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Zapatos de gamuza azul

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Su color: un perfume. Manchas en la piel y esa lisura. Ahora está en tus manos, y desde ellas el olor arrasa: imagen que se alarga, buscándote, encontrando tus labios. Te retiras un poco —eres tú quien se aleja, no él— y en el aire queda su forma con manchas, tributo de seda, firme. La ventana, convertida de repente en punto a infinita distancia, recorta tu mano y su cuerpo: decidida a no saber con qué aliento lo recibirá tu boca, hincas la uña y levantas suavemente una estría de la piel. Él te devuelve su aroma penetrante, y una superficie arenosa, tierna.

Así te veo, querida: con el rotundo cambur, y sin embargo nosotros, tus invitados, aún no hemos llegado. Te veo desnuda en la alfombra, mordiendo lentamente, confundiendo el sabor de la banana con el otro: ése que gira en el aire y atraviesa tus orejas como un túnel de colores, ése que aún asciende desde la cenicera peruana y su montoncito de polvo; humo que ab sorbiste hace un rato para transfigurarte y esperarnos. Veo (veré después) cómo has adelgazado, porque quieres tener el mismo peso de tu cuerpo adolescente: y esa flacura realmente lucirá hermosa y perpleja, como si fueses otra, menos segura. vaga efigie que el pelo revuelto y muy corto acentúa. En tu boca, en la blusa que elegirás minutos antes que nosotros entremos, un rojo enceguecedor, doble. Así te imagino, desde hace diez minutos. Pero antes, antes, ¿cómo ocurrió tu elección, en qué instante asumiste con tu cuerpo lo que simplemente parecía dejarte indiferente? «Pobres muchachos. Los están convirtiendo en autómatas. Claro, esta juventud de los ‘70 ni siquiera se ocupa de política», dijiste años atrás. Tu trabajo en el Hospital Central, tu profesión, todo te había mostrado en qué consistía aquello. «Es psíquico. Puedes fumar y no sentir nada. No veo por qué alguien pueda depender de eso», reiteraste hace unos meses. Y este segundo comentario no tuvo importancia para mí: dejé de ver tu participación, tu inmersión.

¿Qué sé de ti? Que te amo, que somos amigos desde los años iniciales en la Universidad. Te casaste fugazmente dos veces, y sin embargo nunca hay entre nosotros una separación real. Tus maridos fueron largos paréntesis: sin apartarnos por completo, porque yo seguía visitando tu hogar y viéndote en algún lugar discreto. Con audacia hasta viajamos en uno de esos períodos hacia Mérida o Guayana. Nadie como tú ha defendido mi sistema de tratamiento, ciertas innovaciones en los laboratorios del Hospital. Sólo en ti hubo esa entrega ajena a cualquier reserva social: somos una coincidencia de la nitidez. Adivinaste siempre aun aquello que yo nunca pensaba llegar a ser. Recíprocamente, tus locuras, tus sueños, las historias que te rodeaban, fueron por completo mías. Creo que así te percibí en hondura, aunque quizá descuidé —ahora lo advierto— aquellos terrores inexplicables, esas llamadas sorpresivas durante las cuales enmudecías (tu esposo duerme, muy cerca del teléfono) o con las que me impedías acompañarte.

El primer día de Universidad nos descubrimos mutuamente entre la multitud del salón: por tu pupitre cubierto de libros (Omar Khayyám, lo sé), por mi precoz intervención acerca de unas actitudes del profesor de biología. Con los rodeos necesarios, fuimos acercándonos y separándonos durante años, hasta llegar a esto que somos en los cuarenta. «Eres bella», te digo siempre, y con esa frase quiero ubicar tu piel y también tu desdoblamiento en los libros y otras cosas. Me hiciste amar a Salambó y su vientre lunar, a la Justine de Durrell, carne del texto y de una ciudad; a la sal aérea con que en los versos de Eliot es seguido Mr. Prufrock. Entonces, asimismo, nos gus—taba el cine de suspenso y Cortázar y un brandy cuyo nombre no recuerdo. ¿Cómo olvidar aquellas bromas sobre la pobre Carmen Miranda y su tartamudeo —Ma,ma, ma ma eu quero… — impuesto por Hollywood? ¿Y los espárragos o una alcachofa pintados por García Guerrero? ¿Y las dos cantantes redescubiertas por nosotros veinte o treinta años después de su gloria: Elvira Ríos, con su voz de gran gala; e Ima Sumac, cuyo grito vaginal recorría, pidiendo auxilio, todas las escalas sonoras? ¿Tus experimentos en la cocina?

Hemos entrado a tu apartamento. Domingo a las cuatro de la tarde. Llego un poco antes que los demás, porque quiero estar solo contigo unos minutos, te lo avisé. Pero creo que ya has bebido algo (aún no imaginaría tu rito con el cambur: ya ha ocurrido, pero lo ignoro) y además te acompaña ese hombre impreciso que era tu último esposo. No importa, me digo: te encierro con la mirada, te pellizco con ella, y sonreímos. Hay una conversación breve, llegan los otros, amigos comunes. delebles. Llega Tony, a quien no conozco aún y cuya imagen se reduce a sus inmensos ojos azules.

A todos nos espera mañana el trabajo. Sin embargo, este homenaje a ti, como nueva directora de un departamento en el Hospital, se cumple con los excesos que merecería un sábado: música, la amiga de siempre con su guitarra, y botellas incesantes. Algunos bailan. Me disuelvo en los otros, y de pronto estoy en el suelo, al lado de Tony. ¿Tiene dieciocho años? El pelo muy liso y rubio, los hombros anchos, la mirada lenta y una extraña camisa que le da cierto carácter de otra época. «¡Hola, Hamlet!», le digo cuando cae a mi lado, y él ríe, con esa expresión de singular inocencia o de distracción. Contesta sin saber a quién aludo, aunque feliz. Entonces llegas tú: quieres hablarme de lo que te ocurrió esta tarde, viendo un cambur. No te dejo hacerlo: pero dentro de un rato lo imaginaré. Y entonces observo que ni Tony ni tú han bebido. Sentada, te inclinas sobre mí y hay un balanceo recóndito en tu cuerpo. Pones un dedo sobre los zapatos de gamuza, algo sucios, del muchacho, y hablas. Me pregunto qué relación hay entre ustedes. Nunca soportaste a los adolescentes. «La canción se llamaba Blue Suede Shoes, ¿recuerdas? —me preguntas—y este loquito, Tony, la volvió a descubrir. ¿Te acuerdas cómo la escuchábamos en el disco de Elvis? Ahorita te la voy a poner, sigo conservando ese viejo disco. Y después escucharás la versión que le gusta a Tony, esa con tanto ruido, de Jimi Hendrix», y vas y cambias violentamente la música y regresa Elvis con sus pantalones blancos y nuestros primeros días de Universidad. Qué extraño, había olvidado esta canción. Tony nos mira, con sonrisa a medias, algo perdido. Te ve como cosa suya (¿madre, amante, posibilidad?), con algo ausente en los ojos. Y tú no le das importancia a su cercanía y me hablas de él, como si estuviera muy lejos. Al comienzo divierte tu historia, luego siento que cada palabra es brutal, que Tony no debería escucharte. Hablas, te acercas a mí, tapas al muchacho. Nunca sabré cómo lo conociste, qué significa él para ti. Pero su madre («Una putica», dices que te dijo el propio Tony) murió joven, ella no quería llegar a la vejez y tenía un bar muy elegante, y el pelo de oro, también. Tony no entiende ni quiere a su padre, pero todo esto ocurre casi con ternura, porque el chico está siempre indefenso. Ese muchacho nunca dice «nо» y se mata por ayudarte, por salvarte de cualquier cosa: del fastidio, de un compromiso. Dices que te conmueve su frescura, su desasimiento, esa soledad, que lo sabes disponible ante el mal y las virtudes, en la ciudad. Casi ciego por ser tan maravillosamente ingenuo. Claro: Tony trabaja de día y estudia por las noches. Es inseguro, incoherente. Si vieras sus chuletas para los exámenes —me dices—te matarías de risa: casi son libros. Y sin embargo, él conoce sus materias, no las necesita. Es por ayudar a los otros estudiantes, ¡bendito Tony!, me obstina. Si no fueses tú quien habla, hace rato hubiera dejado de escuchar. Y tú: Tony cree que es impotente, por supuesto que no es cierto. Y cree que si se asoma al espejo por sorpresa, quedándose fijo unos minutos, el espejo guardará esa imagen, hasta el momento en que él quiera recuperarla. ¡Ah! Tony, añades, tuvo todas las admiraciones: hacia esos zapatos que usa hoy, hacia las patinetas, lanzándose él mismo bajo la lluvia, desde Cumbres de Curumo hasta Santa Mónica. Un suicidio alegre.

Hablas, amor mío, y Tony cambia el disco otra vez. Surge esa alarma punzante de Jimi Hendrix. Un nervio sonoro, algo que serpentea a través del grupo y toca especialmente tu cuerpo, el del muchacho. Los amigos giran, se desplazan. Bebo más de lo que había pensado, y escuchándote no puedo precisar cuántas veces se ha repetido la locura de Hendrix. La oscuridad nos cierra en algún lugar muy pleno, Te has levantado tantas veces, Tony no volvió a su sitio. Y de pronto, los demás ríen o se sorprenden o gritan. No puedo diferenciar la alegría y las bromas. Pero alguien enciende tu novísima lámpara de luz graduable y vemos las primeras manchas de la alfombra. Desde una parte lejana llega el agua. Yo sé inmediatamente que viene desde el baño de tu cuarto. Porque el otro —ese que hemos usado todos hoy— está abierto, y nada. Alguien se alarma, hay que cerrar el chorro. Unánimemente nos movemos hacia tu cuarto. No recuerdo si gritas o si pides que se aparten. Eres postergada por el grupo. Entre todos, desde la entrada de tu cuarto, veo cómo un invitado abre la puerta del otro baño: y allá, el agua y una fuerte luz de lámparas encendidas, me dan esta fluida identidad tuya, este fragmento nunca soñado. En lo que vemos hay algo supremo, la caída o el ascenso de un dios; una comunicación remota de cada elemento con los otros. Y aunque predomina la borrachera, nadie habla, diez minutos de silencio nos envuelven.

Su color: un perfume. Manchas en la piel y esa lisura. Opulencia, redondez de la fruta. Es lo primero que nuestra mirada recoge: el ópalo y lo rojo fundiéndose con puntos de oro y puntos oscuros hacia el verde: un mango que el adolescente huele y levanta. Está desnudo, con el largo pelo encendido y el amplio pecho armonioso, sujeto a una respiración muy tenue. «¡Hola, Hamlet!» quiero gritarle. No nos mira, nunca nos verá. Su olfato y sus ojos pertenecen a la piel de la fruta, que debe abrir miríficos tesoros para él. Está sentado al borde de la bañera y las luces lo alimentan, como a un ángel brillante. Flota con los zapatos puestos. Los grifos abiertos hace mucho que rebasaron la superficie y el agua fluye inexorablemente hacia la sala, hacia nosotros. El armario niquelado, muy cerca de él, guarda toallas y cosméticos. A su alcance, el tosco tabaco que esparce su olor propio. Tony vuela con la hierba y súbitamente baja los brazos, acerca el mango a su boca, lo muerde, le arranca la piel de esmeralda y chupa. Nunca olvidará ese sabor del mundo, que es suyo. La fruta amarillenta es llevada ahora a la frente y a las orejas y al pelo. (Comienzo a imaginarte: algo querías decirme: tú y un cambur, antes de nuestra llegada.) Con su jugo se impregna los hombros y la cintura, y luego su propia boca recorre las huellas del néctar. Testículos y vellos se cubren de miel áurea y la boca muerde las hilachas hasta que la semilla asoma, definida y fuerte. Tony se inclina, a medias en el agua, y levanta una pierna; con la mano lleva el huso de oro hacia las nalgas. (En pocos segundos he tenido la explicación; Tony y tú, las frutas y las hojas: todos los vínculos.) No sé qué miran los otros, apenas escucho tus gritos opacos; me cuesta reconocer que cada uno de los estantes metálicos, tu armario todo, reúne con las toallas y los frascos de perfume, numerosas macetas verdes y radiantes, un enérgico sembrado de marihuana.

 

Incluido en el libro El vencedor: ejercicios narrativos (Contexto Audiovisual 3, 1989)

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