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Desde que nació causó admiración. Sus padres eran unos respetables vecinos de La Pastora que, avanzados en edad, finalmente pudieron tener la bendición de la descendencia. El papá, estudioso personaje de las zonas contiguas, era reconocido por todos a sabiendas de su fascinación por las letras. Escribía acrósticos, inventaba charadas, pasaba horas dedicado a los libros y era experto en ortografía y morfosintáctica. Sabía de memoria el origen más remoto de casi todas las palabras de la lengua castellana. Complacido con su erudición, pensaba que las letras le brindaban el ingrediente necesario para perpetuarse. Su mujer, en cambio, vivía intranquila por su deseo de tener hijos. La casa que habitaban pasaba desapercibida cuando se veían desde la acera sus ocho metros de frente; pero una vez atravesado el zaguán era distinta a las otras viviendas: había sido pintada por la esposa, cuya fantasía contrastaba con su reservada personalidad. Gracias a un original diseño, el pasillo fue teñido de rojo y unos biombos de anaranjado, espacio que resultaba desconcertante para la mayoría de las visitas. Tras el despliegue cromático, quien entraba a la vivienda se topaba, bajo los más de tres metros de elevación de los techos de caña amarga, con una estructura de metal cubierta por el ramaje de un árbol, que en el medio del patio había crecido enredado a ella.
Múltiples repisas superpuestas almacenaban la mayor cantidad de obras literarias que existían a la redonda. Los libros más extraños y valiosos permanecían encerrados tras los cristales de muebles antiguos —cuyas puertas fueron desarmadas para ensamblar la biblioteca de varios pisos de altura— y conservados milagrosamente incólumes al polvo junto a una colección de objetos cotidianos, piezas arqueológicas y armas de la época colonial. El inmueble mantuvo, en los patios, pasillos y habitaciones, paredes de adobe a lo largo de sus cuarenta metros de profundidad, atesorando la estructura original caraqueña. Sólo se modificó un cuarto, que fue convertido en capilla y en donde a diario la devota esposa pedía a Dios fervorosamente por la sucesión de su familia.
Cuando su hija llegó al mundo todos acudieron a verla. La comadrona, que atendió el parto entre telas de algodón y poncheras de agua, se encargó de hacer correr la voz de que, a pesar de que a la madre no se le notaba el embarazo y el advenimiento se adelantó varias semanas, la criatura era enorme. No obstante la precocidad, era la bebé más rolliza que se había visto. Nadie podía negar que aquello era un acontecimiento. Los trajecitos que tenían preparados, unos heredados de las orgullosas abuelas, otros especialmente confeccionados para la ocasión, fueron descartados: resultó imposible que alguno le ajustara a la recién nacida. Nada sirvió para vestirla; tuvieron que presentarla a los ojos del conmocionado padre, envuelta en un paño de armiño, escogido al azar para envolver a la niña. Entre los pliegues de la sedosa tela, las gruesas piernas sobresalían del moisés, mostrando esplendorosas las diversas capas de piel que las conformaban. Al ver a su hija, el hombre opinó que se iniciaba —con letra mayúscula— una nueva etapa de la vida. Sin titubear exclamó su designación y en el registro de la parroquia correspondiente, en documento hecho a mano, fue apuntado su nombre: Versalita.
La madre, como no tuvo más hijos, nunca supo si el parir aquel gigantesco ser había dolido más o menos que la llegada de cualquier otro niño. Al romper fuentes, se dispuso a dar pasos rápidos por la casa. El taconeo retumbaba en su cabeza mientras sentía que sus huesos pélvicos se expandían para dejar pasar a la ansiada criatura. Venir al mundo con casi siete kilos de peso era normal para unos padres que jamás habían visto un recién nacido. La partera quedó asombrada de que, no obstante el abrumador tamaño de la bebé, fuese expulsada con facilidad del vientre materno, como si la niña hubiera tenido apuro en nacer y estremecer con su volumen. Tras solamente un breve gemido, la recién nacida quedó en un silencio tan categórico, que el resto de la casa se fue quedando petrificado ante el asombro so sigilo. Posteriormente, los únicos sonidos que se escucharon fueron las ahogadas exclamaciones de asombro de los que iban conociendo a la niña y la resonancia que producía Versalita mientras succionaba. La mamá nunca pudo dar el pecho, no por dudar de la posibilidad de nutrir con su leche a su propia hija, sino porque le resultaba muy difícil sostenerla en brazos. Desde el principio le dio de comer —leche completa, zumos de frutas, caldos y cremas— mientras la niña estaba acostada en la cama de sus padres, pues apenas tuvo poco tiempo de nacida, la hija no cabía en su cuna. Los vecinos fueron acercándose para conocer a la monumental bebita. Cuando se celebró el bautizo, escogieron a varias parejas de padrinos entre las personas más ricas y destacadas del vecindario. Una de ellas le mandó a construir un cochecito especial, en forma de carroza, con las ruedas reforzadas y un amplio espacio forrado en seda, en donde colocaron a la niña para poder desplazarla y exhibir su hermosa voluptuosidad.
Versalita jamás lloraba; era una niña serena. A medida que fue adquiriendo edad, aunque en estatura se mantuvo en el promedio de sus contemporáneos, siguió aumentando estrepitosamente de peso. Sus padres se acostumbraron a tener una hija que era una notoriedad. Cuando la infanta salía a la calle la gente se volteaba a verla, e inclusive se amontonaban a su alrededor para oírla balbucir, porque jamás se supo que Versalita hablara. Ante los comentarios que hacía la gente, para tener una excusa y acercarse a verla, la nena mantenía la misma actitud apacible: seguía con la mirada los rostros de quienes le hablaban, pero sin alegrarse. Tampoco podía decirse que no estuviera a gusto, porque la niña nunca lloraba, jamás se le oyó quejarse.
A partir de los primeros paseos al parque, los padres se dieron cuenta de que debían arreglar a la niña con más esmero que cualquier otra pareja que tuviera hijos, porque Versalita era capaz de asombrar a los más escépticos. Al ir por la calle lograba la atención, no sólo del que era entrépito y estaba pendiente de la vida de los demás; también hacía volverse a los enamorados que hablaban por la ventana o a quien estuviera distraído en la lectura de la prensa. Para disponerla a salir, la madre no conseguía adquirir trajecitos, pues los que eran diseñados para niñitas del mismo tiempo no le servían; tampoco podía vestirla con ropa de niños mayores porque no le lucían. Entonces aprendió a coser. Confeccionó para ella ropa cada vez más elaborada y la gente se agolpaba con mayor frecuencia a contemplar a la nena. Así pasó de los encajes y bordados, a los terciopelos y drapeados, inclusive con apliques en pedrería. Era notorio el esmero de la señora en confeccionar los vistosos trajes para su hija; se hacía traer valiosas pieles de animales y brillantes plumas de aves para adornar los sombreros con los que la engalanaba. Todo armonizaba haciendo un elegante conjunto con aquel físico inmenso: la niña mostraba su elaborada figura con imperturbabilidad. La gigantesca criatura sirvió de inspiración, primero a su madre y luego a otras costureras, que solicitaban por favor le permitieran llevar sus vestidos, pues sabían de antemano que todos iban a verlos y comentarlos. Versalita era la mejor modelo; un aviso publicitario viviente que llamaba la atención.
Los primeros años de su vida fueron distintos a los de una niña de su edad. Nunca se le oyó hablar; sin embargo, como siempre estaban pendientes de ella, aprendieron a interpretar sus necesidades y acudían a complacerla al menor indicio de sus deseos. Su vocabulario se constituyó de pocas palabras: monosílabos que ella pronunciaba con languidez, en un susurrante tono de voz y dando una extensa prolongación a la vocal que las conformaban: Nooo, sííí, luuuz, yaaa. De esa forma, Versalita se expresaba y ante sus exigencias, todos la entendían. Hicieron desfilar por su boca pulpa de guanábana, parchita, níspero… y, gracias a su código lingüístico, fueron descubriendo cuáles eran sus frutas favoritas. Después de hacer deslizar agua desde una esponja por su voluptuoso cuerpo, supieron cuál era la temperatura que más le agradaba a la hora de prepararle el baño y, al permitirle absorber diversos aromas, definieron la fragancia del jabón que más la complacía. Sin embargo, a Versalita nunca la vieron sonreír.
En una ocasión se supo que a la niña le gustaba la música. Fue la primera vez que se puso de pie. Había comenzado a gatear unos meses antes frente al asombro y satisfacción de sus padres, quienes temían que no caminara jamás. Una vez superada la edad en que todos los niños dan sus primeros pasos, perdieron la esperanza de que su hija se desplazara con naturalidad, por lo que iniciarse en el gateo fue recibido como una fortuna. El pausado movimiento de los gordos brazos y las gruesas rodillas deslizándose por el piso de mosaicos, constituyó una lenta ceremonia que fue observada con respeto y admiración. Cuando pasó junto a una mesa que sostenía el tocadiscos, la niña se detuvo; alzando la cabeza se fue incorporando hasta sostenerse en pie y se quedó mirando fijamente el redondel de vinil que, dando vueltas bajo sus narices, reproducía una versión del Claro de luna de Debussy. En un principio pensaron que le había llamado la atención el movimiento giratorio del aparato, pero al terminar la pieza, la enorme bebita expresó con un sonido gutural: mááááás. ¡Qué gran satisfacción produjo saber que Versalita se deleitaba con la música! Comenzaron a hacerle oír, uno cada día, los discos que su padre atesoraba. La hacían escuchar las piezas después del almuerzo, porque suponían que a esa hora tenía la placidez de la digestión. ¡Cuánto júbilo se despertó a su alrededor al descubrir que, durante las piezas en que sonaba un piano, la niña movía los abultados deditos de sus manos al ritmo de cada melodía! El día que la criatura cumplió siete años, por las empedradas calles de la urbanización en que vivía, entre varios hombres llevaron a cuestas hasta su casa, un antiguo piano de cola: sus padres hicieron todo tipo de transacciones y trueques hasta lograr acumular el dinero necesario para brindarle ese obsequio. A pesar de lo viejo, el instrumento se mantenía en perfecto estado y los progenitores pudieron adquirirlo a un precio especial porque expresaron al vendedor, con emoción y sinceridad, lo que significaba para su hija.
La única persona conocida capaz de tocar el instrumento era una vecina que en sus conversaciones, se jactaba de esa cualidad, por lo que fue invitada para que por favor interpretara alguna pieza en presencia de la niña. Recogieron las sillas de la casa y las dispusieron alrededor del sonoro cajón. Prepararon galletitas para ofrecer a la invitada, quien acudió puntualmente a la convocatoria con un cuaderno bajo el brazo. Versalita fue colocada junto al banquito donde se sentó la intérprete, para que así la niña pudiese apreciar mejor la demostración. La vecina puso su cuaderno en el atril y comenzó a ejecutar las escalas y los arpegios a los que había dedicado durante años su práctica diaria, ejercicios que le aseguraron la destreza necesaria para alcanzar un alto nivel técnico. Así fue demostrando la sucesión de tonos y semitonos, evitando el pase del pulgar por debajo de las manos. Lo único que sabía interpretar eran escalas ascendentes y descendentes, pero aun así todos quedaron maravillados al ver que, simultáneamente, Versalita movía sus yemitas mientras sonaba el piano. Los días siguientes fueron de regocijo. De manera espontánea, la opulenta niña se acercó al recién llegado instrumento; lo fue palpando: primero las patas, luego la caja de resonancia, las cuerdas templadas de su interior, hasta que, como si las acariciara, fue tocando una a una las teclas blancas, luego las negras. Así fue, sucesivamente, hasta lograr emular de manera idéntica los ejercicios que, semanas atrás, había interpretado la vecina. Poco a poco fue desarrollando una independencia, fuerza y uniformidad en los dedos que superaron a la modelo. Felipe Camacaro, el padre de la prodigiosa niña, se dio a la tarea de conseguir discos con las más virtuosas interpretaciones de las más reconocidas piezas para piano. Llevó a su casa libros con ejercicios para adiestrar ambas manos, y consiguió un metrónomo de madera para arrullar a su hija Versalita con diferentes ritmos. Un lento tictac le servía de compañía a la hora del baño; y durante los minutos en que la sacaban al patio, colocaba el peso de la máquina que marca el tiempo lo más abajo posible, para que el ritmo acelerado de la varita de metal coreara a las gallinas picando el maíz. Versalita pasaba las horas frente al piano. Logró soltura en las muñecas y su mano izquierda fue igualmente ágil que la derecha, cualidades indispensables para la buena ejecución del instrumento.
Pasaron los años y el abultado cuerpo de Versalita fue adquiriendo rasgos de mujer. En el voluminoso torso se definió la cintura, la cual se fue haciendo angosta mientras se acentuaron, generosas, las anchas caderas. En las gruesas piernas se afinaron levemente los tobillos, dándole a las redondas pantorrillas una armónica figura. Exhibiéndose entre los robustos brazos, más abajo del grueso cuello, emergieron sus dos pechos redondos y firmes, bien separados entre sí, por lo que lucían perfectos aun tras el ropaje y por encima del prominente abdomen. La ondulada cabellera —que durante su infancia fue corta y los rizos se acomodaban en tirabuzones que enmarcaban su redondeada faz— fue creciendo y se convirtió en una preciosa melena, cuyos bucles caían con suavidad sobre los nutridos hombros. En el rostro destacaba una sutil hendidura, entre la respingada nariz y los abultados labios. Las notables mejillas resultaban la moldura perfecta para esa inmensa cara que robaba la atención de quien la mirara.
La gente hablaba de Versalita. Todos comentaban algo de ella, ya fuera por su gordura o por su destreza para el piano, pues el sonido que emergía de su casa se escuchaba en los domicilios cercanos a diferentes horas del día. No había reunión social en la que no se disertara sobre su voluptuosidad, su elegancia en el vestir o su maestría al interpretar la música. Las historias que se decían de ella comenzaron a ser cada vez más exageradas y la gente se admiraba. Inventaban relatos en los que se juraban testigos presenciales de cada evento. La imponente personalidad se prestaba para extremar las anécdotas y se improvisaban las razones que dieron origen a su manera de ser. Era una mujer portentosa y las personas le mostraban su fascinación con regalos que suponían de su agrado. Quienes la cuidaban, se encargaban de hacerle llegar los obsequios en los momentos en que estuviera dispuesta para disfrutarlos. Abrían frente a ella vistosos envoltorios, mostrándole bombones, perfumes y flores que a diario recibía. Aunque nunca sonreía, suponían que a Versalita la deleitaban, pues se le hacía agua la boca y con los dedos frotaba lentamente la textura de la tela que estuviera más cerca, ya fuese de sus vestidos o del edredón sobre el que estuviera recostada. La fama comenzó a crecer proporcionalmente a su volumen. Su enormidad era suficiente para soportar todo tipo de comentario. La gente se amontonaba para oírla a lo lejos interpretando el piano, o los más afortunados para verla cuando, bajo el resguardo de los cautelosos padres, salía a pasear. Los intrépidos que alguna vez pudieron fotografiarla, vendieron sus imágenes a costosos precios a revistas de alta circulación.
Fueron celebradas las ocasiones en las cuales se presentó en público. Antes de cada función, la arreglaban con hermosas e insinuantes galas. Los trajes eran abotonados por un numeroso equipo de voluntarios que disfrutaba con los olores que emanaba su piel y que eran el resultado de las fragancias obsequiadas por sus admiradores ya que, por su escaso movimiento, Versalita no transpiraba. Con innovadoras técnicas de la cosmética, expertos maquilladores hacían resaltar las suntuosas facciones del enorme rostro, cubriendo cualquier señal del agotamiento al que era sometida. Impávida, permitía que untaran sobre su cara pinturas y coloretes. Sin pestañear, consentía que húmedos pinceles delinearan sus ojos para hacerlos más grandes y tener la expresividad que todos deseaban.
Sus seguidores aguardaban hasta que las cortinas del teatro se abrían. Sólo verla sentada era un espectáculo. Aplaudían eufóricos ante la vasta corpulencia que rebosaba el asiento en el que aparecía dispuesta. Al tocar el piano, las manos de Versalita se desplazaban sobre el teclado de manera sorprendente. La agilidad de los dedos contrastaba con el volumen del pesado cuerpo. Parecía un milagro que con su grosor alcanzaran las octavas. Las notas fluían mientras las yemas apenas rozaban las teclas; la música sonaba deliciosamente. A medida en que interpretaba las más difíciles y complicadas piezas, el público dejaba de atender a la técnica. La interpretación era perfecta; nunca había dudas o errores y las melodías llenaban el ambiente con su maestría. Los que la escuchaban iban dejándose invadir por la sonoridad del instrumento. La inmensa mujer sacaba del piano, más allá de acordes, sentimientos. Despertaba en el público una empatía grandiosa y todos vibraban al unísono en cada compás. Llegaba a los corazones. Si las frases musicales eran alegres, los hacía palpitar a prisa; si eran tristes, entonces lograba oprimir el pecho y paralizar las pulsaciones de quienes la escuchaban.
En una ocasión, Versalita hizo sentir al público tanta emoción, que a medida en que sonaba el piano brotaban lágrimas de los ojos de los que estaban presentes. Primero gota a gota, luego en una fuente continua que la gente dejó de secar y que, mientras caía por sus rostros, fue mojando los trajes, luego los zapatos, hasta que inundó el recinto. La presión del líquido hizo abrir las puertas del teatro para escapar chorreando escaleras abajo y salir a la calle. Las personas en las aceras se preguntaban asombradas qué era aquel fluido transparente, con una densidad distinta al agua. Algún curioso lo probó y supo que era salobre, pero se entendía que no era agua de mar, porque de cierta manera también era dulce.
La primera oportunidad en que dejaron desatendida a la prodigiosa joven fue en la privacidad de su casa, un momento después de haberla bañado. El amplio espacio, dispuesto para poder lavarla a sus anchas, permanecía aún empañado y sobresalían en el ambiente los aromas con que la enjuagaron. Estando a solas, Versalita miró su propia imagen, absoluta, espléndida. Vio su espalda reflejada en los espejos, reproducida infinitas veces. Pasó sus gordas manos por la húmeda cabeza, encendió el secador de pelo y acarició sus rizos mojados moviéndose con el viento. Los hábiles dedos se entretuvieron en las cavidades de las orejas y palpó la carnosidad de los lóbulos. Tocando su cuerpo, las carnes redondeadas le recordaron frutas; sintió en la dimensión del abdomen la hendidura del ombligo, semejante a un albaricoque maduro. Embelesada por el roce, la sorprendió un desconocido olor acre que emanó de sus axilas. Descubrió los pliegues de su piel, fresca aún por el agua, mientras el soplido caliente la acariciaba evaporando las gotas esparcidas en ella. Al pasear el aire por la enorme corporeidad, la brisa arropó los abultados muslos; Versalita flexionó levemente las rodillas y, al balancear las piernas, una ráfaga de viento rozó su intimidad. Sorbió un grito, mordisqueó sus labios y al fin, en secreto, sonrió.
Cuento incluido en el libro Espacios privados (Editorial Ex-Libris, 2013)