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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Tiempo de Lyddia

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No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera

José Barroeta

Abro la nevera. La densidad de la vaharada intenta hacerme temblar. Es inútil. Quien está jodidamente solo es un experto en la escala de Richter. Remuevo algunas latas. Ciertas verduras ya tienen una tendencia irreversible a la descomposición. Otras cosas, todavía prometen vida. El frío de la nevera tiene ese don: todo lo vuelve sospechoso. Tanteo la pared y prendo el otro neón que punza la cocina y mi sombra llega a la sala antes que yo. Un parcho de luz matiza nuestro rincón. La mesa soporta la cronología de nuestros abrazos: las caras sin barba, con acné, con otras desdichas, las togas de las alergias, la fila de las muchachas que en todos los sentidos han muerto. En general, pésimas fotos. En general, lo único que nos queda para rendir cuentas.

* * *

Tanto a Emilia, como a la propia Aimé (la mil veces Aimé, como tú le decías por haber telefoneado en más de mil madrugadas), e incluso hasta al mismísimo papá Romero, se les sigue notando la incomodidad cuando apenas se esboza tu nombre, Antonio. Pero eso ya tú lo sabes. Cuando medio se te menciona regresa la despedida como bulla de loros durante el funeral. Un gagueo —por error— de tu nombre le da autorización al desconcierto para que regrese a hacer su trabajo sucio.

* * *

Cuando papá Romero enviudó, los aforismos le salían como saliva al toser. A cada tanto hacía uso de su virtud y nos rociaba con sus máximas de pre—Alzheimer. Así dijo una vez: «Los viernes cualquier rebelión es posible; los lunes cualquier camuflaje nos calza». ¡Carajo! El viejo siempre con su terca empresa de mantenernos a raya la madurez. En honor a la verdad, aquello lo recordé porque fue un viernes cuando armé mi rebelión de salvas trasnochadas. Un viernes volví al BAR Y / O PINTO. Al lobby de nuestros pecados. Allí me topé (¿te importa si digo que, más bien, me clavé?) con nuestro íntimo lujo: con Lyddia.

* * *

Había salido de la oficina tardísimo, cargando, a hombro limpio, la sucia faena de toda la semana. Tú ya sabes cómo es eso. Los viernes en la oficina siempre han sido así: el pequeño hueco por donde se sale, a chorros, toda la semana. Podrás imaginar que salí entumecido, aceptando fielmente que, en el nudo de la corbata, se han comprimido todos los días anteriores. Salí y toqué corneta como un loco. Cuando el tráfico me paralizaba yo estrujaba el volante como el cuello de… Incluso a varios peatones les frené muy cerca de las rodillas. Al hacer el cambio de luces intenté una clave morse repleta de insultos. Una noche fácil para salir a beber.

De repente, estaba en la calle del BAR Y / O PINTO.

Allí la encontré.

Al entrar, con una actitud muy impostada de cowboy envejecido, hice un paneo por el interior del local. En la barra hallé su espalda suave, sus brazos perfumados, aquel cabello de falso color de arreboles y su culo totalitario tapado con una roja falda breve. Es decir, una falda al estilo Lyddia Mejías, la modelo eterna de la Reverón.

Apenas la vi quise devolverme y montarme en mi carro y apresurar la reversa y enderezar la marcha a la autopista y surcar Caracas rumbo al apartamento y abrir la puerta obstinadamente y darme una ducha friísima y casi no secarme y meterme en la cama desnudo y dormir profundamente y mientras durara el sueño cogérmela hasta la mañana del sábado.

Naturalmente pudo más la ansiedad por la cata del sabor —ahora— añejo de Lyddia.

Por eso me quedé.

En la barra estaban, como a la espera de alguien, tres pelagatos —extraño para ser viernes—, más Lyddia. No supe —y no sabré jamás— cuál era la tenue canción de Yordano que en ese momento sonaba.

Pero sí recuerdo que recordé a papá Romero bailando solo y muy prendido, en nuestra casa anterior, en la que invitamos a Aimé a salir de nuestras vidas y que viviera un despecho más digno que nuestra indiferencia. ¿Cómo no recordar aquella casa donde quedó litografiado el desconcierto de Emilia cuando tú, Antonio, después de ocho años de matrimonio, le dijiste, a secas, que querías divorciarte de ella? Recordé también los fajos de billetes para Lyddia. La reciprocidad entre la gran cantidad de dinero que le echamos encima y la ínfima tanga que ella, en servicio VIP, nos exhibía en una playa de la costa de Aragua.

Metido en el círculo vicioso del local me acerqué a la barra, a Lyddia, a todo lo que ella representaba.

— ¿Tú bebiendo? —le dije, así sin más.

Quieta como un ejército de terracota, respondió:

— Le doy gusto al gusto, mi amor. Un lujito al gusto.

— ¿Lujo, Lyddia?

— Lujo, querido. Tú sabes cómo está todo.

Entonces giró completa hacia mí. Fui literalmente asaltado por las fotos de sus senos que siempre fueron nuestro íntimo vicio. Ya tú y yo disertamos tantas veces en torno al sabor, la talla, el color, la textura y la consistencia de los selectos melocotones que tiene por tetas.

— ¿Qué haces por estos lares (o bares)? —Aún dudo qué preguntó, pero algo así preguntó.

— Igual que tú, pero más cansado —respondí.

— ¡Ay no!, eso es falta de bonche —vio su reloj, dañado—. Yo, dentro de un rato, me voy a llevarle una botellita de güisqui a mi vieja, que está de cumpleaños. Si quieres te vienes conmigo.

Ella lo que quiso decir es que estaba esperando a alguien que la subiera a la rumba.

Eso era todo. Tomé un par de tragos secos con ella y nos fuimos.

La cosa era en Antímano, bien arriba.

* * *

El carro lo dejé por ahí. Cerca del callejón Panamá, frente a la casa del primo mayor de Lyddia. En cualquier caso, el carro quedó mal parado.

Adonde iríamos sería a la casa de la vieja Rita.

Atravesamos el callejón estrecho y oscuro. Luego bajamos por unas minúsculas escaleras de cemento que estaban al lado de la casa de Simón, el curdo, tío de Lyddia. Antes de finalizar las escaleras, mucho antes en realidad, ya se oía a Tito Rojas con su «Mamá, la bendición yo te pido…». Al llegar abajo, doblamos a la izquierda por una pequeña acera en la que se adherían tres casas. La del centro, blanca y naranja, era la de Rita.

Cuando entramos, lo primero que vi fue a la cumpleañera, bailando con los brazos abiertos. Tenía un azul afincado en los ojos y un vestido de cayenas rojas y blancas. Los familiares, todo carcajadas, y los invitados, todos embusteros, la dejaban bailar en un círculo.

Entonces grité (sí, Antonio, yo gritando, créeme):

— ¡Epa, feliz cumpleaños! —Todos, repentinamente avivados por mi voz, levantaron las cervezas. Todos menos la viejita, quien estaba en un trance de años.

— Tu vieja parece una niña —le dije al oído. Fue entonces cuando me percaté de que Lyddia estaba llorando.

Fue hasta la sala y le entregó la botella con un melodrama tal que empecé a sospechar que era una broma. Pero nada de eso: resultó ser un acto muy personal, muy suyo.

El gallo Tito seguía hasta el infinito con «Mamá». La Rita, desconectándose del baile, se volvió a ella y la bendijo. Le agarró la cara y algo sospechoso le dijo, pues Lyddia, entre lágrimas y mocos, empezó a reír; y la vieja Rita, entre risas y el azul profundo de sus párpados, empezó a llorar. Ambas se voltearon a nosotros, los invitados. La agasajada me llamó. Ya cerca de las dos, Rita nos pegó hombro con hombro y nos echó una santiguada luminosa. Tratando de escabullirse, Lyddia se fue a la cocina y me dejó con la Rita.

— Viejita —me atreví a decirle—, esta noche usted parece una carajita en una piñata.

Ella me vio con una cara de madera húmeda con un azul afincado muy cerca de donde podrían estar los ojos. Me tocó la cara casi con misericordia:

— A esta carajita, mijo, la metieron presa tres veces por contrabando en Oriente; enviudó dos veces y ahora vive de venderles helados de frutas a los malandros del barrio.

— Y sigue siendo niña —le repliqué cual tonto.

— Más o menos, mijo, más o menos.

Luego cambiaron a Tito y pusieron, también para la eternidad, a Antonio Cartagena.

Rita siguió bailando sus flores rojas y blancas.

Lyddia volvió de la cocina y me trajo una botellita verde. Salud. De ahí en adelante nos volvimos un desagüe para cervezas.

Ella y yo bailamos la noche completa junto a la voz de Cheo Feliciano, Maelo, Lavoe, el Willie Colón, otra vez Cartagena, Adolescentes, Oscar D’ León y.…, la noche completa bailando hasta derrotarnos por una fatiga brava y un sudor de salsa.

Cuando el infausto Nicola Di Bari cantaba Como violetas y la gente empezaba a irse, nosotros nos tongoneamos con descaro hasta uno de los cuartuchos de la casa.

Efectivamente, su falda fue breve.

No me cansaré de decirlo: sus senos y su hilo negro desbordado por su carne de primera mantendrán la leyenda otros años más.

Fue olor de mata fresca, increpada por un palo de agua. Fue baile primitivo y profundo: anduvo en cuatro patas para acechar y escupir la carne (mi carne) viva.

El final de la coreografía fue quedarse frente a mí, de espaldas, para mostrarme, abiertamente, lo que no es secreto para nadie. Nalgas francas, francamente un lujo. Un aliento de mujer sentenciada a ser recordada por sus bocas. Unas manos lubricadas de cristal de sábila como para siempre volver y un vientre tan flexible como un latigazo.

* * *

Dándole un zarpazo a la cortina, la vieja Rita (quien de repente estaba en silla de ruedas) entró al cuarto en la mañana. Lyddia roncaba.

La vendedora de helados nos abrió la ventana porque quiso y un polvoriento vaho de luz, de Caracas, de sangre, entró al cuarto. Masticó con la boca abierta que hiciéramos café.

Sobresaltado, lo primero que dije fue: «¡Mi carro!».

Lyddia me puso una de sus manos trasnochadas en el pecho para que me calmara y me durmiera otra vez. Entre dientes dijo: «Mi mamá habló anoche con unos chamos para que te lo cuidaran».

Sí, fui ingenuo. A las diez de la mañana la ingenuidad se puede dibujar en la cara con un color fosforescente. A las diez de la mañana es un milagro de la ensillada Rita que yo tuviera esta imposible sonrisa de alivio. Mi carro, a las diez de la mañana, bien pudo estar de vuelta (¡ja!, de vuelta) con las ruedas pintadas de sangre, cosido a balas, oloroso a secuestro, a atraco, a saña.

— ¿Estás segura? — pregunté con un aliento a garrapata guisada.

— Claro, mi niño —y volvió a presionarme con su mano para que me acostara. No pude dormirme. Ella sí.

Me levanté y fui al baño. Bajé la poceta con el agua de medio tobo. Me enjuagué la boca e hice gárgaras con un poquito de Colgate. Con un perolito me eché agua en la nuca y en la cara. Qué dura había sido la semana, me dije frente al espejo desconchado. Al rato, Lyddia se levantó. Tenía cara de cuarenta y tantos años, edad que se había afincado en cada reciente arruga, en cada pestaña, en cada vellito de sus decolorados brazos, en cada hebra de hembra. Cuando salí del baño, ella entró, rápidamente, aún desnuda. Escuché el encuentro de los líquidos.

Ya me había vestido, cuando recordé que a ella siempre recurrimos, entre otras cosas, para que nos afeitara.

— ¿Todavía raspas cocos?

Ella se había puesto una bata ligera. Era lo mismo que no se hubiese puesto nada. Solo tapó, verdaderamente, su zona genital y nuestro vicio, con un apretadísimo short amarillo. Me respondió:

— Yo dejé de afeitar hace tiempo. Pero, fíjate, contigo se puede hacer una excepción. Además, te hace bastante falta. Hay café. Hay que afeitarte —jugó a decir.

— Dale pues. Bien corto, como a Antonio…

Y así, de sopetón, te nombré.

Ella como si en la vida, hermano. Buscó la tijera, la máquina y la navaja. En silencio. Eso no me gustó. Quedé sorprendido porque allí no eres nadie. Sonaste, pero no te hiciste ver. Y sentí que yo apenas era alguien porque una bala todavía no me había cogido. Que aún soy porque hay mechones míos que caen al piso.

Después de los últimos navajazos quedé bien. Incluso el espejo, el irrefutable, dijo que había quedado bien. Rita que pasaba por allí dándole ella misma a las ruedas, comentó que yo había quedado como un viejo novio militar que tuvo, muy bello. Ahora no recuerdo si los escalofríos espantosos me dieron por ese comentario o por el agua que Lyddia me echó en la cabeza.

* * *

Salí de la casa a mediodía. El sol era tan potente como el short que Lyddia llevaba puesto. Los chamos armados, que estaban sobre el carro, se bajaron al vernos a Lyddia y a mí —sin ayudarnos—, en situación de parto subiendo por las escaleras a la viejita. Y a pesar de que Lyddia había cubierto sus senos con una franelita corta, sin mangas, y de que ella iba conmigo y con Rita, aun así, le silbaron palabras perversas.

Luego dije lo de rigor: el chao a Rita, las gracias —unos billetes— a los panitas cuidacarros.

Lástima que yo me metí rápido al carro y que después de haber bajado el vidrio logré que Lyddia se inclinara y me diera otro beso. Y, lástima digo, porque al bajar el vidrio, efectivamente, ella se inclinó y me dio un beso y me dijo «Chao, papi» como te decía a ti, exponiéndose en un plano descarado. Tal vez para Rita —quien me decía chao con la mano— el plano no le daba ni frío ni calor, pero para los chamos que estaban atrás de ella, cerca del callejón Panamá, seguramente el plano fue grandioso y les volvió a regalar el portal del infierno. Probablemente usaron sus teléfonos para tomarle fotos.

Ahí se me ocurrió igualar el desplante de silencio que ella nos hizo cuando te nombré y le dije:

— Hasta el próximo cumpleaños.

— Dale. Pero estás claro que peluqueras hay de sobra, pero tan buenas como yo, no —fue su estocada.

Entonces, hermano, saqué el brazo por la ventana y, mientras retrocedía, les dije adiós. En ese momento, Antonio, recordé tu ataúd, con todo y las lucecitas mortuorias goteándome en los ojos. Lyddia, Rita y los dos carajitos armados levantaron los brazos, pero no dijeron nada, tampoco sonrieron, tenían cara de funeraria y me asusté.

Tuve ganas de estar en el apartamento. Llegar de noche, más bien. Tantear la oscuridad mientras sospecho que las fotos de la mesa aún me esperan. Y luego abrir la nevera y sentirme fríamente iluminado por ella. Hurgarla. Y tratar de conseguir algo, cualquier cosa, que me dé tranquilidad.

Subí el vidrio y encendí el aire acondicionado. Hubo un silencio compacto.

Bajé del barrio sin perderme. Apenas tomé la autopista, busqué en el portadisco aquel viejo CD que nos regaló Aimé. Al final, lo hallé. Seguramente, esa es su ociosa manera de quedarse entre nosotros.

Erick Clapton me reconfortó la tarde.

 

Cuento participante de la segunda edición de El Editor Invitado
a cargo de Miguel Gomes

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