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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

La constelación cicatriz

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Cuando tenía seis años caí sobre una roca por estar agarrado  

demasiado fuerte del brazo de mi hermana. 

Estábamos en El Zamuro, la hacienda del tío Chicho.  

Chicho que había perdido un ojo a causa de una infección  

que nunca pudo controlar en el lagrimal. 

A mí me costaba mucho verlo hablar con papá  

mientras se pasaba un pañuelo por el borde interior del párpado  

de ese ojo muerto o moribundo. 

A veces el pañuelo salía manchado de sangre.  

Sangre mezclada con algo amarillo. 

Pero esto no va del ojo ni del pañuelo sino del día en que estaba  

demasiado agarrado del brazo de mi hermana.  

No sé si aquello que se les soltó a los peones sería un toro.  

Lo que recuerdo, así a la distancia y visto de perfil,  

era más bien como un reno con el hocico espumoso  

y con una cornamenta hecha de lanzas de marfil apuntando al cielo. 

Brincaba y bufaba y se erguía en dos patas,  

y soltaba más babas por la boca y por los huecos del hocico. 

Luego recuerdo que la bestia se soltó,  

los peones gritaron, se agarraron las cabezas.  

La bestia brincó la cerca, se venía directo hacia nosotros  

dando coces al aire. 

Yo era el menor y el de piernas más cortas.  

Todos los primos corrimos pero yo no llegué lejos.  

Además, estaba agarrado muy fuerte del brazo de mi hermana, 

un brazo ajeno que se movía a otra velocidad. 

Mi hermana dice que el sonido que hizo mi cabeza  

contra la piedra fue seco,  

como el de un coco maduro al estrellarse con la arena. 

Ella cuenta que al principio parecía dormido,  

pero que luego abrí los ojos. 

Grandes, como platos. Muy abiertos los dos.  

Mirando fijamente a la nada. 

Que esa mirada era la de alguien que no estaba más aquí.  

Y que yo estaba inconsciente pero sonreía.  

Eso dice mi hermana, y llora; pero creo que no por mí sino por ella.  

Ella pensó que había muerto.  

Que me había matado cuando mi cabeza hizo toc 

y que seguramente cuando me levantaran parte de la materia gris 

la tendría pegada a la piedra.  

Que me iban a tener que meter en el ataúd con la roca.  

Porque yo era parte de la piedra y ella de mí.  

Pero en ese momento, más que tristeza, mi hermana  

lo que sintió fue miedo.  

Miedo a cómo iba darle la noticia a mamá. 

Suelo imaginarme a mamá llorando por esa muerte  

que al final no me tocó. 

Me pone muy triste esa imagen al verla demolida en mi falso funeral. 

 

Yo, por mi parte  

—y mientras tanto, en otra parte—  

tengo el recuerdo de que intenté correr  

y de pronto el cielo se me hizo suelo.  

Que estábamos corriendo y lo único que sentía eran mis dedos  

muy apretados del brazo de mi hermana,  

entonces algo ocurrió que me cambió la perspectiva.  

De pronto, empecé a mirarlo todo como desde una cámara invertida.  

Eso. Y que la memoria de la bestia cornuda a punto de embestir  

viene acompañada de un sonido.  

Algo como de explosión apagada. 

 

Algo que hizo toc.  

Todo se puso negro y después se cubrió de estrellas. 

Estrellas minúsculas hacia las que era succionado  

por el magnetismo de un millón de soles,  

luego se hicieron más y más grandes hasta que la gravedad de una  

de ellas me tragó.  

Recuerdo (el recuerdo siempre es un invento)  

que aparecí en aquel mundo tan extraño y tan familiar  

donde alguien se me acercó apenas toqué la superficie.  

No era mi hermana, tampoco alguno de mis primos.  

Era un ser cosido con otra materia, difuso de consistencia. 

Como hecho de una sustancia que no se halla en este mundo.  

Algo que aún hoy no sabría reconocer  

y que hablaba en un idioma hecho con chasquidos  

traídos de un lejano cosmos.  

Y, sin embargo, yo entendía. Le entendía perfectamente. 

Qué me dijo, no lo recuerdo.  

Solo sé que hubo calma.  

Y también que me hizo saber que no sería la última vez.  

Que hablaríamos después. 

Que nos veríamos más tarde.  

Pero que por ahora íbamos a dejarlo hasta aquí. 

Y que aquello era apenas un hasta luego.  

 

Mi hermana dice que a pesar de que ya tenía los ojos abiertos,

de pronto desperté;  

aunque podría jurar que el que regresó ya no era el mismo.  

Que algo en mí había cambiado. 

A partir de ese momento yo ya no era más yo.  

No sé si sea algo malo, creo que no. Tampoco me importa tanto. 

Mi hermana asegura que el que volvió es más lento,  

más taciturno, más para dentro. 

Que el que estaba antes se reía más y tenía otra luz.  

No sé, algo así como «el otro era más de este mundo».

A veces pienso en esa persona que ya no está, a la que suplanté,  

y siento una profunda tristeza.  

Pudo haber tenido una buena vida.  

Puede que mejor que la que acabé viviendo yo en su lugar. 

 

No hace mucho me di cuenta  

de que me he pasado la vida entera corriendo. 

Y suelo aferrarme demasiado fuerte a algo que me quiere soltar. 

Pero no lo dejo irse, lo aprieto más fuerte,  

y, a la larga, eso me hace tropezar y caer. 

Y me estrello contra cosas que lo ponen todo oscuro.  

Esa oscuridad sideral que sobreviene después del toc. 

 

He corrido y caído y me he golpeado mucho la cabeza  

durante tanto tiempo.  

Y, sin embargo, no he dejado de pensar y de buscar,  

sin encontrar jamás lo que estaba buscando. 

Creo que eso está bien, lo de entender por fin que no vas a encontrar.  

Da un alivio enorme asumirse perdido. 

He desperdiciado tanto tiempo,  

he pasado tantas horas insomne,  

he vivido despierto lo mismo que hombres que me triplican en edad. 

Soy un anciano agotado habitando en un cuerpo más joven.  

He pensado y llorado también  

lo mismo que una persona promedio tardaría dos vidas.  

(¿Hay gente promedio?, ¿la gente normal existe?,  

por favor alguien que me diga que se siente normal  

y que yo también le parezco normal). 

Soy normal. Creo que soy normal. Eso me digo, aunque una voz —la  

mía— desde el fondo se ríe y me susurra «Mira cómo te mientes».  

He vivido y sufrido una barbaridad.  

Pero también he reído.  

Me he reído y he querido un montón. 

 

Y he sangrado y bailado.

  

Y estoy lleno de cicatrices.  

 

Las he ido acumulando a lo largo de la vida.  

Estoy poblado de orugas de piel. 

Si las unes con cuidado conforman una constelación. 

Puedes escuchar el sonido de mis moléculas crecer y explotar  

para fabricar queloides,  

si ensamblas esas huellas rugosas dibujarán un mapa  

que conduce hasta ese lugar donde alguien espera.  

Basta con unir los puntos, con tensar un hilo  

que una las orugas de carne  

y podré volver al espacio que queda al otro lado  

de la piedra donde hice toc. 

 

Me toco la coronilla, siento el bulto rugoso bajo el cuero cabelludo, 

parecido a un insecto que se quedó fosilizado ahí. 

Si lo presionas se despierta, se queja, duele. 

Y un estremecimiento metálico me recorre por la trama de nervios 

desde la cicatriz hasta la uña del pie. 

Me recuerda así que es la marca del impostor,  

que el que estaba antes no la llevaba. 

Que el que está ahora, el que regresó, ese que soy, inicia allí. 

Está cubierta por el pelo, pero desnuda es la más radiante de todas. 

Mi Sirius particular, la estrella más luminosa de mi bóveda celeste. 

Con ella se forman otras criaturas  

más deformes y menos terrícolas 

tan distintas al Canis Majoris.

 

Mi cuerpo es de arena.  

Y lo único que necesito es que me pongas al fuego y me soples. 

Hacerme cristal.  

Tengo que abrirme, dislocarme, deshacerme.  

Y una vez puestos los órganos afuera  

me tengo que volver a ensamblar. 

Entonces podré llegar a casa,  

a la casa que queda en lo oscuro,  

al otro lado de la piedra con la que debí yacer en mi ataúd. 

Podré por fin dejar de correr y de agarrarme tan fuerte  

a cosas ajenas que viajan a otra velocidad. 

 

Llegar a casa y por fin dormir la otra mitad de la vida.  

De la vida que me tocaba antes de golpearme la cabeza  

por no saberme soltar.

 

Edición de Lecturas de Arraigo (2026)

Un comentario en "La constelación cicatriz"

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