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La ciudad vencida

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Lo que más le molesta a Bernard Guaní no es la irresponsabilidad sino la indelicadeza. No espera una reverencia ni siquiera una excusa convincente, solo algo breve y barato como una llamada telefónica para notificarle que lo convenido no sucederá. Apenas eso. Le parece que después de veintitrés años es lo mínimo que puede recibir: un gesto de reconocimiento a su existencia, al valor de sus horas.

Mueve sus huesos hasta el espejo del baño y le planta la cara. Se parece conocido. No es el hombre divino y resistente a la juerga que cree ser cada vez que sale de su casa. Es el otro, el que regresa con la corbata en su sitio pero desbaratado por dentro, con los órganos resecos.

Lo despertó la brusquedad del beso de Marcial. Odia esos besos, pero el muy animal no lo entiende: va y le demuestra su afecto cuando y como le provoca sin esperar contraprestaciones ni sentirse aludido por los rechazos. Asqueado se enjuaga la boca con Listerine y escupe con fuerza. El mentol le provoca ardor en el afta que apareció hace dos días. Había olvidado que la pústula estaba allí, agazapada bajo esa lengua que ha ido abandonando numerosos oficios. Se la muerde por si acaso. Las lenguas muertas no resucitan.

Debieron haberle tocado el timbre hace horas. O llamado, debieron haberlo llamado y advertirle que no iban; se habría puesto el piyama para que el traje no se le arrugara tanto como el pescuezo. Coge la toalla de mano y se seca el rostro. Ahora tiene la misma edad de Berenice, una de sus hermanas-madres, cuando amaneció muerta. La mayoría de sus cabellos negros sucumbió hace tres años a la subversión de las canas, hartas de la tintura inclemente. Su mano, invadida por lunares indiscretos, se posa en el sobrecejo como una pregunta odiosa. Nada qué hacer, las líneas horizontales que tiene labradas en la frente ya son demasiado profundas, son las señales externas de la morosidad de su organismo para reponerse de las noches que terminan a mediodía. Lo malo no es envejecer, insiste, sino que se note.

Cuando llegue al periódico no mencionará su desagrado por la cita incumplida. Quizás si fuera un mafioso o un ancestro indígena sus palabras inspirarían respeto, pero lo que ha visto es que sus reclamos van perdiendo eficacia con los años. Cuando era un niño consentido por cuatro hermanas mayores, cualquier descontento era atendido con presteza; de joven, la protesta era signo de su madurez; de adulto, raptos de valentía; ahora todas sus palabras suenan necias. Qué presente tan largo.

Vuelve al sofá de la sala donde estaba echado boca abajo. Marcial lo recibe y se le echa encima. Busca su boca, contraviniendo lo tantas veces dicho.

–Que no, chico –dice y da un manotazo.

El inquieto pincher azabache lo acusa de ingrato y deja de mover la cola. Bernard se sube las medias caídas, que son negras como sus zapatos, y se desentumece. Parece de noche pero es de día, lo revelan unas migajas de luz creadas por los hilos del polvo que flota en el aire. Hasta hace nada, dos, tres años, su balcón brindaba una claridad alucinante, pero la miseria y el pésimo gusto conquistaron sus calles dignas: tres casas coloniales derruidas enfrente mutaron en un adefesio rectangular de catorce pisos llamado El palmar, que sumió su vivienda en un eterno atardecer lluvioso.

Durante unas décimas de segundos cesa de lamentarse, la cuenta es breve como un suspiro; es cuando se percata de que no oye nada.

–Qué raro –murmura, y presta atención.

La calle es otro de sus relojes y parece que hoy no funciona. Vive en pleno centro de la ciudad, donde el silencio nunca llega. Empieza el día con un murmullo tempranero de artefactos, en minutos crece el rugido de motores metastásicos o de tubos de escape, y se junta con el solo impaciente de las bocinas. Sigue el chirrido peculiar de las santamarías, esas puertas corredizas de metal que se enrollan verticalmente anunciando la apertura de los comercios; en breve, el perifoneo de ofertas de verduras y de inmediato, el gentío, ruidoso e inevitable.

A esa hora, a la hora que se supone que es, el bramido de los buses debería ser ensordecedor y el aire debería llevar a su ventana ramalazos de humo negro. Pero todo está quieto. Sale al balcón y mira hacia abajo, apenas una tímida brisa pasea por la vía desierta. Una columna de humo negro parece venir del oeste pero desde ahí no alcanza a ver nada más. A lo lejos, muy lejos, escucha la angustia de unas sirenas, pero Bernard nunca ha sabido distinguir las que gritan como ambulancias, patrullas de policía o camiones de bomberos.

Marcial está inquieto. Bernard comprende la señal de que sus pequeños intestinos no admiten mayor demora. Se cambia rápido la camisa, guarda sus anteojos en el bolsillo y le pone el collar al pequeño malhumorado. Abajo, cada uno se ocupa de lo suyo. Marcial ejecuta, Bernard examina la escena: a la derecha, el semáforo se muestra en rojo aunque no hay vehículos para acatar la señal; a la izquierda, depósitos desbordados de basura cumplen otro día sin la recolecta. El viento transporta papeles despreciados y olores rancios.

–No es por presionarte, mi estimado, pero si te apuraras sería bueno –le sugiere a Marcial sin mirarlo, como si respetara su intimidad–. Este silencio de domingo en martes me espeluzna.

* * *

Hace tres años exactos hubo una quietud similar, un abandono repentino de la rutina: primero, una soledad imprevista; poco después, un oleaje de seres histéricos que atacó, destruyó y hurtó lo que consideraba suyo y lo que no, presas de la nociva euforia que sigue al fin del agobio. Entonces, Bernard Guaní era el menos indicado para comprender lo que estaba sucediendo.

Hace tres febreros aún no aceptaba a Marcial en su vida, así que no poseía el hábito de llevarlo afuera para solucionar sus menesteres fisiológicos, pero recuerda, claro que recuerda, haber bajado de su penthouse como cada día, es decir, mirándose el ombligo, y advertir la insólita serenidad callejera. De súbito, de la nada, de cualquiera y de ningún lado, surgió la poblada, anárquica, justiciera, y arrasó contra todo lo que oliera a comercio. Era un lunes de finales de mes, un día sin historia, como hoy.

Esa vez, recuerda, corrió al periódico donde aún trabaja en búsqueda de noticias y de ahí no salió en dos días. El mismo 27 de febrero fue reclutado para aliviar la carga descomunal de informaciones producidas por la emergencia. Escribió mucho, escribió tanto, a ciegas, como si no se tratara de su propia ciudad. Creyó que eso había sido lo peor, la producción desmesurada de palabras, la pila de imágenes que testimoniaban la reproducción viral de la demencia.

En ese trajín se le perdió ella, durante la insania que se apoderó de las calles, entre los repulsivos submundos que jadeaban en el perímetro de su realidad. Ahí se le desgastó la inocencia y por eso ahora lo primero que le surge es la sospecha. Las vías desiertas magnifican el eco de un cañonazo que lo deja aturdido. Marcial se le aferra al pantalón y Bernard decide que lo mejor es no ir tras ninguna noticia sino encerrarse en su penthouse hasta escuchar el ruido de la normalidad, que tarde o temprano, siempre regresa.

Pero un convoy de la guardia nacional irrumpe en su camino; va en contravía y a toda marcha. Más atrás, atravesando la avenida principal, pasa una caravana del ejército con varios camiones repletos de soldados. Mala señal. Si los militares están desamarrados de nuevo, la fatalidad puede aplastarlo en cualquier minuto. Aprieta a Marcial contra su axila y sus pies siguen la ruta de todos los días rumbo a la sede del periódico, siete minutos más allá.

Bernard alza los ojos en búsqueda de alguna pista entre los edificios, alguien que muestre la cabeza y le grite: «¡Corra, señor, corra! ¡Otra vez están saqueando el mundo!». Pero el universo se empeña en no proporcionarle respuestas; lo único que sabe, lo sabe por experiencia: lo más peligroso es quedarse parado. Va dejando atrás una sucesión de paredes mudas, de miedo palpitando detrás de cada puerta cerrada y tropeles de moscas indecisas entre los bultos de basura y descargas como la de su compañero.

Dobla la última esquina con el empuje del maratonista que está a centímetros de atravesar la cinta del final de la carrera. Lo que alcanza a ver lo deja tieso. La puerta del periódico está cerrada. El cine porno a la izquierda, abierto 24 horas, también. El cafetín (en realidad, bar) al frente, parece clausurado por fin por el Ministerio de Sanidad. «¡No te quedes parado, lo peor es quedarse parado!», le grita su memoria, «¡agáchate, ocúltate!», le recomiendan las lecciones aprendidas tres años atrás. No atisba las mugrientas almas que viven hurgando entre los desperdicios, ni acechan atracadores con ánimo de desahogar sus complejos de poder o urgencias monetarias. Él y el azar se han quedado a solas.

Una bala podría estar volando directo a su cabeza en este momento, salida nadie sabe de dónde, disparada nunca se sabrá por quién. A Bernard le aterra la vulnerabilidad de su cuerpo tan humano. La zozobra acicatea su recuerdo y lo obliga a calzarse los zapatos de ella: ¿Así habrán sido sus minutos cruciales? ¿Habrá tenido pensamientos de pavor como él, o se habrá creído inmune a la muerte como cualquiera a los diecinueve años?

Se le desparrama un desamparo que nunca había experimentado. Ha pasado esos años esforzándose por recuperar su vida predecible y enmascarada, razonablemente normal, y es evidente que se le resquebraja de nuevo. No quiere ver de nuevo lo que vio, oír lo que oyó, perder como perdió. No quiere volver a eso, pero siempre vuelve cuando huye e ignora y olvida. Le atemoriza creerse en el camino de los soldados: con ellos se sabe que no se sabe; el miedo a lo conocido le paraliza las ideas. Un siseo se cuela, es apenas audible para los tímpanos de Marcial, un «psst», casi nada. El pincher le avisa a Bernard pero él sigue atascado en el lamento de su circunstancia. Tienen que silbarle desde una portezuela del periódico para que reaccione.

–¿Qué haces ahí afuera, viejo pendejo? ¿Quieres que te maten? ¡Entra, carajo!

* * *

Reconfortado como quien encuentra un cálido refugio luego de penar bajo la lluvia, Bernard vuelve a sentir una gratitud platónica por Clemente, el jefe de Redacción que acaba de rescatarlo. Lo sigue con la mirada mientras este se aleja rezongando, agitando las manos en su habitual debate solitario. Es un hombre alto, el cráneo ovalado, la mitad sin pelo, anteojos gruesos de montura negra y los brazos extraordinariamente largos.

Clemente se casó y se divorció hace siglos de Betulia, una de las hermanas de Bernard, y fue quien lo salvó de las fauces de la vida disoluta a la que se había entregado al cabo de frecuentes despechos; le consiguió un trabajo como cronista, este trabajo. Es también el único ser sobre la faz del planeta que tiene la concesión de llamarlo «viejo pendejo». En el fondo sabe que su excuñado lo pronuncia con cariño y es un apelativo sin tiempo, así lo nombra desde que el otro tenía una frondosa cabellera y la de Bernard era negro nocturno.

Hay dos camiones de distribución que llevan estampados por todos lados el nombre y eslogan del medio: Diario La Verdad, «Mejor dicho». Tienen las puertas traseras abiertas y un grupo de obreros uniformados con trajes grises lanza fardos de periódicos al interior de los transportes. Bernard repara en las letras alarmantes de la primera plana, dicen «EXTRA», así en mayúscula sostenida. Percibe el temblor residual que le ha quedado en las piernas luego del brutal susto con el convoy y por enésima vez reniega que el añejo ascensor siga directo del primero al tercer piso, incapaz, ningún técnico sabe por qué, de detenerse en el segundo. Apenas llega al primer nivel hace una pausa para tomar aire, y desde las escaleras queda intrigado por una especie de asamblea en el Departamento Gráfico: refulgen las corbatas de algunos directivos, lo que revela la gravedad de lo que está sucediendo.

Bernard y Marcial entran a la sala de Diagramación. Los televisores dispersos por el lugar están agitados, difunden voces alarmadas y confusas junto con imágenes de acciones militares, humo y disparos. Cañas, el coordinador de Fotografía, se rasca la cara cuando descubre la mirada intensa del canino.

–Guaní, te he dicho que no me traigas al animalito –le señala malhumorado.

–Es que quedaron en pasar por mi casa con las fotos a las diez de la mañana y como no aparecieron… –responde Bernard, traicionando su intención de omitir la queja.

–¿Tú me estás hablando en serio? –atemoriza Cañas.

–Eh, no –balbucea el cronista, intimidado.

–Ah, bueno. Lo que quedaba de país se nos acaba de caer encima, Guaní. No estoy para güevonadas.

–¿Y a ti dónde te cogió la vaina? –lo aborda Clemente apenas se disuelve la reunión en medio de la sala­–. Tanto le dieron a la cantaleta de que esto iba a pasar, pero yo, la verdad, todavía no me lo creo. ¿Tú viste algo anoche?

–Yo no, ¿por qué? –responde Bernard con descuido.

–Coño, porque esto empezó como a las doce. ¿No andabas tú por la calle a esa hora saliendo de algún fiestón?

–Pues sí, ¿pero qué me voy a estar fijando yo en nada?

–Es cierto, no sé por qué te pregunto –acepta Clemente decepcionado.

Bernard opina que esa aseveración es injusta. Su excuñado sabe bien que después de lo que pasó en 1989 se transformó en una versión moderada de sí mismo; nunca más volvió a ser el cronista embebido en el festejo impenitente. En los monitores ruidosos que inquietan la sala gráfica con sus fanfarrias se repite una imagen sobrecogedora: en medio de la oscuridad, un tanque de guerra asciende las escaleras del Palacio Blanco y se estrella contra el portón de entrada. Retrocede y porfía. Bernard se eriza: otra vez los cuarteles abiertos, los fusiles calientes, la carta blanca para cualquier uniformado que quiera cobrarse cuentas atrasadas.

No imaginó Bernard que la ciudad viviría tantas horas sin ley como hace tres años; mucho menos pudo figurarse algo peor, que se repetiría. En la banda inferior de las pantallas lee que la escena del tanque agresor es un video amateur grabado en horas de la madrugada. Comprende de porrazo que no se trata de otra explosión social, como la de febrero de 1989, sino militar. Alguien está tratando de tumbar al gobierno.

* * *

Han pasado treinta y cuatro años desde que Bernard escuchó por última vez acerca de una sublevación armada. Había transcurrido su juventud temprana enterándose tarde de numerosas conspiraciones políticas, muchas fallidas, otras no tanto, y hacía rato que había tirado la toalla como estudiante universitario. Pasaba esos días mantenido por las mujeres de su familia, simulando una vida de rico y famoso facilitada por su estampa robusta, la elegancia cultivada a punta de imitación y nexos esporádicos que le permitían colarse en los grandes salones.

En aquel entonces, la prensa no usó la misma expresión, «golpe de Estado», sino que prefirió titular en letras gigantes «derrocamiento», «caída», y narrar cómo el mandatario depuesto había huido cual cobarde. Todos los titulares refirieron los eventos como una suerte de epopeya de liberación. Eso lo recuerda muy bien Bernard porque en esos días le dio por leerse todos los periódicos. La causa del repentino deseo de informarse no era el acontecimiento político en sí. No. Tampoco estaba interesado de repente en una acción patriótica. Solo le estaba siguiendo la pista a un suspiro secreto. En la víspera, un joven dirigente político que actuaba en la clandestinidad y de quien Bernard solo sabía su nombre de batalla, «Murciélago Velásquez», se le atravesó en medio del fragor de la lucha, de la lucha de aquel. Era sábado por la tarde cuando Bernard entró al teatro Acacias para ver a Tintán en El gato sin botas y sintió un empujón frente a la taquilla. Volteó a quejarse por el exabrupto, pero se perdió en el mechón negro que caía en la frente del «Murciélago», y en su mandíbula cuadrada, y en sus hombros anchos, y en la sorpresa de sus ojos verdes.

–Hermano, invíteme al cine. Ayúdeme o me matan –farfulló el sudado galán.

No necesitó más palabras. El embrujo ya estaba hecho. Entraron a la sala como un par de amigos que se disponen a disfrutar la función de matiné. Se sentaron atrás, cerca de la salida, desde donde el sujeto vigilaba con angustia. Bernard también estaba nervioso pero, a diferencia del «Murciélago», sus razones no obedecían al miedo a la persecución ni a la tortura, puesto que no tenía idea de que semejantes suplicios ocurrieran por aquellos días. Solo estaba poseído por aquella magnífica visión: escrutaba al sujeto como el sediento que estira la lengua con la esperanza de descubrir una gota rezagada.

–Te debo una –anunció el activista opositor poniendo su mano sobre la de Bernard. El hombre husmeó por última vez y desapareció tras la gruesa cortina de terciopelo. Deslumbrado, Bernard puso esa misma mano sobre su regazo, se sintió en confianza y sonriente se cubrió con la chaqueta para tocarse tranquilo.

En enero, apenas superada la resaca navideña, vio al sujeto en una foto del periódico La Esfera. El «Murciélago Velásquez» estaba detrás de los comandantes de la junta provisional de Gobierno que acababa de asumir el poder de facto. Le parecieron tan atractivos los militares retratados con aquella seriedad de patria, que se le despertó una admiración profunda por los hombres de uniforme, aunque no se distrajo. Leyó la noticia completa para dar con el verdadero nombre de aquel civil tan buenmozo, pero solo logró una vasta confusión: el presidente que todos querían, halagaban y rendían culto (sus hermanas tenían un retrato del general en el salón comedor), de pronto estaba convertido en un sátrapa, ladrón, odiado por todo el país.

Bernard no entendía cómo, de un día para otro, el pequeño y redondo mandatario había tenido que huir en plena madrugada, para éxtasis de miles de paisanos que habían salido a las calles a festejar su abandono del cargo. Todo sucedió mientras él se desperezaba ese 23 de enero de 1958 en una cama ajena en San Juan y una gritería que celebraba la caída del «tirano» lo obligó a asomarse a la ventana. Quedó petrificado: hordas saqueaban a su paso e incendiaban cauchos. Después supo que aquel desbarajuste había sido peor en las zonas acomodadas, donde entraban a destrozar y desvalijar las espectaculares casas de quienes habían sido hasta ese día personalidades destacadas, consentidas o lambonas del gobernante derrocado. Cuando sus hermanas-madres sirvieron la cena en casa esa misma noche, Bernard notó que en la pared del comedor había un rectángulo vacío. El retrato del despeñado militar, que pocas horas antes dirigía el destino nacional, reposaba su gallardía debajo de un colchón.

«Golpe de Estado», se repite Bernard tres décadas y pico después, mientras escucha los detalles calientes de último minuto, relatados por un envejecido aunque emocionado Clemente quien parece describir su propia hazaña. En 1958, su entonces cuñado no tuvo tiempo de contarle nada: apenas supo la noticia se sumó a la multitud con su sombrero y zapatos de suela y se fue a quemar un muñeco de trapo que había sido disfrazado como el depuesto dictador.

A Bernard le impresiona el tono de fait accompli que usan quienes nutren la percepción épica de los eventos. Sedientas de desquite, las voces relatan lo acontecido con el tono acalorado de fanáticos de un deporte. A medida que transcurren los minutos, Bernard se afilia a una extraña sensación de camaradería, una simpatía bizarra por la causa que zarandea la ciudad, a fin de cuentas, allí todos se educaron con crónicas y leyendas basadas en la imagen libertadora del derrocamiento del general Pérez Jiménez. Conspirar contra las burlas del poder no pierde su nobleza.

En televisión una reportera actualiza las novedades y detrás de ella se observa un tanque de guerra rodeado de soldados que desfilan manos arriba apuntados con fusiles por sus pares.

–Si todos tienen el mismo uniforme –plantea Bernard–, ¿cómo se sabe a cuál bando pertenecen? –la expresión de Cañas se ilumina y sus ojos se cruzan con los de Clemente.

–¿Alguien puso a grabar en VHS? –grita el jefe de Redacción– ¡No me digan que nadie puso a grabar! ¡Carajo!

El grupo se dispersa como cucarachas para revisar los videograbadores.

–¡Este tiene una luz roja prendida! –chilla al fondo una pasante.

–¡Revisen el casete y busquen cualquier cosa que los distinga! ¡Clavo con eso! –ordena Cañas.

–Es que vi pasar unos camiones de soldados y ahora me vino la duda –se excusa Bernard.

–Coño, ¿y eso cuándo fue? –ataja Clemente.

–Hace rato, cuando bajé a Marcial para que…

–¿Dónde?

–En la avenida Baralt.

–¡Viejo pendejo, tenías que haber llegado diciendo eso! ¿Qué clase de periodista eres tú? ¿Es que no hueles las noticias? –se exaspera el excuñado que dibuja espaguetis en el aire. Bernard resiente el maltrato. Quiere responderle que no, que no huele las noticias y que, en últimas, tampoco es periodista, solo un simple observador que escribe bien. Pero aprieta los labios y se lastima la llaga que late dentro de su boca.

–No hay que decirte que tu página de parásitos no sale mañana, Guaní –anuncia con orgullo el jefe de Fotografía–. La vida real tumbó hoy ese mundo tuyo de fantasía.

Bernard hace un ademán de tedio y alza a Marcial para irse.

–Espérate, chico, ¿para dónde vas tú? –lo embosca Cañas mientras pone sobre la mesa una montaña de fotografías.

El cronista arruga la cara. No quiere colaborar otra vez, ni pasar hambre, otra vez, ni pernoctar entre esas paredes por segunda ocasión en tres años. No quiere hacer llamadas telefónicas a organismos públicos ni que se las cuelguen. No quiere saber si hay un horror ocurriendo en este preciso instante entre las veredas y callejones de los barrios más precarios.

–No, Cañas. A mí que me avisen cuando este relajo termine –anuncia Bernard apartándose de la tarea.

–Pero es que no entiendes, Guaní. Aquí solo salen a la calle los que van a cubrir el campo de batalla. Esa es la orden de Seguridad. Si estás aquí adentro, te fuñiste.

* * *

Mientras busca una página en blanco en su libreta para llevar el control de lo que está por ver, Bernard se topa con la anotación de lo que iba a ser su página del 5 de febrero de 1992: la segunda entrega de la boda del año, por lo menos, la boda del año de ese mes, y su pauta frustrada de esa noche: 04 feb, 8 pm, C.Country Club, present. libro/Clarita Reyna de Acevedo/Poesía inesperada. Con el paper mate encierra en círculos la palabra inesperada hasta que la oculta bajo un punto absoluto de tinta negra.

–Si algo tienes tú, Guaní, es buen ojo –le dice Cañas al explicarle su misión–. ¡Eso sí, ponle cuidado al perrito, que no me empichaque el lugar!

Considera la frase como un cumplido. Por lo menos, no sonó a orden sin derecho a réplica como la que lanzó Clemente durante el findemundo de 1989. Otra señal distancia ambas fechas: los televisores no están mostrando multitudes azoradas. No se reportan manifestaciones en defensa del gobierno atacado, ni en solidaridad con las fuerzas golpistas. Parece que la decisión sobre quién manda en el país no estuviese en manos de la mayoría

Marcial se posa a los pies de Bernard como si reconociera la gravedad de la circunstancia, mientras el cronista se calza los anteojos e inicia el escrutinio del bulto de imágenes. Riguroso, identifica objetos dicentes y más que nada calibra las expresiones de las personas retratadas. Es su fórmula desde hace dos décadas y pico para seleccionar el refinado material con que ilustra sus páginas de la sección «De Fiesta».

Pronto el estómago se le voltea. Otra vez las calles invadidas por las fuerzas del orden público, vehículos incendiados, rostros de angustia, tanques de guerra. No hay punto de comparación: una cosa es descartar la foto donde la anfitriona ha salido bizca, al presidente de la compañía se le abre la camisa en la barriguita, o un mesonero alza la bandeja y le forma unos cachos a la madre de la novia.

Otra cosa esta: los uniformados parecen estar solos en la calle. Los pocos bluyines o ropas al azar pertenecen a inocentes embaucados en su buena fe laboral. Observa las caras de los reclutas desorientados, policías tirados en el piso disparando, personas que corren con los hombros encogidos y expresiones de terror. Bernard se pregunta si esos seres habrán notado que la cámara estaba allí, espiándoles, congelando para siempre su semblante de desconcierto. Décadas atrás, las imágenes de soldados con gesto patriota lo habrían emocionado, pero después de la desproporcionada reacción que tuvieron en el ochenta y nueve, cualquier uniforme que represente autoridad lo remite a cadáveres apilados en la morgue. Bernard perdió entonces la admiración y ni hablar del gusto por los hombres marciales. Ahora solo les teme.

Barajea las fotos del mediodía y lo estremece la comprobación de cuánto daño se puede hacer en tan pocas horas: vitrinas destrozadas, edificios agujereados por detonaciones, paredes salpicadas de sangre. Eso lo revuelve. «¿Habrá otra vez gente que no regresará a su casa, como ella? ¿O sí volvió? ¿Pero por qué no lo llamó más?». Otra vez ella, la que a regañadientes fue su pasante, inundándolo con esa mezcla tóxica de afecto y culpa. Ella debería estar en esa u otra redacción cubriendo el histórico momento, fogueándose en la experiencia directa de las calles excitadas. O tal vez está sucediendo, solo que Bernard no lo sabe, hace mucho tiempo que se rindió a seguir su rastro.

–¡Cascos! ¡Los soldados del gobierno llevan cascos, los otros tienen boinas rojas! –anuncian el hallazgo desde un rincón.

Las novedades y los rumores se atolondran y se tropiezan en el aire, pero Bernard examina las imágenes con parsimonia. Se abstrae, la recuerda, tiene muy clara la imagen de ella, de Cariú, y preciso esa remembranza lo sumerge de nuevo en la ambigüedad que experimenta ante los acontecimientos: entiende el enfado persistente, la alegría de quien se cree rescatado por las tropas rebeldes, pero le cuesta aceptar el precio. Solo una persona disiente en voz alta en medio de la redacción, Javiera Lamberg, una correctora que renuncia a continuar validando el espectáculo televisivo.

–Los golpes de Estado son alegrías de tísico –rechista la mujer.

–Ah, chilenita, no vengas con tus malos agüeros. A ustedes no es que les haya ido mal después de todo –la censura un diagramador.

–Claro, por eso somos un país «superunido», por eso me volví allá –replica Javiera y se aleja.

–Nosotros no podemos hablar mucho, esta democracia nació de un golpe, you know what i mean? –sostiene un gerente que no escatima botones para exhibir su pecho peludo. Se llama Juan Crisóstomo pero a sus espaldas se le conoce como «Juancho Cincinatti». Es un retaco cincuentón medio calvo que en los pasillos del diario saluda a Bernard con un gesto militar, pero de noche, en los salones, lo cubre de abrazos ruidosos. El cronista está convencido de que padece esquizofrenia. «Juancho» cuelga contrariado el teléfono. Se despeina el pecho. Media hora antes exclamaba furibundo: «Esta vaina se puso buena»; y en este instante su vozarrón suelta la frase opuesta: «Esta vaina se jodió».

–Nojoda –expone «Juancho» con su voz estentórea–, se nos cayó la pauta de publicidad del gobierno. Me dice el ministro que prefiere no publicar, no vaya a ser que hagan el ridículo. ¡Fuck, fuck, fuck!

–Bueno, el ridículo lo vienen haciendo hace rato –opina Clemente.

Bernard sonríe discreto mientras preselecciona cuatro fotos como opciones de primera plana de la próxima edición extra. Descarta el resto y revisa una serie de la avenida Urdaneta tomadas por el llanero Sáimon Díaz. Un detalle retiene la atención del cronista: entre las imágenes descubre una historia que no había visto. Atrás y arriba se aprecia el letrero de una joyería que lleva siglos en una de las esquinas, bastan las últimas letras de su nombre para saber cuál es: t-y-n-o, Arte Katyno.

Abajo en primer plano, ve a un policía, un civil armado de lentes oscuros y dos soldados con casco, cada uno con su fusil. Solo el primer hombre mira a la cámara. En medio de aquel cuarteto aguerrido, oculta en un segundo plano como si fuera un montaje mal hecho, aparece una muchacha. Camina entre los hombres como sorteándolos, sin atender al peligro que posiblemente aceche desde alguna azotea. Su tez evidencia aturdimiento. Una mano está enterrada en el cabello negro, la otra parece servirle de remo. Camisa oscura, bluyines. Turbado, Bernard busca una lupa. ¿Es ella? ¿Es Cariú? Su corazón da un revés brusco. Vuelve a tropezarse el afta bajo la lengua. Revisa otras fotos de la secuencia. Luce más delgada, se parece tanto. ¿O es ella? Lo fundamental de su cara está ahí, piensa, como si el tiempo no hubiese pasado, solo la moda. Agita el documento y pretende gritar, pero la voz no le sale, está aprisionada en el pecho que se le ha vuelto minúsculo y doloroso. Parece mentira, una simple foto puede exaltar las culpas o expiarlas. Tres años de dudas conjuradas de golpe.

Marcial capta la situación de urgencia de Bernard y se acerca al grupo para pedir socorro, pero la atención colectiva acaba de ser secuestrada por la imagen de un mulato con uniforme de camuflaje y boina roja, sitiado por micrófonos, que ocupa todas las pantallas. El desconocido cuenta en primer plano que los objetivos no fueron cumplidos. Dice que se rinde y con tímida seriedad informa que es el responsable de este día de caos y emociones confrontadas. A Bernard las paredes blancas del Departamento Gráfico le ondulan como telas expuestas a la brisa. Sabe con total claridad que va cayendo de la silla, que sufrirá un golpe infame, letal. Sin embargo, sonríe, va pensando que morirá sabiendo a su querida Cariú reaparecida.

 

De la edición de Libros del fuego, 2014

 

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