Los durmientes, de Miguel Hidalgo

17/ 06/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado
cama-deshechaMollie Sue aún estaba dormida. Parecía una frase corta enroscada en la lengua del colchón. Sólo parecía. La verdad es que Mollie Sue era de carne y hueso y estaba abrazada al pecho de Félix. Viéndolo bien, ella estaba teniendo un sueño. Lo digo porque reía como si alguien le estuviese contando un chiste al oído. Vaya a saber qué tipo de chiste, la cosa es que reía. Y cuando Mollie Sue duerme y sueña y se ríe no se puede hacer más que esperar. Uno se queda fuera de lo que es ella y, hasta nuevo aviso, la puerta está cerrada.

No sé cómo terminé yo en el sofá. Félix fue el primero en querer irse a dormir. Estuve toda el día editando lo que grabamos ayer, dijo. Mollie Sue y yo también estábamos agotados pero llevábamos rato escuchándonos y eso nos espantaba el sueño. No nos dio tiempo de empacar e irnos a casa y por eso nos quedamos en el set del corto. Mollie Sue ni siquiera se había cambiado el vestuario de prostituta. Se había quitado las medias rojas y las tenía colgadas en los hombros. El maquillaje lo tenía corrido porque en algún momento fue a la cocina a echarse agua en la cara. Félix estaba cabeceando sentado en el piso. Mollie Sue le lanzó una media roja y le dijo que se fuera a acostar. Así terminó Félix en la cama. Mollie Sue y yo, entonces, nos quedamos hablando. Me contó por ejemplo, que quería irse a vivir a Australia porque nosequién le dijo que había oportunidad de conseguir un buen trabajo como actriz en Sydney. Me contó también que había nacido en Liverpool y que su mamá le puso ese nombre (tan musical para mí) tan idiota para ella. Es nombre de muñeca, le dije y como que no le gustó mucho el comentario o no le dio importancia. Ninguno de mis padres es gringo, ¿sabes? Me pusieron el nombre por fiebre, porque estaban allá cuando nací. Era el nombre de una de las enfermeras, que supuestamente era simpatiquísima y tenía los ojos azules. Yo me quedé pensando en si se le podía llamar “gringo” a la gente de Inglaterra. Hasta donde tengo entendido, “gringo” se le dice únicamente a los estadounidenses. ¿O es una cosa de idioma? Porque entonces así sí. Ingleses, australianos, canadienses y escoceses podían ser identificados como “gringos”. Al igual que los japoneses, tailandeses, mongoles y vietnamitas eran todos reconocidos, sin derecho a pataleo, como “chinos”. Una gota de saliva que cayó en mis labios me sacó del trance. Mollie Sue, por algún accidente del habla, me había escupido en la boca. Volví a caer en cuenta de que nos encontrábamos pasando la noche en la sala de la locación. Ella vestida de prostituta, contándome su vida. Yo vestido de yo, escuchándola.

Conocí a Mollie Sue en un seminario de estética audiovisual. Nos sentábamos juntos pero no intercambiábamos palabras. Nunca la vi levantar la mano para hacer una pregunta, o decir alguna cosa. Llegaba, veía la clase y se iba. Lo único que conocía de ella era su imagen y su nombre, el cual averigüé inventándole un pretexto al profesor para que me permitiera ver la lista. Luego ella se esfumó de la escuela y no la volví a ver en toda la carrera. Años después, cuando la volví a ver, no se acordó de mí. Era de esperarse. La cosa ocurrió en El Maní. Era el cumpleaños de Félix y un grupo de la escuela se iba e reencontrar por la ocasión. Una amiga de una amiga de Félix llevó a Mollie Sue. Había cambiado poco. Sólo tenía el cabello más largo y estaba más delgada. Me le acerqué y la saludé. Por cortesía, imagino, me dio la mano. No había duda, no tenía idea de quién era yo. A gritos, le pregunté si seguía con el cine. Tuve que repetirle la pregunta levantando más el tono de mi voz. Me dijo que no con la cabeza y me dio la espalda para decirle algo a la amiga de la amiga de Félix. Pensé que había tocado un tema delicado de su vida, un nervio doloroso que mecánicamente la ponía incómoda y la hacía retraerse. Pero me hizo una seña para salir a la terraza y abandoné esa preocupación. Es que aquí podemos hablar mejor, me dijo. Repetí por tercera vez mi pregunta. Dejé la carrera, me respondió. La verdad siempre me interesó más la parte actoral que otra cosa. Ahora hago teatro. Hace estuve en una adaptación de Bodas de sangre . ¿Eras La Novia? No, respondió, hice de extra. Salía casi al final, cantando y bailando en la fiesta. Comprendí que solía desempeñar ese tipo de papeles secundarios y sólo eso. Se inflaba el currículo con interpretaciones de relleno, a veces sin diálogos, que ni siquiera le valían la mención de su nombre en los folletos de las obras. ¿Nos conocemos de otra parte? Le expliqué entonces que vimos juntos un seminario y que siempre se sentaba a mi lado. No se acordó. En cambio me preguntó por mí. Le dije que estaba en algunos proyectos como director, pues había terminado la carrera hace un par de años. ¿Tendrás algo para mí?, preguntó. No tenía pero Sí, fíjate que sí tengo algo para ti, le dije. No tenía nada. Cuando dije “algunos proyectos como director” me refería a un comercial de desodorantes y a nada más que a eso. Ahora tenía que inventarme un proyecto en el que tuviese “algo” para Mollie Sue. Le di mi teléfono a cambio del suyo y regresamos adentro.

La elección del proyecto fue un fulano cortometraje enfocado en las mujeres de nuestra sociedad. La mayor estafa fue decirle a Mollie Sue, dos días después de lo de El Maní, que un grupo de activistas políticos estaba subsidiando cineastas jóvenes para realizar una serie de cortometrajes. Todo un parapeto sobre las visiones de distintas mujeres en la sociedad moderna. Una campaña sociopolítica, para redondearlo. El reto fue elaborar un papel para Mollie Sue. Lo primero que quise hacer fue esto: Un hombre (una proyección de mi persona) se enamora perdidamente de ella, y al final, tras vencer los obstáculos de rigor, la consigue para sí. Muy obvio, muy cursi, muy fácil. Tenía que darle un papel que no me delatara. Algo más miserable, más profesional y menos romántico. Una prostituta. Sí, una prostituta caía bien. Era sórdido, de exigente histrionismo (cosa que agradecen los actores) y calaba con lo de la campaña política. Le planteé la trama: Es la historia de una prostituta que alquila un apartamento en tal sitio para hacer su negocio. Luego, al terminar su jornada en la mañana, toma un taxi hasta un apartamento, entra a una habitación y le sopla un beso a su hijo (a quien nunca vemos) desde la palma de la mano. El papel es tuyo, eres la prostituta. Compartirás una escena con Félix, que será tu cliente. Aceptó.

Que una persona llegue tarde puede revelar que carece de imaginación. Un choque en la autopista detuvo el tráfico, dijo el primer día de pauta. Ésa fue su excusa. Como si solamente un choque fuera el único hecho en el mundo, capaz de causar retrasos de más de una hora. Típico. Una actriz, recuerdo que pensé mientras la veía haciendo estiramientos; con tan limitada imaginación, tiene que ser sin dudas una pésima actriz.

La filmación debió ser algo fácil. Cosa de dos o tres días. Al fin y al cabo el corto duraba cinco minutos. Primera secuencia: Mollie Sue camina por la calle en la madrugada. Un Volkswagen blanco (mi Volkswagen blanco) se detiene y ella se monta. Segunda secuencia: La escena del negocio. La estábamos filmando en mi apartamento (la cual llamé locación) y ahí nos quedamos, agotados de repetir escenas. El sexo en falso no es cómodo para un simple editor como Félix. No se podía esperar gran cosa de su actuación. Mollie Sue tampoco ayudó mucho. Se salía de su marca y yo terminaba haciendo maromas para no encuadrarla picada a la mitad o sin cabeza. Cuando no olvidaba su único diálogo de tres líneas lo adornaba con improvisaciones que no venían al caso. También se ponía exigente. Pretendía darme órdenes de iluminación y solicitaba (no sé a quién) corrección de maquillaje. Yo cedía un receso de diez minutos y ella se tomaba veinte, retocándose la sombra bajo los párpados o haciendo ejercicios para sus cuerdas vocales. Así se nos hizo muy tarde y ya nos quedamos todos en un mismo sitio acribillados de cansancio.

Mollie Sue y yo, en la sala. Yo en el sofá, ella en un sillón. Félix en el cuarto, en la cama (mía, de Mollie Sue, de la prostituta). ¿Y cuándo vamos a ver el corto?, me preguntó. Creo que nunca. Tengo que entregarlo en dos días. Va a ser proyectado en Helsinski (mientras más lejos mejor) en un evento por los derechos de las mujeres. Si me da chance hago una copia para nosotros. Me sorprendió que no me hablara de la paga. Y claro que le pensaba pagar. De mi propio bolsillo, porque obviamente los activistas políticos imaginarios no iban a colaborar con sus imaginarios bolsillos.

Luego me dieron ganas de ir al baño. Oriné. Me lavé las manos y la cara. Miré al espejo. Descubrí la mentira que era yo, la farsa en la que me había convertido. Quise confesar la verdad a Mollie Sue y a Félix (a quien también había engañado).

Salí del baño. Fui a la sala. Mollie Sue había desaparecido. Sólo había una media roja extendida en el sillón. Fui al cuarto y la encontré acostada junto a Félix, acurrucada sobre él. La contemplé dormir.

No sé por qué, pero saqué la cámara, la coloqué sobre el trípode, la encendí y comencé a grabar. Capturé minutos enteros del silencio de Mollie Sue. Dormía mejor que nadie, como estrangulada sobre el hielo. Félix también interpretaba a la perfección su papel de durmiente. No roncaba. Su respiración era pausada. Inflaba y desinflaba su pecho, haciendo que la cabeza de Mollie Sue subiera y bajara y subiera y bajara rítmicamente. Continué filmando hasta que se terminó la cinta. Luego vino la sensación de vacío. Creo que sentí culpa, tal vez decepción, con algo de soledad también. Aunque tal vez era sólo cansancio. Hice el menor ruido posible al guardar el equipo. Apagué la luz antes de salir del cuarto. Di unos pasos hacia la sala y me imagino que me acosté (o me desplomé) en el sofá porque ahí fue donde amanecí, pero la verdad no recuerdo. En serio, no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que mientras caminaba deseé dormirme inmediatamente para encontrarme a Mollie Sue en un sueño. Pero cerré los ojos y no sucedió nada. El que se duerme de último siempre pierde.

Del libro: Quince que cuentan II Semana de la Narrativa Urbana (Fundación para la Cultura Urbana, 2008)

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