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1
Cuando Youseff benalfi llegó a Salerno, lo recibieron las calles tapizadas de carteles que anunciaban la muerte de Izet Sarajlic. Hacía demasiado frío para tratarse de la última semana de septiembre y por lo menos la mitad del engrudo que se había gastado ese día en la ciudad estaba detrás de la foto de Sarajlic, su nombre en mayúsculas y uno de sus poemas sobre el bombardeo de Sarajevo. «SARAJLIC», junto a los cruasanes en el escaparate de la panadería. «SARAJLIC», entre dos árboles de la plaza. «SARAJLIC», en cuatro carteles a ambos lados de la puerta de la frutería. Era la primera vez que veía los carteles necrológicos que son tan frecuentes en el sur de Italia y seguramente en cualquier circunstancia le habrían impresionado mucho, pero que se tratara además de Izet Sarajlic revestía el asunto de un dramatismo innecesario: él solo conocía dos personas que vivían en Salerno y ya una de ellas había muerto. Que el muerto fuese Izet le resultaba todavía más doloroso que cualquier otra muerte: la posibilidad de hacerle una entrevista e iniciar con ella un libro en el que también habría un ensayo dedicado a Sándor Márai fue uno de los motivos por los que había decidido trasladarse desde Barcelona. Siempre había pensado que esa conversación con Izet, que provenía de Sarajevo, una ciudad en la que convivieron musulmanes y cristianos durante tanto tiempo, habría sido muy importante para el libro y su intención de reflejar en él su propia vida de hijo de marroquíes que había vivido la mayor parte de su vida en Barcelona. Hubiera querido explicárselo a Nonna Rosa, la anciana en cuya casa se albergaría en estos meses, pero ella, que algo de su tristeza había entrevisto ya, intentó adelantarse en un castellano que provenía seguramente de Buenos Aires.
—Es un acto de justicia. Aquí hacemos mucha vida de plaza y es justo que a nuestra muerte las calles en que por años hemos respirado se enteren de nuestra partida —Nonna Rosa creía que el ensimismamiento de Youseff solo provenía de los carteles necrológicos.
—No se trata de eso, se trata de Izet.
—¿Lo conocías? ¿Era uno de tus amigos?
Realmente no. Solo habían hablado telefónicamente dos o tres veces y nunca más de cinco minutos seguidos por lo que no podían considerarse amigos. No podía ser entonces su muerte la que tanto le afectaba. Su dolor, su verdadero dolor era todavía más profundo y tenía años anclado en su cuerpo, atravesándolo como una estaca de arriba a abajo. Los avisos que notificaban la muerte de Izet lo habían despertado y el monstruo, desplegándose en su cabeza, derribaba islotes y hemisferios.
—Es peor, es mucho peor.
—¿A qué te refieres?
—Es que yo tengo muchos años luchando contra la muerte.
Nonna Rosa se retiró, creyó que era necesario dejarlo a solas y él, poco a poco, como si fuera un casete de los que se vendían en el siglo pasado, un casete de escuchar música, retrocedió hasta el día de la muerte de su hermano para sentirse en la piel del hombre que era cuando recibió aquella llamada telefónica. Él estaba solo en casa, había bebido varias cervezas y lo llamó la madre para decirle que su hermano había tenido un accidente, que estaba en cuidados intensivos y que solo esperaban su llegada para desconectarlo. Él fue, claro que fue: devoró, atravesando el centro de Barcelona, los setecientos metros que lo separaban del Hospital Clínico. Recordaba todavía que inicialmente, después de recibir la llamada, se había provisto de una navaja plegable comprada alguna vez en la cuchillería del Raval y la había metido en el bolsillo derecho del pantalón, pero que luego de salir de casa, mientras se aproximaba al hospital, por el miedo que le infundía la propia navaja, la había dejado caer junto a un árbol. Cuando llegó al hospital, los médicos le dijeron que solo esperaban su llegada, que lo único que se podía hacer era desconectarlo y Ahmed, como si Youseff hubiera actuado de ángel de la muerte, Ahmed murió casi inmediatamente.
Hubiera bastado con ello para acabarlo todo. La muerte de Ahmed era terrible ya de por sí. Porque era su único hermano, porque habían estado muy juntos toda la vida y porque en el último año, debido a alguna discusión imbécil que se había sobredimensionado y que luego con la muerte había recuperado su banalidad, en el último año no se habían frecuentado y tan solo se habían saludado una o dos veces. Esa distancia revestía lo sucedido de una culpa innecesaria. Se pasaba las noches pensando. Si no nos hubiésemos dejado de tratar, yo le habría podido decir que no fuese a esa manifestación, que no tenía sentido luchar por una causa que no nos pertenecía. Pero Ahmed fue, había ido y, después de su muerte, el problema más grave era la situación en que habían quedado sus padres, que también empezaron a morir e iban todos los días al cementerio.
Lo supo mucho después. Los dos salían muy temprano de casa, metían en el coche que había sido de Ahmed ropa y zapatos y permanecían todo el día junto a su tumba.
—¿Para qué? —les preguntó alguna vez.
—Porque creemos que resucitará y queremos darle ropas limpias.
—¿Qué sentido tiene eso si nosotros somos musulmanes? La resurrección es un asunto de los cristianos.
—Nosotros tan solo queremos que Ahmed vuelva —le dijo su padre y Youseff tuvo que callar. Era tan puro, tan natural su deseo. Además, ¿acaso ellos eran todavía musulmanes? El padre no había hecho el ramadán en los últimos quince años, la madre no rezaba y, fundamentalmente, Ahmed y él no habían sido educados como musulmanes. Por falta de tiempo, para no hacerlos sentir diferentes. Por tantas cosas. La única costumbre que respetaban era la de no comer cerdo, pero era más por asco que por cualquier otra cosa.
Para lograr el regreso de Ahmed, Ramsés y Fátima hicieron en esos años muchas cosas raras. Se olvidaron de Youseff, ignorándolo como si no existiera, y luego se concentraron en exhumar el cadáver (él finalmente los acompañó, pero no porque estuviera de acuerdo, sino para evitar que ellos adornaran la jornada con alguna otra locura) y trasladaron el cadáver, lo que quedaba de él, a Marruecos, donde en una sepultura, su cuerpo apenas cubierto por una túnica, sin la madera del ataúd ni el cemento de la fosa, se fundiría con la tierra.
Esa fue sin ningún tipo de dudas la escena más terrible. Por el olor que desprendía el cadáver de Ahmed. Por los gritos y las oraciones con que sus padres llenaron el cementerio y el viaje, larguísimo. Por la forma en que la carroza fúnebre huía por la autopista entre un cementerio y otro dejando tan solo una estela infernal de la que todos los autos se apartaban.
Esa era la muerte de la que él venía huyendo y por eso era que se había mudado de la casa de los padres en Barcelona al apartamento de Sabadell. Huía permanentemente del cadáver de Ahmed, de la muerte en vida de sus padres. Huía de sí mismo en las clases de la universidad, en los artículos que publicaba. Youseff se convirtió en un hombre que huía incluso de su sombra. Una vez asentado en Sabadell, había decidido huir también de allí y, luego de contactar la Nonna que ofrecía habitaciones en Via Arce («stanze economiche, per me è più importante la compagnia e parlare castigliano che i soldi») había decidido vivir una temporada en Salerno, donde ya no podría llevar a cabo el proyecto de entrevista con Izet Sarajlic.
Era una lástima, una verdadera lástima. Podría llorar. Si quisiera podría llorar, pero mejor era no hacerlo, al menos no todavía. Mejor pedirle a Nonna Rosa que a partir de ese día hablase con él en italiano, no en español. Así, ya que no podría entrevistar a Izet, estos días de Salerno servirían al menos para aprender algo, quizá italiano, y empezar a disfrutar del olor a cruasanes que parecía impregnar toda Via Arce.
Del diario de Youseff Benalfi: IGUAL DE PERDIDO
Cuando conozco a alguien, digo mi nombre y no suele haber ningún problema. Pero cuando intercambiamos los datos, después de la llamada perdida, debo pronunciarlo de nuevo.
—Youseff.
—¿Cómo?
—Te lo deletreo: ye de Yugoslavia, o de Oviedo, u de Uruguay, ese de Salamanca, e de Écija, efe de Formentera, efe de Formentera de nuevo.
—¿Y el apellido?
—Benalfi, con b de Barcelona al inicio.
CORO
Yo te amo y tu mi vuoi bene. Tú le llamas arepa y yo cachapa. Tú eres negrita y yo casi parezco un albino. Yo catira y tú guapo. Tú te enfadas y yo me arrecho. Yo estoy cerca de la casa de mis padres y tú tan lejos de los tuyos. Yo me siento fundador de Skype y a ti te basta con la tarifa plana. A ti te gusta el bacalao. A mí la pizza y la tamburriata. Tú eres proteica y yo farináceo. Yo vivo en la casa de mi suegra y tú no conoces a la tuya. Amárico es mi lengua y podría ser tu profesión. Tú bebes marrasquino y yo cerveza. Yo grappa y tú tequila. En el aeropuerto, necesitaríamos brazos de diez metros para rozarnos los dedos. Tú cuentas en dólares y yo en euros. Yo en bolívares, tú en pesos. Yo necesito visa para entrar a tu país, tú para pagar en el mío. Tú lees la Biblia y yo el Corán. Tú naciste en La Habana y yo en Tindouf. Tú jugabas metras en Caracas y yo canicas en Madrid. Nuestro amor es posible gracias a la guerra de los Balcanes. El nuestro al tratado de Shengen, al corralito, a la promesa literaria de Barcelona, a la beca que me dio Lula. Nosotros nos conocimos en la Delegación de Gobierno. Tú y yo, en la Questura: los dos buscábamos il permesso di soggiorno. Nuestro primer hijo se debería llamar Erasmo. El nuestro Fidel. El nuestro Mohamed. Pero lo bautizaremos en la iglesia del pueblo. Yo realmente prefiero que sea musulmán. O que no sea de ninguna religión. Pero que sea comunista. O republicano. O monárquico y del centrosinistra. Pero que tenga los ojos rasgados como tú. Que luego sea fotógrafo en la selva o cirujano en Beijing. Que sepa siempre que nos quisimos. Que sufrimos para querernos. Que aprendimos mucho el uno del otro. Que disfrutamos haciéndolo.
Novela ganadora del XVIII Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, editada en 2019 por su sello editorial.