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mens sana in corpore sano…

El sauna es una sensación maravillosa. Purificante. Se recomienda colocar un paño mojado y frío sobre el busto para que no se caiga. El calor es pánico en esta zona tan delicada de la piel. Y de hecho, todas entramos desnudas, protegiéndonos los senos y el cabello. Porque para el cabello el sauna también es terrible. Le queda a una el pelo así, duro, reseco, sin forma.
Hay una mujer morena, frente a mí, que hace caso omiso de esas dos observaciones. Sus senos son indiscutiblemente firmes, pequeños y redondos, y su pelo es tan corto, que poco importa la forma que tenga. Completamente desnuda, sin previsión, unta aceite de miel en sus muslos fuertes y demarcados. Lo hace con placer, con la soberbia de quien tiene un cuerpo impecable. Sonriendo me ofrece un poco de su loción.
—Gracias— y detecto en su mirada una extraña y permisiva sensualidad. Ella lo advierte sin afectarse en lo absoluto, todo lo contrario, pone su sonrisa más adentro, humedece su boca ancha y nos mira abiertamente con la forma de su deseo.
Hay todo tipo de personas en este gimnasio. Señoras decentes y señoras de la vida. Estudiantes, señoras artríticas, candidatas al Miss Dosmiluno o cualquier cosa. Hacemos los ejercicios con música, con Madonna o Cindy Lauper. Hacemos ejercicios con estilo y dedicación. La profesora se esmera en lucir perfecta, y real- mente se mantiene bien. Se llama Mariela y es divorciada. Su marido la acusó, entre otras cosas, de narcicismo. —Yo, sí, chica… bien narcisa ¿qué pasa? Si espero a que me cuide él, a que él se ocupe de mí, me pudro mijita. Así que: “Vete si te da la gana”, yo se lo dije bien claro. Una se cansa de presión y presión. Los niños, los celos, los platos. Una se cansa chica. Y bueno, ahora estoy bien… sola, un poco, claro… todo es un rollo. Pero mejor que casada mi amor, eso es seguro…
Y se rió con ganas. Tiene la piel algo seca en el entorno de los ojos, de esos que ella tiene vivos y pequeños, y por eso o por reírse de esas cosas que ella se ríe, ya no puede disimular en líneas de expresión las marcas de sus treinta y cinco años. Es moderna, y cuida en extremo su apariencia, lleva lo último en monos de gimnasia, medias de licra, calentadores, y una sudadera de color vivo le sujeta el cabello. Sin embargo, a veces, sonríe con algo amargo entre los dientes. No sé cómo explicarlo. Algo de envidia, una sombra de incomodidad, de hastío, de aridez en esa lucha diaria por mantener, por evitar, por endurecer, adelgazar…
La clase fue dura: cuarenta y cinco minutos completos. Barra, abdominales, faciales, hombros, cintura y relajación. Hay alumnas torpes. Eva, por ejemplo, no tiene elasticidad y aunque su mono es negro y de licra como el de Mariela, no llega, no aguanta. Suceden cosas irreparables, desastres peores que el suyo, pero no puede evitarlo y se hunde en el espejo desolada. Contempla los rollos de grasa, su perfil irregular, los bultos de sus caderas, sus senos venidos a menos, su herida en el vientre y se ve allí, que no es objeto de amor ni de nada. Y, movida sabe Dios por cuál ingenua esperanza, saca de su bolso una crema de algas.
—Es muy buena. Dicen que hace milagros. Es buena para los masajes. Quema la grasa, la quema todita.
Después de la clase, así están todas: perfeccionándose. Cuidando su cuerpo, el que les queda. Claro que siempre están las favorecidas, pero igualmente inconformes. Vislumbran en cualquier repliegue, en la parte posterior de los muslos apresada por sus manos instigadoras, la forma de unos grumitos, de la temible celulitis y hay que prevenirla. Con determinación sacan los fuertes y efectivos cepillos de crin de sus lockers y frotan la superficie afectada por cinco minutos. Entre hoy y mañana deben erradicar esa amenaza.
Una muchacha jovencita, aficionada seguramente al Toronto y a las “Tardes Felices” del canal cuatro, ve como una fatalidad el correr de una estría aquí, otra más allá y otra… todo eso estriado. Una no puede engordar y adelgazar todo el tiempo, mi amor. Pero la niña se unta un aceite especial que le compró su mamá, la señora Reina que está en el sauna y se conserva tan joven, tan esbelta, tan bronceada, tan intacta, como cuando la concibió. Hazle caso a tú mamá, mi amor, y ponte a dieta…
“También yo estoy en el gimnasio, pero por razones absolutamente …cómo diría… de índole sanitaria, por mi salud. Aunque más de una vez, y estoy segura que me sucederá en cualquier momento, me quedo allí, frente al espejo, tratando de levantar el “derriere”, tratando de imaginarme como ya no soy.
El edificio del Centro Comercial donde queda el gimnasio es de ladrillo rojo, y en el nivel C-1, hay una fuente de soda que da a la Avenida Los Cedros donde, a partir de las seis de la tarde, montan su negocio los “transfor”. Son bellísimas y altas, esbeltas y sensuales, provoca preguntarles donde se ejercitan o si mantienen su figura con el simple recurso de las huidas a trote pleno que les toca dar más de una vez en sus noches. La gente rara siempre es perseguida y ellos, sus bocas fucsias y sus mejillas rugosas, su voz simulada y sus imbatibles senos redondos, su perfume dulce y la manzana gruesa de sus cuellos, tienen que salir corriendo, ya sea a causa de las redadas de la policía (me imagino que por comercio ilícito de cuerpos), como de los clientes indeseados y, a veces, cuando la suerte no es buena, tienen que abandonar súbitamente el carro o la habitación de un machote desilusionado. Si no te diste cuenta fue porque no quisiste, cariño. Pero hay que salir corriendo, los crímenes pasionales le arruinan la vida a cualquiera. Así que, mosca, cualquier vaina te defiendes y sacas la navaja de la carterita rosada, pero en lo que puedas sales corriendo y punto… no dejes que te provoque más, no le des el gusto de atravesarle el estómago de un solo tajo para después quedarte jodida tú, Lola para el olvido, por treinta años en El Dorado…
Al parecer, una vida intensa y agitada es otra garantía, otro secreto de belleza. Quizá por eso, la casualidad reúne a los más notables y hermosos transfor de Caracas a la salida del gimnasio…
Pero justamente por la presencia de los transfor, la clase de las cinco de la tarde nunca me ha gustado. Es la hora en que empiezan a llegar, a provocar desde la acera a cuanto incauto transcurre por la Avenida. A confundir la intención de los deseos con la exuberancia de sus cuerpos. Y si una entra a la clase de esa hora, hace sus ejercicios, toma un sauna, etc., sale como a las siete, siete y pico de la noche y a esa hora la acera está que arde, los transfor tienen el dominio total de la calle. Y en un instante pierdes las dos horas invertidas en el gimnasio. Vuelves a sentir el nudo en el cuello y algo seco y apretado en el ceño de tu rostro. Esos tipos son robustos v agresivos, están a la defensiva y si te les quedas viendo te metes en un lío, y yo me pregunto cómo no quedárseles viendo si son raros, raros de verdad. Además, de repente, nadie sabe, pueden hasta robarle la cartera a una, o el maletín del gimnasio con la crema de algas que sólo se consigue en el Norte y como para los transfor es un poco difícil obtener la visa, y ni pensar de un vuelo especial a Miami, en un minuto lo deciden y tras… me roban el bolso con todo y crema, con las pesas para el busto, con el astringente “Non pluss”, que es último grito en recuperación intensiva de poros dilatados y pieles turbias, y la otra loción de vitamina A especial para la resequedad de los codos… y yo me quedo ahí, en la bancarrota de la estética femenina.
Llevo dos años o más, inscrita en el gimnasio. He sido fiel aunque intermitente, hablo de mi asistencia como de mi vida. Hasta el punto de convertirme sin querer en un vocero, en un ente evangelizador de la palabra y los misteriosos milagros que en el gimnasio se logran. He visto endurecerse mi vientre y desaparecer la flaccidez de mi entrepierna, al igual que los apenas visibles, pero logrados al fin, milímetros de altura para mi busto adormecido. Tan profunda ha sido mi labor divulgativa que casi todas mis amigas van al gimnasio, al mismo gimnasio, gracias a mí. Y ahora que ya no somos tan amigas como antes, tengo que estudiar las probabilidades de sus horarios para no encontrármelas. Día a día y poco a poco, el gimnasio adquirió la forma de mi vida, de mis angustias. A tal punto que asistir a la clase ya no es un modo de evadirme sino un acto de internalización. Allí van a darse cita las más incordiales de mis sensaciones, mis inseguridades, mi soberbia elasticidad, unodostrés impecable cada ejercicio, mis miedos y mis enemigos.
Dejé de ir por unas semanas al gimnasio, hasta que la balanza y la dificultad para usar la ropa de siempre, y una invitación para la playa que tuve que posponer, imposible ponerse un bikini con estas fachas, me hicieron sentir nuevamente su necesidad, su urgencia.
En un principio, por una acertada intuición que, desdichadamente, no seguí, me resistí a la idea de volver al gimnasio. Pensé en otras fórmulas de ejercicio, en trotar, por ejemplo, o en la danza, mejor. Pero no sé si por temor a lo desconocido o por el convencimiento de que tan forzosas expresiones corporales superarían mis posibilidades, regresé al gimnasio. Pagué la inscripción, la mensualidad: volví a lo mismo. La llegada tarde casi siempre, la angustia de escoger una hora del día para los ejercicios, una hora del día que coincidiera con las horas de clases del gimnasio y que no coincidiera, a la vez, con las horas en que mis amigas acostumbraban a ir al gimnasio. Algo tan simple como dedicarse a respirar mejor se había convertido, por el exceso de una misma costumbre, en confusión.
Ese viernes cuando recordé mi deber con el gimnasio ya eran las doce y tenía que esperar hasta la una, pero no me iba a dar tiempo de almorzar, ir a la clase y volver al trabajo, así que sería a las cuatro y cuarto, pero el tráfico y un cliente de última hora me retrasaron: cinco y media de la tarde. Estacioné el carro frente a la fuente de soda del nivel C-1 y entré al gimnasio como una heroína, con la fuerza de mi voluntad, de mis propósitos culminándose.
Tuve dos horas de plenitud como las antes descritas. Descargué mi agresividad en los ejercicios, mis toxinas en el sudor, y las inconformidades con mi cuerpo, en la dilatada labor reconstructiva frente al espejo, de la que también ya les hablé. Siete y algo.
En la salida me despedí afectuosamente de Mariela que lucía espléndida con una chaqueta fucsia, último modelo, comprada en Margarita. Estaba excitadísima, tenía una cita.
—Abogado penalista: emocionante ¿no?
Y la dejé esperando a su jurista. Crucé la fuente de soda sin recordar lo que afuera me esperaba. Era la hora pico en la exposición de los transfor. El carro estaba ahí mismo, no había de qué preocuparse. Tenía el suiche en la mano, un par de movimientos rápidos. Abro la puerta, enciendo el motor, y chao a tuti li Mundi.
Pero no, el bendito carburador volvió a echar la broma de costumbre. Se ahogó el carro, tenía que esperar unos minutos, porque si insisto se descarga la batería. Traté de tomarlo con calma. Un resto pálido del día se colaba por entre las tupidas acacias de la Avenida, que vaya usted a saber por qué diablos se llama Los Cedros. Los transfor estaban en grupitos, como frutos prohibidos a la sombra de cada árbol. Se subían las faldas, y estrechaban con sensualidad sus cinturones. Algunos parecían perfectas. Un Mercedes rojo se detuvo en la esquina, y Lola bajó de él con un estilo imprecisable. Hoy estaba más rubia, se le debe haber pasado un punto en el tinte pero le sentaba bien.
Vuelvo a probar, con el carro. El motor se esforzó en arrancar, tosía y emanaba un fuerte olor a gasolina que demostraba el carácter de su dolencia. El bendito carburador, echarme esta vaina justamente aquí, justamente a esta hora, justamente frente a Lola, que ahí viene lenta; paso a paso, viene, justamente, hacia mí y el carro nada que arranca. Qué querrá Lola conmigo, yo le conozco el nombre como todo el mundo por estos lugares, es la transfor más famosa de la ciudad. Lola, es lo único que sé de ella. El nombre y la profesión, nada más. Nunca hemos hablado, ni siquiera intercambiamos un hola. Nunca. Pero como si me conociera, venía hacía mí y el carro no arrancaba. Se acercó hasta la puerta, se asomó por la ventanilla, y yo un poco más acá del terror giré con vehemencia -el suiche del arranque pero ya era tarde. — Llévame catira. Llévame para la casa, que me siento mal.
Estaba sentada al lado mío. No sé qué descuido me hizo dejar la otra puerta del carro sin seguro. Ya me lo temía, si a mí esta hora no me gusta nada. ¿Qué hacer Dios mío?
No me quedaba otro remedio. Cómo oponerme, si a la hora de la verdad, Lola es sendo varón que me clava dos manos en la cara y me deja en el piso.
—Esto…pero… ¿hasta dónde?
—Tranquila que yo te digo. Arranca.
Y fue su orden tan imperativa que el motor se
puso en marcha. No digo yo, de un carro no se puede fiar nadie. Traté de esbozar una sonrisa con mi último
comentario, pero no sirvió de nada, una mueca nerviosa y ambigua fue lo único que pude expresar y bajo las indicaciones de Lola subí por la Avenida.
A esa hora el tráfico es lento y sofocante. Y entre semáforo y semáforo, yo, un poco más tranquila, sin ver la calle, sin quitarme los lentes por nada del mundo, deseando parecerme a otra persona que no fuera yo, rogándole a las ánimas para no conseguirme a nadie que me viera en semejante compañía, me puse a conversar con Lola mientras manejaba. Su voz fingida terminó por parecerme normal, y su amplia y afectada gestualidad dejó de incomodarme. Me resultaba simpática.
—Entonces haces gimnasia allí todos los días. Yo tengo que empezar a cuidarme, los años no pasan en vano para nadie ¿verdad, catira?— y como si fuera suyo lo que estaba en el carro empezó a registrar mis cosas. Se puso mi crema de algas y el astringente. Probó el tono de mi lápiz labial y el aroma de mi perfume. Los comentamos.
—Ay, pero si estas mallas están de muerte lenta, mi amor—. Y las puso sobre su cuerpo ancho y fuerte.
Y a medida que Lola iba hurgando mis cosas, un malestar fue apoderándose de mí. La luz se desprendía de toda luz, una lluvia repentina hizo aún más dificultoso el trayecto. Gotas enormes.
Gotas que a duras penas podían apartar los limpiaparabrisas y el aire se tornó denso en el carro. Los olores se confundían. Me dolía el estómago y a mi memoria empezaron a llegar imágenes que yo nunca había vivido. Olía a sudor, a charco, a los humores despiertos de escenas y amantes y provocaciones. Un niño enmudecido, una cama desierta, una sopa miserable, colillas de cigarrillos diseminadas por un piso de tierra, botellas vacías, botellas rotas.
No podía entender en qué parte de la ciudad estábamos, creía reconocer las luces de un automercado.
—A la derecha, catira. Cuidado con el hueco…
Y perdía el recuerdo en la fachada de un edificio enorme y de espejos. Había un parque cerca, pero debió ser otro, porque unas tejas verdes e inmensas opacaron mi recuerdo. Y la Avenida se parecía a todas las avenidas, los carros aparcados en desorden, la gente desmañadamente se reparaba de la lluvia.
—A la izquierda…
Me dejé llevar por las indicaciones de Lola sin preguntarme dónde estábamos ni hacia adónde íbamos…
—Subes y cruzas en la próxima…
Cuando llegamos a la dirección que me indicaba, estábamos por un milagro indemostrable, frente a mi casa. Lola se bajó del carro, tenía mi bolso en la mano, mi ropa puesta, mi perfume, el carnet del gimnasio. Me saludó al subir las escaleras hacia mi edificio y yo arranqué sin saber dónde quedaba mi nueva casa, sin saber nada de mi nuevo oficio.
Cuento incluido en el libro Seres cotidianos (Fundarte, 1990)