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Fue la primera y única vez que me pregunté si mi papá era idiota. Íbamos en un carro que ya no tiene. Yo estaba de copiloto; mi hermana, que es siete años y medio menor que yo, iba en el asiento de atrás. Él manejaba.
—Papá, les están disparando a civiles desarmados. Eso es una violación a los derechos humanos —espeté.
Mi relación con él nunca ha sido positiva. En algún momento caí en la ingenuidad de decir que era inexistente. Falso. Todos tenemos una relación con nuestros padres, un vínculo indisoluble: los veamos, no los veamos, los conozcamos, no los conozcamos, los odiemos o los amemos. En las cavernas de nuestra mente hay una sala de espejos en la que dibujamos y borroneamos su silueta. Y esa silueta la llevamos sobre los hombros en muchas de nuestras decisiones.
—Pero es que estaban trancando la calle —argumentó—. Trancar la calle es ilegal.
—Está bien, es ilegal —tercié—. Y está bien, de alguna manera habría que tratar de despejar la calle. Ahora, dispararle a un civil, desarmado, que no supone ninguna amenaza, también es ilegal. Es inconstitucional. Es hasta inhumano: es el policía el único que tenía armas en esa situación, es el más poderoso.
Crecí en un país que entendía la política como una tribuna de hooligans. Aprendí nombres de candidatos a la presidencia antes de saber quiénes fueron Teresa de la Parra y Teresa Carreño. En 1998 yo tenía cinco años y plena consciencia de por quién habían votado mis papás.
—Están trancando una calle, Lizandro Samuel —miraba hacia adelante, impasible.
Cuando se divorciaron, una parte de mi corazón de durazno recién sembrado sintió alivio; ahora, que mi papá no estuviera presente en mi vida no significaba forzosamente que él no quería estar, sino que estaba lejos. Creo que casi todos los niños crecemos con la idea de que quienes nos trajeron al mundo deben protegernos, cuidarnos y —por defecto— querernos. La madurez empieza cuando te das cuenta de que esas cosas no siempre se cumplen. La muerte de la esperanza también es una forma de alivio cruel: la psique descansa cuando deja de anhelar. Eso fue la separación de mis padres. No sé qué habrá pasado entre ellos, pues no me correspondía saberlo. Sí sé lo que pasaba entre él y yo: su ausencia, física o emocional, era el escozor de mi vida.
—¿Estás escuchando lo que estás diciendo? Olvídate de si son chavistas o no. Hay un chamo de veinte años parado en una calle con una pancarta. Llega un policía y le dispara. ¿Qué piensas de eso?
Tras el divorcio, mi papá aparecía cuando Mercurio estaba retrógrado para sacarnos a pasear a mi hermana y a mí, como si fuéramos una extraña raza de perros que hibernara durante meses hasta que nuestro valeroso dueño llegara para mostrarnos las bondades de la primavera. En esas salidas, mi papá trataba de que mi hermana triunfara allí donde yo lo había decepcionado: que fuera magallanera y chavista. Lo primero me daba igual; lo segundo, finalmente empezó a joderme la paciencia.
—Es que trancar una calle es ilegal.
—Papá, imagínate que estoy yo o mi hermana o tu mamá en medio de la calle, con una pancarta, sin hacer ni decir nada. Solo ahí, sí, como dices: trancando una avenida pública de forma ilegal. De repente viene un policía, armado, nos dispara en el pecho. ¿Qué opinas?
—Coño, Lizandro Samuel, si están trancando una calle hay que moverlos.
Ojalá mi papá fuera gracioso. No lo es: estaba hablando en serio. Me callé. Pensé que la ideología es el comodín de los que tienen flojera de pensar. Sin embargo, más allá de su fanatismo siempre había considerado a mi papá inteligente. Logró la proeza de sacar una licenciatura en la Universidad Central de Venezuela, cuando años antes su mamá le había dicho que sus hijos solo estudiaban hasta la primaria. Se apasionó por la literatura y escribía cartas de amor, que sospecho insufriblemente cursis, con las que logró seducir a mi mamá. Aprendió a armar y desarmar carros de forma empírica. Quiero decir, mi papá era muchas cosas, pero jamás cuestioné su inteligencia.
Me llevó años aceptar una posibilidad más incómoda: quizá no era idiota, sino violento. A lo mejor era plenamente consciente de lo que estaba pasando y lo respaldaba. Poco tiempo después de la discusión del carro, mi papá le quitó importancia al hecho de que a un conocido de mi hermana un guardia le quitara el ojo.
—Te garantizo que a la oposición no le importas tú ni nadie —me dijo con un rencor que no supe ver cuántos años tenía, pero que intuí que era mayor que yo.
Han pasado varios años desde aquella escena: nunca volví a conversar seriamente de nada con él.
II
En la reunión estábamos un reconocido comediante, algunos jóvenes activistas y yo. En frente, tras los micrófonos, un académico respetado y una política opositora que se atrevía a cruzar el puente del lenguaje para dejar atrás los lugares comunes. Es decir, una rara avis. El comediante la interpeló:
—Es que la oposición solo la caga, la caga, la caga. Y nos ve la cara de pendejos. Cree que nosotros no nos acordamos de que dijeron una cosa y luego hicieron otra. Y después, de paso, tienen las agallas de decirnos que hay que apoyarlos. Yo creo que la oposición debería pedirle perdón a la gente. Capaz uno hasta entiende y dice, bueno, okey, vamos a seguirle echando bolas. Pero actúan como si fuéramos tontos: ni explicaciones dan. Por supuesto, la urgencia del país es salir del chavismo: eso es indiscutible. Son unos violadores de derechos humanos que destruyeron Venezuela. Okey. El problema es que la otra opción es mejor, sin duda alguna, pero no es buena. Yo me siento escogiendo entre dos bolsas de pupú.
Durante el periodo que comprende el libro a continuación, hubo quienes hablaban de la posibilidad de una guerra civil. Para mí, esa línea de pensamiento siempre estuvo cercana al chavismo. Para que haya una guerra debe haber dos bandos definidos. Aquí lo que había era un Estado secuestrado masacrando a la población. Una población que muchas veces siguió el lineamiento de actores opositores (huy, casi me contrató el antiguo Globovisión después de decir eso) que parecían tener una visión naíf del país o que simulaban una lucha de boy scouts contra malandros. Hoy hay suficiente evidencia que sugiere que muchos solo han fingido combatir al régimen, que los discursos vacíos y sin especificaciones muchas veces no son solo ignorancia o el populismo desesperado con el que quieren producir aplausos, sino que quizá debajo de esos burdos zurcidos hay verdades llenas de desesperanza.
Lo único con lo que estaba de acuerdo con mi papá era que, a diferencia de lo que querían hacer ver varios políticos de oposición, no veía nada heroico en lo que estaba sucediendo con esos heridos y asesinados. Tampoco, obviamente, eran terroristas, como los deshumanizaba el régimen. Por eso me choca eso de enaltecer la muerte. Sobre todo de quien más que por vocación perece por ser un peón de guerra. Como si hubiese gloria en entregarles la vida a los esbirros de la dictadura. Hay algo cruel, incluso, en acercarse al funeral de alguien que fue asesinado y hacer de eso un meeting o una rueda de prensa sin la anuencia de los deudos. No me lo contaron: le pasó a una amiga. También hay algo cruel, supongo, en deshumanizar/subestimar/etiquetar a todos los que apoyan la dictadura: quizá no todos calzan en el papel de idiotas o de monstruos, sino en el de algo más que está a medio camino de ambas ideas.
Este libro busca transmitir, a través de historias, la incomodidad/confusión/malestar que me han producido estos años. Una etapa llena, sobre todo, de muchas dudas. Y acaso una clara certeza, que los asesinados en las calles venezolanas mientras protestaban no fueron héroes: fueron víctimas.
Del libro No me verán arrodillado (Editorial Dahbar, 2026)