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Cuando vuelva diciembre

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Abrí los ojos: el cuarto me pareció inmenso, vacío; toqué con la punta de mis dedos la textura del bahareque. Llamé varias veces a mamá; primero en susurros, luego en voz alta. No hubo respuesta. Solo escuché sonidos en la cocina: bolsas de papel, cubiertos, murmullos, sillas.

Salí al corredor. En el medio del patio encontré a mi tía Marga fumando un cigarrillo: la envolvía una tersa luminosidad; miré al cielo, hacia un lado se levantaba el sol: naranja, vibrante; hacia el otro, una fantasmal luna se ocultaba tras las nubes.

Al verme, tía Marga extendió su mano, acarició mi cabello y me dijo que esa mañana la acompañaría a Barquisimeto para comprar el maíz de las hayacas.

Asentí. Quizá en ese momento tuve la primera señal de extrañeza. La tía Marga solía hacer las compras con mi madre o con tía Pastora.

Me vestí a solas; no supe abotonarme la camisa. Al detenerme en el zaguán de la casa mi prima Emilia me ayudó sin pronunciar palabra. Desde sus manos llegó un olor de humo y hierbabuena que penetró hasta mi cerebro.

Tía Marga y yo esperamos unos minutos en la orilla de la carretera. Rocas de vetas amarillas y rojizas nos rodeaban como si fuesen una silenciosa procesión de gigantes.

Al fondo, vimos los techos de las casas de El Totumo, las curvas de San Pablo, el cauce del arroyo que se convertía en pozo al llegar a La Vigía.

A nuestras espaldas quedaron las fachadas dormidas de Las jirajaras. Apreté los ojos: el aire me trajo el rumor lejano de la autopista: camiones llenos de hortalizas, carne, pescado; autobuses, rugientes motocicletas.

Suspiré. Quise preguntar otra vez por mi madre; anoche se había acostado en el camastro junto a mi hamaca y esa mañana no aparecía por ninguna parte.

Intenté hablar, pero me enmudecía el gesto serio de Tía Marga, sus ojos profundos, negros, adivinando la carretera de tierra que se hundía en la montaña como una cicatriz.

Cuando apareció un jeep rojo hicimos un gesto para que se detuviese. Siguió de largo. Tía Marga le mentó la madre: “tenía que ser Crespo. Un mal vecino y un hijo de puta que le pega a la mujer. Ya yo le habría quemado las manos a ese guaro”.  Esperamos varios minutos y envuelto en nubes de polvo al fin apareció otro jeep. Nos montamos en la parte de atrás y allí comenzamos a dar tumbos en el pedregoso camino. No recuerdo quién era el conductor, pero sí que le pidió a mi tía que le vendiese diez hayacas. “Te quedan muy buenas; todo lo tuyo es muy rico. Es muy raro que sigas sin novio”. Mi tía, con rostro impasible, le respondió que ella no cocinaba hayacas para vender; con mucho gusto cuando las terminase le acercaría dos: una para él y otra para su esposa. El conductor soltó una carcajada.

Una hora después nos bajamos en el Mercado del Manteco. Sentí que mi cuerpo se erizaba: aromas de hierbas, condimentos, velas, quesos de cabra, ungüentos, hielo y granadina. Mi tía me agarró de la mano; una mano huesuda que recordaba la madera de los arbustos del caserío. Sus dedos se trenzaron con los míos. Vi camisas, cinturones, ombligos, caderas. Si alzaba el rostro contemplaba rostros lejanos, orificios de la nariz, bigotes, barbillas, zarcillos.

El mercado me asustó, era como un bosque lleno de árboles que se movían con grandes pasos y sonidos blandos.

Tía Marga me explicó que allí vendían el maíz molido que desde hace años usábamos para las hayacas. Atrás había quedado el tiempo en que ella misma lo cocía en casa y hasta soasaba las hojas de plátano; aquello era demasiado trabajo para preparar ciento cincuenta hayacas cada diciembre. Venía bien ahorrarse algo de tiempo.

“Pero te diré que ya hay gente usando harina pan”, susurró, “no sé, no creo que queden bien sin su maicito pilado”.

Sonreí. Era extraño escucharla de ese modo; me hablaba como si durante esa madrugada yo hubiese crecido de golpe.

Había un tenue frescor en el aire. Desde alguna casa cercana sonaban aguinaldos. Pensé en el regalo que había pedido ese año y se lo comenté a tía Marga. Ella se detuvo. “¿Un bate de béisbol?” murmuró. “Qué bueno que me lo dices”.

No entendí su frase. Esa mañana sucedía algo extraño con las palabras: estaban allí, como siempre, pero parecía que las hubiesen vaciado por dentro. Eran como la cáscara de las chicharras que yo encontraba en los árboles. Dentro de la chicharra no se encontraba la chicharra ni tampoco su canto.

Esa mañana estaban las palabras de todos los días, pero no estaban las palabras.

Compramos varias bolsas de maíz en un puesto pequeño, arrinconado. Unos granos entre amarillentos y blancos que rebosaban dentro de unas bolsas transparentes. Tía Marga estuvo regateando precios hasta que, entre bromas, una señora de reseca melena le pasó varios kilos y le dijo que se alegraba de que en casa no estuviesen cometiendo esa barbaridad de usar harina pan.

Quise ayudar. Intenté levantar una bolsa, los brazos me crujieron y con cuidado volví a colocarla en el suelo. Mi tía tomó aire, vi las venas de sus brazos y su cuello marcarse en la piel como una red azulada, tensa. Avanzamos hacia la carrera 21, allí tomamos aire en una esquina que olía a caña y a papel celofán. Mi tía me dio su bolso para que se lo llevase. Se notaba sobrepasada por el esfuerzo; imagino que cuando la acompañaban tía Pastora o mi madre se repartían mejor el peso.

Con un gesto de sus labios comprendí que debíamos movernos hacia la 20 y luego a la 19; a esas horas siempre pasaba alguien de Las jirajaras o de El Totumo que podría llevarnos de vuelta. De nuevo intenté ayudarla, pero mis manos temblaron con el peso. Algo sucedió dentro de mi tía al verme allí: pequeño, enclenque, sobrepasado por aquellas bolsas llenas de maíz.

Tía Marga me dio otro manotazo en el cabello y sin respirar soltó de golpe que durante la madrugada mi madre se había marchado de casa. Abrí mucho los ojos.

—Se fugó con un hombre —advirtió.

No lloré. No dije una sola palabra. Me froté las manos adoloridas contra el pantalón de pana; un pantalón azulado que me había regalado mamá apenas al comenzar las clases. Alcé el rostro, como pidiendo explicaciones.

—Se fugó con Gonzalo, el de la casa verde de La Vigía.

Seguí moviendo mis manos sobre el pantalón.

—Pero ¿ese Gonzalo no es Gonzalo Olavarrieta?

—Sí —respondió tía Marga.

—¿Y ese Gonzalo Olavarrieta no es mi papá?

—Pues sí, Jacinto. El mismo.

—O sea, que mi mamá se ha fugado con mi papá.

Mi tía asintió.

El aire se detuvo. El sol brilló justo en medio del cielo. Un calor filoso recorrió mi espalda; la calle fue un resplandor blanco lleno de cristales.

Quedé mareado. Sentí que el suelo se volvió blando y que al respirar dentro de mi cuerpo entraban toneladas de lodo.

Salí corriendo.

Ignoro la razón; ignoro lo que intentaba, lo que pretendía escurriéndome entre miles de personas que a esa hora transitaban por el centro de la ciudad para comprar los regalos navideños o los ingredientes de las hayacas. Corrí con todas mis fuerzas.

Mi padre me había abandonado apenas al nacer. Desde siempre supe su nombre, me mostraron sus fotografías, incluso la fachada de esa casa de la que había desaparecido apenas yo llegué al mundo, pero jamás tuve noticias suyas.

Admito que en ocasiones yo imaginaba que aquel hombre regresaba, daba explicaciones sobre un inesperado viaje, pedía perdón por su torpeza, nos llevaba a mi madre y a mí a vivir en Barquisimeto o en Caracas. Lo que jamás pude pensar es que mi padre regresaría para buscar a mi madre, pero que a los dos se les olvidaría llevarme con ellos.

Corrí como un loco esa mañana por la carrera 20. No iba a ningún lado, pero tenía mucha prisa. Durante varios minutos fui apenas el sonido de mis pies. Tropecé con piernas, con cajas, con otros niños, con buhoneros, con juguetes: carritos eléctricos, muñecos, casas. Mi tía me persiguió cuadras y cuadras hasta que, pensando que yo era un carterista, un policía barrigón y con bigote me sujetó del brazo. Tardamos un rato en aclarar la situación. La gente nos rodeaba, nos miraba con curiosidad. El aire olía a pasas, aceitunas, maíz, pimentón; mi tía explicaba con sequedad que yo había recibido una mala noticia, que por favor nos permitiesen retirarnos.

Al fin el policía me soltó del brazo. Desde los negocios sonaban absurdas, empalagosas canciones.

Sin respirar, tía Marga dijo que en casa yo seguiría muy bien, que ella se ocuparía de mí, que lo mismo haría tía Pastora; en ningún sitio iba a estar yo mejor que con mis primos: Néstor, Emilia, Francisca, Gabriela, Nicolasa. Ningún lugar mejor que Las jirajaras para vivir siempre, o al menos un buen tiempo, o al menos hasta que supiéramos a dónde se había ido mi madre con mi padre, o si pensaban volver o si pensaban llevarme o…

No respondí una palabra. Pensé que seguramente se trataba de un error; yo me había acostado en la hamaca la noche anterior y había visto a mamá echarse en el camastro. No hubo una palabra distinta, ni una advertencia, ni un gesto extraño; nada de nervios o distracciones.  Mi madre había sido exactamente la misma de cada día.

Imposible que se hubiese ido con ese señor al que detestaba. Yo tenía años oyendo hablar de él: malparido mentiroso, desgraciado irresponsable, tu papá, ese señor tu papá mentiroso, hijo de puta bicho malo, alacrán perro, coñodemadre rata, tu papá ese señor.

Ya volvería. Ya esta misma noche seguro la encontraría en el caserío fumando un cigarrito, contemplando las estrellas.

Tía Marga se secó el sudor del rostro; imagino que se tranquilizó al verme silencioso, siguiendo sus pasos. De golpe se detuvo en la esquina de la 19 con 34. Se dio un manotazo en la frente.

—Dejé tirado el maíz en plena calle; eso ya se lo agarraron. ¿Y ahora cómo hacemos las hayacas?

Sentí una vaga culpa, comprendí que mi escape había producido ese trastorno.

No cruzamos más palabras. Caminamos un buen trozo hasta la 16 con Vargas, bajamos una cuesta y en una bodega, tía Marga saludó con abrazos a la dueña: una mujer delgadísima con un apretado moño blanco. Hablaron de la aldea donde ambas nacieron, hablaron de los vecinos que se mudaron años atrás a Barquisimeto, de los hombres y mujeres que solo pudieron llegar hasta Las jirajaras. La tarde se fue apagando, el cielo se volvió un aceitoso color lila.

Las mujeres no pararon de conversar, pero a medida que se extinguía la luz, las palabras de ambas se hicieron más lentas, más espaciadas.

Antes de despedirse, tía Marga le pidió a la mujer que le fiase varios kilos de harina pan.

La señora llenó una bolsa con varios paquetes.

 

Esa noche regresamos tarde al caserío; tía Marga anunció que ese año había decidido sustituir el maíz pilado para las hayacas; tía Pastora y Emilia pusieron rostro de extrañeza, pero cuando alguna de las dos intentó quejarse, Marga alzó con firmeza su dedo índice y les indicó que hiciesen silencio.

Ya estaba a oscuras. Debí avanzar a tientas hasta la habitación de mi primo Néstor, me eché en la hamaca al lado de la suya. Pensé un buen rato en mi madre.

Al fondo escuché a tía Marga ordenar a Emilia que llevase velas a la cocina y que se acostase de inmediato.

Un gallo lejano, confuso, cantó un par de veces.

Escuché a tía Marga silbar desafinada.

Supe que estaba empezando a preparar el caldo y el guiso.

 

Novela publicada por La Pereza Ediciones (2025)

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