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Pero ved los brazos. Bien prendidos están. Vienen minando la tierra de generación en generación. Y tan lejos de las minas.
Bañándole los ríos del oro de la superficie. El oro manoseado y babeado que corrompiera conciencias y comprara mujeres.
El que subió hasta la boca de los poderosos y tembló en el pecho de las resinas… Y estoy en contra de ellos pero voy con el viento del Este y nadie me ve.
Fue un minuto simple, monótono, cuando me detuve… Si a esto me dejan llamarlo quietud.
Sería un resto de nube maligna, un ruido de pezuñas o una pupila sola, eternamente abierta y atormentada de luz, cansada de mirarse en el espejo de Dios, estirada por dos continuos soles o dos inmensas voces que echaban maldiciones…
Era algo que desconocían los hombres, que venía de los ecos y los gritos… caí en su vientre. Luego, la placidez: ¿Cansancio de la gula?
El caso es que todos tienen el mismo cansancio de oro, los mismos rasgos beatíficos y la misma mano para bostezar…
Mientras, la tierra espía su polvo de gusanos. Ella es la única que sabe, porque está acostumbrada al milagro de las hojas. Yo también sé, por eso no entiendo a las otras mujeres… Porque no perciben nada… y se quedun ausentes, en el preciso instante en que se les encima.
II
Es siempre bonito ver a una mujer preñada, es cuando se les ve mejor la ignorancia, la simpleza del papel ridículo que hacen… Algunas no saben ni parir, mientras que otras se apresuran a escupir con toda el alma eso que les estorba.
Asi es como vengo matándome de pensar en esta mujer que dicen que se lo debo todo. Y pensándolo bien, es simplísimo. A veces ella sacude las nubes cuando les pasa cerca y espanta las mariposas, tan bonitas y seca la lluvia que me cae en los hombros.
Al asomarme al agua para verme la cara empecé a reír contra las piedras de la orilla… Y no era yo, no señor. Yo estaba llorando por dentro… ¿Cómo podemos tener tantos rostros?
Pero ya no quiero morirme, eso no. Quiero ver muchas cosas… Que mi madre muera, o que no se muera, dejarla bien hondo en la tierra, en un hoyo muy lejos, no se le vaya a ocurrir salir otra vez. Porque algunos aseguran que salen muy ligero. A ver, ¿cómo era mi madre?
Sólo me acuerdo de sus dientes. Sí, eran como un animal que yo he soñado… ya quisiera acordarme. Sé que lo primero que vi fueron aquellos dientes…
Es entonces cuando me pongo a mirarla desde lejos. No la pierdo de vista y no es miedo, me divierte. ¡Tan blancos, tan lindos eran sus dientes, parecía que fuera a saltar agua de ellos! Con ellos también besa a mi padre, entonces tengo miedo porque parece que lo fuera a morder.
A mí nunca me acaricia, yo creo que me odia, y que me quiere él o porque soy bonita, o porque no me parezco a ella. Es que nunca hago lo que ella quiere. Es uno de mis grandes defectos, hacer lo que me da la gana. Pero, ¿seré yo? No será que ella sigue a través de mí? ¡Ni yo misma puedo Conmigo! Por más que todo el mundo se ría. Y lo digo hasta riéndome de mí. Porque eso también es mentira. Nadie ríe bien, nadie rie completo, Tal vez yo allá en el templo…
III
¡Cuántos años tendría queriendo desenterrar la tierra de estos árboles! Sus brazos no la dejan caer. Porque es el humo de su cabeza, sutiles vuelos…
Lo etereo, lo que no compone nada: el humo.
Del libro: Paginas de un diario olvidado y otros relatos [1916-1956] (Monte Avila, 2012)