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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Gael despierta frente al espejo, descubre la sangre seca en su reflejo. Tiene pegotes, rojos y grotescos, alrededor de la boca, desde las mejillas hasta la punta de su nariz. No recuerda cómo llegó allí. Suspira resignado. Mira a su alrededor, al menos reconoce el cuarto de baño, el inodoro, la toalla, la bañera. Está en casa. Está desnudo y estima que la ducha tiene rato abierta porque el vapor inunda el cuarto. Se mira las manos manchadas de sangre y barro seco, y entonces vuelve a verse en el espejo, concentrado en aquellos pegotes rojos. Saca la lengua y saborea el cobrizo gusto ya lejano, porque la sangre está seca. La sangre. Y la imagen se viene sólida a la cabeza: el hilo rojo corriendo entre aquellos muslos femeninos, de piel tersa, blanca y firme. Siente la erección tensarse. La memoria ha empezado a fallarle, pero agradece seguir acordándose de lo importante. Lo esencial. Y vuelve nítida otra imagen, la de la sangre tiñendo el centro, vivo en latidos ansiosos, entre jadeos excitados de dolor. Toca el miembro endurecido, pero entonces decide que será mejor ponerse en marcha, tiene trabajo que hacer. Con calma ajusta la temperatura y se mete bajo el caudal de agua que empieza a borrar los pegotes de la cara y el cuello, el barro de las manos y los brazos. Mientras la suciedad se disuelve, se arma en su mente un rompecabezas de sensaciones. El frenesí de los aromas. El sosiego cuando callan los gritos. La satisfacción de entregarse a las sombras. Respira hondo, prefiere concentrarse en la sensación de las gotas cayendo sobre su rostro y enumerar en su mente las tareas que tiene pendientes. Ir al lugar de los hechos y verificar que no haya rastros de lo sucedido. Luego deshacerse de su ropa ensangrentada, y después estar atento a las noticias. Está tranquilo. Sabe que para cuando se den cuenta de que algo falta, lo que haya quedado de lo que mató estará muy descompuesto como para recordar cómo lucía antes y tardarán en reconocerla y pasará el tiempo. Para Gael, el tiempo es un monstruo que devora el presente y lo transforma. Por eso sabe que hay que darle tiempo… al tiempo. Para seguir sumando, sigiloso, días de muerte al ciclo y así Gael siempre estará muy lejos, escondido. Siempre perseguido, pero a salvo en su mente rota.
1
No puedo abrir los ojos. El dolor que viene desde la base del cuello y palpita en ondas abrazando el cráneo no me lo permite. Nariz, dientes y encías duelen. Respirar duele. Despertar duele. Si tan solo no tuviera que abrirlos. Pero un timbre suena y todo retumba dentro de mi cabeza. Con los ojos cerrados me siento. Estoy en el piso, descubro que ahí pasé la noche, y en la oscuridad siento cómo mi cuarto tarda unos segundos en alinearse con mi cerebro que flota. Contraigo el rostro porque duele. Suspiro y siento cómo el vaho del vino añejado, entre la nariz y la boca, me golpea. El timbre de algo sigue sonando, lo reconozco, pero todavía no del todo, es lejano. ¿Qué día es hoy? Ah, sí, es día de semana, es mi celular. Atiendo:
—¡Ana Helena, es tarde otra vez!
Y claro, es Emilia. Está molesta, solo me llama por mis dos nombres cuando está molesta.
—Sí, sí. Dame una hora.
El agua tibia del baño matutino me reconforta. Se alivia la mandíbula y las sienes se relajan ligeramente. La resaca cede. También el bruxismo que apareció en algún momento entre la penosa demanda por plagio, el proceso de divorcio y la segunda mudanza. Entre una cosa y otra empecé a apretar y morder, apretar y morder, hasta que una noche, comiendo entre cajas y con la tele encendida en el piso, sentí que la mandíbula se trababa haciéndome mantener la boca abierta un par de minutos que parecieron horas. Cuando pude cerrarla sentía las grandes ondas de dolor desatadas sobre los músculos del cuello, mandíbula y encías, todo palpitante, haciéndome brotar lágrimas.
“La fuerza de la mandíbula es de unos setenta y siete kilos por centímetro cuadrado” había dicho la doctora, un dato totalmente abstracto para mí. Pero desde entonces empecé a contar, contar las frotadas de las muelas, consciente del sonido de los crujidos en mi cabeza, consciente de la fuerza atroz que ejercía en todos los músculos del cuello. Crujido, crujido, crujido. Después de muchos meses el bruxismo se ha quedado conmigo. Las férulas ayudan, pero no lo suficiente. Flores de Bach, respiraciones nocturnas, técnicas de meditación, terapia y más terapia, nada han solucionado. El problema no es el bruxismo. El problema soy yo. Por eso solo las pastillas ayudan: Prozac, Rivotril, Oxicontin; todas, combinadas o no… ayudan. Con el bruxismo. Conmigo.
2
Frente a mí hay dos personas más, aguardamos en fila uno de los tres ascensores que reparten gente a lo largo de veinte pisos de oficinas en el edificio del Grupo De Los Ríos, la editorial más importante de Sarracenia D.F. Como cada mañana en este punto del día ya no muerdo por efecto del ansiolítico, y gracias al analgésico ya nada duele. En medio del acostumbrado sopor químico, tras los lentes de sol, contemplo mi reflejo distorsionado sobre la pared de mármol pulido. Soy apenas un boceto. Atontada acumulo saliva que trago mientras muevo mi cabeza haciendo que el reflejo pierda su forma una y otra vez. Puede ser que me esté excediendo con las dosis. Ya tengo dos meses sin asistir a terapia. Mi querida psiquiatra, Cornelia Cifuentes, no estuvo muy de acuerdo cuando le dije que necesitaba un tiempo: estoy exhausta de hablar de lo mismo dos veces por semana. Ya pasaron dos años desde que Martín me dejó y ya no quiero hablar más de él. Debió haber sido mi determinación lo que la convenció. Me adelantó tres meses de recetas, con las fechas correspondientes al tratamiento, claro. Probablemente ignore la existencia de algunos médicos clínicos que, por una buena cantidad de dinero, vendan un par de recetas de más. Sé que no debería excederme… sino tendré que volver a sentarme en la silla de cuero, en donde el culo me suda, en donde me desgajo, un pedazo a la vez, hablando de lo mismo, una y otra vez.
Siento el celular vibrar en mi cartera, pero no quiero atender, sé que es Emilia. Bostezo. Al fin suena el timbre monótono que nos avisa la llegada del ascensor. Cuando se abren las puertas, entro con un grupo de personas y apretujadas viajamos hasta piso seis. Veo cómo, después de la descompresión de rigor, sale un grupo; hago otro bostezo menos disimulado y, mientras otros entran a empujones, noto como una gota de saliva se escurre entre las comisuras de mi boca. Rápidamente, limpio con el dorso de la mano, espiando alrededor, deseando que nadie lo hubiera notado. Pero ahí están… el par de ojos de este tipo.
Este tipo estuvo por aquí la semana pasada, paseándose entre Recursos Humanos, en el piso seis, y Capitalia, en el piso diez. Lo vi cuando llegó la primera vez, lo vi cuando esperaba en recepción junto a otros candidatos por una entrevista, volví a verlo cuando al fin se reunió con Emilia. Y ahora está aquí. En el fondo del ascensor a solo dos cabezas de distancia y viéndome babear con una chispa en los ojos.
Al notar que lo veo deja de mirarme. Bajo la cabeza sintiendo mis mejillas calientes, sonrojadas de vergüenza. En menos de dos segundos me volteo con disimulo para contemplarlo. Destaca de entre la homogeneidad de los oficinistas comunes, trajeados de cabellos al ras. Él es más alto que el promedio, y tiene la piel de las mejillas blancas fresca y cremosa, contrasta con un cabello, negro y espeso, que húmedo cae a su antojo, desprolijo. Seguro que la ducha mañanera ha sido rápida y no ha querido llegar tarde, porque probablemente es responsable pero no tanto como para dormir temprano y porque, de todas maneras, sabe que su cabello se ve bien. Un cabello así se vería bien de cualquier forma.
Cambio mi postura para poder verlo mejor detrás de mis lentes oscuros. La chaqueta negra, muy usada, cae sobre un jean que lleva al descuido y tiene una mochila de fotógrafo grande y con muchos bolsillos. Al fin el ascensor llega a piso diez. Después de la rápida descomprensión salgo sin ver tras de mí. Las puertas de vidrio, con el rotulado donde se lee Capitalia, se abren automáticamente ante mi paso. Luego me volteo y confirmo que en efecto este tipo, con sus ojos verdes y el cabello desaliñado a la perfección, entra tras de mí. Me quedo ahí, parada, tomándome el tiempo, solo para verlo mientras lo escucho anunciarse en la recepción: Gael De Santos.
—¡Helena!
Escucho la voz de Emilia y yo regreso a la realidad de la oficina. Me quito los lentes, los tiro en la cartera y camino finalmente a mi puesto de trabajo.
3
—¡Fraude Electoral! —dice Emilia apenas entro a la oficina— ¡Gobernadores y alcaldes recién elegidos hace un mes son fraudulentos! Se descubrió todo, Helena ¡Todo! Los votos con identificaciones de difuntos, los chantajes a empleados públicos —sigue diciendo sin respirar y enumerando con gestos grandilocuentes.
Emilia es mi prima y la editora en jefe de Capitalia, una de las dos revistas del grupo editorial De Los Ríos, que también genera tres periódicos y lidera el mercado editorial de libros electrónicos e impresos. Después de mi enrevesado proceso judicial que duró dos años, en donde se resolvieron la demanda por plagio, el divorcio y la pugna por los bienes, y todo terminara muy mal para mí: sin empleo, sola y en bancarrota, Emilia tuvo la idea de ofrecerme un trabajo como su asistente aquí, hace ocho largos meses.
—¡Hay que replantear la edición de esta semana! Tendremos que armar un plan de trabajo para sacar provecho, todo está hablado ¡la primicia es nuestra!
Mientras se extiende a hablar de entrevistas exclusivas y fuentes confidenciales negociadas, me pregunto disimulando un bostezo si toda aquella verborrea veloz será un atajo para no detenerse a pensar en que todos sus días son iguales. Hoy es la primicia del fraude electoral. Mañana será el tubazo del robo de los bonos petroleros. Y después será la entrevista exclusiva al ministro de agronomía por los negocios bilaterales con China. Como las comedias de mediados de los noventas, cada semana de mi prima cumple una estructura rígida en donde solo varía el conflicto.
—La noticia la darán en dos días. Se están haciendo las negociaciones y los nuevos convenios ¡Tenemos que hacer una reunión hoy mismo! —dice casi gritando, moviendo mucho sus uñas pintadas. —¡Prepara la sala de juntas!
Y yo cansada ya de solo escucharla me volteo para ir a hacer café.
—¡Helena! No te olvides de pensar en mi propuesta.
¡Ah!, sí, la propuesta. Emilia quiere que empiece a escribir para Capitalia. Emilia no tiene idea. Asiento apretando las muelas sin sentir las encías.
4
No soy periodista, apenas si logré graduarme antes de decidirme a ser lo que siempre quise ser: escritora. Aunque, si mi última novela la escribí hace cinco años, puedo decir que solía serlo. Gané mi primer concurso de literatura con un poema para el día de las madres a los ocho años y a los doce escribí y dirigí la obra de teatro de fin de año, una copia impune de Carrie de Stephen King, con jugo de frutilla como sangre. Y ya a mediados de la veintena gané mi primer premio por mi cuento: La Muerte Roja. Después de eso seguí ganando: premios pequeños, concursos grandes, publicaciones importantes, y con ello también gané esa tibia notoriedad de la que gozan los escritores, que fue suficiente para llamar la atención de un hombre como Martín.
—¡Heli, toma nota! —dice Emilia, entre dientes, entonces empieza: —Buen día, chicos. Les debe parecer extraño que a pocos días de la edición de la semana los cite pero imagino que ya saben a qué se debe.
Los periodistas se quedan callados, unos con expresión de confusión.
—¡Fraude electoral! —dice de una vez por todas Eglantina Lombardi, ilustre periodista especializada en política y economía ya desde hace varios años. Emilia sonríe y asiente. Yo mientras llevo la minuta con desgano. Escribo en la laptop con errores, enumerando sin mayúsculas, apenas motivada por el agradable café.
—¡Sí! Víctor ya negoció, Primera Hora y Capitalia tienen la primicia. Esto es inédito para el país, ¡Haremos historia! Así que tenemos que replantear esta edición en tiempo récord.
—¿En solo dos días? —se queja el señor Antonio seguido de Ricardo Rodríguez. Son los periodistas más antiguos. Más de una vez Emilia ha dicho que la brecha generacional ya ha empezado a ser una molestia. Emilia trata de hablar en medio de murmullos exaltados.
—¿Acaso no se lo veían venir? —interviene Eglantina para calmar los ánimos.
Y mientras se dedica a enumerar la cantidad de eventos que predecían dicho desenlace electoral yo decido esconderme tras la laptop para bostezar. El dolor de cabeza ha sido sustituido por una leve presión adormilada que viene desde las encías, sería una lástima desaprovechar el momento de bienestar con esta discusión sin importancia. Por unos minutos me desconecto, logro abstraerme de todo el ruido hasta poder simular atención sin escucharlos. Veo sus bocas moverse, pero en mi mente no hay codificación alguna de información y entonces hago un sorbo del reconfortante café. Pero Gael aparece en la puerta. Así que me reacomodo en la silla solo para verlo mejor. Pocos han notado su llegada y él después de un tímido saludo camina y mira con sus ojos verdes, grandes, que orbitan en la oscuridad de unas ojeras profundas, como si nada, como si su presencia fuera algo trivial. Mientras todos continúan en la misma disertación lo veo sentarse al lado de Eglantina y saludarla con un beso, demasiado familiar, en la mejilla. Ella le dice algo al oído y él asiente y toma nota en una pequeña libreta que saca del bolsillo interno de su chaqueta. Abandonada a una profunda necesidad que me calienta las mejillas de nuevo, lo contemplo. Escribe usando un lápiz nuevo, de borra completa y no usa reloj. Vuelvo a ver su cabello, que oculta sus ojos, solo un poco, lo necesario para que haya que verlo dos veces para confirmar que algo así, de hecho, existe. Siento la mandíbula tensa y aflojo en un suspiro. Deja de escribir y pasea su mirada por el salón. Se encuentra conmigo, que lo veo. Me ignora.
—Entonces yo me encargo de… Heli, toma nota por favor —dice Emilia llamando mi atención. Yo de inmediato, simulo un gesto de concentración en medio de una postura dispuesta y Emilia empieza a dictar nombres. Después sigue hablando y yo trato de mostrar interés, escucho a Fernando Ortega, que cubre Internacionales y a Rafael y a Chino de Gobernación, discutir una lista de políticos para entrevistar, tratando de lograr una agenda que logre cumplir con toda la edición para el lunes. Eglantina se levanta y sugiere la lista de sus fuentes. Luego se explaya en un par de ideas para enfocar la línea editorial de este número, todos la escuchan y asienten a modo de aprobación, porque, como siempre, no existe otra alternativa que no sea su propuesta. La propuesta de Eglantina, la línea editorial de Eglantina, el labial rojo de Eglantina. Los tacones altos de Eglantina.
—Bien, antes de que se vayan les informo la llegada del nuevo reportero gráfico, Gael De Santos, que desde ya está a su disposición. Necesito que le expliquen el sistema de asignación de pautas y que…
—Perdón —interrumpe Eglantina—, me adelanté y lo necesito para las pautas de hoy y mañana —advierte con una sonrisa de satisfacción. Pero nadie lo nota, solo Rafael que se la queda viendo con el gesto tenso, tratando de disimular el disgusto, pero antes de reaccionar Emilia da por finalizada la reunión.
Todos los periodistas se levantan y van saliendo por la puerta de vidrio y mientras Emilia me habla, pidiendo que haga una cosa u otra, yo estoy más concentrada en verlo a Gael, a través del vidrio. Escoltado por Eglantina, se dirigen hacia su nuevo puesto, allí, mientras la chica habla y habla, él toma la mochila de fotógrafo y salen juntos hasta el ascensor.
5
Llegar a casa siempre es el mejor momento del día. Abro la puerta y me invaden los olores viejos de la rutina mañanera, el ligero perfume del incienso y un poco a pan tostado, que se quedaron encerrados porque siempre olvido abrir la ventana de la cocina. Paso al lado de las cajas de la mudanza todavía sin abrir. Ocho meses pasaron y todavía no me animo. Voy hasta la cocina, me sirvo un poco de vino blanco en la vieja taza de la promoción XXVI del año dos mil de la Universidad Católica Sta. Clara. Sé que tengo un juego de copas en el fondo de alguna de las cajas, un juego de cristal que compramos juntos. Martín y yo. Así que prefiero la taza. Me tomo el vino de un trago y camino hasta mi cuarto. Me saco los zapatos, me quito la ropa y tomo un baño con la televisión encendida en las noticias. Bajo la ducha, me encuentro pensando en la hoja en blanco. Si empiezo a escribir por mi cuenta seguro que Emilia dejaría de presionarme con la columna. Podría por lo menos retomar un ensayo que empecé hace un año. Se trataba de la creatividad, y sus procesos. No era muy original, pero tenía la intención de darle otro enfoque. Comparaba los procesos creativos de algunos escritores nóveles, quería explotar la idea ingenua de la musa como una presencia mística. Investigué y quise conversar con otros escritores. Pero entonces ocurría la separación de Martín y con ello las mudanzas: de mi casa a un hotel, de ahí con Emilia y de ahí a esta casa. Simplemente perdí el interés, así como perdí cajas en el camino. Cierro los ojos y dejo que el agua templada caiga sobre la cara y vuelvo a llorar. Odio las mudanzas.
Después de ponerme el pijama me siento en el escritorio frente a la laptop con otra taza de vino blanco, unos cubos de queso y unas galletas saladas, que es lo único que hay para comer. Me aburro en las redes sociales. Además, me molesta tener que hacerlo desde la cuenta ficticia que me abrí desde que se descubrió el plagio. Una sugerencia de mi ex agente en vista de “la reacción de algunos de mis seguidores”. Suspiro y sorbo vino. Para Martín ocurrió todo lo contrario. A raíz del “sonado divorcio” se hizo más popular, y prolífico. Puedo verlo en la frecuencia con la que muchos cuelgan en sus timelines sus textos durante la semana. Escribe al menos para tres revistas digitales, un par de psiquiatría y la de la universidad en donde sigue siendo profesor. Respiro para relajar de nuevo la mandíbula y entonces me tomo la taza de un trago y acepto que sigo sin llevarlo bien, como diría Cornelia. Veo el viejo ejemplar de Drácula de Bram Stoker en la esquina del escritorio, él único libro que no está en el fondo de alguna caja. No es más que un ejemplar de bolsillo, pero lo he leído tantas veces como bolígrafos, marcadores y lápices han subrayado líneas, frases y hasta párrafos preferidos en diferentes épocas y edades. Cuando era adolescente, y los senos no paraban de crecer, el vientre de doler y empezaba a sentir un gusto exagerado por los muchachos de cabello largo, el castillo de sombras y pasadizos me mantuvo conectada conmigo mientras pasaba la tormenta de aquella mutación de niña a adolescente. Desde entonces volvía a él cada vez que algo cambiaba o dolía, no importaba lo que estuviera leyendo, ni el género, ni en dónde estuviera, siempre volvía a él. Como cuando mi padre se fue o cuando vi a mi primer novio besar a otra. El disfrute de aquella novela volvía a poner todo en su sitio. Pero hace tiempo que no parece ser suficiente, ni el castillo en los Montes Cárpatos, ni la triada de novias hambrientas de sangre, ni la inocente fortaleza de Mina, ni la horrorosa maldad del conde, ni el terror de Jonathan Harker. Nada es suficiente. Agarro el libro y lo guardo en la gaveta porque no quiero verlo. Apago la televisión y hago una respiración para relajar la mandíbula apretada. Y vuelvo a ver la laptop. Voy a la carpeta de películas. Es una selección mía que varía desde películas de fantasmas, terror psicológico, un poco de sangre aquí, un poco de canibalismo allá y otras de violencia clasificación “R”. Las conservo porque alguna vez fueron útiles para crear mis propias historias. Mi imaginario. La más nueva debe tener diez años. Miro la lista y entro a la sub carpeta que nombré “Parafilias” y le doy play a una película donde todos se excitan viendo o sufriendo accidentes de autos. Me meto bajo la cobija con la laptop y tomo vino. Me concentro en la nariz de James Spader, y la barbilla, y la manera como el pelo cae en su rostro cuando coge. Me gusta él, no solo en esta, sino en aquella otra película, donde se excita azotando a su secretaria. Pervertido de cabellera abundante. Al cabo de un rato la vertiginosa explosión de carne y tecnología que me entusiasmaba tanto, de pronto me parece repetitiva y sin alma. ¿Algo volverá a ser suficiente? Y sin más, me quedo dormida, entre el chirrido de los autos destrozados y algunos gemidos sobreactuados.
6
Sorbo la copa y hago anotaciones rápidas en una libreta mientras escucho a Emilia durante el almuerzo.
—Debemos conseguir las fotos de las identificaciones falsas. Arréglame la reunión con el dirigente del partido opositor y pásame un memo con los puntos a tratar, los que conversamos ayer. Recuérdame que haga hincapié en fotografiar las pruebas: las identificaciones falsas, los libros de registro de los votantes duplicados, las boletas…
Le hago señas al mesonero para que llene la copa de nuevo y Emilia se detiene, hace como que no me ve y sigue comiendo.
—Apunta, por favor, no te olvides de arreglar el menú para la cena de hoy y las bebidas, que no falte nada como cuando estuvimos cubriendo la situación de rehenes en el supermercado del centro y te quedaste dormida.
Se detiene para respirar y masticar otro bocado. Yo apunto mientras termino mi copa de un trago para que el mesonero vuelva a llenarla.
—¿Y no es muy temprano para eso? —dice Emilia finalmente. Sonrío sin levantar la mirada de la libreta.
—Es vino de almuerzo, no pasa nada.
—No pasaría nada si estuvieras comiendo algo.
—Traje algo para almorzar en la oficina.
La verdad es que no tengo hambre. Mientras el mesonero llena la copa nos quedamos calladas y Emilia entonces me ve atenta. No sé si es un reproche o si es la primera vez que me presta real atención, lo cierto es que veo en sus ojos esa equivocada determinación bienhechora. Esas ganas incontenibles de meterse en mi vida. Cuando el mesonero se va, entonces pregunta:
—¿Has pensado en mi propuesta?
Dejo el bolígrafo sobre la libreta y me quedo viendo el borde de mi copa y suspiro sin decir nada.
—Sé que no es fácil, pero por algo tienes que empezar. No te quiero presionar, pero creo que es una decisión que no tomarás sola jamás. Además, tengo ya varias ideas, estoy segura de que tu nombre le daría cierto enfoque a la línea editorial, después de todo eres muy conocida…
—Te gusta presionar, Emi —interrumpo diciendo entre dientes—, sé que quieres ayudarme, pero no me digas que no quieres presionar. Presionar es lo que más te gusta hacer. —Emilia se queda callada mirándome con ojos muy abiertos y los labios apretados. Y yo me siento mal de pronto. Siempre es lo mismo con Emilia, siempre es lo mismo conmigo. —Mira, si empiezo a escribir para Capitalia, una revista de noticias de política y economía, probablemente me tome más trabajo volver a la ficción. Sabes cómo es —su mirada empieza a suavizarse—. Dame un par de días, prometo que lo pensaré. Sé que no puedo seguir dándole largas, pero no estoy segura de querer escribir de política y —suspiro buscando otra excusa que se escuche más verosímil—… déjame pensar en algunos temas que no entorpezcan la línea editorial de la revista y que pueda manejar… con fluidez —finalizo con dificultad y pienso que yo no puedo manejar con fluidez nada, que nada fluye. Emilia no lo entiende. Pero con esto relaja el gesto.
—Está bien, Helena. No pasa nada. Lo conversamos después de que salga esta edición.
Suspiro aliviada mientras termino de anotar en mayúsculas: “PENSAR PROPUESTA”. Entonces Emilia reanuda el manejo de los cubiertos, corta un trozo de carne y luego un poco de sus chips de batata. De pronto hace señas para pedir la cuenta, y yo hago un sorbo de la copa.
—¿Todavía no has sabido nada de Martín?
Suspiro sin verla. Es la única persona que después de todo todavía pregunta por él.
—No. Te había dicho que creía que se había ido de la ciudad, o del país. No espero ya saber nada de él —sorbo de mi copa—. Y creo que tú deberías renunciar a esa idea también…
—¿Sabes si sigue con la muchachita, Verónica?
—Supongo que sí.
La escucho suspirar y esperar unos segundos de silencio prudente que suponen empatía hasta que se enciende el piloto automático que la desconecta de mí.
—Muy bien. Hoy te quedas con nosotros en la oficina, trabajaremos hasta tarde.
El mesonero aparece, ella checa la cuenta, saca un par de billetes y sigue hablando mientras recoge el celular y su bolígrafo:
—Vamos que te dejaré en la editorial. Después debes pasarme el memo con las pautas. Por favor, no te olvides de enviarme a quien esté de guardia, creo que le toca a Rafa y el fotógrafo que esté disponible, a las tres en punto —se levanta y yo apresuro mi copa de un sorbo y voy detrás de ella—. Y en la agenda gris están las direcciones y los números de las dos personas que debo ver hoy. Debes confirmar que Eglantina haya logrado hacer la cita con uno de los trabajadores públicos chantajeado, y que tome fotos. ¡No te olvides, Helena! ¡No te olvides!
7
El reflejo distorsionado de mi figura en el mármol pulido se contorsiona de un lado, haciéndome parecer un boceto deforme. Torcida. El vino me ha pegado así que tomo café mientras espero el ascensor, hipnotizada por las formas que toma mi reflejo cuando me muevo. De la nada aparece a mi lado otra figura: más alta, más encorvada y oscura, pero un boceto al fin. Me volteo para descubrir a Gael. Me mira e intercambiamos algo como una mueca dudosa que supone un saludo. El ascensor suena y las puertas se abren. Entramos y lo dejo marcar el piso diez. Gael se viste de negro y la vieja mochila todavía huele a cuero cuando se mueve. Gael no sabe que existo. El ascensor se abre en nuestro piso y salimos casi al mismo tiempo. Camino hasta mi escritorio y me vuelvo para verlo andar con el pelo revuelto y siento como que hay al menos un centenar de vidas que no he vivido y que se me escapan en un suspiro. Sorbo mi vaso de café y lo veo llegar a su puesto y esconderse detrás del monitor finalmente. Muerdo, fricción, crujido. Un mensaje me llega al celular. Es Emilia y dice: ¡No lo olvides! El memo, la agenda, la cena.
Editorial Dunken, 2024