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I want to go back to sleep
(Sound and color)
Ain’t life just awful strange?
El silencio tomó la forma de casas amontonadas en cuadras y avenidas nombradas por la nostalgia de otras personas. Nadie sabía si habitaba un hogar o si solo ocupaba un lugar como reloj descompuesto. Todas las noches eran iguales: las luces se apagaban a eso de las ocho, o a más tardar a las nueve; esa oscuridad premeditada promovía sueños tercos. En ese entonces, escaseaban las madrugadas de juergas, tardes de tertulias, procesiones o desfiles. La música era una invitada ocasional traída por los radios, especialmente los domingos, cuando alguien no podía ir a misa; esos días sacros eran infranqueables, todos escuchaban al padre y al coro de la iglesia con fiel pasividad.
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Julia no olvida esos años mudos, silentes. Solo se oían chismes en los zaguanes, cuchicheos en los solares y, ocasionalmente, canciones de latitudes lejanas que conmovían o entusiasmaban a los viejos de la casona. Ella tenía una risa que dinamitaba pasividades, parecía que todo reía con ella; este rasgo siempre incomodó a su familia, nadie entendía de qué rama provenía esa voz estruendosa. La inquietud se enarbolaba sobre la familia de mujeres cautas y hombres introvertidos; cada generación había procurado relacionarse con gente silenciosa para evitarles penas más allá de la muerte a los primeros Carrillo.
De pequeña nunca practicó el mutismo o la inmovilidad predominante en su familia. Leía las comiquitas del periódico en voz alta durante la tarde, a cada una de sus muñecas le daba una voz más ruidosa y dramática que a la anterior, caminaba arrastrando los pies y saltaba por todo el solar de la casa espantando palomas. Su rutina era un desfile de ruidos que nadie podía controlar o minimizar como el volumen radial. Había días en los que su madre se exiliaba en el cuarto y tejía hasta que una de las dos se cansara y tomara una siesta; sus hermanas salían a comprar verduras o chucherías, y acaso pescar un chisme en la bodega de la esquina; su padre se iba temprano a trabajar con el tío Joan y no volvían hasta bien entrada la tarde, agotados, callados y cubiertos de polvo. Todos se volvían a reunir para cenar, y el día se iba entre sorbos de guarapo, miradas evasivas y un silencio que todo lo digería.
Los años pasaban y las mañanas apenas se alteraban. La niña siempre se levantaba con preguntas que edulcoraban, excesivamente, las comidas familiares: ¿por qué nos tenemos que dormir tan temprano… solo podemos cantar en la catedral… cuál es el nombre de la canción que sonaba ayer en la casa del señor Clodomiro? Su padre era el primero en huir, tomaba su café sin miedo a quemarse la lengua, se tragaba enteras las arepas rellenas con aguacate y salía a la calle, que no era menos ruidosa que su hija menor. Otras veces, su hermana Lidia salía disparaba a encerrarse en el cuarto y monologar con su sombra. El desenlace de los desayunos no variaba mucho: la pequeña se quedaba sola en la mesa, con la arepa a medio comer y el café frío, suspirando y contemplando a Altair echado bajo el tragaluz de la cocina; este era el enorme y silencioso gato de la silenciosa y enorme familia.
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De adolescente, Julia estuvo a punto de sucumbir a las costumbres mudas de sus parientes: miradas prejuiciosas y movimientos parcos. Eran unos expertos en comunicar sin hablar. Por ejemplo, una palma agitándose en el aire denotaba una ira inmensa en su padre ¡carajo! Si su madre movía con impaciencia la punta del pie derecho, eso se traducía como una amargura profunda ante una travesura ¡coño! Cuando Ana movía la cabeza de lado a lado con parsimonia, entonces eso significaba que estaba decepcionada por sus actitudes egoístas y ruidosas ¡qué peo contigo! La más pequeña de todos leía esos gestos con soltura, los predecía y los remedaba, porque eran como una radionovela que debía imaginar, obligada. Sin embargo, también estos mutismos reclamaban el semblante de la niña con mansedumbre. Varias veces se descubrió en el espejo del baño, antes de irse a dormir, mirando a sus hermanas, moviendo las cejas sin decir nada, pensando en burlarse del grano que le había salido a Sonia en la frente, sin hacerlo… apenas conciliaba el sueño después, lamentando la impertinencia no dicha.
Esto hubiera seguido así, de no ser por una madrugada apartada y diluida. Ella se despertó de pronto, acaso el frío o un mal sueño la habían removido del sopor; estaba ansiosa, la ventana de su minúsculo cuarto daba a la calle y la curiosidad la llevó a ver qué pasaba afuera a esa hora inhóspita. Tomó una silla, era la más pequeña de todos los Carrillo, se envolvió en su cobija como si fuera una armadura milenaria, la ventana le decía que no había colores cálidos en el cielo, solo nubes grisáceas. Sin embargo, entre tanta mudez pudo pescar una tonada de guitarra deambulando por la estrecha avenida, esos tonos iban acompañados por palmadas y pasos intrigantes, sobre esas melodías fugitivas se erguía una voz que rumiaba amores y despedidas. La muchacha pegaba el oído al vidrio con premura, era más curiosa que Altair; solo quería atrapar más ecos de esas notas que descendían hasta el amanecer. Todo fue oscuridad y silencio hasta ese momento. No pudo dormir más, se quedó tarareando lo poco que recordaba de todo hasta que los demás se levantaron. Esa mañana, ella estaba más ansiosa que de costumbre, enredaba y desenredaba el pelo ondulado y castaño con la impaciencia de una enamorada; balanceaba los pequeños pies sin parar, sentada en la silla del comedor; no dejaba de repetir en su mente los sones esquivos. Era de mala costumbre cantar en la casa. Mientras que la familia comía y callaba, ella cantaba sin mover los labios. Esto le causaba gracia, se sabía rebelde; una clave de sol que deseaba salir a la calle más tarde, tal vez ir a sentarse en la plaza Bolívar y entonar una canción que ningún transeúnte había escuchado antes. Lo que tararearía no serían cantos sacros en lenguas muertas que no conmovían a nadie, sino armonías venidas de ciudades más allá de las montañas.
Meses después, escribiría en su diario que ese fue el día en el que comenzó su cruzada contra el silencio imperante de la ciudad. Una de las primeras incursiones fue leer con una vela, entre susurros, varias novelas policiales, por eso se dormía tarde y se levantaba a mediodía; era recibida en el comedor con el horror de su madre y la indignación de sus hermanas ante tal descaro. Esto no le dolía más que no haber escuchado una nueva canción en el radio de la sala. Durante la tarde, se ponía a estudiar para salir temprano a buscar al guitarrista trasnochado y su banda de paseantes desafinados. Algo le decía que allí estaba la libertad: cantar donde quisiera, conmover a otro como ella deseara; resguardaba esa idea como un suéter preciado tejido con ahínco a escondidas de todos. No pensaba en nada más que en eso. Entonces los días adquirieron el sentido de una búsqueda, era un sonar que lanzaba ondas por el lecho marino hasta dar con los restos de un naufragio reclamado por corales. A veces desfallecía y se encerraba en su cuarto, porque no abundaban las pistas que delataran a un músico tan elusivo; también había momentos en los que sentía cerca la tonada de la guitarra soñada. Sobre todo cuando pasaba cerca de las rocolas del bar que estaba en la punta brava de la meseta; ese era un sitio por donde no debía pasar, porque, en palabras de Isaura Carrillo: «Los hombres que se la pasan allí son unos sinvergüenzas que les gritan obscenidades a las mujeres a ver si alguna cae». Estas advertencias de la madre nunca fueron efectivas en la hija menor; ella las tomaba como invitaciones o atajos secretos. Muchas veces, se aventuraba y pasaba por el frente del local, sorteando los piropos y las miradas ácidas de vetustos machos. Ese cotidiano arrebato tenía el único fin de averiguar lo que sonaba, pero solo eran añejos discos de rancheras o bandas que hacían covers a petición para ganar unas lochas.
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La universidad le permitió nuevas licencias en su rastreo de cantantes y músicos. El precio que pagó fue estudiar Ingeniería Geológica en vez de Música, todo debido a una intervención familiar orquestada por su madre, y consumada por la nona Josefina, quien cerró todo con una declaración en la que hablaban generaciones pasadas de los Carrillo: «¿De qué vas a vivir?». Ella cedió, no quería más disputas; no pudo contrariar esas pupilas tan grandes y marrones como las suyas, que la miraban como lo hacía Altair cuando tenía sueño. Julia aprendió a saborear acentos foráneos, a imitarlos, a estirarlos y deformarlos como un chicle. No tardó mucho en hacer amigos, su estatura baja y su risa sísmica abrían puertas y brazos con la soltura de una sonatina. A ellos les revelaba sus anhelos y les cantaba cualquier tonada que solicitaran; casi siempre, el concierto improvisado tenía lugar en la facultad, muy lejos de su casa, bajo un farol, porque solo esas luces permanecían prendidas durante toda la noche, las demás se apagaban como hogueras exhaustas. A las once de la noche, o poco antes o después, ella cantaba y estudiaba con sus amigos, prolongando in crescendo la velada.
El tedio de ejercer una profesión que no la emocionaba hizo que Julia retomara su expedición furtiva en busca de músicos. No desistió, encontró a unos que eran igual de tercos que ella. El atentado ruidoso consistía en llevar serenatas furtivas bajo los balcones o hasta las entradas de las casonas, todo con el fin de escandalizar a los abuelos y complacer amantes contrariados. Nada la hacía tan feliz como cantar bajo la noche estrellada una ranchera, un tango o un bolero, que inevitablemente despertaría a señoras amargadas, conmovería los corazones de pollo de viejos cascarrabias y haría que una muchacha pensara en un muchacho con un cariño inusitado, al menos por unos minutos. Cada toque dejaba tímidos aplausos que resbalaban como propinas, indignando cuadras enteras. La banda fue un paso grande en su camino, pero no bastó. Lo prohibido también se volvió convencional, se multiplicaron las agrupaciones y los conciertos perdieron el encanto de lo clandestino; la competencia deshonesta y las aspiraciones monetarias del gremio la expulsaron de ese mundo que ella había cartografiado ya.
No terminó la carrera, se desequilibró su tiempo, ya no era ni estudiante ni cantante, iba a clases solo para salir de la casa y no preocupar a nadie, sus notas eran otro problema aritmético sin solución. Cuadernos plagados de canciones furtivas que franqueaban fórmulas algebraicas y títulos de libros que no leería nunca. Saludaba a los amigos y a los profesores con el cariño de siempre, deambulaba por los pasillos con la resolución de una disidente, fue en una de esas tardes cuando se topó con Abelardo. Ella estaba en la parada del autobús que la llevaría al centro; él ya tenía rato allí, había subido a la Facultad de Ingeniería a pegar los afiches de su debut como solista en un toque, junto a otras incipientes bandas.
Uno miró al otro de reojo, uno le entregó al otro un afiche doblado en muchos pliegues para que lo guardara donde pudiera, uno se subió al bus que acababa de parar y el otro se quedó.
Para poder ir al concierto recurrió a una excusa que no había usado antes; se quedaría donde una amiga, Isabel, misteriosa estudiante de Arquitectura de la que nadie había oído hablar, la ayudaría a preparar la maqueta de un parque infantil para una entrega final. Nadie dudaría de la abnegada Julia, la que sacrificaba su tiempo libre para ayudar a otros a superar el semestre. Salió de la casa antes de que su padre llegara del trabajo, se despidió de los demás con la mayor normalidad para evitar sospechas; ella era un río componiendo su cauce, nada más. La calle de la tarde la recibía con un cielo nublado, buses llenos de gente, colas, prisas aprisionadas entre las que estaba la suya. Llegó al parque donde se había improvisado la tarima, disfrutó cada canción hasta el anochecer, reconoció a algunos músicos, los saludó y se quedó aguardando por el de la guitarra azulada, Abelardo. Él ya sabía que ella estaba por allí, que lo iba a esperar, nunca la perdió de vista; detrás del escenario, aconsejando a los jóvenes músicos que no soltaban sus instrumentos por nada, seguía de reojo la cartera beige y el sombrero negro de la muchacha.
Abelardo se acercó con premura y le tocó el hombro, ella volteó y no lo vio de inmediato, esto hizo que ambos sonrieran cuando se encontraron. Todavía quedaba gente por allí, los amigos íntimos de los integrantes de las bandas se deshacían en risas y alabanzas, en coqueteos y confesiones. Julia todavía recuerda ese primer encuentro, la afable mirada, la conversación y las risas acompasadas; cómo ese muchacho le dijo que fueran a un bar del centro con la resolución de un estratega. Mientras salían, él la guiaba y se despedía de los sonidistas, estrechaba las manos de fulano, el baterista de…; de mengano, el bajista de…; de zutano, el vocalista de… La noche mejoró cuando llegaron al sitio; él abrió la puerta, le pidió al mesero que les preparara una mesa, mientras lo abrazaba efusivamente, también aprovechó y pidió unas cervezas en la barra cuando pasó por allí, gritando el nombre del barman. ¿Quién no conoce a Abelardo? Se preguntaba Julia, recostada en una columna, esperando a que el popular músico terminara de confeccionar la cita prometida.
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Lo que nadie había presupuestado en la carrera universitaria de Julia era un azorado enamoramiento por un músico de ocasión, quien pasaba los días ayudando a su madre con un puesto de hortalizas en el Mercado Principal de día; para poder andar de noche con su guitarra a cuestas, de taguara en taguara, de esquina en esquina, de banda en banda; empapelando las paredes coloniales y las facultades brutalistas con afiches atiborrados con nombres de bandas tan fugaces como cometas, de proyectos solistas y experiencias sensoriales bautizadas con extranjerismos.
Los últimos en enterarse fueron sus padres, estaban tan ensimismados y confiados en los fundamentos de su hija menor, que nunca le preguntaron por sus notas, no los intrigaba la llegada a deshoras, ni siquiera los risueños pasos entre saltos que resonaban sobre el piso requemado por las mañanas delataron el arrobado amor, despertado por los decibeles de una canción titulada Julia.
Sus hermanas no comprendían las escapadas durante la tarde, las perturbaba la excusa constante del estudio que no se traducía en reuniones con el tutor o una potencial fecha de grado, los suspiros detenidos en el poyo de la ventana las desconcertaban, las noches demoradas en el sutil temblor de un lápiz que escribía, trazaban el croquis de su insomnio. Muchas veces estuvieron a punto de interrogarla, la sonrisa furtiva y la voz encabritada las hería en su orgullo de mujeres solitarias, sin pasiones que amaestraran el tiempo, ni hombres dispuestos a desordenarlas a contraluz. Los dominicales atardeceres eran el escenario perfecto para esa inquisición, pero siempre pasaba algo y nunca podían acorralar a la cantante.
Julia se cansó de seguir la partitura de la secreta pasión, la punzada consecuente de engañar a su familia. Compartir ratos esquivos con Abelardo todos los días era intolerable, le pasaba factura, siempre estaba ansiosa y no se podía concentrar del todo, se le olvidaban los mandados, las manos le temblaban y no dormía muy bien. No tardaron en llegar las interrogantes: ¿Qué te pasa, Julia… Duermes bien… Por qué casi no estás comiendo… Cuándo termina el semestre? Ella iba con su corazón cifrado en una canción que no podía cantar, en la facultad procuraba evitar a los profesores, sorteaba a los amigos que ya casi se graduaban y acariciaba con morosidad la idea de irse con Abelardo, lejos, muy lejos.
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Sobrevino la renuncia a la carrera, la mudanza improvisada a un cuarto diminuto en el centro de la ciudad. Julia afrontó los reproches familiares, los rostros compungidos, los susurros sobre su vida nocturna y las despedidas a medias. También supo abrazar las madrugadas desaforadas junto a Abelardo. Sin embargo, el malabar de las horas no siempre era sencillo, a veces uno no podía salir a ayudar en el puesto del Mercado Principal, el otro se trasnochaba cocinando o componiendo… Entonces venían los golpes del casero a la puerta reclamando el pago atrasado, y tocaba hacerse los que no estaban, los que seguían saliendo desde temprano a trabajar, quienes volvían bien entrada la noche tras una jornada demoledora. De repente, costear el alquiler se hacía más difícil y la familia del músico empezaba a arrugar la cara y a exigir más constancia y entrega, los conciertos no abundaban y el final de mes siempre arrojaba números rojos. Decidieron irse con lo poco que pudieron meter en sus bolsos, deambulaban por las facultades durante el día y se la pasaban de bus en bus, tocando canciones populares por billetes arrugados, cuando tenían suerte. La noche los encontraba siempre en un lugar distinto: el cuarto de invitados de un amigo, la colchoneta en la sala del otro, el mueble-cama de una tía o la litera del conocido de… Así fue por unos meses, pero no aguantaron esa nómada subsistencia, apenas descansaban y tenían que irse muy temprano, era vital conseguir otro refugio, ya fuera cuidar una casa que se estuviera cayendo o encontrar a alguien muy bondadoso que fuera comprensivo con el alquiler.
Se convirtieron en artistas callejeros, se quedaban en las paradas más populosas y allí desempolvaban las cuerdas de la guitarra, el tesón de la voz. Algunos amigos los saludaban cuando los veían por allí, otros hacían como que no los conocían, después de todo, ¿seguían siendo Abelardo y Julia? Creyeron que ya no sortearían más peripecias, hasta que se encontraron con unos malabaristas que se presentaban en los semáforos de una avenida, otra pareja de jóvenes artistas que se había separado de un circo ambulante. Ellos les ofrecieron la oportunidad de quedarse en una repentina colonia alejada de la ciudad, entre un montón de carpas y una finca venida a menos podrían rehacer su vida, al menos eso querían creer.
Julia nunca se acostumbró a dormir con un ojo abierto y otro cerrado, a despertar ante el más mínimo movimiento, su sueño se aligeró más durante esos días. Apenas saludaba a María y a Pedro, los malabaristas, a los demás peregrinos apenas los miraba, y eso porque era inevitable no coincidir con ellos en la cocina, en la puerta del baño o en las noches comunes de fogatas. Abelardo parecía más adaptado, con todos hablaba y algunos le pedían que improvisara melodías después de comer para amenizar los minutos. Él siempre fue más simpático que ella, años de conciertos y roces con técnicos y gestores culturales habían moldeado su personalidad para siempre hacerlo encajar en donde fuera.
No todos trabajaban allá, algunos se quedaban detenidos, con la mirada embelesada en el cielo, esperando limosnas que se convirtieran en hongos, aspirinas minúsculas o bolsitas que contenían un escape más allá del irrisorio día. Julia era una de las que salía temprano, Abelardo se fue convirtiendo en uno de los que no. La cantante dejó de hacer su rutina de buses, ya estaba cansada del ir y venir, su pasión también se había devaluado como el amor y la imprevisible vida de artista funambulista. Ahora suspiraba por la rutina de un trabajo como mesera o cajera, con un sueldo fijo y alguna comisión, un techo y alguien comprometido a sostenerlo, no a dejar que se cayera sobre ellos, tal vez alguna mascota y ocasionales visitas familiares para dilucidar el porvenir. Por eso empezó a preguntar en locales y a pedir entrevistas, el tiempo era un incendio incontrolable.
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Ninguna de sus hermanas pudo encontrarla para decirle que la nona se había muerto por una trombosis, que pasó sus días en cama hasta que su corazón de ochenta y seis años se detuvo. A los oídos de su padre no llegaron historias sobre una chica que cantaba boleros en los buses. Su madre siempre rezó por ella desde el día en que salió de la casa. Altair supo esperarla en el poyo, con la misma entrega de cuando lo acarició por primera vez, hasta que sus garras dejaron de arañar los muebles de la sala.
Una vieja amiga de la familia la reconoció en el mostrador de una tienda de instrumentos musicales; a pesar de todo, su enredada pasión le había servido para seguir cerca de arpas, cuatros y guitarras. La señora Rosa la saludó, le preguntó cómo estaba, conversaron un poco, a esa hora de la tarde ya casi no había movimiento en el negocio, también le pidió consejos sobre qué instrumento regalarle a su sobrino; antes de irse, le habló con preocupación sobre la enfermedad que padecía su madre desde hace unos meses, al parecer era un cáncer de hígado que se expandía peligrosamente. Julia no supo cómo reaccionar o qué decir; siempre había pensado en su familia, más de una vez consideró regresar a la casa materna, pero el orgullo y los susurros de Abelardo la detuvieron como un sutil calambre.
Se quedó intranquila. Volvió a la residencia con el ánimo derrumbado. Apenas comió algo, no durmió mucho; se la pasó recostada, llorando, mirando al techo de tabelón con impotencia, pensando en su mamá y en los momentos que no compartió con ella. La sumatoria del arrepentimiento amontonaba tantas cosas y su voz apenas sabía nombrarlas.
Al día siguiente, Julia fue temprano al trabajo y pidió permiso porque se sentía enferma, su jefe no le exigió nada para corroborarlo, le creía, se preocupaba por ella, la muchacha que llegó preguntando por un violín como una treta para pedirle trabajo haciendo lo que fuera por cualquier cifra que se le ocurriera. Las ojeras, las manos temblorosas y la mirada apesadumbrada delataban a una mujer que no podía vender guitarras como salas llenas de conciertos.
La casa seguía igual, la fachada azul marino brillaba como la recordaba, los barrotes de las ventanas seguían enteros y las cortinas ondeaban con soltura. Julia tocó la aldaba, reconociendo el sonido que tantas veces la impacientó en su infancia; salió una de sus hermanas, las dos estaban tan cambiadas, pero eso no impidió que se reconocieran como dos gotas de la misma lluvia. Un abrazo la invitó a pasar, las pupilas de sus tíos y otros familiares fueron delineando la fragilidad con la que sostenía sus treinta años, allí, tan inquieta y torpe como cuando se había ido. Después vendrían las preguntas sobre su vida, lo que había sido y lo que les habían contado, las confesiones y las lágrimas, las bromas y las anécdotas abigarradas. Ahora no se la pasaba cantando o saltando, callaba y aguardaba alguna señal que le indicara dónde estaba su madre; fue su padre el que salió de la cocina y la llamó para que se adentrara a través del pasillo; con lentitud pasó, temiendo lo peor, pensaba que su papá apenas había envejecido, seguía conservando la mirada aplomada y la mano rugosa.
Llegaron al cuarto en el que buscaba refugio cuando la noche se cundía de relámpagos, solo Julia entró, allí vio a su madre, postrada, con la mirada acuosa y palabras que balbuceaban la más triste bienvenida para su hija menor.
La cantante se vislumbró regresando triunfante a ese lugar muchísimas veces, junto a Abelardo, los dos cargando un vinilo bautizado con su estelar firma en fogosas letras rojizas, ambos llenos de regalos para todos, mostrando los álbumes con infinidad de fotos, relatando las proezas que sostenían los ilusorios conciertos, pero no había sido así, su madre agonizaba y ella no sabía qué decir, apenas podía disculparse por el olvido de los años o los años del olvido.
Julia se acercó a la cama, agarró un taburete y se sentó a un lado; solo supo llorar, recostando la cabeza entre las piernas de la enferma. Detenía la mirada en el radio del que salían ondas con interferencias ¿Qué sonido podría colorear el instante? Los latidos se enredaban con anuncios indolentes y nada sonaba a nada.
Cuento participante en la segunda edición de El Editor Invitado
a cargo de Miguel Gomes.