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(…) El francés y su novio triestino saludaron a Kirsten, con la deferencia de los homosexuales para con las mujeres bonitas, y les invitaron a su mesa. Thierry, que así se llamaba el escritor francés novio de Aldo Lupi, les recomendó probar los vodka martinis y a Max le dio un gusto enorme saber que tenían algo en común.
Al poco rato, la conversación fue tan lúdica que Max había olvidado el hambre y disfrutó a mares la compañía de Kirsten que, a pesar no entendía nada de los temas que charlaban, era un adorable adorno.
Max empezaba a sentirse muy a gusto. No es un hombre fácil para los entornos, aunque no es prudente quedarse solo; la timidez le despierta un ego abusivo. Cuando puede, se recomienda a la distracción; una mujer desopilante, una conversación excitante, una preocupación sincera.
Aldo Lupi estaba encantado con Max. Agradecía el odio por su ciudad natal, quizá una de las ciudades menos interesante de Italia. Aldo era procedente de una formidable familia de armadores de barcos y huyó de Trieste cuando una turba de primos hermanos lo golpearon salvajemente porque, desde pequeño, descubrió la predilección por los niños de su mismo sexo. Había estudiado literatura en la universidad de Milán y ahora era un prestigioso corrector de estilo. Esa noche estaba muy achispado por los martinis y exultante porque había terminado de leer el ensayo de Claudio Magris.
“Según Brecht, Baudelaire es un poeta pequeño burgués cuyas palabras son como chaquetas usadas que han sido recicladas — Aldo Lupi comenzó a traducir, en voz alta, en Il Corriere della Sera—; mientras que para Tolstoi, las sensaciones evocadas en su lírica no le pueden interesar a ningún hombre sano. Brecht, por otra parte, es definido por Ionesco como un didascálico y estúpido creador de personajes acartonados y por Döblin como un romántico anticuado. Proust es liquidado con un sólo término: patrañas, por Beckett, y éste último es etiquetado a su vez como inútil epígono de Maeterlinck por Arno Schmidt. Para Voltaire, Homero es aburrido; y Joyce es un mediocre para Benn, Lawrence, Virginia Woolf, Pound y muchos otros. Nabokov considera una nulidad a Mann, Conrad, Cervantes, Camus, Eliot y Pound; la Divina Comedia, para el expresionista alemán Albert Ehrenstein, es la obra escolar, cerebral, pesada y sádica de un poeta musical, pero monótono.”
Concluido el párrafo, Aldo Lupi arrancó a llorar, inconsolable. Thierry lo abrazó y miró a Max de soslayo. Le confesó que Aldo era muy sensible, que sufría horrores con las bajezas de los hombres; y lloraba cuando algo hurgaba en su corazón; berreaba a diario y, por eso, lo quería dramatizadamente. Le reveló que nunca amaría a otro hombre; que Aldo era insustituible; que tenían un pacto de no sobrevivirse. Habían considerado, incluso, hasta el suicidio, antes de dejar de amarse.
Pocas veces le ocurre, Max sintió algo parecido a la depresión. La escena de La pietà masculina le procuró una lección. Max no conocía, a su edad, lo que era el amor. Había querido, y mucho, pero no amado. El amor a su madre no cuenta, eso es otra historia: un amor enfermizo y normal. Pocas mujeres le han movido el piso. Es verdad, le han acompañado y comprendido, cocinado, planchado, sanado sus gripes. Las otras, las que más, las que nunca olvida, las que acaricia en sus recuerdos; para expresarlo sólidamente, porque no existe mejor definición: lo han encucado. Subyugado no será jamás, ni cerca, una mejor definición.
Cuca es la palabra más linda del castellano hablado en Venezuela y es de fácil conjugación. No versa, necesariamente, sobre la pestilente vagina, es mucho más que esa parcela peluda que hiede a pescado descompuesto; ni de la malencarada vulva y sus hocicos leporinos. La cuca es una entidad, una institución divina, una frecuencia cerebral, una ofuscación dulce y abstracta. La cuca no es, necesariamente, para penetrarla, como lo puede ser la vulgar vagina. La cuca es para reverenciarla con fanatismo, para servir a sus designios, para que haga de nuestras vidas lo que a Ella le dé la puta y soberana gana. La cuca no se suplica, se pide. Dame la cuca, por ejemplo, pide el varón vernáculo a la hembra. Nunca te daré mi cuca, responden, muy a menudo, las irresponsables, como si fueran de ellas solas.
—Nos gusta considerar a los escritores cual custodios de lo universal-humano —violado con mucha frecuencia por la política—; pero, por ejemplo, en la guerra que disgregó a Yugoslavia, fueron a menudo los escritores los que incitaron al más salvaje de los odios nacionalistas.
Ni Pirandello, que se adhiere al fascismo inmediatamente después del asesinato de Matteotti; ni los escritores franceses que viajan a Moscú para asistir devotamente a la “Misa roja”, o bien, a las ejecuciones estalinistas de muchos de sus compañeros comunistas acusados de desviación; son un ejemplo recomendable de humanidad —así concluyó Aldo Lupi la lectura de Literatura & veneno.
Pero ya no lloraba, estaba destortillado de la risa. Una risa ebria que casi lo ahoga, una risa infinita, filosófica y fisiológica que lo hizo mearse en la silla. Thierry lo levantó de golpe, tomándolo por un brazo y arrastrándolo al baño a las patadas.
—Stronzo, pezzo di merda, ridicolo presuntuoso —le chillaba Thierry a su amado.
—… El narcisismo de los artistas se revela a menudo inhumano y mísero —le objetó el estilista, sin ninguna intención de parar de reírse. (…)
Extractos de la novela Días misántropos (Literatura Mondadori, 2009).