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Pueblo Besugo

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I

Un nuevo día

 

¡Ring, ring, ring, ring…! Aún con los ojos cerrados presionó el botón para apagar el reloj despertador, las agujas marcaban las cuatro. Era un nuevo día, aunque muy seguramente igual que todos los demás, pues hubiera sido una lotería en ese pueblo encontrarse con un día sin novedad.

Tenía que levantarse temprano para recibir los periódicos que repartiría por todo el pueblo, también recogería la leche en el abasto. Así que se bañó y vistió rápidamente, igual que todos los días: franela blanca, pantalón azul desgastado y botas. Aunque no le era una exigencia, él había decidido que ese sería su uniforme de diario.

La rebanada de pan saltó del aparato al tiempo que el olor del café inundó el pequeño apartamento. El grano, de origen nacional, era cultivado en un pueblo llamado San Sebastián de Casiqueare; su característico aroma a tostado y el sabor fragante y picante eran suficientes para que se le considerara como el mejor de todos. El café casiqueareño era distribuido a granel, en costales de yute. La bolsita donde lo guardaba Mario en la cocina era una bolsa cualquiera, así lo empaquetaban en El Abasto de Domingo, que era adonde llegaban los camiones provenientes de Casiqueare y desde los locales en los que se vendía al detal a los habitantes del pueblo.

Domingo, el dueño del abasto, acostumbraba a contar que en un viaje que hizo a San Sebastián de Casiqueare junto con su esposa Eladia, conoció a don Camilo Landaeta, el gran cultivador de ese café. Allá fueron atendidos con gran hospitalidad por él y su esposa, doña Juana. Decía el bodeguero, pues, que siempre al tomar café don Camilo les repetía la misma frase que con el tiempo se hizo famosa y aparecería en el envasado de exportación: “El café casiqueareño es el mejor café del país; debe servirse negro como la noche, caliente como el sol y dulce como el amor”. Camilo y Juana tenían dos hijos, Hugo y Abelardo; el primero se dedicó a la carrera militar y el segundo continuó el negocio cafetalero.

También contaba Domingo de aquel encuentro con don Camilo que este le decía que se estaba haciendo cada vez más difícil mantener su producción con los precios regulados; para aquel entonces, él, junto con los productores del ramo, había solicitado formalmente a la gran autoridad que elevara el precio del quintal. Hicieron varias solicitudes, peticiones que no fueron oídas y por ello la producción había disminuido considerablemente, al punto de que Domingo empaquetaba menos cantidad de granos en las bolsas que distribuía en el pueblo y aunque les bajaba el precio, la gente no dejaba de quejarse por lo caras que eran. Domingo se quedaba callado ante las quejas de sus clientes, pues prefería seguir vendiéndolo, aunque perdiera, para apoyar la producción nacional que se encontraba en desventaja ante la extranjera. En aquellos tiempos, el país había pasado de ser exportador cafetalero a importador de ese rubro, cuestión que cada vez se estaba haciendo más común en todos los sectores de la producción nacional.

La casa de Mario tenía un recibo, dos cuartos con su baño cada uno y una cocina abierta que se asomaba a la sala-comedor, todo en pequeñas dimensiones.

―Bébete el café y tu pancito, mi amor, para que comiences el día con fuerzas ―le dijo su anciana madre, quien se levantaba todos los días a prepararle el desayuno al hijo y a despedirlo ante la nueva jornada de trabajo.

―Sí mamá, gracias. ¿Qué te pasó anoche que anduviste deambulando desde la medianoche por toda la casa?

―Ay, hijo, que ando con unas palpitaciones en el pecho que me preocupan, tengo como un presentimiento de que algo malo pasará en estos días.

―¡Vamos mamá! En este pueblo siempre hay una noticia preocupante, malo es que no la haya. Ve a dormir que debes estar cansada, ya estás con tus tonterías de siempre… Sabes que aquí siempre pasa algo, y malo, y todo continúa igual.

Ojeó el reloj: eran las 4:30 de la mañana; tomó un largo sorbo para acabar el café y se llevó consigo un pedazo de pan. Tras despedirse de su madre, agarró las llaves de su camioneta, de la mesita desconchada que se ubicaba junto a la puerta de entrada, y salió por la puerta de su casa. Había dejado, como todos los días, una nota a su esposa Carolina a un lado de la cafetera: “Mi amor, buenos días, cuídate mucho. Te quiero”.

Encendió el motor de su camioneta, aún era de noche. El humo caliente que expelía el tubo de escape contrastaba con el frío que sentía en las manos. Frotaba una contra la otra para calentarlas y de modo mecánico se las llevaba a la boca para soplar sobre ellas un aire tibio.

Aún estacionado, a la espera de que el medidor de la temperatura del motor indicara que la aguja estaba en la posición correcta, inició, como todos los días, la limpieza a mano del parabrisas. Su edificio ―pequeño como todos los del pueblo, que no pasaban de tres niveles― no tenía estacionamiento. Realmente, ninguna estructura inmobiliaria de la zona había sido construida siguiendo unos parámetros de cálculo, es decir, con la supervisión y aprobación de un profesional en la materia; se trataba de viviendas alzadas con base en la improvisación de obreros que utilizaban su experiencia para urbanizar las montañas que componían el pueblo de Mario.

Mientras quitaba el empañado de los vidrios, Mario pensaba en su madre. Aunque nunca le daba importancia a los comentarios de ella, sobre todo a los que se inclinaban hacia el pesimismo o las noticias que semejaban resúmenes policiales, esa mañana había quedado preocupado, porque no había sido un comentario concreto que él pudiera minimizar a causa de las exageraciones habituales de su viejita. Esta vez el comentario fue incierto y esa vaguedad lo dejó inquieto, suspicaz.

Arrancó la camioneta despacio para que el motor terminara de calentar, no había prisa. Muy pocas eran las ventanas iluminadas en el paisaje lineal de fachadas, aún las viviendas a la vista se mostraban dormidas. El pueblo no había despertado. Era una pequeña comunidad de temperamento tolerante que había decidido asentarse en esas tierras con la ilusión de crear un punto neurálgico nacional de distribución de productos y estaba enclavado en la zona más baja de un sistema montañoso que formaba parte de una cordillera.

Como luciérnagas tímidas, algunas ventanas se empezaban a iluminar mientras otras, muy pocas, permanecían prendidas quién sabe desde cuándo. Mario pensó al verlas: “¿Qué historias tienen esas ventanas encendidas consigo? ¿Un trabajador madrugador? ¿Una madre preparando el desayuno a sus hijos? ¿Un borracho amanecido entrando en cuclillas a su casa? ¿Los adolescentes en una fiesta prolongada que se resiste a culminar?”.

Él siguió su camino diario. Primera parada: el abasto que quedaba frente a la plaza Libertador. Adentrándose entre las contadas calles asfaltadas podía observar la presencia de la flora silvestre que aún reinaba entre el concreto del pueblo; había rincones donde pareciera que el pasto le había ganado a la civilización, eran vestigios del hombre donde ahora los animales montaban sus hogares, casas derruidas en las que la jungla se había apropiado de todo cuanto encontró, abrazando con sus enredaderas las paredes, pudriendo los techos hasta derribarlos.

El contraste entre la naturaleza y la civilización era impactante: unos espacios campesinamente urbanizados junto a otros que demostraban haber sido de alguna forma planificados. Todo junto revelaba un ambiente agreste y un tanto rudo, falto de urbanidad.

Besugo se desperezaba de modo muy singular, generalmente dependía del nivel de agotamiento que generara la noticia del día anterior, siempre había algo de qué hablar y de qué preocuparse. Sus habitantes deseaban anidarse temprano, si fuera posible, con la luz del día, pero a pesar de los esfuerzos por refugiarse bajo el resplandor del último sol, se les hacía una meta casi imposible ganarle a la luna, pues los deportes del rumor y de la angustia eran prácticas que mantenían la vigilia de todos. Y sin embargo, había que dormir. Y despertar.

Sonidos e imágenes marcaban el inicio del día, pajaritos en sus nidos cantando a ritmo lento como si bostezaran; ladridos y maullidos en la lejanía, relojes despertadores. El cielo había aclarado despidiendo la noche. Uno tras otro iban apagándose los pocos faroles de alumbrado público que funcionaban, cada vez más se veía gente en la calle iniciando sus actividades cotidianas. Había comenzado un nuevo día.

 

 

Mario llegó al fin a su destino, se había retrasado a causa de unas reparaciones en la vía. Lo esperaban Domingo frente al abasto, acompañado por su hijo Pablo, un jovenzuelo. Acababan de recibir los periódicos y los habían colocado en la puerta lateral que daba al almacén, aún mantenían cerrada la puerta principal.

―¿Qué te sucede? Tienes cara de preocupado ―le comentó Domingo a Mario.

―Nada, solo que hablando esta mañana con mi madre me quedé con una sensación extraña. Oye, ¿tú has oído algún rumor en especial por ahí? Es como si algo malo fuera a suceder en estos días.

Domingo, que estaba ocupado cargando en la camioneta las cajas que contenían los periódicos y las botellas de leche y jugo, se detuvo un momento; Mario hizo lo mismo. Ambos se miraron y con tono de confidencia, Domingo le susurró a Mario:

―Vengo teniendo esa sensación desde hace un par de días y ahora tu pregunta, que no tiene relación alguna con lo que siento yo, me confirma que algo malo está por venir… ¡Mantente alerta y me avisas! Yo haré lo mismo.

―¡Pero a qué te refieres exactamente! –exclamó Mario.

―No sé.

―¡Ahh! ―dijo Pablo― ¡Lo que faltaba! ¡Se encontraron dos mochos pa’rascase!

Los hombres reiniciaron la carga sin mediar más palabras. Mientras tanto, Pablo se acercó a la puerta del abasto, sacando del bolsillo de su pantalón las llaves de la puerta principal para abrirla…

Al terminar, Mario se sentó frente al volante y encendió el motor. Domingo se acercó a la ventana y le dijo: “Debes ir en la tarde a buscar mercancía a San Vinicio de Pariñas, ten cuidado con la carretera que es de tierra y ha llovido mucho en estos últimos días”. Mario asintió y continuó su trayecto matutino.

La inseguridad desbordada se delataba en las fachadas de las casas: por doquier y a la vista de todos, había rejas en las ventanas. Eran rejas pecho de paloma que las señoras adornaban con materos llenos de flores y colores variados.

Después de haber parado en varias viviendas dejando su mercancía, fue cuando Mario se percató de que ya era una hora prudente para comunicarse con su esposa y darle los buenos días. Pararía en algún lugar para utilizar el teléfono. El intento por encontrar un aparato con el cual poder llamar a su casa fue infructuoso. Debido a que las torrenciales lluvias de la semana habían provocado la caída de un árbol, el sector por donde andaba se había quedado sin servicio telefónico y casi sin electricidad.

 

Incluido en el libro Hombres de café (Editorial Lector Cómplice, 2013)

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