Gusanos en la noche, de Carmen Vincenti

03/ 06/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

gusanos de la nocheMiguel había sentido siempre un particular placer en observar desde el balcón la línea titilante de las luces rojas de los carros bajando la cuesta. Le gustaba pensar, como tantas veces le había comentado a Corina, que ese detalle había sido decisivo en la elección de este apartamento en el que vivían desde cinco años atrás. Ella se reía de él y había bautizado su fantasía como la vocación de imaginar gusanillos rojos que resbalaban por el cerro, ¿contento con tus gusanitos?, bromeaba cuando lo veía atrapado en la contemplación del horizonte nocturno.

Pero esta noche estaba mucho más pendiente de las luces que trepaban hacia arriba, tratando de adivinar si alguna de ellas pertenecería al Fiat de Corina, ansioso por llegar a casa. Maldita sea, se dijo por centésima vez, por qué tiene que exagerar tanto. No me importa que se reúna con las amigas, no le critico que se tarde en la oficina, pero por qué exagerar. Otros maridos, me lo dice ella misma, se molestan si la esposa no está cuando llegan del trabajo. Yo presumo de amplitud, me lo reconoce, no me pongo con vainas, hago el esfuerzo de ser moderno y todas esas pendejadas. Pero las cosas tienen su límite. Y además ella sabe que la estoy esperando, que estoy solo, que ni siquiera están los muchachos para distraerme.

El silencio de las paredes se le hacía ominoso (qué palabra horrible, por qué se le habrá ocurrido). Llamó por teléfono a los niños una vez más, papi sí, no seas envidioso, estamos gozando un mundo, la playa está rica y los abuelos nos consienten en todo lo que se nos antoja y estoy comiendo muy bien, cuándo se vienen, por qué mami no ha llegado, dónde está. Dónde está, carajo, hasta estas horas de la noche. Ni que fuera tan tarde, sabe que le responderá pasándose, sonriente, los dedos por el pelo, quitándole importancia a su cara de preocupación. Confiesa, ¿viste la telenovela o te enzarzaste en el partido entre Leones y Magallanes? Ni una cosa ni otra, tendría que admitir siguiendo su juego, la cadena nacional se extendía por horas y horas sin dejar reposo al espíritu. Claro, estaban los canales del cable que había recorrido uno a uno, hasta había tratado de sentarse a ver con seriedad un programa sobre la vida de Casals, y más tarde un recorrido por las islas del Pacífico. Sin embargo no podía evitar, a pesar de que se lo tenía prohibido a sí mismo como medida terapéutica, volver a la voz estentórea rodeada de banderas y pinturas de Bolívar. Para lo que ha quedado, el pobre, tan devaluado como el triste bolívar (chiste malo y cruel). Creía que el peor defecto de este hombre era el narcisismo, se dijo, pero resulta ahora que también es psicópata y paranoico. Y no me importa, continuaba dando vueltas Miguel, si estoy aplicando con rigurosidad los términos, yo me entiendo. Los medios de comunicación la tienen cogida con él para tratar de engañar al pueblo, por eso dicen falsedades y tergiversan los hechos. La batalla es grande y llena de riesgos, de peligros …los adversarios se unen, tienen mucho dinero y atacan por todos lados, así que a nosotros no nos queda otro camino que contratacar… Pero a esta revolución no la para nadie…

Dio con una película de suspenso, la propia para mantenerlo atento a la pantalla pero alejado de cataclismos verbales que salpican a diestra y siniestra. Pero mentira, las persecuciones y los tiros a sangre fría no logran sino agudizar su aprehensión. Una ciudad tan peligrosa como ésta, coño, y Corina quién sabe por dónde, no sé para qué le regalé ese celular de mierda que no prende o no escucha. Ni siquiera me dijo con quién iba a cenar, si era gente de la oficina o qué, y no quiero caer en la tentación de llamar a Márgara o a Beatriz o a María Cristina o a ninguna otra. Me tomarán por perseguidor o por celoso. Y no estoy celoso. Sólo que.

La cabeza no cesaba de girarle. ¿Debería preocuparse por ese brillo reciente que ilumina los ojos y el gesto de Corina? Si no fuera por aquel comentario de Verónica que por alguna razón se le había quedado grabado, no hay pista más certera de la clandestinidad de una mujer que esa frescura que se le desborda cuando su piel y sus oídos se están regalando estímulos nuevos. Era una conversación entre mujeres, un paréntesis robado a la presión del horario, que él escuchó con sorna mientras trataba de compartir con ellas un café matutino (inútil, siguieron hablando como si él no existiera). Recordaba los ojos pícaros de Verónica mientras exponía sus categorías de percepción, las risas cómplices del grupo en festejo de alguna anécdota anterior.

Aunque tratara de olvidarse de la cadena no podría, el barullo de los cacerolazos y el corneteo de los carros que atraviesan la avenida es un recordatorio constante que lo empuja, compulsivamente, a confirmar la certeza: sigue despotricando este payaso demoníaco de figura maciza y rostro tenso, como apretado por sus propios músculos, con el pelo aferrado al cráneo; tiene los ojos parpadeantes hinchados, le dio por detallar, la famosa verruga empequeñecida en la frente abombada, los labios retorcidos con frecuencia en una mueca bufonesca que parecería tratar de aliviar resequedades internas, el cuello pugnando por escapar de una papada que lo acosa. Fíjate en los brazos que manotean a izquierda y derecha, le hubiera comentado a Corina, palmas al frente, dedos inquisitorios mientras la retórica se regodea en medio de esa voz altisonante que exige el respeto que siempre ha sabido darle a los ciudadanos… (!!!). Y encima lo aplauden. Borregos lastimeros, ojalá se pudiera creer que lo hacen por convicción y no por ventajismo.

Vuelta al balcón, ya el volumen de vehículos había disminuido tanto que el trazo de gusanillos, en rojo o en blanco, sólo tenía cabida en la memoria de otras noches de paciencia o de simple contemplación. Aguzó la vista en una esperanza contradictoria de adivinar algún accidente en la subida que tuviera detenido el flujo de automóviles, alcanzó un nuevo cigarro en el bolsillo y se sentó en uno de los butacones de mimbre. Tenía las piernas acalambradas, notó con sorpresa. Debería irme a acostar, mañana será un día duro y yo aquí perdiendo tiempo como un pendejo.

Le pareció oír el timbre del teléfono. Pero no. Sería en casa de algún vecino.

Le encantaban esas noches en que ambos simulaban discutir por el canal de televisón, arrebatándose uno al otro el control remoto. Por mantener una especie de rito, porque a Corina le fascinaba tanto como a él la pelota, y Miguel se interesaba tanto como ella por las telenovelas, o disfrutaban juntos una película o cualquier otro programa, o, si no, se mantenían mutuamente al tanto cuando uno de los dos tenía que compartir su atención con alguna labor urgente para el próximo día. Echaba de menos la carita de Mireya, asomada en la puerta de su cuarto y diciendo que no tenía sueño, que la dejaran estar un rato más, el ruego de Alejandro papi porfa porfa léeme un cuento. Las noches plácidas con un libro en las manos y un buen concierto en los oídos. Por qué no se me había ocurrido, pensó dirigiéndose al estante de los discos, una buena selección de violín y piano puede ser la receta perfecta.

¿Pero de qué país habla este hombre?, no tuvo otro remedio que interrumpirse. Incremento del producto interno bruto, crecimiento de la inversión extranjera y de la economía en general, recuperación del poder adquisitivo, avance en telecomunicaciones, todo con maravillosas láminas que insiste en que todo el mundo observe —¿qué mago se las habrá preparado?—, desarrollo del sector construcción, baja de la inflación y falso que se haya agudizado la pobreza y la delincuencia. No hay por qué quejarse, somos el país más envidiable de Latinoamérica. De dónde entonces el miedo de la gente, la negativa a salir después de cierta hora, el desempleo rampante, el hambre de las calles, el número de muertos por semana, los cuentos que ruedan y se amontonan sobre asaltos y secuestros, la explosión de la llamada economía informal, la basura que invade la ciudad. Muy a su pesar, sin embargo, tuvo que reconocer que la asertividad de ese discurso arrebatado tenía el poder de estremecer los mismos principios de la realidad. Cuántos —sobre todo quienes no tenían acceso a otros saberes o registros— terminarían confiando en tantas mentiras convertidas en verdades, en tantas promesas que nunca dejarían de serlo.

Miguel se detiene frente al estante de los discos, pasa sus dedos por Bach, Vivaldi, cuerdas o vientos. No, mejor Beethoven o Tschaikowsky, algún concierto estruendoso que amortigüe hasta los sonidos interiores.

Qué hago si alguna vez me entero de que Corina me es infiel. La abandono la mato me divorcio le caigo a coñazos la perdono. Como ella a él cuando le descubrió aquel encaprichamiento con Diana. ¿Qué habrá sido de ella? Qué mujer. Había sido la única vez que su matrimonio había estado en peligro, poco faltó para que Miguel tuviera que irse fuera del hogar, fueron semanas de pasar agachado con ojos de súplica, horas y horas de tensas explicaciones. Pero Corina finalmente entendió. Nunca me sentí tan mal —se detiene en el recuerdo—, tan culpable, pero arrepentirme, lo que se dice arrepentirme realmente, nunca pude. Fueron horas demasiado ardientes como para habérmelas perdido. Los ojos verdes de Diana, su voz ronca, sus muslos de seda y todos los otros lugares comunes de un empepamiento sin tregua. Las otras veces no habían tenido importancia. Quién no cae en una tentación, sobre todo si no ofrece ningún peligro como aquel fin de semana en San Francisco. O la chama a punto de casarse que se levantó en el Cumanagoto, cuando su encandilamiento con aquel culo sobrenatural lo había obligado a abordarla sin muchas esperanzas. No mucho más de veinte años, piel tostadita, melena con rayones dorados, tetas rebeldes que estallaban fuera del trozo mínimo de tela. De sólo recordarla sentía la bragueta tirante. Nunca pensó que fuera tan fácil, su madre exclamaría qué muchachas las de hoy en día. Enseguida se dio cuenta de que la vaina prometía, el movimiento de una pierna, el mohín de la boca sonrosada, los pezones transparentes que no esquivaban la mirada. Cuando se atrevió a ponerle una mano sobre la espalda y ella no se retiró ya no había quien lo detuviera. La playa estaba prácticamente sola y la lengua de la muchacha era toda una invitación al pecado que se concretó con la sugerencia de meterse al agua. Mierda, qué cosa más sensacional aquel cuerpo que se le escurría para provocar un roce cada vez más enervante, el tacto de aquellos pechos erectos que se deshacían entre sus labios, la redondez perfecta de las nalgas, la humedad viscosa que encontraron sus dedos al hurgar en la zona prodigiosa. Había tenido un orgasmo como pocas veces en su vida —todavía se asombraba de no haberse ahogado ahí mismo—, la sacudida del cuerpo casi lo amenazaba de nuevo en la memoria junto con el dolor de todos los músculos que lo había acompañado por horas.

Me hace falta un whisky.

Corina, ¿dónde carajo estás?, ¿por qué no llamas? Fue hasta el teléfono a revisar que tuviera tono. Bajó el volumen de la música, era demasiado tarde para esos escándalos. Vuelta a la pantalla que ofrecía un documental sobre la primera guerra mundial pero sus dedos, masoquísticamente, regresaron a una emisora nacional. Ahí sigue. Imperturbable a las cacerolas cada vez más esporádicas. Eso cansa. Déjame contribuir un poco, se animó, armándose de dos tapas sonoras. Esto debe distraerme por un rato, y, efectivamente, estimuló a unos cuantos vecinos que volvieron a la carga. No es tan significativo desde esta lejanía, claro, ojalá por el centro no haya decaído la protesta, mañana lo sabré. Aunque quizás sea estéril, ¿será posible que este hombre de verdad no asimile lo que está pasando? O le mienten sus acólitos como al patriarca de García Márquez. Hay tantas formas de darle la espalda a lo que sucede cuando a uno no le interesa ver.

Es lo que siempre dicen de los hombres cornudos. Mil veces mierda.

Tranquilízate. Con seguridad Corina ha perdido pista de la hora, como tantas veces le pasa, y ríe feliz en cualquier restaurante mientras tú estás aquí retorciéndote de angustia como un huevón. Si tiene un accidente con el carro te avisaría, te habría avisado. ¿Y si el celular se quedó sin batería? Siempre hay alguien que auxilie, sobre todo a una mujer, imbécil. A menos que la atraquen y la tengan dando vueltas antes de tirarla en cualquier esquina solitaria. Golpes y violación. Fantasmas. Y si se le ocurre resistirse ni hablar. Como le pasó a Juan Pedro. Brillante acordarme de esas cosas ahorita. Mejor me refugio de nuevo en las arenas del golfo. ¿Sería cierto que aquella muchacha estaba a punto de casarse? Buena pieza que le tocó al marido. Y era casi una niña. Al día siguiente se vino a Caracas y ni se enteró si era huésped del hotel.

Juan Pedro. Era un amigo de toda la vida, condiscípulo de Miguel desde primaria, compinche de las parrandas de juventud, socio de las primeras aventuras profesionales. Las esposas se llevaron bien desde los paseos de novios y, como parejas, se apadrinaron hijos cruzados. Salían juntos con frecuencia, conversaban durante horas mientras los niños diseñaban sus propias complicidades, compartieron más de un viaje. Una noche, seis meses atrás, regresaban él y Tania de una cena cuando fueron interceptados por dos tipos, en una moto, que los conminaron a entregarles la camioneta y todos los valores que llevaban encima. Juan Pedro se resistió y no sólo lo golpearon salvajemente sino que como castigo, dijeron, los obligaron a conducirlos hasta su casa. Juan Pedro, ya medio muerto, tuvo que presenciar cómo violaban a Tania y a la niñera, cómo mataban a su perro de una patada. Al niño más pequeño le metieron una mordaza en la boca para que no siguiera gritando y se ahogó con sus propios mocos. La historia la conoció en todo detalle Miguel por una carta que le dejó el amigo antes de pegarse un tiro, no merezco vivir, terminaba. El resto de la mermada familia se fue al exterior y ni siquiera se atrevían a escribir. Pero el fantasma de Juan Pedro no había abandonado a Miguel ni un solo día.

Maldita sea, la memoria se dispara como si tuviera autonomía.

Inversión productiva del tiempo muerto: hay que renovar los muebles de la sala, están realmente hechos un asco. Por lo menos cambiar la tapicería. No había querido darle la razón a Corina pero sí, los muchachos han hecho desastres. Más importante le había parecido comprar estos butacones del balcón, su lugar preferido con gusanos rojos incluidos.

Fervor político, ¿será? Es inverosímil que este tipo siga hablando todavía. Ya Bolívar no le es suficiente, acude a Jesucristo para elaborar una similitud con los herejes del templo. Incrédulos, mafia oligárquica que se imagina puede detener la revolución en marcha. Lo peor es que a lo mejor hasta él se lo cree, infla el pecho para informar cómo celebran los organismos internacionales los logros de su gobierno, admirados del respeto por los derechos humanos que impera en la quinta república y la recuperacion de las actividades petroleras y la movilización de bienes inmuebles y de carros ensamblados en Venezuela y…

Vergüenza, eso es lo que suscita este engendro que se ha apoderado de la imagen y el verbo del país.

Si por lo menos sonara el teléfono. Aunque fuera un borracho que marcó mal el número. Aunque fuera alguna voz preocupada por los rumores de golpe o de auto—golpe, no dejes de apertrecharte a primera hora de la mañana, la cosa está que arde. Tranquilizador pensamiento, justo lo que necesito en este momento.

Agotado de sus propios pasos, Miguel intentó relajar sus músculos con unos cuantos push ups, cambió a un canal de música —al menos así no tendré que escoger qué quiero escuchar—, y, después de ensayar un vistazo por la ventana que daba al estacionamiento (a lo mejor está llegando y yo no oí el ruido del motor), retomó la novela de Muñoz Molina que tenía días comenzando. Regresaba tan cansado de la oficina que con frecuencia no le quedaban energías sino para acolcharse frente al televisor sin tener que hacer el menor esfuerzo de pensamiento. Se le enfriaban en el tintero tantas cosas por hacer, tantos libros que le llamaban la atención e iban quedando apilados esperando unas vacaciones u otras. A ver. Portada, contraportada, aparentemente una historia de secretos, de vidas incumplidas, de reflexiones. Una narración eléctrica, llena de tensión, de rabia y de ternura… privilegio de los libros inolvidables… el enigma de un espantoso crimen… Quizás no era lo más apropiado para su estado de ánimo, y además, demasiado larga, ¿cuándo tendría oportunidad de terminársela?

Vuelta al balcón a imaginarse los gusanitos rojos deslizándose en la oscuridad. La primera vez que le había surgido esa estampa estaba solo también, pocas semanas después de haberse mudado, y se idealizaba en el recuerdo con un trago en una mano y un cigarro en la otra, haciendo tiempo a que Corina y los niños regresaran de una piñata. Feliz por haber terminado esa tarde un proyecto importante que le aportaría una buena comisión, regodeándose en lo que haría con ese dinero extra. Un carro nuevo para Corina, probablemente, el Fiesta estaba dando muchos problemas, algún regalo especial para los hijos, esa bicicleta con la que tanto soñaba Alejandro, repotenciar la computadora que ya estaba desactualizada. Por lo pronto un fin de semana de descanso en algún hotel de Macuto o de Caraballeda —que fue delicioso, por cierto—, mañana mismo hago las reservaciones. Ya ni eso se puede, retrocedió, apartando las escenas de pesadumbre y despojo que había observado la última vez que bajó al litoral. Este maldito incompetente que prometió villas y castillos, rechazó la ayuda gringa con soberbia y quién sabe qué carajo está haciendo con los donativos internacionales. La gente volviendo a sobrevivir como puede porque las viviendas donadas con tanta alharaca fueron sólo cáscaras, un caramelito estéril, el juguete que las manos de la caridad le regalan a los pobres en diciembre. Un desierto pelado y triste, eso es lo único que ha subsistido de Vargas. Y a aguantarse.

¿Estará Corina vengándose de la pelea que tuvimos el domingo? Pero no es posible, reconozco que me puse un poco violento pero no es para tanto. Peores las hemos tenido. Problemas más graves que una diferencia de opiniones sobre el colegio de Mireya. Por qué gritamos tanto, por qué llegamos al insulto y se desempolvaron tantos resentimientos viejos. Todavía no lo entiendo. Definitivamente vivir en pareja es la cosa más difícil que uno se puede plantear, no es solamente el peso de la cotidianidad, como dicen, sino la capacidad de tejer, día a día, dos personalidades que miran el mundo desde su propia ventana. Uno se enamora de una mujer un buen día, porque sí, porque de repente los caminos se juntan, las metas parecerían apuntar hacia el mismo lugar, las sensibilidades juegan a vibrar con los mismos alicientes, los cuerpos se provocan. Pero mantener eso al pasar de los años es bravo, ir tachando los desencuentros para que no se acumulen como pozo venenoso. Difícil. Y se complica todavía más con los niños enredados constantemente entre los pies, que ni un buen polvo puede uno disfrutar siempre.

Vaya con la reflexión profunda, la originalidad de mi pensamiento me deslumbra, se hartó Miguel.

Al contrario de muchos de sus amigos con sus esposas, y a pesar de los años que tenían de casados, Corina seguía siendo para él una mujer atractiva y retadora en la cama. Su silueta bajo la ducha se lo levantaba inmediatamente, el roce de sus nalgas por las mañanas le provocaba, aún hoy, una erección sabrosa (muchas veces sin continuidad, tenía que admitir, porque esperaba el transporte de los niños o alguna cita tempranera).

…la ley de tierras va aunque se revuelque la minoría corrupta de la oposición, que no acepta que estamos construyendo un nuevo modelo de país y un nuevo modelo de gobierno, tal y como nos enseñó el Libertador, basado en la espada y el discurso…

Me conformaría ahorita con un timbrazo de teléfono, ya voy, mi amor, se me hizo tarde pero en unos minutos estoy allá. Y por qué no, te llamo sólo para despedirme, Miguel, he decidido irme porque estoy cansada de ti, de la casa, de los niños. No. De los niños no. Me voy y luego decidiremos qué hacer con Alejandro y Mireya, por ahora están bien. No sé adónde me voy ni te lo diría, sólo sé que necesito tiempo. O peor: me enamoré de otro, Miguel, no sabes cuánto lamento el dolor que te causo pero ya no puedo más…

Imposible.

…generación de empleos en unos años seremos todos clase media porque la pobreza está desapareciendo abajo los apocalípticos del desastre cuyas ofensas me ruedan los evasores de impuestos son peores que los delincuentes… Y en el medio una cita de Walt Whitman que huyó de toda capacidad de comprensión.

Imaginársela desnuda, restregando su vientre contra el cuerpo de otro hombre, gimiendo de placer, cabalgando otra penetración que no fuera la suya, cubriendo con su pelo otro rostro, succionando con esa boca que tan bien conocía otra carne ansiosa.

Imposible.

Por los mil demonios, que suene el teléfono o voy a enloquecer.

El gusanillo de los celos, tan rojo y despiadado.

Finalmente. El cese de ruidos extemporáneos indica que la cadena terminó. Si hubo algún accidente sangriento durante estas horas saldrá en el noticiero. A lo mejor. Porque si fue un evento tardoso pero sin importancia ya Corina me hubiera avisado. El control recorre desesperado de un canal a otro pero nada aparece. Le toca el turno a los comentaristas políticos que retoman y repiten y reviven y desmontan la retórica presidencial. Tendremos un nuevo ministerio que no tiene sede, por lo que se instalará en tiendas de campaña si fuese necesario. Creación de una universidad bolivariana para los pobres, pobrecitos, que no tienen cómo entrar o cómo pagarse una carrera en las ya existentes. Y que funcionará en Miraflores, ¿o no entendí bien? Otro patrimonio histórico que devendrá en ruinas, dice un entrevistado, como tantos en este país, como por ejemplo, recientemente, la Casa Guipuzcuana y la Guzmania. ¿Y por qué no dice que más necesario es que pongan a valer las universidades actuales, los recursos para la investigación, las deudas con profesores y empleados, los espacios para las aulas?

Pero Miguel no tiene paciencia, sigue saltando de una señal a otra en búsqueda de la noticia que no quiere ver. Inútil. Otro programa de opinión. Según nuestro mandatario, él es el reponsable de que no hayan bajado aun más los precios de petróleo. Todo un héroe. ¿Pero qué hará con el país en vista del descenso que de todas formas se produjo? Resulta que ahora somos víctimas, hemos sido explotados por el petróleo. Nosotros los buenos, los pobrecitos, el mal está siempre en la oligarquía apañada con los extranjeros estafadores. Y la tasa cambiaria, asegura que no habrá devaluación ni control de cambio.

Basta.

Vuelve a levantar el teléfono. Sí tiene tono. ¿Será el momento de empezar a llamar a hospitales?

Una madrugada, Miguel adolescente, al llegar a su casa en el carro de unos amigos, encontró a su mamá descompuesta, bañada en lágrimas, teléfono en mano llamando a conocidos, clínicas, estaciones de policía. En el primer momento lo abrazó desesperadamente, estás bien, hijo, qué pasó, por qué. Pero luego dejó que la furia se apoderara de sus ojos y de sus manos, nunca él la había visto tan fuera de sí. Todavía resonaban en sus oídos las imprecaciones, imberbe inconsciente, desconsiderado, egoísta. Maltrato, crueldad, cuándo aprenderás a pensar y a tener en cuenta a los demás. Lo que le costó que ella le volviera a dirigir la palabra, que le diera una caricia.

Corina me tienes al borde de un ataque de nervios, qué te cuesta…

El cielo se había despejado —¿apaciguado, también, de cadenas y cacerolazos?— y las estrellas se mostraban impúdicas en el negro de la noche.

Ahora sí, es el timbre del teléfono. Y Miguel se precipita antes de que resulte mentira.

¡¡¿¿Quééééééééé??!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

 

Del libro: Las muñecas y el moloch (El otro, el mismo, 2006)

 

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