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…los periódicos predijeron
sólo una guerra muy corta…

Acostada en la cama oyó cómo el timbre del teléfono invadía el cuarto. Al enésimo repique, Aurelia Rossmann se arrancó los tapones de los oídos y maldijo para nadie en la oscuridad. Estaba agotada.
Fuera del apartamento, las calles dormían. Había sido como despertar unas cuadras más abajo, en el fondo del lago Mash. Frotó sus párpados, y se esclarecieron los contornos del dormitorio. Miró el despertador: eran las tres y cuarto de la madrugada en Hannover.
«Su madre va descalza», dijo la voz del hombre, del otro lado de la línea. «La habitación está oscura, y el suelo cubierto de botellas rotas».
Nuri era cuidador allá arriba, en la residencia de las colinas donde vivía la madre de Aurelia. Poco antes, le explicó, lo llamaron unos ruidos secos en la habitación. Cuando abrió la puerta, vio a Frau Rossmann en aquel estado lamentable. ¿Era sangre lo que pintaba el suelo? Nuri insistió en su propósito, cuidar y ayudar, pero cómo iba a cumplir con semejante estorbo. No eran los bastonazos que le descargaba su madre, cosa propia del deterioro de las facultades. Eran los ruegos a Dios en voz alta, los llévame antes que el negro me ponga sus manos encima. Aquello no estaba contemplado en el contrato de cuidador. Alguien tendría que venir a calmarla.
Las luces del BMW perforaron la oscuridad. Aurelia aminoró la marcha para rodear el boquete abierto en la calle del barrio. Una cuadrilla trataba de desactivar un explosivo de la Segunda Guerra Mundial. El retrovisor le devolvió sus linternas y chalecos reflectantes.
Aurelia tenía el semblante castigado por el trasnocho. Llevaba el pelo recogido en una coleta y tenía puestos los lentes para leer en casa, espesos como fondo de vasos, con la montura torcida. Daba igual, pues el cuidador de buen cuerpo y cabello largo, que la recibe con una sonrisa en los labios, estaría en cualquier lugar menos en la recepción. Él sí que hubiera manejado el estallido de su madre. Cuando los cauchos mordieron la autopista, Aurelia observó las banderas flameando en las últimas casas.
Hildegard Rossmann había puesto sólo una condición para vivir en la colina de Uhry. Que le permitieran tener, al lado de su cama, el bastón. Era un palo de rosa nudoso, tallado por su marido ya difunto, para que pudiera caminar entre los arándanos y las zarzas de su casa de Elm. Era una edificación oscura y espigada de dos plantas, cuya venta arregló en parte los pagos de la residencia. Los pagos faltantes los completó su hija, que ese año cumplía ya una década llevando la contabilidad de una agencia constructora. Gracias al bastón podía levantarse ahora de madrugada y caminar hasta el cuarto de baño sin molestar a los cuidadores. Pero a medida que las cataratas fueron cubriendo sus ojos celestes, Hildegard fue limitando su rango de movimiento a la manera de la brigada que, en desventaja, se repliega. Este era el tercer estallido nocturno que sufría en un mismo mes.
Cuando cruzó el arco de la puerta, Aurelia encontró a su madre, de pie, en el centro de la habitación. El cabello era un revoltijo, y su boca un grito: «Marionette! No eres más que una marioneta de la banda que me ha encerrado aquí».
Hildegard ardía desde abajo, por la lumbre de la única bombilla prendida. La señoreaba un roble anguloso, que asomaba por la ventana, y sus ojos parecían dos agujeros negros. Le tomó cerca de una hora, pero Aurelia convenció a su madre de que podía regresar a la cama porque la banda fue desmantelada. Cuando se acostó, dejó de temblar. Tenía pegostes de sangre en las plantas de los pies. El suéter de encaje estaba embarrado de algo que parecía torta. Y en la comisura de sus labios brillaba un punto de mermelada. Ahora dormía con la boca abierta, como una niña. Aurelia arrimó la mecedora junto a la cama de su madre. En las paredes rebotaban aún acusaciones, la envolvían como un gas venenoso. Debía reposar al menos una hora, antes de regresar a la ciudad.
Nuri se acercó a la cama con cierta afectación, quería comprobar que todo estuviera en orden. Era un hombre negro, encorvado, muy alto, con una perilla y la cabeza limpiamente redonda. Vestía unos zuecos plásticos y un mono sanitario reluciente. En una mano sostenía su móvil a la manera de una linterna. Elevó un meñique prolongado como haciendo un recuento de los destrozos: el reguero en el suelo, el televisor reventado y el marco de la ventana sin cristal.
«Usted se queda», dijo Nuri. Tenía en la cara unos huesos prominentes y vivos ojos saltones.
Aurelia respondió con la cabeza. Tenía las manos cruzadas sobre sus hombros, dando la impresión de abrazarse a sí misma, en el vaivén de la mecedora.
«Frau Rossmann», dijo Nuri, en tono firme, «con su permiso, pero—».
El hombre zafó el bastón de los dedos de Hildegard, y se lo llevó al hombro. Aurelia quiso saber si había dicho algo más en su ausencia.
«Nada importante», dijo Nuri, «se enfrascó hablando del día viernes. Freitag esto y Freitag aquello». Por los ojos del hombre pasó algo similar a una sonrisa, rápida como el relámpago. «Sabe usted, hoy es lunes, ¿no es cierto?»
Aurelia estaba agotada. Se derrumbó una vez más en la mecedora. Contempló cómo se marchaba Nuri y, con un gesto grave, se quitó los lentes.
Cómo olvidar a Freitag, el primer marido de su madre. Aurelia pensó en la guerra y en el hombre al que poco le faltó para ser su padre. Un día se fue caminando, y al otro regresó por correo convencional: una hoja DIN A4 con condolencias de la Wehrmacht. A lo largo de los brazos negros del roble dormían unas golondrinas. Pronto se iban a dispersar, como la memoria de su madre.
Poco faltaba para las primeras luces, pero en el corazón seguía latiendo la oscuridad. Los ronquidos de su madre la acercaron al sueño. Si la fatiga la vencía, Aurelia Rossmann terminaría en esa zona borrosa donde no se oyen los pasos de cuidador alguno. Y si alguien lograba despertarla era porque, tal vez, su madre había capitulado del otro lado de la frontera.
Cuento incluído en el libro Grabaciones encontradas (Bokeh, 2026).