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Para: Eloína (profabella CS-UUU) <Eloínamorticia@uuu.ve>
De: Alcides A. Barcarola <barcarola_inquieto@el-imparcial.com>
Fecha: 30 de julio de 2015 00.15
Asunto: Texto que cierra el caso de Persa
Enviado por: mail.com
Firmado por: mail.com
►: Mensaje importante principalmente por los integrantes de la conversación
Mi admirada profe Eloína:
Va en el documento anexo la entrada que relata mi conclusión sobre el misterioso (des)fallecimiento del «poeta y escritor Febricio Persa» —así lo identifica el informe forense recuperado, intervenido por mí y publicado con anterioridad—. Repito aquí un nombre que realmente no era el suyo. Debo decir, además, que he logrado descifrar las iniciales R. B. F. Va en primera persona como si lo hubiera redactado el mismo escritor. Por lo delicado del asunto, someto a su sano juicio este texto final, antes de colgarlo en el Investigador submarino.
Creo que con esto se cierra un suceso, pero seguramente se abrirán otros. Avíseme su opinión para darle play y publicarlo. Siempre alumno agradecido y admirador, AABI.
Versión final textamento del persa.pdf
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Ese día mi primera reacción fue aceptar que el Premio nunca sería mío, que jamás lograría yo mi propósito de hacerme de la estatuilla de Rafael Bolívar Coronado. Confieso que ya para ese momento no me afectó el hecho excesivamente, tal como había ocurrido en otros momentos. Por el contrario, lo asumí como una certeza definitiva, aunque sí me preocupaba cuál podría haber sido la participación oscura de mis dilectos Morales, Trincado y Genoveva en toda la faramalla alrededor de aquello.
No culparé a mi colega argentino-boliviano. Cuarto ha sido un farsante desde los tiempos de Piso 3, pero no será culpable en esta ocasión, si acontece lo inesperado. Fui yo quien le hizo la descabellada propuesta.
Para azuzar aún más mi intranquilidad, la nota de prensa hacía énfasis en la noticia que había estado esperando durante varios días. Me convenció definitivamente de que hay espacios, asuntos, experiencias que jamás formarán parte de nuestra vida. Antes, en las seis citaciones anteriores, lo había asimilado como una penitencia vinculada con mi mala fortuna de escritor llegado de la provincia, o con la negativa estrella literaria con que pude haber nacido: no hubo ni un solo humilde cronista en toda mi ascendencia directa ni en mi parentela colateral. No tengo ascendencia literaria. He sido un silvestre acuñador de palabras, sin árbol genealógico que me ampare en este universo en el que tu apellido de escritor tiene que vincularse con otro precedente y muy relevante.
Ni siquiera he tenido nada que ver con ese versificador del siglo pasado que fue Avelino Persa. Alguna crítica irresponsable fabuló sobre mi consanguinidad con él, haciendo creer que soy su nieto. Y así se ha repetido. Suele ser labor de cierta crítica literaria espontánea: repetir sin investigar. Tampoco yo le negué jamás. Lo confieso.
¡Ah, malaya haber tenido yo un abuelo poeta! Aunque se tratase de un rimador tan cursi y ramplón como don Avelino, eso me habría permitido presumir de mi privilegiada genealogía. Hasta habría adoptado para mí el doble apellido, me habría unido a esa costumbre tan hispana de repetir en sucesivas generaciones los apellidos de los ancestros literarios o políticos.
Así como en Venezuela sobreviven a expensas de los tatarabuelos o bisabuelos notables los nuevos Picón Febres, los múltiples Febres Cordero, los abundantes Picón Salas, los incontables García Arocha, los López Contreras, los Medina Angarita y muchos otros, yo no habría tenido empacho en hacerme conocer como Febricio Avelino Persa Persa. Doble Persa. Para que no quedara ni una sola duda acerca de mis genes.
Mas no, Avelino Persa no fue mi abuelo, ni siquiera pariente lejano. Ese caballero era de origen corso y todos los descendientes de corsos en mi país son nombres importantes para la literatura o para el dinero. Como se sabe, yo he sido insignificante para una cosa y para la otra. Ni fama ni fortuna ni felicidad. Aparte de mi nombre inventado, no va conmigo la letra efe.
Lo de Febricio fue una rutinaria equivocación de tecla. La primera vez intenté escribir Fabricio y se me atravesó la e: «Febricio». Pensé que el azar me estaba sirviendo mi futuro nombre en bandeja de oro. No es igual Febricio que Fabricio. Fabricios hay muchos. Febricio me quedé.
En cuanto a Persa, es apenas la adopción juvenil de un apellido sonoro que resultara verdaderamente literario. Es un mazacote silábico, lo que llaman un acrónimo, de mi verdadero nombre completo: Peyo Ramírez Sánchez.
¿Puede alguien que aspire a ser escritor de renombre llamarse Peyo?
Obviamente que no. Y mucho menos si llevas los dos apellidos de alguien acusado de terrorista internacional y preso en París.
Mas, si hay algo sencillo en Latinoamérica, es engañar con nombres falsos a periodistas, historiadores y profesores de literatura. ¿Puede alguien asegurar que no haya sido ficticio el nombre Rafael Bolívar Coronado? Casi suena a César con corona. En un continente donde nadie investiga la certeza de nada y todo se repite como rosario en familia, poco cuesta hacerse de un sonoro apelativo de guerra. De modo que Febricio Persa me he hecho llamar desde que publiqué mis primeros poemas juveniles.
Sin embargo, antes del final, adelanto otra confesión. Yo mismo he cultivado la supuesta existencia del vínculo genético con ese mi supuesto abuelo. Por ello, para mantener la falacia de mi estirpe avelínica, me he visto obligado a odiar a Bolívar Coronado desde mi época de estudiante, desde los días de Piso 3.
Odiarlo, insisto. A él, a todo lo que llevó, ha llevado, lleve o llevare su nombre y su impronta. A sus súbditos, a sus remedadores, a sus patrocinadores, a sus viudas. A su familia. A sus defensores. A sus difusores.
Primero, detestarlo a secas, por el solo regusto de mantener una tradición: hablar mal de alguien idolatrado por el colectivo para lograr tu propia idolatría. Después, aborrecerlo y envidiarlo, debido a sus dotes de magno charlatán. Más adelante, abominarlo y leerlo para admirar su osadía. Y finalmente, execrarlo y emularlo subliminalmente en su proceder: desear volverme también su pariente literario.
En consecuencia, nada había de verdad en esa mi actitud. Todo ha sido falso, apócrifo. No es «tinta sangre patricia» la que ha corrido por las arterias de mis apellidos. Soy, pues, un plebeyo devenido en letrado por azar. Y nada tiene que ver mi insignificante pasado con RBC.
Por momentos, en mis primeras incursiones —los cuentos lugarcomún, los poemitas cursilones—, creí que mi éxito lo impedían las zancadillas que me tendían mis adversarios en las trastiendas de la literatura. Alguna vez, hasta llegué a creer que había una confabulación armada en mi contra. Todo dirigido a que no fuera yo el beneficiado por mucho que mis efebos y mancebas insistieran en que era mi novela la candidata natural para ese año. Hasta pensé que el haber sido severo crítico de Bolívar Coronado y su prole de chupamedias y chambelanes pudo haber masacrado mi destino, encochinado mi ruta de fracasado consecuente. Hombre nada libre acoquinado por la atiquifobia, mi temor congénito al fracaso.
No obstante, ya no precisaré de ningún ensalmo que borre mi sendero mal andado. De nada me servirá la estatuilla. Los cadáveres de los escritores no tienen dónde colgar los diplomas ni cómo gastar y disfrutar lo material que un premio pueda aportarles. En países como el mío, los minutos de fama que te aporta un libro se vuelven borrascosos apenas te colocan el epitafio. Los libros se marchan contigo, como si te los arrojaran dentro del ataúd.
Y pronto seré eso: un cuerpo inerte, yerto, muerto, suelto, absuelto, que se consume en los hornos del camposanto; un trozo de vida malograda sumergido en el humo definitivo de la mentira.
Antes de traspasar esta ventana y colocarme sobre el filo de la cornisa, antes de hacerme el disparo, enviaré al diario que alguna vez dirigí una breve nota para exigir que, luego de que ocurra lo que haya de ocurrir, cuando llegue el momento de cadaverizarme, calcinen mi humanidad en hornos de alta presión.
Pero tampoco puedo marcharme sin dejar alegato de lo que creo pueda haber ocasionado mi crisis de identidad. Pistas para que se conozcan alguna vez las verdaderas motivaciones de cómo se mueven los hilos de un país literario. Lo relataré como lo presumo, sin que esto implique que yo esté necesariamente escribiendo la verdad última acerca de ello. Dejo entonces estas páginas como mi «textimonio», quizá el futuro pueda considerarlo como un «textamento».
Todo comenzó con la primera convocatoria…
La prensa decía que se fundaba el certamen en honor del «primer ficcionauta del país», así lo apositaron sus correligionarios. Que se honraba la memoria de Rafael Bolívar Coronado por haber sido el escritor más auténtico con que hasta ese momento había contado la cultura nacional. Se nos recordaba su presunta vergonzosa declaración para justificar aquella actitud de suplantar a quien le diera la gana sin hacer demasiado esfuerzo. Se trataba entonces del único escritor sincero, quien sin rubores había confesado el plagio intencional de un vasto inventario de clásicos nacionales y extranjeros.
«No es poco —decía la noticia— que alguien se haya atrevido a hacernos ver que todos los literatos que sucedieron a Gilgamesh son unos copistas».
De ese modo, para legalizar una verdad y hacerla oficial, ante la inminencia de su regreso al país, nacía el galardón internacional con su nombre. El reportaje cerraba con una cita que refería lo atrabiliario y sincero que había sido aquel sujeto a quien desde muy joven yo había comenzado a detestar, por haber puesto en evidencia aquel magnífico apotegma y no haberme dado oportunidad de ser el autor de tan acertada reflexión: «Como yo no tengo nombre en la República de las Letras, he tenido que usar el de los consagrados, porque yo no puedo darme el lujo de que me salgan telarañas en las muelas».
Comencé entonces a burlarme yo de él y de lo que suponía como una falsa actitud para hacerse notar. Declaré en su contra cada vez que pude. Ahora, el destino parecía condenarme a que alguna vez se me premiara con su nombre. Y hasta me atreví, años después, a escribir una novela plagiando yo uno de sus títulos más conocido: Memorias de otro semibárbaro.
En esos días de la creación del Premio, yo era apenas autor de una novela redactada y publicada con la premura de los inicios, un libro incipiente, repetitivo de lo que había leído en otros, marcado por el desparpajo, la codicia y el egoletrismo que nos acogotan durante la juventud.
Tenía 28 años y estaba a punto de hacerme de un diploma de sociólogo. Sin darme cuenta, comencé siendo un plagiario, como cualquier escritor joven.
En el barullo y la efervescencia de las luchas estudiantiles, estimulé con varios amigos la creación de un grupo literario. Por la historia ya sabíamos que la mejor manera de salir a la luz pública en países como el nuestro era coyuntándonos, poniéndonos un nombre colectivo de batalla: montar una orgía y un simulacro de himeneo comunitario y —broche de oro impecable, certero, seguro— enfilar todas las baterías contra alguna de las vacas sagradas de la literatura preexistente. Yo al menos tenía esto bastante nítido en mis propósitos.
Lo hicimos.
Éramos algo así como un cinco en uno. Una joven estudiante de Comunicación Social y nosotros cuatro, que estudiábamos simultáneamente Sociología y Letras. Todos para una.
Bolívar Coronado había sido hasta ese reconocimiento un novelista en el que no pocos se habían fijado. Y aquello pasaba a significar su consagración definitiva. Puedo confesar en estas palabras finales que envidiaba dicho acontecimiento y desde aquel momento creí merecer ese honor mucho más que él. Porque yo sí tenía la certeza de ser un escritor original, estaba seguro de que nadie había escrito ni escribiría lo que yo ni como yo.
Y no era vanidad. Era convicción definitiva. Aunque fuera un desheredado en la literatura, había yo nacido para ser la voz de mi país y aquel usurpador se me había adelantado en el camino, habiendo sido él apenas un amanuense de estilos, un ladrón de identidades. Era materia conocida que se había metido en los nombres de miles de escritores nativos y no nativos. Y que además no había tenido empacho en confesarlo.
Inventó y publicó antologías de poetas bolivianos, escribió-fabuló sesudos tratados de historia que además llegaron a convertirse en evidencias referidas por notables académicos. Fue poeta celebrado vestido de Andrés Bello y narrador sobresaliente con apariencia de Jorge Luis Borges.
Le dimos un nombre al grupo: Piso 3. Se refería al nivel del edificio donde todos recibíamos clases. Y cargaba con el doble sentido del propósito que nos agrupaba: pisar tres veces como a un gusano infeccioso al que se interpusiera en nuestro camino y aplastarlo hasta hacerlo convertirse en fétido excremento, en apestoso popó, en maloliente mojón, en nauseabunda deposición, en pestilente guate, en pestífera boñiga, en fin, en muy hedionda plasta de mierda.
El nombre del padrino de Piso 3 fue facilísimo. En la memoria de los cinco primaba la existencia del escritor al que no deseábamos parecernos. Y también la de aquel al que sí añorábamos emular. Muy poco entendíamos la novelística de este último (oscura, ambigua, perversa), pero era la posibilidad más cercana a lo que habíamos fijado como nuestro cénit, un honroso punto de encuentro, la obra que nos unía. Se llamaba Rufino Blanco Fombona, apellidos que también habían servido de sostén a muchos integrantes de su descendencia directa e indirecta. Esa ha sido su mejor credencial. No nos importaron otros detalles acerca de su violenta personalidad o vida privada, por no ser culpa atribuible a nuestro tótem.
Para escoger y denostar de la vaca sagrada a la cual defenestraríamos, tampoco lo dudamos demasiado. Desde hacía unos treinta años, el país entero había acordado que su más luminoso faro literario fuera el farsante Rafael Bolívar Coronado. Nosotros nos dedicaríamos a destruirlo. A él y a sus huestes de buchiplumas chupatintas. Muy sencillo.
Así nacimos.
Así abrimos la trocha por la que se deslizarían nuestras aspiraciones hacia un seguro y firme puerto literario. Veníamos de la noche y hacia las trochas íbamos.
Así se comenzó a hablar de nosotros.
El muy astuto impostor Bolívar Coronado había tenido la fortuna de marcharse a la madre patria en pleno auge del franquismo. En una España sacudida por las rebeliones que suelen operar en el subsuelo de las dictaduras, para salvar el pellejo, hubo de acercarse al anarquismo catalán más retrógrado. Era especialista en lograr notoriedad y hacía esfuerzos para que no se le perdiera de vista. Jamás dejó de hacer honor a lo que alguna vez había escrito en Caracas:
«Yo no puedo vivir sin hacer ruido, me hacen falta la movilidad, el peligro, la agresión».
A propósito de peligros y agresiones, se sabía, por ejemplo, que el epónimo de nuestro grupo Piso 3, Rufino Blanco Fombona, había estado a punto de asesinarlo por haberlo dejado en ridículo al publicarle libros firmados con los nombres de otros. Risible fue aquel acontecimiento ocurrido en alguna oscura tasca madrileña, aunque con un dramatismo digno del cobarde personaje: Bolívar Coronado se entera por boca de un circunstancial mensajero que ha sido retado a duelo por don Rufino, su antiguo jefe, protector y mecenas. Se niega a creerlo.
Según supimos, don Rufino había recibido una misiva de Caracas en la que se le advertían extraños asuntos sobre la publicación de varios volúmenes de la Biblioteca Americana de Historia Colonial, hecha por su editorial América. Se le indicaba que parecían ser apócrifos, que eran inexistentes no solo los libros, sino también sus autores. Incrédulo ante tal hecho, el editor pide a un empleadillo que acuda a la Biblioteca Nacional de Madrid a ratificar los datos referidos por Bolívar Coronado sobre las fuentes «originales» de los volúmenes. Se descubre que todos han sido imaginados por aquel despreciable sujeto. No existen los códices aludidos por el farsante al consignar los textos ante el editor. El Maestre Juan de Ocampo, F. Salcedo Ordóñez y Diego Albéniz de la Cerrada, supuestos autores de los libros incluidos en la referida Biblioteca, son nombres falsos, más allá de que hayan sido después alabados por historiadores y académicos de renombre. Y no son los únicos casos. Hay una larga cadena de hechos similares desconocidos hasta ese momento por el editor. Todas las presuntas investigaciones de Rafael Bolívar Coronado fueron producto de su fantasía. Había sido el más absoluto ficcionauta y con ello logró engañar a todos.
La furia se apodera de Blanco Fombona, cuya iracundia era más que conocida en el mundo de los escritores. Se le sabía capaz de la más alta metáfora o del cuento deslumbrante; se conocía de sobra su desinteresada disposición a difundir la literatura hispanoamericana en España; pero también el poco aprecio que sentía por la vida de quien osara ofenderlo.
Salta de rabia el editor, ofuscado, arremete a patadas contra las prensas de su negocio, camina con un rictus de fiera y aprieta fuertemente los puños, golpea los anaqueles y arroja algunos volúmenes hacia una ventana. Se despierta como un terremoto su ya reconocida pasión por la sangre del oponente. La ofensa debe ser reparada. Y acude al mismo empleadillo para que busque al plagiario en la tasca que suele frecuentar y le participe del modo como desahogará su disgusto. Maldiciendo, cambia de opinión y sale minutos después a buscar él mismo al ofensor.
Bolívar Coronado ha tomado un sorbo de orujo en el momento en que lo interrumpen. Acompañado por el mensajero, viene hacia él su amigo el poeta español Francisco Villaespesa, quien le chasquea los dedos en señal de algo. Por saludo le dirige una broma.
― ¡Hala, yo que tú pondría pies en polvorosa! Este chaval quiere daros un parte de guerra.
—Que te apersonéis en la Plaza de Pontejos a las seis menos cuarto ―le dice el chico a Bolívar Coronado―, ¡y que vayáis armado! ¡Don Rufino Blanco jura por la mare sua que si no le matáis primero, vengará vuestra ignominia con un pistoletazo!
No ha logrado el bromista Bolívar Coronado explotar en risa, cuando siente encima de su cabeza algo que pasa dando vueltas. Más adelante aquello golpea una botella sobre el mostrador y cae al piso. Es un bastón. También escucha unos gritos: «¡Hi… de puta, veguero mentiroso! ¡De mí no os burlaréis más!».
El ya famoso plagiario mira inmediatamente hacia el lugar de donde provienen los improperios. Ve aproximarse a don Rufino como una tromba de agua. Su recurrente actitud de chanza muta en pánico y lo hace palidecer, al observar que no ha sido broma lo del duelo y que, colérico, viene hacia ellos aquel grandulón y fornido propietario de la editorial América. Villaespesa ha visto también el rostro furibundo del editor y no vacila en aconsejar de nuevo a Bolívar Coronado:
― ¡Oye, tío, correr ―palmea las manos y se carcajea―, eh, correr, que te cornea el toro!
Ante lo inesperado, no sabía Bolívar Coronado si reír nerviosamente o alistarse a huir, pero, temeroso, opta por lo último cuando escucha los bufidos que ―ya desde más cerca― le arroja don Rufino, convertido en ciega ferocidad.
Nadie supo finalmente cómo logró el impostor evadir la tunda que a todo pulmón le estaba ofreciendo aquel editor herido en su orgullo. Solo se conoció después el truculento final de aquella historia.
Carente de su bastón, el atacante trastabilló y cayó de bruces, al tropezar con una de las sillas del bar, mientras ―como en acto de magia y auxiliado por el dueño del establecimiento― el atacado desaparecía fugazmente por algún desconocido lugar. Se esfumó. Moraleja: mucho ruido le gustaría hacer, pero pocas nueces le sonaban al momento de correr. Supuestamente, a los pocos días, Barcelona y los anarquistas catalanes lo recibieron como nuevo candidato a héroe.
Nosotros en Piso 3, en algún momento habríamos querido devolver aquel acontecimiento como en una película; rebobinar las escenas de ataque, a fin de que el maldito intruso recibiera lo que merecía. Mas no podía ser. Se trataba de fantasías de imberbes escritores y hubimos de conformarnos con el juramento de manchar de algún modo sus desagradables travesuras.
Pero después, nada. Mejor dicho, poco. Cada pisotresense tomó su rumbo. Amenodoro se dejó enfermar por los marxistas radicales de la Escuela de Sociología y se convirtió en enlace de las guerrillas urbanas, aunque persistió en la literatura. Apascasio, alias Cuarto, nuestro porteño importado en el grupo, emigró primero a España y después a Bolivia. «¡Chicos —nos escribió el día que se decidió por el altiplano—, en la literatura boliviana hay más oportunidades, porque hay muy pocos escritores importados de Argentina, como yo!».
Por causas y caminos distintos, Marujina y Armando aceptaron las fáciles condiciones de lo que los progres llaman la convivencia burguesa: vida en pareja —previa boda eclesiástica y cursi marcha nupcial—, trabajo, hijos, parques, vacaciones en agosto, panza recrecida para el caballero; gordura y adulterio por cornamenta en ciernes para la dama. Finalmente, viudez precoz él y divorcio con tres retoños ella… Pasaron al anonimato. Maru es hoy una hastiada profesora de Comunicación Social. Y, desde la oscuridad de su confusa ideología, Armando dirige la pequeña editorial que de vez en vez publica algunos de mis libros.
Yo asumí postura de célibe irredento. Jamás acepté el matrimonio como salida y he continuado desde entonces con lo que fue el catecismo inicial del grupo: cada vez que tuve oportunidad, hablé mal del antiepónimo Errebecé.
Nunca pensé que mi peor frustración relacionada con ese fatídico nombre estaba reservada para unos años después. Resultaría como un castigo programado, una perversa celada tendida por mis arrogancias juveniles. A mis 36 años, en pleno entresiglo, la claque intelectual afecta al gobierno de turno creó el Premio Internacional de Novela Rafael Bolívar Coronado.
Así, el nombre que había marcado mi mayor frustración por no haber logrado lo que él, seguía persiguiéndome como un fantasma aterrador. Llenaba mi ruta de falsas escaramuzas y cada vez me ataba más al resentimiento y la envidia.
No sé si, para asesinarme, su espíritu se confabuló alguna vez con mis detractores.
Estaba seguro de que todos volteaban hacia mí sin verme. Caminaba por los pasillos de la universidad, donde para sobrevivir terminé dictando clases sobre literatura y vida, y sentía en mi cuerpo los cientos de golpes de ojo que me lanzaban desde las rendijas. Era como ser el centro de mira de una aureola que te corroe sin tocarte. Además, algunos de mis alumnos comenzaron a repetir una premisa que terminé creyendo: yo era la opción local más idónea para ganar aquel reconocimiento. Yo representaba la figura que más podía refulgir ante la obra de los escritores extranjeros que también fueran candidatos a la presea, el premio gordo RBC.
En mí comenzó a descansar entonces la esperanza de unos pocos amigos escritores. Sobre mi cabeza sentía el fardo de estar adquiriendo un compromiso que me estaban imponiendo desde fuera. Entre mis connacionales, alguna vez el Premio (con mayúsculas) sería yo o no sería nadie. Por mucho que detestara que mi nombre se fundiera con el de aquel vulgar trapacista.
Así, el apelativo del galardón se convirtió en mi demonio recurrente. Me acosaba su figura de mil maneras. La prensa insistía en preguntarme qué opinaba yo ahora sobre su vida y trayectoria. Estaba obligado a hacer algo a lo que antes me había negado obstinadamente: leer la «obra» de aquel sujeto a quien, de algún modo, de tanto repetírmelo, había aprendido a odiar-amar mucho más desde mis años en Piso 3.
Fue como pude ratificar que de verdad él había sido el estafador más exitoso de la literatura nacional. Durante su truculenta vida de exhibicionista, de burlista encerrado en su propio cascarón, logró usurpar sin falsos pudores los nombres de los más importantes escritores de su tiempo y de algunos antepasados. Cada autor reconocido y consagrado por la republiquita literaria nacional había servido para hacer de heterónimo de aquel hombre sin recato, al cual todos parecían admirar por su atrevimiento. Así se hizo un novelista de prestigio, un poeta magno, un ensayista de casta y un historiador incuestionable, burlándose palurdamente de sus congéneres. Y así le fue levantado un pedestal que se ha mantenido incólume. Ahora, lo ubicaban en el panteón de los eternos, creando un importante concurso con su nombre.
Y —como ya he dicho— desde la apertura del certamen, todas las miradas confluyeron en mí. Al principio, nadie lo expresaba abiertamente, pero se pensaba entre líneas que aquello me llegaba como una reprimenda merecida ante mi osadía. Habría yo de ser el primer candidato natural para cargar con un nombre del que había despotricado hasta la saciedad. Tanto se repitió la conseja que yo mismo terminé creyendo en esa posibilidad como un destino marcado. Acepté y asimilé aquello cual si fuera una ineludible predestinación.
«Andrés Eloy, tú eres un astro, los astros giran, gírame algo». Era el contenido de un telegrama que Bolívar Coronado había enviado alguna vez al poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, luego de saber que aquel había obtenido un premio internacional en España. Y el pequeño escrito se convirtió en la comidilla local de turno. «¡Qué genio!», diría algunos años después un historiador mediocre. «¡Qué ingenio!», serían palabras repetidas en el discurso del director del Centro que anunciaba la creación del galardón. «¡Qué infundio!» —me decía yo para mis adentros—. ¡Qué bolas la de estos cultores de la vaciedad, incapaces de fijarse en que hay otros mucho más cercanos a lo celestial y perenne ( como, por ejemplo, ¡yo!).
Sería yo.
Terminé convencido de eso.
De ser el más concurrente y ácido detractor del epónimo del Premio recién creado, me transformé en la primera opción para retratarse a su lado. Porque no he dicho que, para el momento de la creación del certamen, todavía Rafael Bolívar Coronado vivía. Ya con más de un centenar de años, apenas cayó la última dictadura venezolana del siglo XX, volvió al país envuelto en la fama que la clandestinidad hispana les había otorgado a sus peripecias, a su truculenta actividad literaria y política.
Casi como un favor por sus luchas durante el exilio y por sus novelas criollistas (copiadas, pero criollistas, hay que decirlo), el gobierno de turno (de su mismo partido) había tomado la decisión de honrarlo en vida. Como he dicho, ya estaba bastante anciano; su cuerpo lucía harto deprimido; su columna y sus articulaciones mayores, golpeadas por la espondilitis anquilosante y una avanzada escoliosis, comenzaban a doblegarlo. Pero estaba vivo y todavía su figura representaba la gloria nacional en que lo habían convertido sus copartidarios.
Jamás crucé palabra con él, nunca supe qué pensaría acerca de mis ataques. Sospecho que le resbalaban mis opiniones como las de un insensato párvulo ansioso de aprovechar su nombre para abrirse espacio en el mundo literario, así como él había expropiado con saña los nombres de centenares de sus compatriotas. Jamás respondió a ninguna de mis sátiras sobre su copiosa, falsa y escabrosa obra. Era el tiempo en que ya yo era reconocido como el autor de tres novelas. El mismo en que descubrí que durante la última década había venido yo construyendo mi propio castigo. Y, a sabiendas de lo que eso significaba, lo acepté: me convencí de que yo constituía la única posibilidad nacional de representar al país frente a cualquier otro escritor foráneo. Aunque llevara el nombre de mi autor más repudiado, era yo la esperanza. Al menos así lo pregonaban mis más cercanos afectos.
Fue en la misma época en que conocí a mis tres amables verdugos. En el milagro de un aula de clases, apareció mi afectísimo Julio Morales. Joaquincito Trincado Mata me mostró su oscura luminosidad en un momento en que hube de visitar la institución donde él estudiaba. Ambos parecían gemelos de propósitos, pero no de conducta. Uno, silencioso y calculador. El otro, retraído de entrada, aunque más extrovertido, pantallero, bullicioso, cuando tomaba confianza. Y ni Genoveva ni yo resistimos la tentación de irnos a la cama el mismo día que la conocí en un evento literario del centro de la ciudad. Amor a primer oído fuimos.
Casi como tres ángeles custodios, devinieron en mis lazarillos incondicionales. Un milagro había ocurrido al juntarlos a mi vida y convertirlos en los más enconados propagandistas de mi obra. Nunca tuve la certeza al comienzo, pero acepto haber sospechado que además tenían en común tres características que los acercaban a mi creciente reputación: su pasión compartida por la escritura, el deseo de convertirse en escritores habiendo leído muy poco y la ambición desmedida por llegar más lejos que yo. No obstante, nada de lo que pudo ocurrir sucedió. La avidez, el afán se convirtieron primero en sueño. Después, en pesadilla.
Y así fue, porque mis tres jóvenes amigos me fueron afectos hasta el momento en que mi figura comenzó a competir para ellos con otras posibilidades. Supe entonces de las ambiciones de Moralito por hacerse de un nombre de escritor fuera del país. Intuí los propósitos ocultos de Trincado Mata para marcharse a hacer vida bohemia en algún otro lugar del mundo. Y muy pronto descubrí en las conversaciones con Genoveva que solo satisfacía mis apetencias sexuales con el pensamiento congelado en Picadilly Circus.
Tácitamente, acepté aquellos deseos y decidí que ayudaría a cada uno en su objetivo. Todo a cambio de que cada vez que les fuera posible agregaran a mi biografía algunos datos sobre hechos que jamás hubieran ocurrido, que pergeñaran mi trayectoria con hazañas dignas de un héroe de la literatura y de la vida: desde la juvenil militancia y actividad política que supuestamente me llevó a la cárcel y luego a una tortuosa expatriación, hasta la invención de mis antepasados montoneros y guerrilleros, todos prisioneros de regímenes de fuerza.
Mi verdadero exilio fue totalmente voluntario, mediante una beca gubernamental que me ayudó a conocer lo ancho y ajeno del mundo. Jamás fui censurado por gobierno alguno, pero también de fantasías y escándalos debe vivir un escritor y ―en los comienzos de nuestra relación― ellos repitieron eso hasta el cansancio. Y la historia literaria así lo ha refrendado. Hoy debo confesar que con eso solo pretendí ser también un ficcionauta: sazonar, condimentar mi incolora e insípida hoja de vida, añadirle algo impactante a mi desabrida ruta, carente de drama y heroísmo. Porque asumí que un letrista sin épica nunca será realmente un escritor. Y el ejemplo más palpable era precisamente Rafael Bolívar Coronado.
Mientras, en tanto el país continuaba en su rutina política, sus desajustes económicos a veces imperceptibles en medio de la fiesta de dólares generados por la exportación petrolera, se sucedían los avisos del Premio. En cada oportunidad mis chambelanes repetían, insistían por la prensa, regaban la voz de que había llegado mi momento. Sin embargo, en contraste, algunas oscuras redes sociales, siempre detrás de la inquina, de la cotilla, del cahuín, de la suspicacia, a veces deprimían mis ambiciones. No me mencionaban de manera abierta; solo argumentaban que no había en realidad ningún escritor local que pudiera competir con las grandes plumas que otros editores postulaban desde el extranjero.
Así fueron pasando los años y la decisión final fue siempre recayendo en otros.
El tiempo había pasado y ya estaba yo en los 60 años. La edad comenzaba a debilitar mis ansias. Cada vez, el Premio se distanciaba un poco más, pero igual yo continuaba confiado en mi destino. Entonces aparecieron los adversarios inesperados. Uno del país, otro de fuera de él. Ambos de Piso 3. Primero, para mi cumpleaños número 61, se develó el misterio de aquel a quien en mi escritura paródica nombro como Chuchube Murmurante.
El mismo jueves en que él sirviera de padrino a mi última novela, se me comunicó el chisme acerca de sus ambiciones. Posteriormente, a los 63, me llegó la información sobre mi querido y admirado Apascasio Mórbido. Después, el acuerdo según el cual ambos —mis dos supuestos mejores amigos entre los que cultivé— habían armado la silenciosa y feroz tramoya, no solo para impedir que alguna vez fuera yo el ganador, sino para promover la posibilidad de obtenerlo alguno de ellos.
Aunque siempre ocupó segundos lugares, Murmurante jamás tuvo escrúpulos de ninguna naturaleza para hacerse de un premio. Eso siempre lo supimos. Sin embargo, siendo mi fraterno, nunca imaginé sus dotes de traidor aposentadas sobre mis espaldas. De allí nació mi osadía de caricaturizarlo en una de mis historias, que dejaré inédita para que se publique después de mi muerte. Claro está, si alguien llegare a encontrarla. Mi Rabiografía del escritor nativo se convertirá, después de mi partida, en la feroz venganza de la literatura hacia él. Pero mejor será que nunca se sepa realmente la verdadera causa de la decisión que habré de tomar en cuanto sienta que estoy preparado para ello. Lo que sí pueden descartar todos es que mi supuesta enfermedad haya tenido que ver con el asunto. De tenerla, la he padecido como un monje que, primero, sublima cerebralmente sus deseos sexuales. Luego los reprime en público y ofrece la imagen de resistirse a las tentaciones feromonacales. Finalmente, logra despojarse de ellos en total soledad, mediante la sacra masturbación.
Lo inesperado que ocurra, si pasa, será mea culpa, por haber aceptado la propuesta de mi antiguo amado Julio Morales. Por haberme atrevido a plagiar y publicar simultáneamente dos novelas: una con el nombre de mi afectísimo colega argentino-boliviano Apascasio Mórbido, el Cuarto, y otra fraudulentamente firmada por mí, por el propio Febricio Persa que se esconde debajo de Peyo Ramírez Sánchez, Partida de yacimiento. La he publicado ahora como una broma de buen gusto. Un plagio para celebrar el premio del plagiario.
Para desviar la atención del jurado y burlarnos de la institución y del Premio, acordamos titular paródicamente la de Mórbido (que no es de Mórbido, sino mía): Biografía de otro iconoplasta. Así se publicó, por una oscura editorial boliviana. Él mismo lo ignora, obviamente, pero es la mejor parodia de su propio periplo escritural que he podido encontrar entre las que falsificó el propio Bolívar Coronado. Conociéndolo, es probable que ni siquiera la haya leído antes de aceptar refrendarla con su nombre. Y, de haberlo hecho, no entendió absolutamente nada. Es su currículo convertido en novela. Aquel intruso genial de Bolívar Coronado logró retratar a mi colega de Piso 3 mucho antes de que este apareciera en el mundo de la literatura. Seguramente, esa Biografía de otro iconoplasta será rechazada. Bastaría para ello leer el título y ojearla un poco. Mucho más, habiendo sido presuntamente escrita por un argentino exilado en Bolivia, con fama de falsificador de historias.
Pero, oh, sorpresa, ya para el día de hoy parece obvio que la que sí lleva mi firma no será la elegida. Me lo ha revelado uno de mis tres «mosquiteros», como juguetonamente los bautizó el viejo cronista del Universo Literario. Ya se conoce afuera el resultado de este año.
Con eso habrán decretado entonces mi crucifixión.
De la edición de Sultana del lago Editores, 2026