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Uno y resto

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Entra en un agujero oscuro que muy bien podría ser la mismísima infinidad o terminar tres dedos después de su nariz. Reconoce el espacio: empieza a diferenciar las sombras familiares de su cuarto, embebidas en un débil espasmo de luz que viene desde una torre de iluminación muy lejana afuera. El mismo dedo flojo se acerca al interruptor que hará desprender de la bombilla todas las trampas y dificultades de dar el primer paso hacia el silencio de ese resto de noche que ha pretendido siempre vincularse a su vida. Enciende la luz y su figura se recorta en el umbral de la puerta como el único obstáculo posible entre la superación de la noche y la llegada del primer día; se apura hasta la ventana, tratando de encontrar afuera una sombra que lo mimetice y lo retenga de la somnolencia nefasta que bogará de nuevo hasta la noche: no la encuentra. «El Catire», le dicen, y se mira en espejo del baño para encontrar aumentada en sus canas la reflectividad de la luz, volviéndose él mismo un espejo: pronto no tendrá si no la cara de aquellos que tenga de frente y se miren en él; quizá se está confundiendo ahora mismo con ese en el reflejo, ese hombre casi viejo que se mira con preocupación y temor, y que es tan solo otro extraño que lo utiliza. Se mantiene en ese cautiverio porque así se tiene mejor contacto con el equilibrio y el orden; no está trabajando para asentarse en sus 40 años y dejar el nido sencillo bajo la fronda invasiva de sus padres. Se aprieta los ojos con el pulgar y el índice intentando imprimirles el movimiento que los haga rodar por dentro y que le dejen ver al menos una parte de sus relieves internos, los canales por donde se escondan los indicios de su definición, solo por saber si hay alguien allí; y la verdad lo dejaría ciego. Lo único en su vida más amplio que su desconcierto son los límites de la cama; se recuesta y bien sabe que tendrá que dormir para derogar todo lo que no importa hasta el emplace de la noche de nuevo en el cielo: deberes, actitudes, aptitudes, los padres, los otros… se incorporará para quedar sentado, muchas horas después; no pasará de ese punto, dejará que se forme la costra en sus nalgas por la inactividad, ¿quién dice que anatómicamente no se esté hecho para vivir sentado?; mirará un momento por la ventana, con la esperanza ya muerta de atrapar un rayo de sol y habrá fallado tranquilamente. Así sentado, la luz encendida, puede ver las vetas recorriendo las paredes con paciencia; la humificación dejando territorios negruzcos cruzados por las carreteras de las grietas de las filtraciones, haciendo un mapa inexplorado que lo circunda y que respira la humedad del cuarto que se descascara; la pintura se ha ido desprendiendo para descubrir el acoso de las peladura parduzcas; el tiempo se adjunta a esa lenta descomposición; el corazón administra los latidos con flojera, salta casi sin oírse, pegado al fondo del pecho: todo se va estancando paulatinamente.

Residencias Aguirre: guardan muy bien las apariencias; como sus inquilinos, exterioriza un color renovado que viste festivamente la sepultura de concreto y cabillas erigida para los desgastes, las carencias, las venas de cobre que se rompen sin que afuera puedan enterarse; y sus habitantes terminan por darse cuenta cuando sus propios residuos se insinúan a través de los poros de la pared en un grotesco grabado de mierda. Desde el diminuto recuadro de una ventana el Catire avista abajo el destello que nimba la calle por los reflejos de las aguas estancadas en las canaletas; en el centro, el negro del asfalto devora el resto de las luces de los pocos postes encorvados que aun así intentan repeler con fidelidad los espacios oscuros; son tan pocos, son demasiado pocos doblándose el lomo, demasiado distantes unos de otros los que funcionan, tiritando con las corrientes de viento que los cimbran en sus bases carcomidas por el óxido; la gran mayoría se yergue penosamente con su ojo ciego, permaneciendo allí, inútiles, como monumentos a su propia incompetencia; otros han tenido la deferencia de dejarse derribar por el tiempo, y solo han dejado un pequeño cilindro con sus bordes afilados de tétano en las aceras.

El Catire se conforma con la impasibilidad de su medianía, se asienta en un fondo justo en el que no pretende redituar a su ego habitando el extremo de una acción prospectiva hacia una solidaridad que terminaría olvidándolo; como todos sus vecinos prefiere habitar a una distancia prudente de los gremios de los colectivistas y de los solipsistas, porque no pretenderá tampoco dejarse abrasar en la saturación de sus deseos y nada más, con la magra intención de desarmar todo lo que empieza donde él termina; el Catire se somete a esa contemplación dentro del sacrilegio de la única ventana encendida a esas horas en el edificio Aguirre. Padre y Madre salieron; lo dejaron y su viaje tiene todas las características de ser una ausencia preparada para enfrentarlo con sus propias categorías, sus propias conclusiones en la ventajosa posición que se fragua de la absoluta soledad. Los dientes amarillentos de Madre en la tapa cuarteada de porcelana del tanque de la poceta que el Catire levanta; se fueron en un viaje de placer… el tanque vaciado a propósito y, dispuestas en el fondo, las bolsas con polvos y pastillas resabidas en el conformismo de su mercado pormenorizado. Retiene ciertas promesas del negocio, aunque sin mantenerlas demasiado estrechadas contra sí; tiene en sus manos un flotante que lo aleja un poco de verse ahogado en las insistencias exigidas por la dependencia que mantiene con padres, llenando y vaciándolo todo, en alternancia. Un viaje de placer; cierra el silo de su resguardo y se ratifica en la postración. Le arderá la piel y se irá consumiendo poco a poco, hasta quedarse castrado: no será muy diferente, seguirá sentado allí, seguirá siendo de noche y quizá presenciará el momento perfecto en que se apague el último poste allá afuera; se sentará allí y es posible que sobreviva al derrumbe que trocará el orgullo aparente de las residencias Aguirre en escombros. Va a esperar; y sube la mirada a la bombilla colgada en el techo, circundada de su reflejo albuminoso devanado por las imperfecciones en el frisado; la huella de u espiral blanca que es perseguida hasta su centro por las polillas, deslumbradas en todo ese vuelo hacia el roce tibio de una luz que se parece mucho a la muerte pero que permanece como un simulacro decepcionante; el Catire las ve estrellarse tercamente, cierra los ojos descubriendo un grabado hecho de las siluetas del bombillo y de los últimos aleteos de las polillas, filtrado en el rojizo tejido de sangre y piel; no duerme: espera.

Publicada por Editorial Distrito93 (2025)

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