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A veces recuerda la fiesta donde lo conoció, apenas escuchó su nombre entre el barullo de voces y canciones… Mikel. La música resonaba en cada pared de la casa de su amiga. Ella se presentó mientras recargaba su trago y miraba hacia el fondo en busca de sus amigas: «Soy Karen, un gusto». La noche avanzó y volvieron a juntarse, ahora con un grupo de amigos en común, risas iban y bromas venían a la par de bailes y brindis. Fue una buena noche.
Después de esa fiesta vino el papeleo para la universidad, el viaje y las preparación para conocer una nueva ciudad. Se despidió de sus amigos, prometiendo volver en lo que nomás terminara el semestre. Las clases reclamaron su tiempo, llegaron nuevos amigos a llenar sus horas de dudas sobre las clases de matemática. Salió con ellos, rió y bailó. Ya no era una desconocida, ahora era Karen esto y Karen aquello; fue grato saber que contaba con otras personas en estas calles enclaustradas entre montañas.
Al terminar el semestre, celebró aprobar sus primeras materias y rumbeó como si mañana no fuera a viajar sino a quedarse en su residencia. Regresó para navidad a su casa, le avisó a todo el mundo cuándo iba a estar de vuelta para salir con su amigas y dejar que la calle la sorprendiera con un tipo lindo. No recordaba a Mikel, cómo recordarlo si apenas vio su rostro hace tantas lunas, era vago todo lo que no la conmovía a esa edad. De vez en cuando ese mismo nombre salía entre conversaciones o chats sobre animé y música; ella hacía como que lo conocía.
El pueblo no había cambiado, las rumbas eran un desfile de rostros que despejaba con tedio, en silencio, recostada en una pared, escuchando a un tipo hablar sobre su carro y la velocidad que alcanza por la avenida en las madrugadas, creyendo que sólo así es cómo se conquista a alguien. Ella deja que hablen, que monologuen, apenas asiente, mira a su alrededor en busca de un mejor prospecto; cuando aparece alguno, deja que el tipo sostenga su trago y se va pisando fuerte con sus tacones verdes e inmensos. Así anda, hace rato que no tiene pareja, porque está en su época de bandida, así le dijo a sus amigas. Pasa rápido diciembre, siempre lo hace.
El año nuevo significaba la ventana de cara a un nuevo semestre, ya no estaba tan entusiasmada, sin embargo, su teléfono se llenaba de mensajes con preguntas como: «¿Cuándo vuelves, Karen? ¿Sabes que Iván preguntó por ti?». Desde que ingresó en la universidad dejó de escribir en su diario, eso le dolía un poco, porque siempre escribía algo cada día, ya sea que lloró o que besó a alguien o la cita de un libro que la dejó pensando. No sabía el porqué de este abandono. La entristecía un poco ver el cuaderno tirado sobre su mesa de noche; en algunas madrugadas leía una entrada al azar para recordar algo oculto allí. Esa era la huella de una melancolía que todavía no sabía amaestrar. Decidió llevárselo cuando volviera a la universidad, quería ver si retomaba ese hábito de hilar palabras con días.
Volvió la rutina de calles y libros, de risas y preguntas en clase. Todos hacían como que Karen había tardado eones en volver a la ciudad, y no era así, pero ellos también querían abrirse un lugar en ese corazón impresionable venido de suburbios que apenas les cabían en la cabeza, a punta de añoranzas y tímidos reproches. Llegaba cansada a la residencia de tanto deambular en la facultad y en la ciudad, se tiraba en la cama y caía dormida sin cenar nada. Cuando se preparaba para clases a primera hora, veía el diario entre sus libros de cálculo, al fondo, casi oculto debajo de problemas con números que apenas resolverán uno de tantos problemas en la realidad. Cuando se sentía culpable, lo metía en el bolso para escribir algo en el receso de una clase; otras veces salía apurada y no lo pensaba mucho.
Un día fue con un amigo a prestar un libro de la biblioteca, mientras ella aguardaba afuera, sentada en una mesa, unos metros más allá, dos chicos afuera recitaban poemas de forma ruidosa y extravagante. Ella leía poesía, un profesor de Castellano le inculcó el hábito —entre recomendaciones e insinuaciones fuera de los libros— en el liceo. No tenía muchas obras, pero siempre iba a la biblioteca a leer un rato —o a robar uno que otro, en esos días en los que parecía que nadie más necesitaba leer eso que ella leía—. Fue entonces cuando escuchó que uno decía: «Hanni Ossott es la mejor poeta venezolana…», a lo que el otro respondía: «No he leído mucho de ella, recita uno de ella a ver qué tal». El declamador profesional se apena un poco y dice: «No me sé poemas completos de ella, pero puedo decirte que este verso es notable: pero este sentir es a ojos cerrados». Ambos se quedaron callados, pensando en el verso de la poeta, Karen también se había quedado pensativa, no había leído nada de ella, esta era una señal para al menos buscar algo en internet al llegar a su casa.
Los días pasaron y se olvidó de buscar poemas de Hanni Ossott, las tareas se apoderaron de su ocio y así fue hasta el final del semestre. El diario se la pasó sepultado bajo guías, hojas de examen con un montón de ejercicios de cálculo y ropa sucia. No fue gente hasta que supo que había pasado todas las materias. De nuevo, regresó pronto a su casa y todos lamentaron la premura de Karen, porque querían pasar más ratos con ella por allí, sonriendo, echando bromas y perreando.
Al regresar, le sorprendió ver caras envilecidas, una animosidad inmensa como un sol que arrasaba todas las calles. Al principio hizo como que nada pasaba, se dedicó a estar en su casa leyendo o viendo películas con su hermana menor. Después de unos días decidió tocar puertas y escribir mensajes, fue entonces cuando su querida Isabel le dijo: «¿Recuerdas a Mikel?». Ella asintió con la cabeza, calló un momento y entonces su amiga terminó de presentar la situación: «Se murió por una intoxicación con alcohol adulterado. Eso fue hace unas semanas. Sabes que siempre hablaba de ti, tú le gustabas mucho…».
Todo fue una sumatoria de sorpresas que terminaron detonando la inaudita revelación de que alguien la quería y ella no sabía; un muchacho tímido con el que nunca vio clase, de una casa que nunca visitó y que hacía cosplay, además de compartir memes todo el día y morir lentamente en la bodega de su abuela. Mikel resguardó su nombre como si fuera un imán que nunca dejaría de sorprenderlo, con su capacidad de atraer y repeler instantes preciosos. Karen no tenía ni la menor idea de que ese pana andaba por esas calles que eran su vida, y por esas otras vidas que también tocaban la suya, diciendo: «Karen es… Karen compartió… Karen hizo eso…». De pronto, en el silencio confidente del cuarto de su amiga, todo encajó: las reacciones ocasionales a sus historias, los eventuales emojis indescifrables en sus fotos, los mensajes de sus amigas: «andamos con Mikel y pregunta por ti». Todo era él gravitando a su alrededor, tímida luna, voluble satélite encaprichado con un planeta que sólo piensa en su devenir cósmico. Pero ella no se dio cuenta a tiempo, no buscaba ese cariño y por eso se le había escapado. Eso era lo más triste, saber que no fueron y que pudieron haber sido. Mikel ahora estaba muerto por algo que ella no podía controlar, y su funeral había pasado, y sus amigos lo habían despedido, y su familia lo había llorado y todo fue, menos ella con él.
No lo quería, cómo iba a querer a un desconocido que se le presentó torpemente, mientras ella tomaba un trago. Aunque a él le bastó eso… No lloró al frente de su amiga, le pidió permiso para ir al baño y allí sí se permitió unas lágrimas de impotencia, de resignación y de tristeza pura y dura. Estuvo un rato encerrada, su amiga tocó la puerta en dado momento y le preguntó: «¿Marica, todo bien ahí?». Ella sólo respondió: «Sí, es que tengo la regla, ya salgo.» Suspiró hondo y salió, algo más tranquila, todavía pensando en la muerte del conocido que sólo quería tomar su mano un día cualquiera.
Esa noche no durmió mucho, ahora comprendía la pesadumbre que hundía las calles y pisaba los techos de zinc como un gato enorme y lento que nadie adoptaba. Entonces vino a su mente el verso de Hanni Ossott: pero este sentir es a ojos cerrados. Karen se vio en ese espejo y abrazó a la esquiva muchacha, tambaleándose sobre un nombre silenciado que pudo querer. Ambas resolverían luego dónde dejar ese corazón que les latía y les dolía ante el amanecer cítrico.
Segundo lugar del Premio de cuento Julio Garmendia para Jóvenes Autores, 2026