Cuentos
Todos los cuentos publicados
Buscar
Todos los cuentos publicados
Capítulos de novelas disponibles
Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar
La falda cinco centímetros por debajo de la rodilla, y las medias a no más de dos dedos de distancia del dobladillo. No hay varones que nos puedan ver las piernas, solo es una cuestión de disciplina.
La misa a las 6:30 de la mañana. A las 7:15 ya estamos en el salón de clase, bostezando pero listas para comenzar nuestro adoctrinamiento. Tantos distintos tipos de opresión. Odio este lugar por lo que es y por lo que pretende ser. Lo siniestro se esconde en las historias largas.
Reglas para todo. Todo lo que puede ser comprendido.
De niña me costaba dormir. La oscuridad no dejaba de sugerirme cosas. Susurros, chasquidos, olores sin origen, celajes. Exhaustos e impacientes, mis padres instalaron una lamparita de noche, pero solo empeoró las cosas pues creaba siluetas que no tenían ningún motivo para animarse y, sin embargo, danzaban en las paredes, en el techo de mi cuarto color rosa. Mi abuela paterna, católica en la misma medida en que era pagana, me cosió una pijama negra que supuestamente espantaba los males y terminó atrayendo los mosquitos.
Lo único que logró librarme de los terrores nocturnos fue la preadolescencia, momento en el que me di cuenta de que, cada vez que tenía miedo o me sentía sobrepasada por alguna situación, mi mente, mi ánimo, se dispersaban por todo el universo, pero nunca se acercaban a Dios: no se me ocurría pedirle ayuda, no se me ocurría pensar en Él. Como si hubiera ido dejando de creer poco a poco a lo largo de mucho tiempo, hasta que ya no creí más.
Restarle importancia a Dios significó también olvidarme de todo ese aspecto del mundo que no tuviera que ver con la razón y lo comprobable. Pero si alguna vez pensé que era libre de concebir el mundo de la manera que quisiera, pronto me quedó claro que, por lo menos hasta que cumpliera la mayoría de edad, mi concepción del mundo debía ser cristiana, católica, apostólica y romana. Mis padres lidiaron con mi ateísmo como un animal al que despreciar, y me reiteraron que esa no sería mi identidad. Así fue como terminé sobreviviendo la adolescencia en el internado católico al que me confinaron, esperando que la religión se me volviera a meter en el cuerpo, como un exorcismo inverso.
Ni siquiera me trajeron ellos. El mismo instituto envió a un chofer a buscarme y depositarme en la entrada de su edificio de piedra, inmenso e impecable, aunque con la pátina irremediable del pasado acumulado. La solemnidad del lugar me hacía sentir vigilada, indigna. El lugar perfecto para un internado de niñas. Los primeros días me extraviaba por los pasillos interminables, desde cuyas paredes y vitrales nos contemplaban figuras religiosas. El recordatorio fijo de mantenernos virtuosas. Me disgustaba el lugar, por supuesto, pero no me daba miedo como a la mayoría de mis compañeras, aunque llevaran mucho más tiempo aquí.
Desde la primera noche descubrí que a las alumnas de la Academia Santísima Trinidad les fascinaban las bromas pesadas. Las instalaciones de la escuela se prestaban de manera fenomenal para mortificar a las estudiantes más ingenuas, creyentes en Dios y la Virgen, claro, pero también en el Diablo, las ánimas, y todo tipo de apariciones. Las monjas no sabían o no se daban por enteradas: nadie aparecía para ayudar a nadie o regañar a nadie, mucho menos a las niñas más cristianas, de las familias más prominentes, quienes más integraban las piadosas enseñanzas en su forma de hablar… esas eran las más empeñadas en aterrorizar a las demás.
Escribían con el dedo en el vaho del espejo mientras me duchaba, cambiaban mis cosas de lugar, rasguñaban desde el otro lado la pared junto a mi cama. Pero no era la poca originalidad de sus intentos lo que los hacía fracasar. Viví o creí vivir peores horrores de pequeña, sugestionada a percibir otras presencias. Y lo superé. Mi noción del mundo estaba bien zurcida, así que sus trucos infantiles no tenían efecto en mí. Cuando entendieron que no podían asustarme, comenzaron a insultarme por atea y terminé siendo yo a quien convocaban periódicamente a la Dirección, porque yo era la provocadora. Quizá la hubiera librado con un par de inventos sobre mi devoción, pero la adolescencia es mala reconociendo cuándo la honestidad hunde y la mentira salva. Así que, tras años de tropiezos en los que no renuncié a mi identidad, todos en el internado terminaron aburriéndose de mí. Me dirigían la palabra ocasionalmente y yo les respondía sin ninguna fe o interés de llevarnos bien, más que tolerarnos.
Por fin llegó mi último año. La única novedad, aparte del aumento en las horas de Religión a la semana, fue que llegó Lucrecia a nuestro salón. Era un año mayor que nosotras y, con los días, los chismes no tardaron: que estaba enferma, que acababa de salir de rehabilitación, que recién quedó huérfana… Pero la versión más persistente era la más escandalosa: que se había practicado un aborto ella misma y casi muere, perdió el ciclo escolar recuperándose y su abuela, con quien vivía, terminó internándola aquí para ver si se reformaba. Todas teníamos curiosidad, pero ninguna se atrevía a acercársele. Por mi parte, carecía de cualquier interés en hacer amistades en el instituto, más faltando solo un año para graduarme e irme.
Lucrecia solía sentarse en un banco apartado del jardín donde tomábamos el desayuno, junto a un ciprés medio ralo que proyectaba unas sombras extrañísimas a ciertas horas del día. La luz de la mañana le daba, de manera que a ratos la mitad de la cara se le iluminaba y la otra quedaba a oscuras. No me gustaba verla porque, además de provocarme lástima su soledad —que percibía muy diferente de la mía propia—, había algo tétrico en cómo la oscuridad le carcomía el rostro. Las demás chicas hablaban de ella a sus espaldas, se burlaban. Durante algún tiempo pensé que también percibían aquel efecto inquietante, pero luego me enteré de que, al parecer, durante estos recesos Lucrecia hablaba sola.
Una mañana por fin la vi. Sí, movía los labios como si murmurara a alguien, pero más nada de su disposición corporal la delataba. Me recordaba a las películas donde los espías se encuentran en un lugar público y deben intercambiar información sin que nadie se dé cuenta. Tuve escalofríos por primera vez desde mi llegada al internado, y entendí que me aterraba mucho más la cercanía de la locura que cualquiera de las fobias paranormales que heredamos.
A pesar de que sabía que no podría salvarla, sentí solidaridad con su desamparo y me propuse, no ser su amiga, sino quizá hacerle cierta compañía, aún a riesgo de profundizar en mi estatus de paria. Pero ya qué importaba.
Al terminar una clase, le pregunté cuál era la fecha límite para una tarea que nos habían asignado, aunque yo sabía la respuesta. Otro día le dejé caer que estaría en la biblioteca, por si quería compañía para leer. Poco a poco comenzamos a tener conversaciones cortas pero completas, y me di cuenta de que no era una persona para nada desvalida. Poseía una inteligencia que no había visto antes en nadie, no solo para lo académico, sino que parecía conectada con otros entendimientos, una hondura retadora, inaprehensible.
Semana tras semana acumulábamos horas de charla, más analíticas que anecdóticas, y construíamos una especie de camaradería muy incipiente, pero auténtica. Aprendimos a reírnos juntas, a quejarnos de las tareas, a compartir lecturas. En clase de literatura asignaron Antígona e intercambiamos anotaciones. Comparadas con las mías, las de ella eran más agudas; se formulaba preguntas que a mí ni se me ocurrían.
Me sorprendí a mí misma queriendo convertirme en su amiga de verdad, quizá no la más cercana, pero sí imaginaba una versión del futuro en la que seguía coincidiendo con ella incluso después de graduarnos. Una tarde, me invitó a rezar y por primera vez estuve tentada a mentir, solo por aceptarle la invitación, por no volver a experimentar un rechazo al que ya me había desacostumbrado. Pero encontré la valentía para decirle que no solo no era religiosa, sino que no creía. Ni en Dios ni en nada que no pudiera ver con mis ojos. Ella se rio y temí su desaprobación, pero enseguida entendí que solo le parecía curioso. Que no le daba ninguna importancia a nuestra diferencia.
Me hallé con suficiente confianza para contarle sobre mis padres, sobre mis primeros años internada, admitiéndome por primera vez que habían sido dolorosos. Pensé que quizá ella me confesaría cierta amargura respecto a nuestras compañeras, que se desahogaría conmigo, pero se mostraba inexplicablemente impasible frente al ostracismo. Le pregunté si, como hija única también, sentía que sus padres la veían más como un proyecto que como una persona. Solo me respondió que ella no era hija única y, aunque sonreía, no aclaró más nada ni sentí la puerta abierta para seguir preguntando.
Quería tanto encontrar más cosas en común con ella que no fueran los libros, los estudios. Solo que todos esos sentimientos se desvanecían en las mañanas durante el receso, que nunca compartíamos, no solo porque después de la primera clase ella siempre caminaba decidida hacia su asiento de piedra, sino porque viéndola allí, aislada, casi inmóvil —salvo por sus labios y las sombras que jugueteaban sobre sus facciones—, me daba la impresión de que era otra persona y de que algo se escondía en ese recoveco, en el espacio entre el banco y las ramas estropeadas del ciprés.
A veces me tentaba la idea de acercarme a aquel rincón y preguntarle «qué haces, por qué hablas sola», como si ella me debiera alguna explicación, pero jamás me decidía a hacerlo: me decía a mí misma que no quería avergonzarla —y también temía escuchar algo que aflojara las costuras de la lógica—. Al caer la tarde, me convencía de haberme dejado contaminar por los prejuicios de las demás, de los que tanto renegaba; que yo no creía en disparates, que Lucrecia era una persona casi perfectamente normal, y era fácil deducir que la soledad siempre había sido un componente importante de su vida. Entonces la buscaba o nos encontrábamos por casualidad en la biblioteca y pasábamos un rato hablando, bromeando, y en su risa infantil y sincera entendía que era una adolescente, igual que yo, con ganas de no estar sola.
A mediados de año me atreví a preguntarle con quién vivía antes de entrar al internado. Tantos rumores a su llegada sembraron mi curiosidad sobre su vida antes de conocernos, pero ahora me interesaba de forma genuina saber quién era —o había sido—, de dónde venía, qué cosas había hecho. Me dijo:
—Mi casa está poblada por ausencias.
La frase avivó algo dentro de mí, como un guijarro que cayera y creara ondas. Pensé en mis propios padres, pero no fue eso lo que me dio rabia. No entendía qué manera de hablar era esa, por qué no podía contestar una pregunta de manera directa. En todo este tiempo no me había contado prácticamente nada personal, y cuando por fin me había atrevido a preguntar, me respondía algo que parecía sacado de sus ensayos de literatura. Me supe egoísta. Tal vez se intimidaría, se molestaría, se sentiría forzada a contarme algo de lo que no quería hablar. Pero cierta impaciencia, extraña, inexplicable, me escocía dentro. La sensación de desproporción en esto que ya me atrevía a considerar una amistad, quizá la única de mi vida. La única persona que no había pretendido cambiarme.
La cuestioné directamente, lancé las preguntas que siempre había temido hacer: qué significa eso, qué personas viven en tu casa, por qué nadie sabe nada de tus supuestos hermanos.
Al principio, Lucrecia no pareció reaccionar a mis dudas, pero al instante me dio una respuesta escueta, que era lo único que esperaba de ella: Sí, era hija única como yo, pero al mismo tiempo tenía un hermano. Me lo dijo como si la frase no necesitara más explicación. Insistí en que me aclarara a qué se refería, aprovechándome de la pequeña grieta que había abierto.
Me habló de modos ininteligibles sobre su mamá y no alcancé a comprender más que era una relación difícil. Antes de poder pedirle una aclaratoria más, comenzó a contarme otra historia. Una que le había contado su abuela miles de veces, similar a una leyenda sacada de un libro, y que ahora me narraba a mí sin pausas, como si su voz fuese un pabilo sedoso que brotaba de su garganta y yo solo iba liándolo en una madeja desordenada.
Su madre estaba embarazada de mellizos: Lucrecia y un varón. Nunca se supo sobre el padre: apenas que la madre, abandonada e ilusionada, cumplió con todos los cuidados de la gestación y preparó el hogar: dos cunas de pino en la habitación recién pintada de amarillo, ropa en rosa y en azul.
El día previsto nació ella, Lucrecia, en un alumbramiento normal y sin complicaciones. Pero a la hora de esperar al varón, la madre, agotada, siguió pujando, pujando. Solo salió la placenta y se detuvieron las contracciones. El parto había terminado sin rastro del mellizo que habían visto en ultrasonidos, cuyos latidos habían escuchado en el vientre apenas horas atrás. Revisaron cada milímetro del cuerpo de la niña, indagando si se trataría de alguna instancia no identificada de siameses, pero no encontraron nada. Lucrecia era una bebé perfecta de tres kilos cuatrocientos gramos, veinte dedos, dos ojos, una nariz y un solo latido en su corazón.
Suspiré. Sin darme cuenta, había contenido la respiración durante todo el relato del desvanecimiento de su gemelo. Me cruzó el mismo escalofrío de aquellas noches de niña desvelada, contemplando las sombras palpitantes sobre mis paredes rosa, quizá solo un eco de aquellas que visitarían el semblante de Lucrecia años después.
—De pequeña era solo eso, un relato que jamás cuestioné. Cuando pude hacer preguntas, mi abuela solo tuvo vacíos. Entendí con el tiempo que ella también había necesitado respuestas. Ningún médico pudo explicarle nada. Nadie quiso indagar más. No se levantó el caso ante autoridades. Solo querían olvidarse de que algo así había ocurrido en el hospital. Mi madre no pudo, no quiso, no supo cómo levantar la voz. Quedé en manos de mi abuela. Yo y un montón de informes y ultrasonidos que demostraban que mi hermano alguna vez había existido, aunque el mundo nunca lo conoció.
***
Falta un mes para graduarnos. Lucrecia y yo seguimos hablando por las tardes, nos reímos incluso. Para ella nada ha cambiado, salvo que —me parece— ya me ve como una amiga. Por mi parte, solo me concentro en discutir las obras griegas que vamos desempolvando en la biblioteca, tratando de aferrarme a ellas, a sus palabras y sus historias, para no indagar más en las nuestras.
Me cuenta algo personal sin que le pregunte: su abuela ha fallecido. Como ya es mayor de edad, al graduarse, se quedará viviendo sola en la casa familiar. Una pulsión me aprieta las sienes; como si quisiera salvarla de algo, pero no sé de qué, ni si me atrevo. Ella no desea vivir con parientes, no le ve sentido. Me doy cuenta de que no he pensado en mi propio futuro, en volver a mi propia versión de un lugar habitado por ausencias.
Una mañana más, la veo sentada en el banco apartado del jardín. Las sombras del ciprés bailan en su rostro y yo juraría percibir que no está sola.
Voy contando los pasos hasta aquel rincón vedado. Me inclino hacia el banco y, antes de moverme, de decidir nada, una plegaria mínima me cruza los labios. Me siento junto a ella sobre la piedra fría. Se voltea hacia mí, detenida en medio de una palabra, sus ojos abiertos y húmedos. Temo haber invadido, haber violado un umbral de lo íntimo y lo arcano.
Pero Lucrecia se inclina y me envuelve con sus brazos por primera vez.
Descosida contra ella, mi mirada por encima de su hombro, intuyo entre las sombras una sonrisa.
Cuento participante en la primera edición de El Editor Invitado,
a cargo de Óscar Marcano.
Maravilloso relato!!
Me mantuvo en suspenso de inicio a fin!!
Excelente cuento mi querida Lore ,genial como siempre!
Me hizo soltar un ¡wow!
Pero además de la sorpresa, conmovida con la belleza de muchas frases y con ese claroscuro que genera el ciprés de cada quien.