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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Ella está próxima y viene con pie callado

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El país me dejó atrás.
Pero el país no fue a ninguna parte.

Igor Barreto

Cuando era niño tenía dos miedos que opacaban todos los otros, incluso a aquel de que un ángel guardián bajara con su cuchillo de llama durante la noche para matarme, aprovechando el sueño y el sentimiento de culpa. Uno era el de morir asfixiado por olvidar respirar; el otro, que los demás pudieran escuchar lo que pensaba. No eran omnipresentes (la palabra más larga de mi infancia, junto con omnisapiente), el primero sólo se presentaba cuando estaba solo, en esas horas de la tarde que son eternas para los niños y donde se descubren, entre otras cosas, la soledad, el aburrimiento y, con algo de precocidad, la masturbación. Entonces prestaba atención a cada inhalación y escuchaba el aire cruzar las fosas nasales una y otra vez, como si estuviera bajo el agua y necesitara administrar el oxígeno; de pronto llegaba un amigo, me mandaban a comprar algo o surgía un juego absorbente, y respiraba de nuevo de manera involuntaria y feliz. El otro temor persistía más, trataba de pensar —y trataba de escucharme— en él cuando estaba solo, pero solía acometerme en medio de otros, en especial si los otros eran adultos. En esos momentos trataba de no pensar en nada que pudiera ser considerado como malo o irritante, que pudiera mostrar a los demás cómo era yo realmente. ¿Surgirían de allí el asma que estremeció mi infancia y esa capacidad para mentirme, incluso estando solo?

Ahora, esta noche empeñada en prolongarse como las tardes de hace treinta años, mis temores son otros: que el teléfono suene y no sepa qué decir a esa voz, como efectivamente sucederá, o que el ron se acabe antes de que la borrachera me lance a la inconsciencia. Mis miedos han cambiado de posición, antes eran metafísicos, internos; ahora se desprenden de algo que debe ser la fenomenología misma, o estar muy cerca de la fisiología especulativa, sobre todo cuando las ganas de vomitar te rondan y el temor a la llamada se confunde con el miedo a que no llame nunca, y todo este dolor, y el disco de María Bethânia que escucho casi todas las tardes, sean en vano.

Al levantarme veo mi reflejo en el espejo del cuarto: estoy aquí, lo que queda ebrio y solitario de mí un mes después de la desaparición de Haydée, en una sala que, dentro de un orden relativo (creado por ella, por su buen gusto y aparente equilibrio), se ve perturbada por un portarretrato colocado boca abajo, con su apoyo erguido como la aleta de un tiburón muerto junto a la contestadora y sobre la mesita del teléfono. Foto que cada cierto tiempo levanto para constatar que seguimos allí, juntos. Voy por más hielo y licor, de vuelta me instalo en el balcón, justo al borde de la medianoche en Bello Monte, intranquila, salpicada de brillos azulados que delatan a televidentes tardíos. Tropiezo con el Bélgica, casi todas sus luces están apagadas, menos la del apartamento que se encuentra a la altura del mío, un poco más bajo. Otro trasnochado probablemente. Abajo, la avenida descansa, apenas cruzada por uno que otro carro y un camión de aseo que se oye, pero no se ve, debe andar por la esquina. Una silueta aparece en la ventana iluminada del Bélgica. La distancia no impide saber que se trata de una mujer rubia deshaciéndose de su ropa al ritmo de una música que no alcanzo a oír. Deja caer la blusa sobre el sofá y por el movimiento de los brazos supongo que hace lo mismo con la falda, la pared del edificio no me permite ver más abajo de su cintura. Ahora sus manos liberan los senos del sostén y vuelven abajo para dejarla completamente desnuda. Sé que las noches de Caracas dan para todo, pero nunca imaginé que parte de ese todo fuera a presentarse frente a mi balcón, mucho menos en los gestos de una mujer que ahora toma algo de abajo y se lo lleva a la sien. Una explosión y pierdo el apartamento por un instante. Las luces se apagaron.

Un suicidio, por primera vez en mi vida contemplo uno. Abajo, en la avenida, el camión del IMAU devora lentamente la basura depositada en la entrada de los edificios, un poco más adelante su escape detona ¿nuevamente? Vuelvo a la ventana de la catira, ningún movimiento, nada que indique la presencia de un ser vivo, su supervivencia. No se trata de un error. Espero un rato más, sobrio por el impacto, pero no tanto como para llamar a la policía, no quiero implicarme ni explicar, ya tengo suficientes problemas. Algún vecino habrá escuchado también el disparo y en cualquier momento aparecerá una patrulla, una ambulancia u otra luz intermitente de rigor.

Ha pasado una hora y nadie ha dado la señal de alarma ni el menor gesto de atención a esa tragedia que acaba de concluir o iniciarse a menos de cincuenta metros. La detonación pudo haber sido opacada por los ruidos del camión de la basura, aunque yo la escuché, o los vecinos están demasiado acostumbrados a los disparos durante la noche. De no haberla visto tampoco habría prestado atención. La violencia, los golpes y la inseguridad nos han hecho sordos a las armas de fuego.

A pesar del trasnocho y del ratón me levanté temprano y bajé enseguida, crucé la calle y aproveché la salida de una pareja para ingresar a la planta baja del Bélgica. Marqué el botón del ascensor ligando que no fuera de los que sólo funcionan con llave, al abrirse las puertas pasó a mi lado sin mirarme —por qué habría de hacerlo—, respirando, viva. A pesar de la distancia y la noche estaba seguro de que era ella. No intenté subir.

 

Al entrar a la oficina Matías anuncia que el jefe de redacción ha preguntado un par de veces por mí. Tiene cara de duelo anticipado.

—¿Cómo estás, David?  No sé si te habrás enterado de que Carlos Andrés ya no es el presidente de la República, y Lepage tampoco.

—Déjese de ironías conmigo.

—Perdona, era sólo para ponerte al día, considerando que estás en Miraflores y que allí uno nunca se entera de nada.

No me gusta Vargas, pero tiene razón, las últimas dos semanas no he hecho gran cosa por adelantarme a los otros periodistas en busca de primicias. El tubazo me lo dieron a mí, y todavía no me recupero. Intento armar una excusa, pero Vargas se adelanta.

—Escucha, viejito, sé que tus cosas no andan bien, y entiendo que la política nacional de un país subdesarrollado te sepa a bolas. Sobres bombas, presidentes enjuiciados, conspiraciones para dar un golpe de estado; tienes razón, son mariqueras comparadas con lo que te hizo tu mujer. Qué importa que el periódico ponga la cómica yendo detrás de todos los diarios de la ciudad, y que nos enteremos por el noticiero de las diez de lo que debemos publicar al día siguiente.

Me va a sacar de Miraflores, conozco bien a Vargas, sólo espero que no me devuelvan a Cultura.

—David Davidovich. Qué vaina. Sé que eres un excelente profesional, por eso no te mando al carajo. Rivera se hará cargo de tu puesto, tómate unos días y trata de ordenar tu vida —pone una mano en mi hombro, gesto raro en Vargas—, yo sé lo que es un divorcio. Es más, tómate el mes, las vacaciones, y regresa antes de que una junta militar decida prescindir de nuestros servicios.

Un día apocalíptico, lleno de malos presagios y peores noticias: las vacaciones adelantadas, los mensajes de la contestadora, dos de mis cheques rebotaron y al parecer Matías va a embarcarme otra vez. No sé por qué continuamos citándonos en La Vesuviana, el servicio es malo desde hace un par de años luz, y está lleno de recuerdos. Aquí nos encontrábamos Haydée y yo cuando estábamos en la universidad y simpatizábamos con el MAS, que al final tampoco pudo (o peor, terminó enganchado con uno de sus enemigos), como muchos proyectos del país. Me obligan a tomar las vacaciones porque cada vez me interesa menos seguir de cerca el hundimiento de una nación, por eso me dejan de lado. Sí, el país me deja atrás, Igor, pero el país nuevamente no irá a ninguna parte donde no lo pueda alcanzar con un pequeño esfuerzo. Fue un discreto modo de no botarme, de darme tiempo para recuperar el aliento y así poder volver a dar la cara justamente entre políticos, donde todo lo que brilla es máscara. Apareció el hombre.

—Lo siento, el tráfico es un completo desastre, voy a empezar a dejar el carro en la casa y a moverme en Metro. El cheque que le diste a Yánez rebotó.           —No me extraña, debo estar bastante rayado en la oficina.

—No creas, todos saben que estás pasando por un mal momento. Igual deberías controlar esa cuenta, y ahorrar un poco, como están las cosas en el país es bueno tener una reserva. ¿Ya has pensado qué vas a hacer?

—No sé todavía, estoy entre alcoholizarme o dedicarme al voyeurismo profesional, o hablar con la gente de El Nacional para ver si me permiten escribir en Feriado sobre la vida íntima de un divorciado. A ellos les encanta ese tipo de vainas.

—También podrías ver a un psicólogo, o hablar con Haydée y tratar de aclarar la situación. ¿Has sabido algo de ella?

—Esta tarde conseguí un mensaje en la contestadora, pidiendo que acuda a una cita con un amigo suyo que es abogado, como si los abogados pudieran tener amigos. Quiere gestionar el divorcio y todavía no me ha dicho por qué nos separamos.

—Las mujeres son una vaina. Oye, David, si quieres, puedo prestarte el carro y darte las llaves de la casa en Boca de Uchire. Yo puedo moverme en el carrito de Leticia y tú salir de este infierno por unos días, descansar. A propósito, ¿no has sabido nada del carro?

—Ya debe estar en Colombia, o se ha reintegrado al universo de repuestos, accesorios y autoperiquitos. No, no he vuelto a llamar a la Petejota. Gracias por tu oferta, lo voy a pensar.

 

Salir de Caracas, como si toda la crisis, nacional y personal, estuviera concentrada en este valle de bombas e intentonas. A veces parece que así es, pero uno nunca abandona la ciudad, no puede, lo dijo un poeta que le gustaba mucho a Haydée, dedicada ahora a recitar en la contestadora. Hoy dejó un nuevo mensaje, una mentada de madre por no haber acudido a la cita con el abogado. Por qué no deja su número de teléfono. Pasé casi todo el día viendo televisión, es increíble lo mala que es, y la cantidad de programas repetidos. La devaluación y el saber que tienen un público cautivo (quién sale o va al cine con tanta inseguridad y carestía) les permite pasar una y otra vez los mismos programas, creando una clase de eternidad inferior, donde Guy Williams, Lorne Greene o Pedro Picapiedra continúan siendo los mismos después de veinte años. En mí llega a ejercer un efecto hipnótico, una vez que lo prendo no puedo apartarme de la pantalla por muy malo que sea lo que están pasando. Cerca de las cinco, cuando estaba a punto de empezar Quién manda a quién, he recordado que dejé los papeles del seguro en el periódico, y mañana debo ir temprano a renovarlo.

 

Apenas salgo del edificio los veo, la catira y otro tipo, también blanco, pálido. Se dan un abrazo y el pálido sortea los carros, aborda la acera y me adelanta, lo alcanzo en la parada del metrobús y quedamos separados por apenas tres cuerpos. El sujeto espera de perfil, con la cara marcada por el acné o un sarampión tardío, con un leve encorvamiento que sumado a su flacura lo hace parecer más alto de lo que realmente es. Aparece el autobús y lo abordamos casi al mismo tiempo, ambos tenemos boletos integrados, al contrario de los tres improvisados que nos separaban. Me pregunto qué tipo de relación tendrá con la catira y trato de observarlo discretamente, pero está demasiado cerca y debo adoptar su misma mirada perdida, la usual entre seres aglomerados y en tránsito.

Extraño el Chevette, durante un buen tiempo me evitó estos apretujones y rostros avinagrados. Conservo las llaves en una gaveta del escritorio, junto con una descripción escrita a máquina que fotocopié quince veces, inútilmente. Nos apeamos en Sabana Grande y descendemos al interior de la estación, no estoy siguiéndolo, simplemente llevamos el mismo camino, cruzamos los torniquetes y nos dirigimos al andén del tren que va hacia Propatria. Allí nos separamos por un momento, de hecho, lo he perdido entre la multitud que se apelmaza ante la raya amarilla. Llega el tren y entre forcejeos entra la mayor parte de los “señores usuarios”. Prefiero esperar el siguiente, al parecer el chico pálido también. Generalmente los vagones de los extremos son los que van menos llenos, me aproximo al chico, que se encuentra en la esquina por donde entra el tren. El pasillo se va llenando rápidamente, muchos empleados salen a esta hora de su trabajo. Tiene una actitud extraña, vacilante, se balancea casi imperceptiblemente, muy cerca de la raya amarilla. Por los altavoces advierten a los usuarios que se mantengan alejados de la raya, pero el muchacho actúa como si no fuera con él (y en principio nada indica que sea con él). Tengo la impresión de que se acerca un poco más, que los rieles se iluminan y aparecen las luces del tren y el pálido se balancea con mayor énfasis. El golpe de viento que anuncia la pronta entrada de los vagones, el movimiento del muchacho, la voz en off. Tengo tiempo de ver en las escaleras a dos empleados del Metro intentando avanzar desesperados entre la multitud que desciende y de escuchar la corneta del tren por primera vez en mi vida, el muchacho y el rostro del conductor aún más pálido pasar violentamente. Las puertas se abren y en la lucha entre los que entran y salen lo pierdo de vista. Señal de cierre de puertas, el vagón comienza a moverse y puedo ver a través de las ventanas numerosas versiones del muchacho, rostros tan desorientados como el suyo.

 

Por supuesto, Matías se resiste a creer, a pesar de los tipos del Metro y la cara de susto del conductor. Lo conseguí en la oficina, empantanado en un artículo sobre las posibles consecuencias de la aplicación del IVA sin que exista una infraestructura adecuada por parte del gobierno para evitar los abusos, y logré arrastrarlo a esta tasquita de La Candelaria donde trato de vincular dos simulacros de suicidios presenciados en menos de cuatro días. Matías vuelve a sugerir la posibilidad de comerse una ración de chistorras y de que vea a un amigo psicólogo que tiene su consultorio en La Florida, y es un lacaniano auténtico.

—Y seguro tiene una pequeña finca en el campo psicoanalítico.

—Donde cosecha tempestades. ¿Las pedimos?

—La última vez que comimos algo aquí estuve vomitando todo el día siguiente.

—Y no fue a causa del viaje de palos que nos metimos esa noche. Entonces, ¿crees tener un reportaje?

—Hay una historia allí, no creo estar desvariando.

—No sé, todo eso en estos momentos. No digo que estés inventando cosas pero, en realidad no importa. Están descubriéndose tramas más escabrosas en otros lugares de la ciudad y en tipos demasiado apegados a su vida, aunque no a la de otros, como López Sisco, nuestro disip favorito, por poner un ejemplo; sin mencionar a todos esos militares empeñados en suicidar al país. ¿Qué importancia pueden tener tus semisuicidas frente a todo eso?

—Me interesan a mí. Tienes razón, en otra situación, con otro ánimo, estaría en estos momentos de cabeza en Miraflores o en el Congreso, y no observando a gente sin ninguna importancia. Como nosotros, si a ver vamos.

—¿Cómo están las cosas allá abajo?

—¿En el infierno? Tuve a la belleza sentada en mis rodillas, durante ocho años, y de repente se levantó y se fue sin dar explicaciones. ¿Cómo crees que están?

Guardamos silencio mientras el mesonero retira las botellas vacías y coloca dos tercios llenos y helados. A pesar de la mala comida me gusta esta tasca, las hélices de los ventiladores de techo, siempre con el aspecto de estar a punto de venirse abajo; los viejos, en su mayoría gallegos, apoyados en la barra, conversando o viendo algún programa de TVE. Las parabólicas y la televisión por cable han contribuido a iberizar todavía más La Candelaria.

—Sin explicaciones. Eso es lo que más me arrecha, todavía no sé por qué carajo se fue, si hay otro o si fue por mi culpa, o por falta de niños, por no haberlos tenido cuando ella quería.

—El último año casi no le prestabas atención. Perdona que te lo diga, David, pero es que hasta me siento un poco responsable: entre el trabajo y las escapadas en busca de pelea imagino que apenas parabas en tu casa.

—¿Y por qué carajo te sientes responsable?

—Por todas las veces que te cubrí, cuando decía a Haydée que te habías quedado a dormir con nosotros, o que estabas haciendo un reportaje en el interior.

—No lo hacía todo el tiempo y, bueno, de alguna manera lo compensaba. No hablemos más de eso. ¿Crees que juzguen a alguno de los ex-presidentes por lo de los sobres bombas?

 

De la edición de Schwob Ediciones (2022)

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