el mecanismo se haga más visible que en otros. “Las fuerzas ocultas”, por ejemplo, construye con mucha eficacia la atmósfera alrededor de una boda en las afueras de Caracas, y esa atmósfera termina ganando más fuerza que aquello hacia lo que parece conducir el cuento.
“La explosivista” es quizá el ejemplo más extraño porque sucede lejos de Venezuela y podría parecer ajeno al conjunto. Una mujer alemana conduce de madrugada hacia la residencia donde vive su madre anciana mientras una cuadrilla trabaja en la desactivación de una bomba de la Segunda Guerra Mundial. Bajo esa ciudad ordenada siguen enterrados los restos de una catástrofe ocurrida muchas décadas antes. La diferencia es que allí alguien sabe dónde está la bomba y va a sacarla. En el resto del libro, lo que se entierra no vuelve a aparecer. Hensli se arriesga aquí a sacar el cuento de Venezuela y le sale bien.
Doce años separan Grabaciones encontradas de Dinero fácil, y la espera valió la pena. En aquel libro estaban la Caracas inmediata, la jerga, los liceos, la irreverencia. Este fue escrito después de muchos años fuera, y se nota: es más controlado y también más europeo. Si aquel sonaba a ensayo en un garaje de Caracas, este suena a disco masterizado en Berlín. La distancia ha cambiado su mirada. Venezuela sigue allí, solo que ahora Hensli la mira desde un archivo, una grabación o la conversación interrumpida con alguien que también se fue.
Por eso el título es tan preciso. Una grabación encontrada supone que antes estuvo perdida.
En “Mensaje a un amigo”, Hensli escribe desde Alemania sobre dos viejos panas venezolanos. Uno terminó en México y otro en Australia. Después de más de una década vuelven a escribirse por WhatsApp. La conversación dura poco, las vidas nuevas vuelven a imponerse y los mensajes empiezan a espaciarse. Lo que permanece entre ellos es algo que Hensli llama “el hilo conductor del silencio”.
Pienso de nuevo en Iowa. En 2016 Hensli ya vivía en Berlín y yo todavía regresaría a Caracas. Cuatro años después me tocaría irme también. Ahora leo este libro en Madrid, diez años después de aquellos días en que nos intercambiamos nuestros primeros libros de cuentos. Entre una cosa y otra se pierden demasiadas cosas.
Algunas, por suerte, alguien las graba.
Una lectura del libro de cuentos Grabaciones encontradas, de Hensli Rahn Solórzano