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El extranjero

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Del cadáver de la paloma solo quedaban las alas.

—¿Son las gaviotas, sabe?

Un barrendero se le había acercado sin que se diera cuenta y contemplaba junto a él los restos del ave. Era una mañana de domingo y a esa hora temprana no se veía a nadie más en la Alameda de Colón.

Parecían dos detectives contemplando la escena de un crimen.

—A veces las cazan en pleno vuelo y, ¡zas!, se las comen. Solo dejan las alas.

Con un movimiento automático de la escoba, el hombre barrió el amasijo de plumas y lo echó en el cesto de basura de su módulo rodante.

—¿Y recoge muchas?

—Unas diez, más o menos, cada día. Y no solo palomas. Tortolitas también y unos cuantos loritos. Que aquí los llaman «cotorras argentinas», vaya usted a saber por qué.

Es venezolano, pensó.

—Apenas ven salir el sol, se alebrestan y arde Troya —continuó—. Los turistas toman sus fotos. A la gente, en general, suele reconfortarle el sonido de las aves. Es curioso, ¿no? Es una masacre, pero nosotros la escuchamos como si fuera una melodía.

«Arde Troya», repitió para sí y entonces lo reconoció. Estaba calvo, con muchos años, arrugas y kilos encima, pero era él: el profe Castellano, que les dio Castellano y Literatura en el Liceo Caracas, hacía ya más de treinta años.

El hombre ahora lo observaba a él y le preguntó:

—¿Usted es de por acá?

—No —dijo.

Y se apresuró a aclarar:

—De Melilla.

Un brillo incipiente en la mirada del barrendero se apagó. Intercambiaron un «hasta luego» y siguió su camino en dirección al puerto.

Desde que habían cerrado la frontera con Marruecos, a causa de la pandemia, pasaba más tiempo en Málaga. Tenía un apartamento por la zona de El Perchel, que heredó de sus padres. Murieron con apenas un día de diferencia, en habitaciones separadas, sin saber del otro. El mismo protocolo sanitario del hospital le impidió visitarlos. Primero murió su madre y luego su padre. ¿O había sido al revés?

«Ou peut—être hier. Je ne sais pas».

Había sido el profesor Castellano quien les dio a leer los libros de Albert Camus. Cada año, su ritual de fin de curso consistía en leerles la carta que Camus le escribió a Monsieur Germain, su profesor de literatura del colegio, cuando ganó el premio Nobel en 1957. El profesor Castellano se emocionaba hasta las lágrimas, que al final lograba reprimir con un puntual carraspeo. No agregaba nada más. Sus compañeros, ya acostumbrados, tampoco se preguntaban del porqué de ese ritual. Solo él había comprendido. Y el profesor Castellano lo sabía.

Fue por esa época que abrigó la esperanza de ser escritor. Había llenado las páginas de un cuaderno con historias y reflexiones a medio acabar, un batiburrillo fraudulento tomado de Camus. Nunca terminaba los textos pues siempre se distraía imaginándose, ya de adulto, ganando el premio Nobel de Literatura y escribiendo su respectiva carta de agradecimiento al señor Castellano por haber sido el primero en reconocer su talento, la marca que señalaba desde temprano su glorioso destino. Por supuesto, no se convirtió en escritor. Aquel fervor se deshizo cuando sus padres decidieron que debían mudarse a España.

Sus padres habían nacido en Venezuela, pero ambos eran hijos de inmigrantes españoles. Y cuando la situación empezó a ponerse complicada, decidieron que «era hora de regresar». Él asumió el cambio como había asumido cada uno de los acontecimientos de su vida: con indiferencia. Una impavidez tan constante que terminó siendo su único rasgo definido, como el perfil que adquiere una roca después de miles de años dejándose mellar por el viento.

A medida que la situación en Venezuela tomaba el giro previsto, sus padres se relamían y se desesperaban, como si estuvieran orgullosos y a la vez devastados por la exactitud del presagio. Él no los entendía. ¿Para qué se habían marchado del país entonces? Para ellos, emigrar había sido como comprar asientos en un lejano palco que les permitía contemplar la catástrofe al otro lado del Atlántico. Sus pasaportes españoles eran los prismáticos con que no perdían detalle de un hundimiento que, en algún sentido, era también el de sus propias vidas.

Él, en cambio, se olvidó de Venezuela apenas puso el primer pie en el avión. De hecho, podría jurar que no había sido hasta esa mañana en que se había reencontrado a su profesor de Castellano y Literatura convertido en un viejo barrendero en Málaga, que los recuerdos de aquella vida anterior lo habían visitado de nuevo. Y esto no quería decir que no supiera que el profesor Castellano era uno de los más de siete millones de venezolanos que habían emigrado en los últimos años. Él había seguido las noticias, pero los números, los reportajes y las imágenes de aquella tragedia tenían para él el mismo valor que el aumento o el descenso en la producción de aceite de oliva en Jaén, o que los daños y muertos causados por algún tsunami en Asia o que el récord de goles de Messi en el Barcelona.

Fue poner el otro pie en su país de acogida y adaptarse lo más rápido posible. Todavía hoy se sorprende de lo fácil que resultó. Su capacidad de mimetizarse con el entorno hizo de él el mismo muchacho simpático y querido por todos que había sido antes en Caracas. Cuando terminó el instituto, creyó que su futuro era convertirse en notario. Lo intentó un par de años hasta que se dio cuenta de que no bastaba con su sangre camaleónica para entrar en aquel mundo. Después, se decidió por Derecho. Y como si se tratara de una secuencia natural, al graduarse hizo las oposiciones para un puesto como funcionario en la oficina de extranjería en Melilla, donde los sueldos eran mucho mejores que en el resto de España. Y allí se instaló, digamos que para siempre.

Antes de cinco años logró comprarse un carro y un apartamento propio. Los sábados solía cruzar la frontera para comprar pescado, que allí era abundante, bueno y barato. Pronto conoció bien muchas playas de la costa de Marruecos que eran verdaderos paraísos y que no figuraban en ninguna guía turística. En esos viajes aprovechaba para agenciarse alguna prostituta y de vez en cuando algún muchacho. Despachaba el sexo con más paciencia que ardor y comenzaba a hacerles preguntas, muchas preguntas. Al principio, sus acompañantes se mostraban desconfiados, pero luego comprendían que era uno de esos hombres muy solos, inofensivos, que en el fondo solo quieren hablar. Las conversaciones se prolongaban hasta la madrugada. Siempre hacía las mismas preguntas y en idéntico orden. Las reacciones eran previsibles. Las historias también. No le interesaba lo que aquellas personas tuvieran que contarle. Lo que nunca dejaba de fascinarle era que el truco funcionara una y otra vez. ¿Cómo nadie se daba cuenta? ¿Cómo todos caían en el engaño? Bueno, todos no. La única persona que lo descubrió desde el principio fue su madre y por eso ella le tenía pánico.   

A lo largo de las últimas tres décadas, sus padres se habían ido mudando por la Costa del Sol hasta llegar a Málaga. Desde que se independizó, él los visitaba un número exacto de días al año, llevándoles los mismos presentes en cada ocasión. Su padre agradecía aquella rutina como un perro viejo. Su madre, en cambio, se ponía nerviosa. ¿Continuaba con aquel régimen de visitas solo para convencerla de que estaba equivocada o lo hacía precisamente para confirmarle que aquel miedo inconfesable era real y así torturarla un poco? No lo sabía. Hasta las almas muertas escondían sus secretos.

¿Por qué no le había revelado al profesor Castellano quién era él? La respuesta más fácil sería que por ahorrarle al profesor el bochorno. La segunda respuesta más fácil sería que no lo hizo para limpiarse las manos de cualquier compromiso, de cualquier obligación de ayudarlo. Ninguna lo convencía. ¿Qué entonces? Unos segundos después, un leve rubor rozó sus mejillas. ¿Sería posible? ¿Vergüenza por no haberse convertido en un escritor? No digamos un Albert Camus sino un escritor a secas. El más mediocre, siquiera, pero escritor. Aguardó unos segundos, como hacía cuando creía que podría moverse algo allí dentro, pero no sucedió nada. Nunca sucedía nada.

Sin darse cuenta, sus pasos lo habían llevado hacia el paseo marítimo. Allí, levantó la vista hacia el cielo y vio a decenas de gaviotas dando vueltas. Emitían un gemido que podía ser el de un orgasmo o el de un grito de pavor.

Esa era una opción, pensó.

Imaginó la cara de pánico de uno de aquellos muchachitos marroquíes, las detonaciones interrumpiendo la conversación para siempre, sus propias palabras recogidas por la prensa.

«Ante la pregunta de por qué lo mató, el hombre, de nacionalidad española y nacido en Venezuela, respondió:

—No lo sé. Tenía calor».

Solo alguien como el profesor Castellano entendería el mensaje. Aunque, es probable, se horrorizaría. Aquella noticia no sería para nada lo que tenía en mente cuando les leía a sus estudiantes del Liceo Caracas la carta de Albert Camus a Monsieur Germain.

Pero, ¿cómo estar tan seguro?

Quizás el profesor Castellano recortaría la noticia del periódico y la guardaría entre sus pertenencias más queridas, que cabrían en una lata de galletas. Esas bagatelas que encuentra la policía cuando fuerza la puerta de un apartamento en el que el cadáver de su solitario inquilino, para consternación de los vecinos, ha comenzado a despedir el inconfundible olor. Cosas sin importancia, como aquellos cadáveres de palomas de la Alameda de Colón, que van a dar a la basura. Allí, donde el crimen y la belleza se suelen confundir sin distinción ni pudor.

 

Del libro Venecos (Páginas de Espuma, 2025)

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