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Éxigo: El polvo en la garganta

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DANIELLA – I

Veinte años después, el vértigo persiste. Hace tiempo que perdí la cuenta de las presentaciones en directo. No sé cuántas veces he estado sobre una tarima, dejándome la piel entre la guitarra y el bajo. No puedo seguir haciendo esto. El sacrificio emocional es devastador e irreversible. Mi voz dejó de ser mi voz. Sobrevivió, a pesar de mi empeño por destruirla, pero quedó marcada. Los ingenieros de sonido me ayudan a hacer algunas trampas, a convertir el defecto en estilo y construirle un disfraz a la garganta. Me enfrento a las horas previas de mi último concierto con sensaciones encontradas, varada en la frontera entre la gratitud y el dolor. La gira, la última gira, es el punto final de un extenuante recorrido. No es fácil ser una estrella, nunca quise serlo. Éxigo fue un accidente, un tropiezo casual e inoportuno que nos llevó hasta lo más alto, pero también nos destrozó la vida.

Un halo de tristeza enrarece el auditorio vacío. Tengo que asimilar el fin de mi carrera sin dramatismo ni euforia. Mis manos tiemblan. El corazón, herido por los excesos, reclama mi atención. Taquicardia. Disnea. Cierro los ojos. Me gusta el silencio. El contraste entre el inicio y el cierre de los conciertos es una experiencia fascinante. Camino hasta el proscenio. Los vomitorios están libres, los asientos limpios, las luces apagadas. La música transforma los espacios. Cuando el espectáculo comienza, las personas agrupadas en la platea se diluyen en una mancha negra, en un único aullido movedizo. La multitud es una ráfaga, un resplandor intermitente que grita nuestros nombres. Las canciones desprenden energía, magia blanca y negra. El artista en escena es capaz de volar. Después del huracán, solo quedan los restos: los vasos de cerveza, las bandanas rotas, las bolsas de Ruffles o las huellas de zapatos en los charcos. 

Cuando todo comenzó éramos niños. Nosotros no hicimos canciones con la intención de transformar el mundo. Solo miramos alrededor, hicimos un paneo por nuestro entorno y describimos la oscuridad rampante. El significado de Éxigo es equívoco. Los medios especializados, la crítica y los académicos, dicen que hicimos historia, que nuestra exitosa peripecia es el reflejo trágico de un continente abducido por su mala fortuna. Los escépticos alegan que somos un producto sin méritos artísticos ni ingenio; para otros fuimos y somos una banda incómoda, un dedo en la llaga, aves de mal agüero y profetas del desastre. 

Camino hasta el micrófono fijo, abro los brazos y vuelo sobre el tiempo. A mi izquierda, los teclados solitarios, el lugar de Willie. Detrás de nosotras, Frank golpea los platillos. Y Shena se encara con el público, envuelve la guitarra con su abrazo delirante. La realidad reclama mi atención. Barullo alrededor. Fifo recibe a los invitados especiales, a las grandes estrellas que suplantarán la voz de mi enemiga íntima y acérrima. La doctora Arce me vigila desde la esquina; sabe que en cualquier momento puedo desplomarme. Vuelvo a mirar la sala vacía. Me inclino frente al público ausente, le doy las gracias por estar ahí, le ofrezco mi más honesta reverencia. 

Regreso al camerino. Una y otra vez, leo el mensaje de Shena, enviado hace cuatro semanas, cuando el éxito en Londres agotó las entradas de París, Barcelona y surgió la posibilidad de mudar el espectáculo de Madrid al WiZink Center. Repaso la última balada, la dolorosa elegía. Nunca la ensayamos, no nos hace falta. Si hay que hacerla, la haremos bien. Algunas cosas no se olvidan, a pesar de que tenemos más de diez años sin tocar juntas. No sé si podremos cantarla, ni siquiera sé si vendrá. Mi puño envuelve su brazalete negro, roído y gastado. A pesar del tiempo, conserva su olor natural, el perfume abrasivo, el sudor ácido. Comienza la prueba de sonido, debo levantarme, ponerme la máscara y tomarme las pastillas para que mi cabeza no sabotee mi último acto, tengo que prepararme para ofrecer mis mortajas y hacer un esfuerzo sobrehumano de cara a los aficionados incondicionales. «Cuando vengas, si quieres, te acompaño en “No me preguntes”. Te amo, ¡Perra!». Eliminar mensaje. Miro la hora. Falta poco. Me calzo el brazalete en mi mano izquierda, lo amarro. Levanto el móvil y hago la foto. Instagram: noche de emociones y reencuentros. #ÉxigoElÚltimoConcierto. En menos de un minuto, centenares de corazones, likes, emoticones desesperados: aplausos, lágrimas, incredulidad, dolor estomacal, vértigo. La sensación de pánico es la misma que me invadía al inicio, cuando no sabíamos a dónde íbamos. El escenario es el cielo y el infierno del artista. La ascensión y la caída ocurren de manera simultánea e invisible. 

Edición de Ediciones Kalathos (2025)

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