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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Más de 48 horas secuestrada

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Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar,
indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa,
puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda

1

Raspó el cerillo. El aire frío se lanzó violentamente contra la flama. Rodeó el porro rápido con sus manos. Levantaba la vista algunas veces mientras lo hacía. El tipo era grande, como de uno noventa o más. Un monstruo de dientes amarillentos con una parte negra comida de caries. Sonreía como un idiota malicioso. Clarice no quería mostrar temor, pero todo en ella la delataba. Sentía una corriente que mantenía tieso los vellos de su piel.  Lo único que podía hacer era pensar y pensar…

Eres una mongólica, Clarice. Por qué tenías que pasar por ese chiquero del 23 para buscar a la Tati, a Karen o la zorra de Tahísa. Se hubiesen venido en el Metro o en camioneticas. Pero no, tú siempre de pendeja ofreciéndote para ir a buscarlas.

De regreso, arrancó la Trail Blazer y vio por el retrovisor una camioneta Ascender negra. Pero sus amigas estaban en las pendejadas de siempre. La Tati discutía con Alberto por celular. Karen y Tahísa hacían duetos con un CD de Shakira. —¡Que dejen la bulla vale! Tenía una crisis de nervios.

Pasaban las diez de la noche y la calle era una obra maestra de la desolación. —¡De pana que no me gusta salir tarde, la próxima vez las espero en el sitio! La última vez que salieron, eran las siete y todavía había gente en la calle. Clarice rodó por Los Flores de Catia, tomó el distribuidor La Araña y pisó chola: vía autopista Francisco Fajardo. Punto de destino: cualquier antro del este que les matara la ladilla, la soledad y especialmente el guayabo.

Ella y Rumardo habían terminado su hiperquinética relación, y esa noche estaba dispuesta a matarse a tragos. Otra vez esa camioneta, pensó. Qué quieren estos bichos. Si quieren la camioneta, no tengo reparo en dárselas. Se desvió al Paraíso y rogó que la Ascender siguiera de largo. Por unos segundos respiró hondo, tratando de callar el pequeño Stephen King de su mente. Pero dos calles más adelante, la camioneta les bloqueó el paso. El frenazo pudo escucharse en todo el país, aunque no salió ni un alma en su rescate. Los nervios no le permitían encontrar la palanca de retroceso. Mientras Tahísa le daba cachetadas a la Karen para quitarle la crisis y la Tati marcaba el numero de la policía en su celular. Fue cuando por fin Clarice pudo agarrar la palanca, pero ya la apuntaban por la ventanilla. En vano las chicas le pidieron auxilio a un malviviente que abrazaba una botella de ron; como si se tratara de un Hancock criollo dispuesto a enmendarse con la sociedad.

—¡A callarse o las quemo aquí mismo! ¿Se puede saber de quién es esta nave?

Ninguna contestó.

—¿¡Qué de quién es esta bicha!?, les dije ya.

—¿Y no te resulta obvio, mijito? Mira mis manos, genio, es la que lleva el volante. Pero tranquilo, no importa, llévenselo que no ha pasado nada. Sólo déjennos tranquilas y no los denunciaré a la policía.

Los tipos lanzaron unas carcajadas como si se tratara de un chiste.

—Tranquila, jevita, tus amigas pobretonas pueden irse, pero tú te vienes con nosotros —dijo el Calvo cincuentón, que parecía ser el jefe. Fue cuando sintió un pinchazo en el cuello y que la arrojaban a la parte de atrás de la Ascender.

 

2

La voz del tipo que fumaba el porro la volvió a tierra.

—Valió la pena quitarte esa capucha, me estaba perdiendo de lo bella que eres, ¿quieres agua? —, ella lo miró de arriba abajo y dudó un poco, pero tenía mucha sed y se empinó la botella.

—¿Cuánto piden por mí? — le dijo. Ya estaba clarísima de que se trataba de un secuestro.

—No puedo decirte nada, belleza.

—¿Por qué no?, dime cuánto y yo misma te los doy —el Calvo, que estaba a unos pasos más allá, resopló de la risa.

—Si tú no tienes ese monto carajita, pero tu papi, sí ¿estoy en lo cierto?

—Yo tengo una Visa, Mastercard, cheques, lo que quieran.

—Nada de esa vaina, puro efectivo.

Clarice hizo un esfuerzo por romper las bridas de las muñecas. Trató de hacerlo con los dientes. Gritó, dio patadas, soltó su mejor chorro de improperios.

—Portarte bien, carajita, no quiero utilizar la fuerza bruta —dijo el Calvo. Ella volvió a gritar y una tos traicionera la hizo vomitar…

—¡Mira chamo, limpia este desastre y dale algo! —el del porro apareció con una jarra de agua, vaso y papel higiénico, lo puso cerca de ella y pasó varias veces el coleto—. ¿Quieres algo de comer?

Ella negó con la cabeza. No podía pensar en comida en tal circunstancia. Imaginó a sus padres recibiendo la llamada de los delincuentes y sintió un ardor quemante en el pecho. El que tenía el porro en la boca, le acercó una bolsa con comida y cortó las bridas de sus muñecas. Ella esperó que se alejaran un poco y extendió la mano a través de las rejas. Un pote de arroz chino con pollo y camarones, coca cola y pancitos. Cuando empezó a detallar el sitio, sospechó que estaba en manos de policías.  La tenían dentro de una celda. Al fondo había una vieja central telefónica, oficinas, casilleros y escopetas polvorientas dentro de un anaquel empotrado. En las esquinas de la celda había excremento seco con un olor dulzón nauseabundo. También ropas desgarradas y emplastos de sangre seca. La habían despojado de sus cosas: cartera, reloj, celular. No eran pendejos, sabían que los celulares modernos tenían sistemas de posicionamiento global. El vaho del calor parecía narcotizar su mente, pero no a los mosquitos que la tenían loca. Desviaba el sudor con el dorso de las manos, aunque el ardor en los ojos era inevitable. A veces el Calvo le pasaba al papá por teléfono para asegurar que cooperara. —¿Ya la escuchó? ¿Qué le dije?, su pichona todavía respira; reúna los cien mil palos verdes dentro de un maletín y luego hablamos— Ella sintió alivio cuando aquel pelón se alejó. No podía soportar más. Si tuviera cerca una de esas pepas raras que la Tati tomaba para perder los sentidos se hubiera tragado un puño completo. En esos momentos un atajo a la otra vida parecía prometedor.

 

3

El del porro no le quitaba los ojos. Era tan desagradable esa sensación de postre de panadería.

—¿Se te perdió algo? —. Él sonrió y le preguntó si quería un cigarrillo. Ella se tardó en responder. Parecía necio tratar con una de las ratas que la tenían allí.

–No, lo dejé hace siglos…

—Dices que no, pero tienes una caja llenita en tu bolso. Sacó un cigarro, lo encendió y se lo pasó a través de la reja.

—Era de mi novio —dijo, conteniendo el humo en su boca.

—¿Estudia contigo?

— Estudiaba, pero ya se graduó.

—Lo quieres burda, ¿verdad?

—Eso no es problema tuyo…

—Yo me casé una vez, pero era muy pelado. Cómo quería a esa caraja, pero bueno… las cosas no son para siempre.

El Calvo salió de la oficina y lo llamó.

—Te dije que no hables con la chama. Esta vaina es seria, Fumanyelo. No podemos cometer errores en esta operación.

—Está bien, jefe, ¿dónde tienes el ron?

—Donde siempre, pero pila, no vayas a rascarte y cualquier cosa me llamas por teléfono. Voy a estar en la Delegación.

—Copiado mi sargen…

—¿Qué fue lo que te dije antes?

—Que no hable con la chama, ¿no?

—Sí, pero antes de traerla te dije que aquí no me llamaras sargento.

Clarice pidió otro cigarro. Él se lo dio y le pasó un vaso con ron.

—No me gusta el ron, pero con coca cola lo paso —le dio un vaso con hielo y una lata de refresco.

—Ustedes son policías, ¿verdad? —la pregunta lo tomó desprevenido.

—No, jevita… no, ¿y por qué dices eso?, ¿tengo cara de tombo?

—Si miras a tu alrededor, esto se parece a una jefatura.

—Bueno, sí, es una antigua sede, pero no somos funcionarios.

—Tú no me engañas, tu jefe usa un chaleco y tiene una placa en el cinturón. También usan botas de policía.

—No puedo decirte nada al respecto, pero si me preguntas lo que pasó con la que era mi esposa, puedo darte detalles…

—Tú eres raro…

—¿Por qué lo dices?, espero que no sea porque me vea como el Moreno Michael el de Cheverísimo.

—No sé, eres diferente a los típicos malandros. —ella hizo fondo con el trago.

—¿Te sirvo otro?

—Con menos refresco, porfa. Creo que sé por qué te siento raro. Eres muy simpático para ser una rata.

—Lo que pasa es que no me gusta tratar mal a las chamas, eso es todo —, enchufó unos iPod a las cornetas y la salsa fluyó evocadora y lastimera.

Mirando cosas viejas, hallé un poema, en una servilleta, casi borrado, eran sólo unas líneas, era mi letra, estaba dedicado, a la mujer que amo…

Clarice se le salió una lágrima y se tumbó en el catre de la celda. Se puso en posición fetal hasta que el sueño fue ahogando un llanto suave y sentido. A él le dieron ganas de abrir la reja y consolarla, pero se retractó. Se echó en una butaca con las piernas sobre el escritorio y tapó sus ojos con una gorra.

 

4

—¡Contra la pared, maldito! ¡Abre las piernas!—, sintió una patada en los tobillos. Él extendió los brazos hacia arriba.

—¡También soy policía, mi pana!

—¡Cállate o te destrozo la testa con esta pistola! —comenzó a darle, pero los golpes eran débiles, incapaces de lastimar. Finalmente, los periodicazos lograron despertarlo.

—Chamo, te dejo a cargo y te quedas dormido, toma, te traje la papa. Dale a la carajita esa y revisa que esté bien.

Su teléfono sonó:

—Toko, ¿todo bien?

—Sí, mi sargen, la gente está moviendo el biyuyo.

—Pero cuéntame, ¿lograron pinchar los teléfonos sin problemas?

—Sin novedad.

—Y el pure de la chama, ¿no llamó a nadie?

—Bueno, sí, hizo varias llamadas, pero a la empresa.

—Te pregunto por si acaso llamó a la policía, pendejo.

—Pero si la policía somos nosotros, sargento.

—Lógico, Chavodelocho, pero quizás llamó al Cuerpo de Investigaciones Criminalísticas, a la policía nacional o incluso a nuestra propia división, recuerda que no todos están con nosotros.

—Tranquilo jefe, cualquier cosa se lo reporto.

El Calvo cuelga y se cerciora de que Fumanyelo esté haciendo lo propio. La chica mastica el desayuno: tres empanadas de carne mechada y una malta. Se limpia la boca y silencia un eructo con la mano.

—Te estamos cuidamos bien, ¿verdad carajita? Clarice le lanzó una mirada asesina.

—¿Ya mi papá les dio la plata?

—No, pero creo que de hoy no pasa.

—Entonces ¿ya falta poco para que me vaya de esta cloaca? —el Calvo abrió la boca con todos sus dientes.

—Guá, bueno, si te portas bien y me das tu postrecito, porque eso me lo tengo que comer yo antes de soltarte ¿verdad? — Clarice sintió que la comida en su estómago empezaba a producirle náusea. Entonces Fumanyelo intervino.

— Jefe son como las diez, los padres de la chama dijeron que llamarían como a esta hora ¿no?

—Chamo tienes razón, yo voy a esperar en la oficina. Por cierto, te tragaste toda la botella anoche, cabezón, vi el esqueleto en el bote. No sé dónde te cabe tanta caña…

 

Eran las siete de la noche cuando el Calvo se hartó de esperar la llamada. Se lanzó una sonora flatulencia cuando se levantó de la butaca. Metió las manos en el chaleco, las sobaqueras, y, por último, en la chaqueta. Ya se había chupado dos carteritas de ron y tenía la nariz roja de tanto esnifar.

—¡Qué gente tan incumplida, vale!, me voy a mi casa… estás a cargo, chamín, —dijo a Fumanyelo—. Ya sabes, si llama Iturriza, no le digas nada, sólo me llamas. Ahora, si llama Toko, lo más seguro es que sean malas noticias, y me llamas también— Él hizo un gesto de hastío y lo llevó hasta la puerta, el jefe se tambaleaba de tanto beber.

—¿Y puede manejar?

—Dúdalo, mi guaya. Ya sabes, cuida a la perra. Nos vemos en unas horas.

 

5

Policías. Agentes de la ley. Se supone que protegen a los inocentes. Que el crimen es la mancha que vienen a borrar de las calles. Pero la vida real los pinta de otra forma. La gente no les tiene confianza. Sus uniformes son motivo de rechazo en lugar de ser una señal de salvación. Para Clarice, saber que sus captores eran funcionarios, derribó sus últimos residuos de esperanza. Su papá se lo había dicho muchas veces, él era un convencido de que el país estaba enfermo de una corrupción que cobraba vidas. Por eso trataba de persuadir a su hija de hacer vida en cualquier otro país. Era la oportunidad de escapar del peligro. Tomando en cuenta que los últimos gobiernos habían sido demasiado permisivos con el delito. Pero ella terca como siempre, quiso quedarse; decía que tenía su vida social, que si los amigos, al sinvergüenza del novio… Y otra vez recordó a Rumardo, y sus lágrimas se le salieron solas…

Fumanyelo calentó otro pote de arroz chino. Le llevó un plato con pancitos y un vaso con agua.

—Se acabó la coca cola.

—No importa.

—¿Estabas llorando?

—No, yo solo… —su voz se quebró.

—No puedes mentirme, jevita, conozco cuando alguien tiene el alma quebrada.

—Que yo sepa, no estoy de vacaciones en Margarita ¿o sí?

—Tú lloras por algo más… lloras por alguien… —Clarice comía sin dejar de llorar. Arrugaba la cara cada vez que se introducía algún bocado. Él buscó su iPod y sustrajo una botella de ron del escondite del Calvo. Trajo agua, dos vasos, hielo y cigarrillos. Le preparó un trago. Ella lo bebió como agua y contó su historia con Rumardo…

—Cuando cumplí los veinte, me dio un solitario delante de mis padres. Prometió casarse conmigo con esas frases que las mujeres nunca olvidan. La boda sería dentro de un año. Nuestros padres gastaron mucho en preparativos, pero nada más importaba que nuestra felicidad. La luna de miel sería en el Hotel du Louvre, frente al río Sena, en la mismísima París. Todavía atesoro la postal del sitio. ¿Qué tal? Mi emoción crecía con la proximidad de ese primer día de agosto del 2015.

—Pero esa vaina fue el año pasado, ¿no?

—Sí, para que tú veas, mi guayabo aún está fresco. El día de la boda fui la primera en llegar, él nunca lo hizo. Los invitados, y hasta yo misma, pensamos que había pasado algo muy malo con él. Un accidente, un robo, sabes cómo está todo en Caracas. Bueno prueba de eso es que estoy aquí… Cuando la hermana de Rumardo caminó por toda la extensión de la alfombra y se puso frente a mí. Te lo juro que pensé que había sucedido una desgracia. Que Rumardo estaba en un hospital o peor aún, en una morgue. Pero mi casicuñada me dijo que lo sentía mucho y que su hermanito había tomado un vuelo para España por una fulana beca que le dieron para un doctorado. Yo no me comí ese embuste. Pero después que todos lo supieron, el cuchicheo fue tan denso que se podía cortar como una rebanada y hasta morderlo. Clarice terminó su bebida y campaneó los hielos.—. ¿Ves que mi vida es como una telenovela?

Él sonrió y se levantó para servirle el otro, subió el volumen de la música y, con un gesto de confianza, abrió la reja.

—Qué te pasa, ¿me vas a liberar?

—Jevita, tú sabes que no puedo. Sólo quiero escucharte más de cerca. Quizás consolarte, si me dejas… — Ella agrandó los ojos.

—Eso suena raro viniendo de un bicho como tú, ¿un secuestrador preocupado por la condición emocional de su rehén? Me da como risa.

La voz de Eddie Santiago le dio un color a la atmósfera que ninguno vio venir.

No sé si a ti te pasa lo que a mí, mi cuerpo está repleto de tus huellas, que hoy quiero completar, porque otra vez te irás, dejándome un puñado de tus besos…

Sus ojos comenzaron a deslizarse por una fascinación. Clarice no se reconocía por lo que empezó a sentir. Horas antes, ese mastodonte le había parecido un monstruo, su estatura, la cara huecuda por cicatrices de un acné juvenil. Pero ahora no entendía lo que pasaba… la consecuencia de los tragos, tal vez… un hechizo… la necesidad de sacarse a Rumardo del alma, quién podría saberlo…

Te has ido sí, oh, qué triste estoy sin ti, me acerco a la ventana, te recuerdo, y no es fácil olvidar, cuando se sabe amar, si vives para darte sin reservas…

Por él, eso era lo esperado. Lo que deseó al momento de verla. No se sentía moralmente idóneo para ella, por motivos obvios, pero necesitaba beberse esos segundos.

Yo te di, todas las noches de mi amor, y viví, para acercarme más a ti, sin saber… que la distancia alguna vez hace bien, y hoy yo sé que, si regresas otra vez, yo estaré, tan convencido de tu amor, yo lo sé, que, aunque te alejes tu tendrás que volver, cada vez y otra vez…

No se dieron cuenta cuando comenzaron a compartir el mismo vaso, el cigarrillo, la misma saliva, y sus piernas se hundieron entre ellos, sincronizadas con la salsa. Qué más confianza que esa. Un momento así, quizás nunca había tenido con Rumardo. No lo comprendía bien, pero, a partir de ese instante, entraron en una dimensión distinta.

—¿Nunca me dirás tu nombre? —soltó ella.

—Sabes que no puedo.

—Anda, chico, ya hasta me parece ridículo que me lo ocultes.

—Está bien, pero ni se te ocurra llamarme así delante del jefe.

—Es obvio —respondió ella.

—Fumanyelo —lo soltó, sin pensarlo mucho —. Me llamo Fumanyelo.

Luego de eso, sus bocas decidieron conocerse más, se arrojaron en una raída colchoneta que él extendió rápidamente en el piso.

Te has ido, sí, oh, qué triste estoy sin ti, me acerco a la ventana, te recuerdo, y no es fácil olvidar cuando se sabe amar, si vives para darte sin reservas. Yo te di todas las noches de mi amor y viví, para acercarme más a ti, sin saber que la distancia alguna vez hace bien, y hoy yo sé que, si regresas otra vez, yo estaré, tan convencido de tu amor, yo lo sé, que, aunque te alejes tú tendrás que volver, cada vez y otra vez… tú tendrás qué volver, cada vez otra vez…

 

6

Se vistieron antes de la seis y la introdujo en su jaula con un beso. Como un precioso cisne al que, con mucho dolor, debía mantener cautivo. Colocó la cadena, el candado y recogió la colchoneta. Media hora más tarde, llegó el Calvo.

—¿No han llamado chamín?

—Nones.

—Pana, ya pasaron más de 48 horas. Qué estará pensando el Iturriza ese… Que no se le ocurra inventar una vaina —se aproximó a Clarice—. Si tu papi no paga, te vendemos a los rusos. Ellos sí que nos darían una buena tajada por carne fresca. Fumanyelo experimentó su tic recurrente en el parpado izquierdo.

—Jefe, y porqué mejor no…

—¿Y por qué mejor tú no dejas de fumar esa basura?, ya me tienes drogado, chamo. Y te tomaste dos botellas más, las vi vacías cerca del pote…  Voy a tener que llevarte a alcohólicos anónimos. —Fumanyelo sonrió—. Llamaré a ese viejo. Si no manda la plata le pico un brazo a su pichona y se lo mando en un sobre.

—Mira, tú papá no ha pagado y ya pasaron las 48 horas. Nosotros nunca esperamos más 48 horas.

—¿Y si no les paga?

—Tú no quieres saber mi respuesta, carajita. Pregúntale al fumarola este, de qué soy capaz…

Los ojos de Clarice lo vieron alejarse y tomar el teléfono.

Fumanyelo la vio arrojarse al piso como si ya no valiera la pena vivir.

—Lo siento chamita, tu situación es difícil. —, intercambiaron una mirada como si pudieran entenderse sin necesidad de palabras.

—Ayúdame, por favor.

El Calvo lo llamó con la mano desde la oficina.

—Te estoy viendo, carajito, y no me gusta cómo se hablan. Te gusta enamorarte de los fiambres. Recuerda que nunca dejamos cabos sueltos. Todas al final mueren, y punto.

—Toma, Fenobarbital. Pónmela a dormir.

—Ay no, no me pongas esa vaina de nuevo.

—Tranquila Jevita, no te va a doler.

—¡Ay, no puede ser!

 

7

A las once de la mañana, Fumanyelo la despertó.

—Te tengo buenas noticias. Tú papá llamó, parece que pudo reunir la plata.

El calvo caminó sorbiendo una taza con café.

—Te voy a dejar lavarte y que te pongas bonita. Si tu papi se porta bien vas a poder regresar con tu familia.

Clarice no sabía qué sentir. Por un lado, ya no aguantaba un día más en ese lugar, por otro, su libertad se traducía en una fuerte merma financiera para sus padres. Desde que tuvo uso de razón los había visto gastar sus mejores años en una empresa de ropa. Su éxito se debía, más que todo, al diseño de sus propias piezas. Eran trabajos de mucha calidad que pronto rindieron frutos. Pero en ese último año se había elevado la materia prima porque la moneda nacional prácticamente ya no valía nada y, mientras los insumos de la fábrica se compraban en divisas, los clientes en su mayoría pagaban en bolívares. Entonces, su padre, el señor Iturriza, contrajo ciertas deudas para que la empresa no quebrara. Desprenderse de los cien mil dólares probablemente lo llevaría a la ruina, más temprano que tarde. Pero a los delincuentes no les importaba eso. No les importa el sacrificio que hace la gente de este país para salir de abajo.

—Jefe, Clarice quiere ir al baño.

—Mira carajito, no me la desates, puede que invente una vaina para escapar. Llévala tú mismo y ayúdala a lavarse.

 

El intercambio estaba pautado en el parque Los Caobos. El padre de Clarice debía esperar a que alguien pasara a recoger el dinero. Se montaron en la Ascender. El calvo giró la llave y comenzó a conducir hacia el punto.

—¿Qué hicieron con mi camioneta?

—Lo tomamos como parte del pago, carajita. Podíamos haber pedido más, ¿cierto chamo?

Fumanyelo puso la mano en el hombro de Clarice, para tranquilizarla. Le habló cerca de la oreja:

—Ya va a pasar todo, en pocos minutos estarás con tus padres.

—¿Y por qué me hicieron esto? ¡¿Por qué nos hacen esto Fumanyelo?! Hay tipos mucho más ricos que mi papá.

El calvo los escuchaba desde el asiento del conductor.

—¡Ajá bicho, hasta le dijiste el nombre a la jeva! ¿Y qué fue lo que te dije yo? Y tú, sifrinita, ¿quieres que te diga por qué a ti?, porque eres burda de sortaria. Porque saliste en el tin marín de do pingüe. ¿Te lo ilustro? Es la misma cartilla que les leyó el comandante: porque los ricos son los burgueses que exprimen al pueblo. Son los que le han robado hasta la sangre a esta tierra desde que éramos una colonia del imperio español.

—Eso no es verdad. Es lo mismo que dicen por los canales del Estado. Mi padre fue pobre, lo que pasa es que luchó por un sueño. Trabajó como costurero por muchos años y le fue bien. Es diferente a los que se enriquecen por ejercer inapropiadamente un cargo público.

—Ta’ bien, pues; pero por qué tienen que hacer coco con sus carros y trajes, con sus celulares de alta gama. Los únicos que comen caviar y faisán son ustedes. Y ni tengo que decirte para dónde se van de vacaciones, porque tú lo sabes bien. Se dan la gran vida en Europa y gringolandia, mientras los pobres se derriten en sus ranchos de lata o de cartón. Como lo decía Alí Primera en una canción. Versia, hasta me salió en verso…

 

Divisaron las torres de Parque Central. El Museo de Los Niños. Tomaron la desviación y pasaron por el Teresa Carreño. Allí mismo estaba la entrada al parque. Había demasiada gente: buhoneros, estudiantes, turistas… No le gustó la presencia de dos policías de uniforme comiéndose unos perroscalientes. Pero el Calvo antiparabólico monitoreaba todo.

—¿Dónde estás Iturriza?

—Estoy estacionado en una Explorer beige, cerca del parque.

—Ah, ya te vi… espérate… Mira, te paraste cerca de unos funcionarios. Prende esa nave otra vez y avanza lento, sin llamar la atención. Sigue en la vía y da la vuelta. Ya sabes, no te creas el Capitán América o puede ocurrirle un accidente a tu pichona. Estaciónate tranquilito cerca del Teresa…

La Ascender negra pasó lento, acoplándose a la ventanilla de la otra camioneta.

—Pásalo, bicho —Iturriza, con las manos temblorosas, arrojó el maletín por la ventana y Fumanyelo lo agarró. Clarice estaba en el piso, con bridas y una cinta en la boca. El Calvo siguió por la avenida, mirando por el retrovisor que nadie lo siguiera.

—Okey, carajita, ahora nos vamos a la Bonanza, tú conoces ese relleno sanitario, ah, Fumanyelo.

—Jefe, hágalo por mí, suéltela que ella no conoce nada de usted, solo conoce mi nombre. Además, ella sabe que sabemos donde vive y podemos liquidar a sus padres.

Soltaron a Clarice a tres cuadras del sitio. En Plaza Carabobo. Le dijeron dónde encontrar a su papá. El sol la cegó, estaba como mareada por los residuos del Fenobarbital. Caminó unos pasos y se recostó de un poste. Vomitó. Trastabilló y cayó de nalgas. Comenzó a gatear hasta un árbol cercano. Ambos la miraban desde el vehículo. Transcurrieron unos minutos y el Calvo hizo un gesto a Fumanyelo. Sabía lo que tenía qué hacer. Salió corriendo y puso el arma en la cabeza de Clarice y disparó. Volvió a la Ascender y el otro lo miró y apretó chola. Se perdieron en la vía. El Calvo detalló la tristeza en la cara de Fumanyelo.

—Esa jeva te gustaba burda ¿no?, pero lo hiciste chamo, tienes tu parte segura. Es más, puedes fumarte un porro en el carro, si quieres. Vamos, te doy permiso…

Cerca del árbol, Clarice permanecía inmóvil, pero consciente. Sus orejas punzaban por el disparo de Fumanyelo. Recordaba bien sus instrucciones: “Ya sabes, cuando escuches el disparo, cae como si murieras. Luego espérate un rato y te levantas. Camina hacia Los Caobos. Tu padre está estacionado cerca de un perrocalientero. Y si después de todo me quieres ver, espérame el último de este mes en el pasillo de ingeniería de la universidad Central, como al mediodía. Estaré en el cafetín esperándote con dos marrones claros”.

 

Cuento incluido en el libro Más de 48 horas secuestrada y otros relatos (Edición de autor, 2014)

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