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Háblame de la primera vez que viniste a la ciudad

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La primera vez la ciudad me produjo espanto. A lo largo de mi vida, siempre soñé con ella. Pero desde la distancia, pensaba que la ciudad era un manto de flores extrañas, que envejecían en el silencio de los jardines y en los maceteros verdes de los balcones.

No había manera de que mi percepción de la ciudad fuese distinta a la de un paisaje desbordado de tardes y amaneceres aleteando sobre los techos de los edificios, como niños-cometas en las azoteas.

Ahora mismo recuerdo una benigna corriente de aire entrando por el abra oriental de aquella villa en la memoria, que limpiaba de malos olores y podredumbre la transparencia de la luz.

Cuando llegué a la ciudad por primera vez, exaltado por el destello de una visión obtenida a través de la pantalla de un televisor, no solamente fue imposible ver la mugre de la gente en sus calles; tampoco pude defenderme del rastro que manaba salivoso por la comisura de sus labios.

Sobre todo, de sus labios nocturnos, a los que acabé besando con asombro, cuando su lengua, como una fogata inmensa, se quemó en el naufragio de mi boca.

Llegué a creer que eran besos para seguir besando.

Ella me lo advirtió desde el comienzo “No te enamores de mí, que te puedo hacer daño”. Y eso fue suficiente para quedar atado a sus verdades y a sus trampas.

La ciudad, entonces, dejó de ser un lienzo virgen, para mostrarse tal cual era. En las arenas movedizas de sus calles, su voz, como un graznido de matrona, trepó las escaleras de mi cuerpo hasta el fondo impúber de un callejón ciego.

Y me ocurrió, como le ocurre a quien llega a la ciudad con sentidos ofuscados. Después de un tiempo en la ciudad, la ciudad me sumergió en su pubis de niebla.

No obstante, busqué un lugar en donde limpiar los granos del sol de la tarde, para intentar que el reloj de arena no se derramara. De cuando en cuando a ella se le escapaba un te quiero que no sentía, y de su garganta surgían ciempiés como aguijones de bruma.

Pero fue imposible no convertirme en un pez gateando en la corriente; un fantasma que deambulaba con el rictus de la rabia y la vacilación, alimentado por un polvillo blanco en las noches temblorosas de lluvia.

Sobre todo, en las noches debajo de los puentes, cuando el tiempo se congelaba de frío. Allí mi vida fue una imposible fogata en la ceniza.

Para no desfallecer, el río de mi sexo entraba en las cavernas de la ciudad, y la esperanza del amor se hacía agua y piedra, bajo el puente como torrentera y hendidura.

Había otros como yo, que acostados como pilastras de una urbe frustrada, suspiraban cual pájaros nocturnos, húmedos de río, mientras la espuma del sexo gemía sobre el agua.

Tanta intemperie me resecó el alma, y en el laberinto de las celdas, —en el nudo de su horca—, comencé a beber, en tragos amargos, la imposición de otras compañías.

Perdí la inocencia, y la ciudad comenzó a mirarme con recelo a través de las mirillas de las puertas; desde las fotos de las últimas páginas de los periódicos, y a través de los vidrios de los transportes públicos, en cuyos ojos, se demoraba el reflejo de alguna cortesía y se apresuraba el afán de una mala palabra.

La estática de los televisores, —ahora encendidos en las estanterías comerciales a las tres de la mañana—, ya no ambicionaba una imagen fidedigna de la ciudad.

Una noche me detuve asombrado a mirar un maniquí desnudo tras el vidrio de la tienda. Luego de robarlo, busqué en la etiqueta: la desnudez no tenía precio.

Hoy tengo aquella foto entre mis manos. ¡Somos nosotros!, con la nariz sucia de un polvo blanco. Envueltos en un polvo blanco de pestañas, manos, pelos, axilas, gestos y palabras. De pie sobre la alcantarilla, listos para absorber y verificar el tacto suave de su presencia, como un veneno inhalado.

Yo respiraba un gramo; ella respiraba otro. Era el testimonio del deterioro y del amor. El polvillo que manchaba la foto, imponía al mísero presente, la imperfección de los recuerdos.

Hoy esos recuerdos contaminados de sus huellas digitales, desvirtúan la copa de aguardiente, de la que también bebíamos, como registra la evidencia policial.

Hoy miro la foto. Es el rostro de una mujer que se sabe amada y odiada. Hace meses que nos hicimos este retrato, apretujados en una esquina mientras llovía, y mientras yo dosificaba el polvo de la alcantarilla por mis fosas nasales.

Miro la foto. Es nuestro retrato. Y aunque mi intención no fue incriminarla en un delito pasional, el titular de la última página del periódico, le atribuyó mi muerte.

El periódico dijo que una sobredosis de ciudad fracturó mi cuello con la caída desde el puente. “Un sonido seco, —dice la nota—, borró el dulce espejismo que los unía. Mientras el cuerpo yacía sobre el pavimento, el río entraba y salía por su boca”.

El visor de la cámara digital fijó la frialdad de mi cadáver. La ciudad, desde sus puentes, ve cómo la lluvia borra la evidencia.

 

Cuento incluido en el libro La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos (El Taller Blanco Ediciones, 2021)

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