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La vida en otra parte

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A Violeta Rojo (1959-2024),
quien nos sigue acompañando, ahora desde otra parte.

Los dos sabíamos que no se podía, que no se debía, y lo estuvimos evitando hasta que fue inevitable. Los secretos son agotadores, es cierto, lo sabemos todos, pero hacerse el loco, sistemática y concienzudamente por largo tiempo, es aún más agotador. Es como mirar el estallido de un hongo atómico con el rabillo del ojo pero te calzas sobre el puente de la nariz los anteojos de sol, volteas la mirada hacia otra parte y sigues derecho, hundes un poco la cabeza entre los hombros, y listo, ya con eso juras que estás salvado. Que la onda expansiva no te alcanza, que te hiciste inmune a la radiación tan solo con ignorarla.

Pero bueno, llega un punto en que de tanto decretar que no hay ningún elefante en la cristalería acabas siendo pisoteado por la manada entera y además con una lluvia de cristales rotos cayéndote en la cara. Y todavía disimulas. Te levantas rengueando, todo fracturado y cortado, sangrando copiosamente, pero con cara de fue un simple resbalón, creo que si acaso me doblé el tobillo.

Nos estuvimos ignorando mutua, larga, metódicamente; hasta que un día ya no aguantas más y en el peor momento, en el lugar menos indicado, le sueltas a quemarropa: creo que me enamoré de ti, así que te pido por favor que me mandes largo a la mierda en este momento y así nos salvamos del desastre que yo soy incapaz de eludir. Y viene ella y te dice: es que yo también. Y se te vienen encima toda la alegría, todo el vértigo, toda la angustia del sistema solar en ese preciso momento. Coño, qué maravilla, soy correspondido, y ahora qué hacemos, vaya grandísima cagada.

Porque este asunto de enamorarse y ser correspondido es un accidente. Uno suele pensar (uno quiere pensar) que se trata de uno sublime. Un accidente afortunado. Pero a veces es un accidente, a secas. Estabas distraído, no miraste el semáforo, te lanzaste a cruzar el paso de cebra, venía un camión apurado por aprovechar la luz amarilla antes de que se pusiera en rojo, y de repente el universo se volteó, el cuerpo y el mundo perdieron su consistencia, se borró todo lo tangible, toda referencia, transmigras y apareces en otro planeta, o reencarnado en una libélula o flotando en el vacío, entregado en el estéril pedaleo sobre la más absoluta nada. Hay una versión que es una mentira preciosa, esa del túnel, de la luz al final de la penumbra hacia la que caminas, y del otro lado te esperan tus seres queridos y hasta el perro de la niñez mordiéndote suavemente las rodillas y meneándote la cola. Pero cuando tú te antojas de la persona prohibida, cuando tú te metes en un lío de enamorarte de quien no se puede y no se debe, a ti no te toca esa versión de la mentira. Bueno, qué sé yo, yo digo que no te toca, pero eso solo lo sabré cuando muera y en este momento en el que soy correspondido por mi amor que no debería corresponderme siento unas ganas de vivir prodigiosas, bastante más fuertes que la culpa.

¿Y ahora qué hacemos?

Nada.

¿Cómo que nada?

No podemos hacer nada.

Porque no es correcto, ¿verdad?

Porque es incorrectísimo, es desleal, es algo que no se hace.

A la gente que uno quiere y respeta no se le hace eso. Punto. ¿Entonces por qué dices que tú también sientes lo mismo? Porque te digo la verdad. Pero de ahí a que vaya a hacer algo al respecto hay una distancia.

Entonces nos quedamos así con las ganas.

Sí. Nos acostumbraremos a vivir con las ganas.

Y nos moriremos con las ganas también.

Perfecto, trato hecho. Te quiero.

Y yo a ti.

Oye, no tengo ahora claro si hubiera preferido que dijeras que no sentías nada por mí.

Pero sí lo siento. Y más de la cuenta. Estamos jodidos, querido. Muy jodidos, querida.

Pero comencemos por el principio. Aunque principio como tal no hay. Así que comenzamos por un poco antes. Comencemos por mí. De yo antes de Ella. De los tiempos en los que yo tenía una vida que no estaba mal. No sé si decir que era una vida normal. Digamos que era una vida sin mayores contratiempos. A ver, es como tener un auto pequeño, básico, regulado. Te lleva fielmente adonde vayas. Le falla un poco el aire acondicionado. El reproductor de sonido es viejo y las bocinas son temperamentales, a veces suenan bien, otras fatal. Es cierto que de vez en cuando se recalienta y el motor ya está pasando un poco de aceite. Pero no es un mal carro y tú le conoces las mañas. Ese carrito es como un amigo cercano. Un miembro de la familia. Te da confianza. Se ajusta a ti. Te sientes a gusto ahí embutido y acalorado y hasta te has acostumbrado a los rebotes de la mala amortiguación, pero tampoco es tan grave. Seamos honestos, no le pides más a la vida, estás satisfecho con lo que tienes, con lo que te tocó. Sí, eres un hombre que no tienes mayores ambiciones. No está en tus planes, ni lejanamente, librarte de él ni has soñado con cambiarlo por otro más nuevo, más moderno, más lujoso. Qué va. Es una buena máquina. Es tu máquina. Seguro que en otro auto te sentirías distinto y dejarías de ser un poco tú.

Pero entonces, de pronto, se aparece alguien con otro coche y lo estaciona al lado de tu carrito. Le toca justo el puesto de al lado de tu humilde auto. Y lo miras con ganas al recién llegado. Al auto, me refiero, al dueño aún no lo conoces. Cada vez con más ganas. Hasta que te sorprendes un día pensando en cómo se sentirá manejar ese coche. Te ha surgido incluso una necesidad por soñarte siendo otro, cuando ni siquiera te disgustaba ser quien eres. Pero es que seguro que subes los vidrios y pones el aire acondicionado y le das vatios a la música y aquello es como una seda. Eso sí que es vida. Una vida mejor, parecida a la que tienes que no te hace ningún ruido, pero ahora de pronto se te ocurre que podría ser incluso mejor. Dos peldaños más arriba en la escala de la calidad de vida. Y un día coincides con el dueño del otro coche, el que se ha convertido, como en lento contagio, en el auto de tus sueños. Y no es un dueño, es una dueña. Y la saludas con timidez, alzando la mano, metiendo un poco la barriga con vergüenza, peinándote un poco el pelo alborotado, que ahora eres de la raza de los despeinados que además se están quedando calvos. Y le dices que qué bonita es. Perdón, que qué bonito es su auto. Así con metida de pata incluida para hacerlo todavía un poco más incómodo. Y ella te dice, pues si quieres lo manejas y si te gusta pues te lo puedes quedar. No, qué va, no me puedo permitir un gasto así en este momento, es usted muy amable, pero ni pensarlo. No, es que no te lo estoy vendiendo –dice ella con toda la sonrisa y la malicia y la seducción que caben entre aquí y Neptuno– te lo estoy ofreciendo; es un regalo.

Y en ese momento dejas de respirar. Dejas de pensar. Ya tú no eres tú. Ya tú no eres el simple propietario con marcadas tendencias al sobrepeso y la alopecia de tu carrito regulado y chiquito que cumple con su digna misión de llevarte a todas partes. Tú ya quieres ser otra cosa y subirte a otra nave que te lleve a otras partes y, lo más grave de todo, acompañado por otra copiloto.

Como si de pronto hubiera surcado el cielo una estrella fugaz y pides un deseo y se te cumple de inmediato, es una revelación tan simple como demoledora, has llevado y tienes una vida apacible, una buena vida, una vida en calma que al final acaba siendo lo mismo que una vida feliz; pero de pronto se te ha sembrado la idea y ha comenzado a germinar a una velocidad trepidante en la cabeza, en los huesos, en las vísceras, que hay otra vida al alcance de la mano. Que la felicidad podría ser algo un poco distinto a la calma o al menos parecida a otro tipo de calma un poco más emocionante. Una calma que te provoque aún más ganas de vivirla.

Es un accidente sublime esa epifanía. Esa revelación que te llena de aire fresco al tiempo que te corta la respiración y te hace saber que tu sentencia ha sido dictada. Es el momento en cámara lenta en que crees asomarte en el paraíso y por fin mirarle de frente la cara a Dios, ese momento glorioso en el que también se te parten los huesos y se te revientan los órganos internos. Estabas aquí en la Tierra y de pronto pasas a flotar en la materia oscura que separa las galaxias. Y a partir de ahora, por andar pendiente de otra felicidad y de otra vida posible, serás cada vez más consciente de la felicidad tibia que te has forjado y merecido toda tu mediocre vida.

Hay otro principio por el que también podría comenzar. Es el principio que le contarías a cualquier extraño, a la gente que no te conoce y a la que te apetece bastante poco llegar a conocer. Vamos a poner aquí ese principio y que cada quien se quede con el que le dé la gana o los combine a su capricho. Al final, como decía François-René de Chateaubriand: la tragedia de los hombres es creer que tienen una sola vida, cuando son varias y además están mal pegadas.

Así que hay una vida –de esas que se vive más hacia afuera– en la que eres más un personaje que una persona donde me llamo Arturo Sauce y soy escritor. Y tuve la buena suerte de escribir una primera novela siendo muy joven que fue todo un éxito. Un éxito masivo, abrumador, inesperado y creo que también bastante exagerado e inmerecido. Era la primera novela de un joven escritor plagada de carencias, cabos sueltos, pasajes que hoy día me resultan (para qué darle más vueltas) bochornosos. Pero uno nunca sabe qué es lo que le va a gustar a la gente. Lo más probable es que sea algo que no es para nada lo que te gusta a ti. Uno a veces jura que está haciendo algo significativo, cargado de verdad y de vida, como quien se transvasa en humores calientes y recién extraídos de las profundidades del espíritu a eso que estás escribiendo, es un Prometeo vaciando tu propio fuego sobre tu criatura amada, y a la gente le da exactamente igual o le parece pésimo eso que ofreces. Y se cuidan en hacértelo saber. Mientras que otras veces escribes algo que sabes que no está del todo bien, que es como un ejercicio fallido, una jugada mal tejida, un disparo al arco donde entierras la punta del botín, levantas medio kilo de césped, el balón sale rebanado, pero de pronto hace un bote extraño, burla al portero y acaba siendo un golazo. Y te toca vivir con eso, el gol más importante de mi vida fue un accidente, una cosa involuntaria, un exabrupto todo mal hecho; sin embargo ahora te llevan en hombros, levantas la copa para el beneplácito de las multitudes, el mundo se rinde en alabanzas que no te puedes creer y te vuelan papelillos, y tú no sabes si sonreír con descaro o dejar que se te caiga la cara de vergüenza.

De manera que ahí estaba yo, sin llegar a los treinta, con una humilde novela bajo el brazo que se llamaba Resurrectus. Una historia sobre una sociedad utópica levantada sobre las cenizas de lo que quedaba de mundo después del fin del mundo. Y en esa sociedad perfecta, entregada al hedonismo, se resucitaba a los muertos para que se encargaran de todo lo que los vivos no querían ni podían encargarse. Aclaro una vez más, como lo he tenido que hacer durante años por todos los medios posibles, que no se trata de una historia de zombis, es una historia de resucitados. De gente que es devuelta de la muerte. Son muertos vivientes, sí, pero no andan mordiendo a nadie ni pudriéndose con caras de idiotas hasta que les cortan la cabeza o les dan un tiro en la frente. Son gente, gente como uno, incluso gente que conociste, solo que se murió y ahora había una tecnología capaz de traerlos de nuevo a la vida. Entonces, al estilo de Un mundo feliz de Huxley, surgía en esa sociedad un sistema de castas donde había ciudadanos de primera (los vivos) y ciudadanos de segunda (los resurrectos). Y si tú eras, por ejemplo, asesino en serie pues matabas resurrectos y eso no era un crimen. Y si eras violador, pues saciabas tus perversiones con resucitados y era, para efectos legales, como cogerse a un muñeco inflable solo que de carne y hueso. Y si te gustaba la cacería pues soltabas a los resurrectos en el campo y te ibas con tus perros y tus ballestas a cazarlos. Y si eras artista pues hacías obras con los resurrectos, los convertías en estatuas que respiran, los cosías hasta conformar una enorme pelota de fútbol de carne y hueso, les ponías más densa la sangre y se la pintabas de colores para hacerlos estallar contra tu lienzo y hacías un Pollock pero monumental y más orgánico. Hasta que un grupo de altruistas armaban una revolución en pro de los derechos de los resucitados, y entre vivos y muertos en vida se sellaba un pacto de mutuo respeto y se sentaban las bases para una nueva sociedad más justa. Una versión actualizada y mejorada de la utopía. Pero resultaba entonces que algunos resurrectos no estaban de acuerdo con tanta amnistía y reconciliación, y entonces se asomaba en el horizonte una nueva revolución, un nuevo orden donde los vivos no tendrían ninguna cabida. Y esa sería como la continuación de la saga. La historia continuaría con la otra revolución: la de los muertos en vida decididos a hacerse un mundo a su imagen y semejanza donde los vivos estuvieran esclavizados o aniquilados.

Y Resurrectus fue traducida al inglés y recomendada a un productor de estos de Hollywood y el tipo se emocionó, se le puso afilado el colmillo, una gota de sangre le corrió por el mentón desde la comisura de los labios, llamó entonces a un guionista experto en convertir libros en películas taquilleras, fichó a un director de estos que no falla en el género, y pidió –sin negociaciones de ningún tipo, o ellos o ninguno– a tales y cuales actores. Levantaron el proyecto y la hicieron película. Entonces yo, de pronto, pasé a convertirme en el autor de Resurrectus, el libro donde se inspiró la película más taquillera del año.

El problema de ser muy exitoso con tu ópera prima siendo joven es que te la pasas bien un rato pero luego te encuentras metido en un aprieto tal que lo que te dan ganas es de aplicar una de Rimbaud: ya dije todo lo que tenía que decir al mundo, mucho gusto, me retiro. Y te dedicas a traficar armas, a recorrer el Nilo en velero, a participar de rituales masáis, a hacer lo que sea menos volver a escribir una miserable letra en tu vida. Porque todo el mundo espera ahora tu segunda novela. Tu nuevo éxito que tendrá que ser tan bueno o mejor que el anterior. La nueva película basada en el más reciente libro del mismo autor de Resurrectus. Y en esencia quieren lo mismo pero diferente. Eso te dicen tus lectores, tus editores, los productores: no te puedes repetir pero tienes que hacer algo muy parecido. Y tú les dices que claro, que entiendes, que en eso estás, en algo similar pero que no se parece.

De manera que ahora he estado escribiendo una cosa que se llama Días de Muertos o La presencia de los ausentes (aún no decido bien el título). El asunto se desarrolla en México, en un futuro próximo, digamos que a la vuelta de unos cinco años. Es el Día de Muertos y todo el mundo hace su tradicional altar de muertos en honor a los familiares y amigos que se fueron. Y le ponen su cigarro de la marca que fumaba y el mezcalito con gusano que más le gustaba, y su pollo al mole poblano con el que se relamía. Pero ese Día de Muertos, por culpa de un eclipse, de una convergencia planetaria y lunar de esas que se da cada dos millones de años, de una profecía maya, de una fisura en la trama espacio-temporal, o porque a Dios le da la gana de joder de vez en cuando y punto, los muertos vienen pero no de visita por una noche sino para quedarse. Vienen de verdad y ahora hay que compartir el mundo de los vivos con millones de retornados. Gente muy querida pero que debería estar ausente y cuya incómoda presencia ahora nos desborda.

Ah, otra cosa importante, la persona encargada de traducir Resurrectus al inglés y a quien se le ocurrió hacérsela llegar al productor de Hollywood que ahora anda esperando con ansias Días de Muertos (a ella le va gustando más que La presencia de los ausentes y por lo tanto a mí también), es Ella. Sí, la misma que me corresponde pero que creo que al final hubiera preferido no ser correspondido. La del amor prohibido porque la gente decente no comete esas deslealtades. La misma que me asomó a una vida feliz y mejor, dos peldaños más arriba en la calidad de vida, que la buena vida que juraba estar viviendo.

Publicada por Monroy Editor, en 2026.

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