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—Bienvenido al psiquiátrico de Irk— me dijo el Dr. Mitrexugil, extendiéndome su mano sudorosa y llena de largos pelos morados—. Tengo entendido que ha venido Ud. a conocer de cerca las maravillas del mi nueva terapia para las enfermedades mentales.
Apenas terminé de agradecer la amable acogida, el largo y huesudo médico me condujo tomándome por un brazo a través de los enormes corredores del famoso hospital.
—Mire Ud. —comenzó diciendo mientras caminábamos—, mi tratamiento es completamente nuevo y revolucionario en siquiatría. Parto de la base errada de la vieja ciencia que aspiraba curar al enfermo aislándolo de la realidad en cualquiera de sus múltiples formas; o sea, apartándolo en lugares sosegados, terapia de sueño prolongado, drogas y calmantes para las neuronas agotadas; sólo que yo invierto el sistema. Investigando la vida privada de los enfermos mentales, descubrí, que la inmensa mayoría de ellos una vez que cesaba el tratamiento de reposo, al reincorporarse a la vida normal sufrían una grave recaída y regresaban al hospital desesperados; de allí que siempre se haya dicho que la locura es incurable. En mis estudios descubrí que el motivo del regreso radicaba en que los pobres enfermos, mantenidos en un mundo irreal, al regresar a la vida diaria de todos los mortales, sufrían el golpe de la falta de entrenamiento para soportarla.
Entonces —prosiguió diciendo— fue cuando concluí que lo único que nos puede hacer resistentes a las causas de la locura es un entrenamiento extremo del sistema nervioso. Aplicar corrientazos concentrados de vida. Es decir, llevar al paciente a la realidad en sus más altos grados de intensidad para así lograr una inhibición protectora más profunda.
—Primeramente —afirmó quitándose los lentes y escupiendo los cristales para limpiarlos—, en cuanto el paciente llega no le investigamos su mente, sino hacemos que sea él quien investigue la mente de los médicos. Muchos pacientes, al ver los graves desequilibrios, los complejos y la inseguridad de todos nosotros, sienten compasión y regresan a sus casas reconfortados al comprobar que ellos no estaban tan mal como pensaban.
—Pero el tratamiento verdadero, estimado amigo, comienza con una estadía prolongada en las distintas salas del hospital —me dijo abriendo la puerta de un salón en el cual había un ruido infernal de motores, rockolas a todo volumen, gritos de niños, ladridos, pitidos de fiscales, acaloradas discusiones y un aire totalmente contaminado de monóxido de carbono, azufre, vapores de gasolina, hollín, emanaciones industriales, y qué se yo cuantas cosas más, todo a una temperatura ambiente de 45º centígrados.
En el centro de aquel infierno hombres y mujeres idiotizados yacían en automóviles recalentados que se movían a razón de 4 metros diarios siguiendo infinitas colas y con las bocinas pitando sin cesar.
—En esta sala preparatoria —me explicó el extraño médico— los enfermos pasan un mínimo de dos meses. Si es cierto que al principio les dan ataques terribles que nos obligan a amarrarlos, después se van aclimatando, se resignan y están listos para la sala Nº 2…
Y llevándome del brazo abrió una puerta que ocultaba millares de aparatos de televisión encendidos a todo volumen, en los cuales los locutores de propagandas y mediocres artistas se repetían sin cesar. Sus rostros y el sonido se deformaban y cambiaba en todos los tonos posibles del aullido, mientras las cuñas peores aparecían y desaparecían al acorde de musiquitas obstinantes.
—En este lugar —me explicó— el enfermo se acostumbra a la idiotez, a la banalidad. Durante dos meses, día y noche ve los mismos programas y ve los mismos slogans. Su cerebro se habitúa al asedio incesante de las frases prefabricadas y queda a punto para pasar a la sala Nº 3. Mire Ud:
Al asomarme, contemplé un asombroso depósito de artículos de lujo de la más infinita variedad: joyas, aparatos electrónicos, vestidos, automóviles costosísimos, pasajes para darle la vuelta al mundo, lanchas enormes, aviones insólitos, todo lo que se pudiera concebir en una sociedad de consumo estaba allí, pero a los más altos precios y detrás de gruesos vidrios de seguridad que los separaban de los centenares de pacientes que babeaban contemplándolos tras los vidrios manchados con sus dedos.
Aquí permanecen hasta que paguen lo que deben por adquirir cualquiera de esos objetos —me dijo con una sonrisa maligna que dibujó en un papel que tenía para tal efecto— A cada paciente se le dan 100 monedas mensuales para que compre lo que le apetezca, y mientras no pague deberá escapar de brutales cobradores que les cobran pegándoles y dándoles con terribles látigos.
—¿Ve Ud. aquella señora? —dijo señalándome una elegante dama que corría—. Esa escapará durante 100 años hasta que pague el traje que lleva puesto. Por otro lado cada media hora se suben los precios y se les rebaja la cantidad de monedas… es duro… sé que es duro…
Seguimos caminando y entramos en la sala siguiente, un enorme salón lleno de bellas y seductoras mujeres semidesnudas, todas incitadoras pero completamente electrificadas con alto voltaje.
—Este es salón para caballeros —explicó—. Los obsesionamos con el sexo pero hacemos que todo intento de obtenerlo lo paguen con un doloroso castigo.
—Veo que está cansado —dijo el siquiatra al ver como yo empezaba a sudar en aquella sala increíble— es mejor que salgamos de aquí, hay aún 500 salas más que comprenden toda la gama de la experiencia humana: en una se encierra al paciente frente a una pared de ladrillos durante 5 meses para acostumbrarlo a la monotonía del paisaje, en otra se le mete en un local sin escape a disparos de ametralladora y explosiones de todo tipo, hasta hacerle sentir el sabor de la guerra.
Con un gesto de la mano le dije que bastaba.
—En fin —prosiguió—, una vez que el paciente ha recorrido todas las salas se le deja escapar. Al volver a la calle todo lo mira como un paraíso, se da cuenta de que está curado, redimido, que es un superhombre y puede resistirlo todo, todo. ¿Me comprende? ¿Agarra la idea?, y soltó una carcajada de tres sílabas, sublime, profunda como nunca antes la había escuchado.
Yo en silencio asentí con la cabeza, inseguro de la locura o la genialidad de aquel extraño personaje que sin despedirme me abandonó para dirigirse de nuevo a la primera sala.
Del libro El hombre más mal del mundo (1984)