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Si tú me miras,
soy como la mariposa roja;
si me hablas,
soy el perro que escucha;
si me amas,
soy la flor, que se calienta,
entre tus cabellos.
Si me rechazas,
soy como una canoa vacía
que boga por el río,
y los peñascos destrozan.
Como ha sido reseñado en diversas oportunidades, las antiguas civilizaciones se organizaron en las márgenes de algún río. Esta característica no parece responder ni a la casualidad, ni a los consabidos caprichos humanos y mucho menos a los resortes ocultos del azar. El río, desde tiempos inmemoriales, para emplear una frase hecha, ha constituido una pasión constante. En nuestros días es apenas un leve anhelo alquímico de vida, una metáfora, un hecho cultural de incalculable proyecciones míticas, un pretexto costumbrista, folklórico, para celebrar algunas fiestas paganas o rituales de orden religioso. Ejemplos sobran: el “Festival de la Zapoara” a orillas del Orinoco, el ritual de purificación que llevan a cabo los hindúes sumergiéndose en las aguas del Ganges.
Entre los hombres que viven de cara al río existe, entonces, una relación dichosa y aciaga, en sentido proporcional. El río brinda sus beneficios para perpetuar la vida, pero al mismo tiempo, cuando su cauce sobrepasa los perímetros de su ribera, la inundación (las espectaculares crecidas del río Orinoco que han inundado en varias oportunidades a Ciudad Bolívar desde 1.854 son sobradamente memorables) señala los poderes de la naturaleza y permite que el hombre adquiera conciencia del mundo y así comience a crear los métodos para que el entorno natural responda a sus designios y controles. Para quienes no han sido partícipes de una inundación de seguro será difícil imaginar la escena luego que el agua se adueña de las calles, casas y objetos. Los hombres tienen una perspectiva del mundo distinta y renovada. Autos, viviendas y postes de luz ahogados por el agua se torna en objetos inusitados e insólitos que de seguro alimentarán esa imaginería literaria que se conoce como realismo mágico. No parece fuera de contexto citar a Roland Barthes cuando escribe sobre la inundación de París de 1.955: “Toda ruptura un tanto amplia de lo cotidiano introduce a la fiesta. Así la crecida no sólo eligió y descentró algunos objetos, sino que trastornó la cenestesia misma del paisaje, la organización ancestral de los horizontes: las líneas habituales del catastro, las cortinas de árboles, las hileras de casa, las rutas, el propio lecho del río, esa estabilidad fundamental tan bien preparada por las formas de la propiedad…” O sea que una inundación es si se quiere una propuesta subversiva de la naturaleza, ya que trastoca la visión rutinaria que tenemos del entorno que nos rodea y del cual formamos parte. Además, una inundación sirve para poner a prueba nuestro sentido de solidaridad.
Una inundación no está desprovista de su lado peripatético. Para la prensa una inundación es un hecho noticioso, pero si repite cada año pierde interés. García Márquez cuenta, en alguna de sus excelentes crónicas, una experiencia sucedida al fotógrafo Guillermo Angulo, con respecto a la inundación del alcantarillado en México, hecho que según cuenta el “Gabo” ocurre todos los años. Ese día de la inundación no había fotógrafo en la redacción del diario y para cubrirla envían al aprendiz Angulo, quien ni siquiera sabía donde quedaba el disparador de la cámara: “Angulo no había visto el drama. Pero había visto, con esa especie de vista interior que había de ser el secreto de su carrera, las cosas naturales que hacían algunos seres humanos. Tomó la foto de dos novios besándose con el agua en la cintura, de una niñita bañando a su muñeca en el albañal, de un hombre cargando un caballo y de un niño navegando en un paraguas”.
Uno de los signos de nuestro tiempo es el colapso que sufre el frágil equilibrio de la naturaleza, debido al desmedido progreso industrial. Esta eventualidad ha ido creando una nueva ética del hombre con respecto a su entorno natural e instaurando a su vez una singular horda de vociferantes, especie de profetas, cuya filosofía se reduce al proteccionismo del ambiente. Los verdes y ecologistas se atrincheran para defender el aire libre, la capa de ozono, los ríos, los animales y las plantas. La naturaleza deviene así en renovado mito y, como ha escrito Barthes, el mito no se define por el objeto de su mensaje, sino por la forma en que se le profiere. Los ecologistas y demás epígonos se lanzan a la calle a protestar contra las centrales nucleares y las industrias. Los menos politizados se conforman con escalar cerros y hacer turismo por la Gran Sabana. No obstante, frente a esta defensa del medio ambiente, los avances tecnológicos apenas han hecho una mínima concesión: el reciclaje. El ecologismo es una mitología sin carnadura política y al Estado no le interesan los árboles porque éstos no votan ni hablan. En lo particular me he declarado un animal urbano, mi corazón no tambalea ante ese espectáculo de inmensos ríos o feroces caídas de agua. Apenas tolero, de malas maneras, los espacios naturales saturados de agua, aire limpio y clorofila en esas bellas postales a todo color. Uno podría amparar su mala fe por la naturaleza citando aquella frase contenida en el Fedro de Platón: “Yo soy amante del conocimiento: ni el campo ni los árboles jamás me han enseñado nada, lo que sé lo he aprendido de los hombres”.
Hechas estas divagaciones, convengamos entonces que el río participa de esa otra mitología literaturesca que lo convalida a ser una máxima filosófica (“En los mismos ríos, dos veces, entramos y no entramos, estamos y no estamos”, Heráclito) o tema de redacción poética.
¿Cómo funciona el río en el poema? Para ofrecer respuesta a esta pregunta, con un carácter eminentemente profesoral, parece lógico considerar algunos poemas cuya médula central sea el río. Poemas y poetas escogidos de un manera arbitraria y sin mucho razonado acartonamiento. Nunca he temido ser tachado de la lista del rigor intelectual ya que a la convicción a la cual me apego, sin miramientos, es que nunca intentaré escribir con convicción, o en el peor de los casos escribir para convencer a nadie. Escribo ensayos con sentido lúdico y con vocación de suerte.
Retomando el tema que nos ocupa demos inicio con un poema de Enriqueta Arvelo Larriva, donde el río es sencillamente un elemento poco transmutado por la metáfora y sirve de apoyo para traspapelar emociones de índole intimista:
El Río está tibio
como mi piel
y sabe bañarme el alma.Juega conmigo a ahogar mi hondura
Nudo de culebras de sol
No se parece el río
a aquellos ojos quietos que no quise.
La hondura es quizás un sentimiento de soledad premeditada. La metáfora sobre el río es más bien una imagen muy propia del llano, “nudo de culebras”. El movimiento del río permite un enfático sentimiento de fría ternura, de suave rechazo de amor requerido. Otras veces el río es un recuerdo, una sustancia almacenada en la memoria y permite visualizar el tránsito de la infancia a la vejez, como sucede en este poema de Reynaldo Pérez So:
Cruel hasta el fondo
hay
un río en mi memoria
de niño cantaba para desviar
el curso de ese río
ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan
En otras ocasiones el río permite descubrir la muerte con una sencilla e implacable belleza. Roldán Montoya no menciona a la ahogada que uno se imagina como una mujer inquietamente bella:
Vienes desde el tiempo
Y atrapas tu fantasía entre rocas
juegas con el río y ya no despiertas.
Para Teófilo Tortolero mirar un paisaje desde la ribera le permite captar la naturaleza en sus cambios imperceptibles al caer la noche:
El apamate de flores serenas
se ha tendido en el río
Ya los pájaros de pupilas errantes
retornaron de sus trabajos hechiceros
Y la noche, cerrando la caja de colores
abre entonces
los jazmines y los grillos
El poeta Luis Alberto Ángulo emplea al río con un sentido no explícito y las interpretaciones a ese cuerpo inmenso bebiéndose los ríos puede ser la vastedad de un paisaje o cualquier otra explicación que en sí el poema sugiere:
NADA
Nada ni nadie
es culpable
si no fuera por
ese cuerpo inmenso
bebiéndose
los ríos
Para Vicente Gerbasi el recodo del río es una especie de espejo donde se congela el movimiento del mundo y que refleja su ser interior:
Frutas azuladas por luciérnagas
en un lento movimiento de hojas
Hondo en el alma
es el espacio
que todo lo refleja
en el agua oscura.
El río en su curso a través del lenguaje se transmuta en una figura retórica: la metáfora. En la Poética de Aristóteles puede leerse que la metáfora es transferencia de un nombre de una cosa a otra. Para otro maestro de la retórica, como Quintiliano, la metáfora es una simplificación precisa de la similitud. Cicerón considera que los nombres de los objetos en la naturaleza pueden ser designados con otros nombres para enriquecer el estilo. La metáfora quedará entonces como un cambio de sentido para embellecer el mundo desde el lenguaje. No sin razón Hölderlin aseguraba: “Pleno está de méritos el Hombre; mas no por ellos, sino por la poesía es que hace de esta tierra su morada”. El pensar metafórico es diametralmente opuesto al pensar lógico e intenta acentuar una manera distinta de interpretar el mundo. Frente al pensar literal, el pensar metafórico es una posibilidad para aprehender el mundo desde el costado de la belleza.
El lenguaje poético a diferencia del lenguaje instrumento, donde el orden a las reglas de la gramática es casi dictatorial, intenta apropiarse de la naturaleza mediante una idealización sublime. Se podría aseverar entonces que el lenguaje poético no busca hacer del ámbito social, o natural, un escenario propicio para el Poder, menos aún intenta de proporcionarle certezas ideológicas y espirituales al hombre; si acaso procura reencontrar la vitalidad interior del ser. La poesía no es un lenguaje para nombrar el mundo; es, si se ha de ser preciso, un metalenguaje para transparentar el mundo en todos sus órdenes. Imaginar el mundo mediante una metáfora es mucho más complejo que registrarlo a través de los discursos del poder, que por lo general se enmascaran con el lenguaje de la poesía. Es mucho más complicado e interesante captar con metáforas la esencia sustancial del río, que capturar un pez con una red.
El lenguaje resulta a la larga la dificultad específica que afronta el individuo a la hora de cualquier especulación conceptual del mundo. No cabe duda que la realidad es transformada, dilatada y corrompida por el poder del discurso —sea novelístico, poético, ensayísticos—, que la señala, la denuncia y la envuelve. Fuera del lenguaje somos vanas sombras y la agonía dialéctica del hombre comienza no cuando hace silencio o dice cosas equivocadas, sino cuando hace del lenguaje un malabarismo literario para crear dogmas inamovibles o verdades absolutas. En soledad con el lenguaje uno prefiere la ebullición de las contradicciones a la serena seriedad del pseudo saber académico y sus palabreos militantes y cientifistas. Por eso resulta tonificante lo escrito por García Bacca sobre la metáfora, cuando frente a la imbricada escolástica profesoral antepone el desorden sencillo de la lucidez: “Andar entre las ideas, caminar entre los valores, pasearse entre los seres sin caer en ninguno de ellos, mirar todas las cosas desde esa superficie de nivel, ¿no será la faena propia de la Poesía y en especial el trabajo que debe realizar la metáfora?”.