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Me he cubierto de hormigas que van y vienen por mi cuerpo persiguiendo el dulce roce de tus labios. Viniste un día cualquiera y apenas si asomaste la cara, ya tu ausencia había crecido.
Una vez, cuando estaba en el jardín, nos llevaron de excursión a un terreno donde cada niño tenía que plantar un árbol. A mí me tocó uno que tenía florcitas blancas. A pesar de que el terreno estaba cerca de casa, ese recuerdo parecía haberse borrado de mi memoria, hasta que un día, aprendiendo a manejar en el auto de mi padre, doblamos en la cuadra del jardín y gracias a la velocidad de aprendiz, pude darme cuenta de que el terreno estaba justo al frente y que la excursión sólo había consistido en cruzar la calle.
Cuando te conté la historia, me preguntaste si mi árbol de florcitas blancas había sobrevivido todos estos años, y me dijiste que estaría bueno sembrar al menos un árbol en la vida, para dejar algo que perdurara en el tiempo.
Te dije que quizás los árboles que sembramos nos representaban a cada uno de nosotros. Y que me imaginaba a todos mis compañeros del jardín parados en el lugar de su árbol, cargando el peso de sus vidas. Algunos encorvados, otros sin ramas, otros erguidos, con flores, acaso felices. Todos ahí en el mismo sitio, pero sin tocarse, uno al lado del otro, creciendo en soledad.
Algo de mi poesía bajonera debió haberte incomodado porque me cortaste diciendo que para mi cumpleaños me regalarías un árbol.
Una semana antes de mi cumpleaños, sin embargo, llegaste a casa con un libro de Luisa Valenzuela envuelto en papel de regalo, y en otra bolsa, un pie de limón. Te pregunté si el pie era también por mi cumpleaños, pero me dijiste que no, que sólo lo traías porque tenías ganas de comer con café. Esa noche hice café para los dos, amargo como a mí me gustaba; tú me pediste más agua, pero igual no te lo tomaste. Yo no me ofendí, estaba conmovida por el regalo pensado para mí; recuerdo que quise abrazarte, pero mi cuerpo se pegó al sillón y sólo pude decirte un “gracias” muy efusivo, a lo sumo te habré dicho un “me encanta”.
Cuando me diste el libro, dijiste: porque no creo que te vea en tu cumpleaños. La fecha te la habías acordado de hacía un par de meses que habíamos leído las cartas natales de ambos en internet, nunca más la había mencionado. Tú la recordaste y recordaste que me gustaba Luisa Valenzuela, y fuiste a la librería y me escribiste para ver qué libro de ella había leído ya. En la caja, cuando te preguntaron si era para regalo, dijiste: sí, es para regalo. Y después me lo regalaste.
Tu ropa siempre olía a jabón en polvo, como si recién la sacaras del lavarropas cuando venías a casa. No era un jabón especial, era uno genérico, como tú, pero ahora ese era tu olor, el olor genérico de lo limpio hecho tuyo.
Ya casi volvía a ser mi cumpleaños, cuando una noche, quizás porque los vecinos solían lavar su ropa tarde, ese olor volvió a mí como un fantasma. Me nubló la cabeza. Entonces me abordó una urgencia loca de decirte lo que sentía, sin saber bien qué era. Una urgencia que me recorría el brazo derecho y me temblaba en los dedos. Volví a grabar tu número en el celular recuperándolo de mi memoria, te busqué, vi que estabas despierto. Una, dos, tres, diez veces escribí y borré. Encendí la tele. Me tomé una pastilla para dormir. La urgencia me tomó la pierna derecha y me empezó a doler. Me tomé una pastilla para el dolor, entre pastilla y pastilla tuve fe de quedarme dormida y de no escribirte.
Otra vez abrí tu contacto y te vi despierto. Como si supieras, como si me vieras. Como si estuvieses esperando, disfrutando de mi repentino ataque. Ese pensamiento me dio bronca y apagué el teléfono. Encendí la luz de la habitación, la medicación no parecía hacer efecto. Mi corazón latía fuerte, me dolía toda la parte derecha del cuerpo. Mi mandíbula apretada me hacía doler los oídos. Agarré el teléfono de nuevo y busqué en Google: cómo evitar escribirle a tu ex. Todas las opciones parecían ser actividades que sumaban a otras personas, pero eran ya las tres de la mañana. No podía hacer ninguna excepto la más introspectiva, la de pensar qué esperaba obtener de este contacto y las posibles opciones de respuesta o de no respuesta. Ninguna era ideal, todas amenazaban con doler, todas parecían inútiles, dañinas. Esta idea me calmó y lentamente la calma me durmió.
Al día siguiente me sentía una ganadora por haber resistido, hacía sol y yo me había ido al café de la esquina a leer. En un momento, en medio de la calma y del sol que me encandilaba, y con el sonido de un taladro que rompía la pared del café y la pared levantada en mis sienes, exploté. Abrí el celular, te saludé.
Pasó un minuto infernal. Dos, tres, diez.
El cuerpo me pidió caminar y me fui a casa, con los diez pesados minutos en mi nuca, casi tumbándome en la calle. Cuando apenas abrí la puerta del departamento, me respondiste, como si me hubieses dado tiempo de estar segura para clavarme uno a uno tus monosílabos como cuchillos de hielo. Te dije que extrañaba, sin el “te”, me dijiste que había cosas peores. Qué suerte que hay sol, te respondí, porque eres la persona más fría que he conocido. Según me dijiste, no entendías el subtexto de la conversación, te dije que no había subtexto. Después dijiste que recién habías entendido todo y que habías quedado como un insensible. Quedé como un insensible, dijiste. ¿Quedaste? ¿No eras sino que quedaste? Te dije que basta, que volvía a la defensa, que dolía si no. No te dije que dolía, pero ahora estaba sentada en el inodoro, con los pantalones en los tobillos, sintiendo en el cuerpo todo lo que ocurría en la pantalla, o lo que no ocurría. Estaba ahí, esparcida, en pelotas en tu teléfono y tú parecías un lago congelado que me perforaba la carne. Perdón, dijiste. Te dije que no importaba. Dijiste que no te gustaba hablar por WhatsApp porque nunca entendías nada. Pero sí entendías. Y aun así estabas siendo frío, estabas siendo lago. Y yo, carne a la intemperie.
Después hiciste un par de chistes y escribiste comentarios incómodos; te arrepentiste y dijiste que eran un mecanismo de defensa. Como si yo te hubiese estado atacando, como si te hubieses tenido que defender con tu cuchillo de hielo, dejándome la carne colgando del cuerpo y desapareciéndola en un flush del inodoro.
El cumpleaños siguiente, lavando los platos de la fiesta contra el mesón de la cocina, recordé esa vez que te acercaste por detrás y me besaste el cuello. Como eras tan alto y yo tan pequeña, no lográbamos estar cerca completamente. Recuerdo haber pensado que era tan incómoda esa posición y que quería irme rápido al sillón para sentarnos y que estuviésemos más cerca en todos los puntos posibles, porque me encantaba tocarte, me encantaba cuando me tocabas. Las manos, la cara, las orejas, los brazos, las piernas, la barriga, el pecho, el pelo, la nuca; me encantaba tocarnos, lo más que pudiésemos, y de pie era imposible.
Una vez intentaste abrazarme de lado. Quizás pensaste que no sería raro así. Estábamos en un recital de Afrobeat, era una música para bailar pero no quisiste. Acercaste un par de sillas y te sentaste en medio de la gente que se movía de forma extraña. Me pasaste el brazo por detrás de los hombros, hacía calor. Esa vez fui yo quien te besó el cuello y a los dos segundos sacaste el brazo, yo me aparté, me pareció ver que te limpiabas el cuello con la mano, sería porque era verano.
Entonces nunca más nos abrazamos.
Quizás porque eras tan alto, tus brazos eran muy largos; más de una vez me dijiste que te molestaban, que no sabías qué hacer con ellos en ciertas ocasiones, cuando dormías, por ejemplo, y que por eso los ponías hacia arriba, en esa extraña posición como la que te enseñan que hay que adoptar ante el desplome de un avión. Yo lo había notado, incluso te lo llegué a decir cuando estábamos en el cine viendo una película italiana. Te dije que si te quedabas dormido, no molestaras a los de atrás poniendo los brazos así. Entonces me dijiste que te gustaría que los brazos se pudiesen quitar cuando no había que usarlos, como si fuésemos muñecos.
La última noche que nos vimos, fuimos a un recital de música electrónica local. Estabas en la tuya, moviéndote cortito, mirando las luces y a los DJs desde tu altura privilegiada. Una sola vez, en esas dos mil horas que estuvimos ahí, me miraste y sonreíste, como para chequear que no hubieses ido solo. A medias y de lado, cortito como tus pasos.
Ahí en esa pista llena de gente, supe que no habría más recitales, ni más pelis, ni más cumpleaños. Esa noche, fuimos como los árboles sembrados en la excursión del jardín, en el mismo lugar y a la vez no, tú solo, y yo sola, con las luces de colores en la cara y el ritmo en el cuerpo, con ganas infinitas de que tu cuerpo estuviese igual de cerca que el ritmo, igual de cerca que las luces, pero eso no pasaba y yo me engañaba pensando que quizás era porque estábamos de pie, y de pie no era posible tocarnos. Esa noche también supe que de haber sido por ti, todo el tiempo que estuvimos juntos, lo podrías haber pasado sin brazos.
Ahora, después de otros tantos cumpleaños, cuando estoy sentada en el sillón, miro a un lado y veo tu espacio ocupado por almohadones. De pronto quisiera hablarte, contarte cosas y escuchar tu opinión y decirte la mía. Pongo la cara sobre el almohadón del espaldar y cierro los ojos otra vez, sintiendo que es tu hombro de jabón genérico donde algunas veces me recostaba.
Y ahí, con los ojos cerrados, pienso que si me abstraigo de ti, y del libro de Luisa Valenzuela, que me hizo sentir que estabas y que eras y que reaccionabas a mí, conmigo, y que te volteabas y vivías con las consecuencias de esa reacción y eras mejor y más feliz. Si me salgo de eso, y nos miro desde arriba, en realidad te veo vestirte rápido los sábados a la mañana, salir de casa con urgencia y caminar las ocho cuadras hacia el subte, y viajar pensando en que tienes hambre y llegar a tu casa y comer, y seguir durmiendo, y levantándote para vivir.
Y nos miro de arriba y me veo a mí, a partir de ese único gesto, armándome que te ibas pensando en mí, y que veías a alguien con un café y pensabas en todas las tazas que yo me tomaba, y se lo comentabas a tu amigo que está en Londres, y él te decía que estabas hablando mucho de mí, y que desde que nos veíamos estabas más animado, menos deprimido. Nos miro, me miro, y me juzgo desde esa altura, que es tu altura, desde donde me doy pena a mí misma.
Todavía, a veces, te siento en el departamento y me pregunto si moriste. Los muertos se sienten, es lo que dice la gente, su espíritu perdura, entonces quizás debiste haber muerto. En todo este tiempo, como eras algo distraído, te habrá pisado un colectivo por la avenida Corrientes, y quizás se te habrán partido todos los huesos del cuerpo.
Un árbol así de flaco, así de alto, así de frío, en algún momento se tenía que partir, en algún momento tenía que partir.
Cuento incluido en el libro Todos tus bichos (Editorial Autores de Argentina, 2023)
Un relato muy sentido. Felicidades a la autora.