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Ese adolescente de camisa y pantalones blancos, que se inclina levemente sobre su guitarra y de cuyo hombro derecho cuelga un elegantísimo sarape rojo, es una mujer y debe andar por los cuarenta años: Chavela Vargas. Solo ella puede atreverse a vestir así y cantar sin maquillaje en esos años 1950. Era la más terrible, original y exitosa diva de la canción mexicana; excluyó al mariachi para apoyarse en la exquisita y quejumbrosa guitarra de Antonio Bribiesca. Triunfaba sobre los ídolos de la década (Jorge Negrete, Pedro Infante, Aceves Mejías, Lucha Reyes, Lola Beltrán), cantando a veces sus propias canciones y un selecto repertorio dedicado a las mujeres. También cosas de Cuco Sánchez y aquella pieza incomparable: «No volveré». Sus oyentes han constituido un refinado público de despechados y seguidores de rancheras.
Alguien me dijo que había nacido en Costa Rica: su inmensa popularidad invadió a México, Colombia, las Antillas y Centroamérica. En Venezuela casi no se escuchaba.
Vi su legendario disco de larga duración, con la foto de los pantalones blancos, a mitad de los sesenta, en manos de John De Abate. Y desde entonces fui su adicto.
Con deleite la escuché en los audífonos de un avión de Aeroméxico en 1972. Y enseguida corrí a verla en el show de un principal hotel de Ciudad de México, durante el cual —mundo de reflejos— la introducción al espectáculo estaba realizada por una ambigua figura, cuya carrera como cantante empezó entonces, y que regaba pieles brillantes sobre los hombros: Juan Gabriel.
Iracunda, enamorada, borracha, con su ronca voz de durazno, Chavela Vargas ha sido durante décadas un misterio y una complicidad. Es «la voz imperativa del deseo y la voz insondable del desamor», como afirma su estudiosa Chantal Steimberg (La Jornada, México, 1991). La he escuchado evocar su infancia campesina:
Me soltaron como a un animal. Y yo comía la mejor fruta de los campos. Raíces, verduras crudas, frutos. Por eso es la salud que tengo. Me dio cáncer, peleé con él. Lo vencí. Inventaba hojas de aguacate fritas. No le tenía miedo a los animales.
Cantó con los gitanos en Granada y fue amiga de Melina Mercouri: también de toda la inteligencia mexicana. Pero las mujeres, el trago y el desorden la llevaron al caos. Perdió su Alfa Romeo, que conducía vertiginosamente, su casa con piscina. Un último amor la condujo al retiro.
En el año 91, dos personas me hablaron casi al mismo tiempo de Chavela Vargas. En México, el escritor Sergio Pitol, que acababa de escucharla emocionado la noche anterior en El Hábito (muy cerca de la plaza de La Conchita en Coyoacán). Y Soledad Bravo, en su casa de Caracas, mientras tomábamos un trago con Jacobo Borges. Soledad quería traerla para un concierto que darían juntas acá. Chabela luce la fuerza de sus ochenta años («No esperes que nadie te dé la felicidad. ¡Compártela!») y sigue siendo un centro secreto de la canción mexicana. Sin ella no sería posible la música actual, en la que se canta deliberadamente al clítoris, al basurero del sentimiento, como lo hacen las nuevas voces de Liliana Felipe y Paquita la del Barrio.
(El Adelanto, Salamanca, 29 de enero de 1995)
Del libro Play B (Fundación para la Cultura Urbana, 2016).