Historias de la Calle Lincoln, de Carlos Noguera

12/ 02/ 2013 | Categorías: Fragmentos de novelas

Quitarle la corona al rey
(Donde se da razón de las extrañas motivaciones de Adriana)
Primero lloré mucho, pero fue porque a Mariela se le había caído un ojo, la bicha esa de Gioconda que se lo sacó porque no lo quise dar el yoyo con piedras brillantes que había cogido en la piñata, ¿y no fui yo la que tuvo que revolcarse en ese patio tan horrible? ¿Y no fue a mí la que le arrancaron el lazo? Y de mi vestido nuevo, ¡prívate! Y la vieja, la mamá de Gioconda, tienes que dárselo, encanto, tú estás mayorcita, y yo que por qué si me había costado lo que me había costado y saqué el lazo de la cartera y le dije mire a cuenta de qué si ella no quiso meterse, y por qué no se metió también si estaban todos los pichurritos y la única era ella, ay no quiero que me toquen, sentada en la mesa de los grandes, dándose esos humos como si fuera gran cosota, tienes que dárselo encanto, pero entonces cambió, se fue como arrugando y poniendo una cara toda fea, más tarde mamá me dijo una cosa que no entendí, pero que debe haber sido una grosería porque tía se puso brava y le gritó que esas cosas no se deben decir delante de una niña; se puso histérica esa bruja, eso fue lo que me dijo mamá de la vieja, ¡ah!, porque cuando yo le dije que no le iba a dar nada y que el yo—yo era mío y todo eso, ella me dijo que iba a venir el viejo que se roba los niños y me iba a sacar los ojos, como si creyera en eso, y le zumbé una sonrisita para que le doliera: yo ya no creo en eso, se lo dije; entonces puso una cara más horrible todavía y entonces fue que me gritó que si no me los sacaba el viejo me lo iba a sacar ella misma en persona, qué lástima Adrianita, tus ojitos tan lindos que te los vaya a sacar. Yo me hubiera quedado tranquila pero entonces fue cuando pidió el tenedor y yo creí que de verdad me iba a puyar los ojos y salí corriendo para donde estaba tía Eloísa y le conté todo, y tía que me quiere, ella dice que la sobrina que más quiere soy yo, y como ella no se casó y no tuvo hijos, dice que yo soy su hija, y tía entonces le zumbó una mirada que hubieras visto, daba miedo, y entonces fue que la mamá de Gioconda por fin me dejó tranquila. En eso nos fuimos a los columpios, porque tú sabes que en la casa de al lado queda un colegio y todo eso, allí estaba yo muy tranquila y entonces veo a la Gioconda que empieza con una sonrisita y un misterio y una paseadera agarrada de manos con otra más chocante que yo no sé ni de dónde salió, y yo tranquila pero también rara porque no sabía de qué se reía y yo la conozco. Entonces agarré la cuerda y me fui a saltarla en la calle, tú sabes, no quería estar cerca de ella, pero yo que me voy con Luisa y ella que vuelve a pasar, Luisa quería que no le hiciera caso pero me molestaba que me siguiera y cuis cuis cuis con la otra, hasta que la pesqué no sé qué cosa de una muñeca nueva y entonces me acordé de Marielita, tú sabes, yo la había dejado adentro donde estaba la gente grande jugando barajas, la puse en una silla cerca de mi tía para que alguien la cuidara, me acordé y me traje a Luisa, esa es capaz de hacer cualquier cosa, vente, y me la traje para adentro, vamos a sacar a Mariela para un paseíto, porque ya yo me figuraba, llegamos y muérete que allí estaba mi Marielita, con todo y sus vestidos acomodados y todo bien, yo alegre, pero cuando la cojo cargada y la enderezo le veo en la cara ese hueco negro: la bicha esa le había sacado un ojo a mi Mariela y allí mismo se lo había dado a Pepe, el hermanito, que a todas estas estaba muy tranquilo en el jardín jugando metra con el ojo de Mariela. Te lo juro, Paquita, hubiera preferido que me sacaran a mí los ojos y no a ella, te lo juro.
Nueve años después sientes que es demasiado tierno el lecho y demasiado dulce el cuerpo que descansa a tu lado, respirando bajo un ritmo lento y profundo, es demasiado dulce para permitir que el recuerdo de esa discusión sin consecuencias, temprano, a mediodía, te estropée esta increíble tarde de sábado. Razones esto y así ya es mejor: estás agotada ligeramente y sientes aún el frío de las últimas gotas de sudor que se evaporan en tu cuello. Una oportunidad para reconstruir los hechos, dejar que los últimos días pasen sobre ti, regresen con esa violencia que tú nunca quisiste permitirles. Sin embargo, lo único que puedes hacer ahora es recibirlos; de pronto la vasta plenitud que una vez habías deseado o temido, es tuya, te sientes aficionada poseedora de un tesoro desconocido cuyo brillo te desconcierta: está allí y todo lo que puedes intentar es abandonarte a un contacto porque el esplendor proviene de todas partes, ineludible, como pequeñas partículas de luz sus partículas flotan en la habitación, yacen al lado tuyo, los respiras, se escurren en tu almohada y te inundan, atrapándote en esa sensación única que ahora conoces. Te volviste hacia la pequeña mesa, al borde de la cama, arrastrando las sábanas. Te exigías cautela, querías que tus movimientos fueran gestos leves, no debía despertar a tu amante que reposaba a tu lado: prolongabas esa soledad a medias, esa corta intimidad que te permitía su sueño.

Te vuelves hacia la pequeña mesa, enciendes un cigarrillo y diriges la luz del fósforo hacia la izquierda: un cuerpo a tu lado. te produce un estremecimiento extraño ese rostro en reposo que te parece desconocido. Vacilas en llamar audacia a la vibración que te ha traído hasta este sitio: tercera vez que vienes, pero te luce nuevo porque es ahora cuando lo ves desde la cama, todas esas siluetas a medias entrevistas en la penumbra, el closet abierto y tu ropa tendida en el pequeño puf, apenas iluminado desde el baño.

¿Vas a mirar por la ventana? ¿vas a quedarte reposando, simplemente, siguiendo el ritmo pausado de la respiración, a su lado? ¿Vas a bañarte, sin ganas sólo porque te sientes pegajosa y piensas que hay que apurarse? Voy a mirar por la ventana. Miraste desde la ventana. Afuera llovía con una violencia inusitada, imposible de predecir a partir del ruido sordo del agua que te llegaba a través de los cristales. Tal vez no sería tan tarde como habías imaginado: tres pisos más abajo, los faroles todavía apagados de la avenida concedían en la presencia de una penumbra limpia, que diluía en ti una paz desconocida. Abajo, detrás de los cristales del carro, debía estar tu paraguas. Su Carro, piensas así en mayúsculas, y te acuerdas y vuelves a mirar el cuerpo que reposa aún sobre la cama, ajeno a ti, las ropas revueltas apenas cubriéndole el torso y el rostro inexpresivo, quiero decir: ahora, no una hora antes, no, porque una hora antes este mismo de ahora era un rostro tierno así, extrañamente convulsionado, hasta el punto que tú misma llegaste a asustarte, porque estabas todavía iniciándote en estas cosas y no te acostumbrabas a reconocer la expresión de éxtasis, como luego te lo dirían, con estas mismas palabras, estos mismísimos labios que aspiran y expiran contra la almohada, a tres metros de ti.

Ahora, insisto, porque una hora antes giraba alrededor de ti, por encima de ti, a lo largo de toda tu piel, de toditos tus poros, abriéndolos, con la punta de esa lengua insistiendo sobre cada rincón, sobre cada zona increíble, dándoles nombre nuevamente, poniéndolos a vivir, los pone a vivir y tú te das cuenta, entonces, por primera vez, que tienes senos y boca, y despiertan tus brazos y tú respondes tratando de hacerlo bien porque esto es demasiado para tu cuerpo, para tu sexo es demasiado ese otro cuerpo que batalla y danza y te ama, debajo, por encima, al lado de ti; danzó y te amó, en todos esos sitios, hace una hora.

Tres pisos más abajo, un espeso vaho testimonia el cese de la lluvia, dejando apenas este resplandor frío que contrasta con tu guarida, Adriana, cálida y mullida.

Ves tu imagen reflejada contra el espejo, al otro lado de la habitación que hoy recorres y te contiene, ávida, a pesar de tu negativa, a pesar de que tragaste saliva y protestaste levemente cuando tu acompañante te invitó, escuchamos unos discos y ya, te invitó agarrándote por la mano y tú supiste, asustada, que te amaba, y, ¿recuerdas?, no sabes por qué te acordaste estúpidamente de papá y te animaste y te dejaste llevar y aquí estás.
Papá que nunca está se antojó de venir ese día. Cuando llegué con tía Eloísa mamá se había llevado a Eduardito; porque papá había tomado y le había pegado y no quería que Eduardito viera eso, así es que pasa siempre. Tía Eloísa me había comprado un helado en Crema Paraíso para que yo no llorara, pero yo no hacía sino tocar el ojo de Marielita y tocar a Marielita y verle el hueco que la bicha de Gioconda le había dejado en la cara, y cada vez que se lo tocaba lo que me daba era más ganas de llorar. Y me daba rabia porque uno sabe que ya está grandecita para estar con tanto alboroto. Hasta tía que siempre es tan cariños conmigo me dice siempre que una niñita de diez años no debe estar llorando por esas tonterías, hasta tía, imagínate, entonces a mí me da pena, porque además me dice que tampoco debo jugar ya con muñecas ni chuparme más el dedo porque ya estoy grandecita para esas cosas. Entonces me acuerdo de eso, ¿ves?, y es cuando me da más rabia porque de verdad no le debería dar el gusto a la Gioconda llorando por eso. Y tú ves que yo me aguanté, me hice la loca cuando encontré a Marielita, en la fiesta, cuando la levanté para verla me dieron ganas pero me aguanté porque sabía que la bicha esa me iba a estar viendo y no iba a darle ese gusto; pero cuando salimos afuera, cuando nos vinimos, porque sabrás que yo le dije a tía enseguida que nos viniéramos y ella es tan buena que aunque estaba en el panguingue se vino y fue después que me preguntó por qué lloraba, cuando me puse a llorar de verdad, me preguntó y yo le dije todo, y ni con el helado que me compró, de vainilla como a mí me gustan, ahí en Crema Paraíso, ni así se me pasó lo triste que estaba y lo brava que estaba, porque después lo que me dio fue rabia. Entonces fue que llegamos a la casay mamá se había llevado a Eduardito, el único que estaba adentro era papá, pero tía no lo sabía porque la puerta estaba abierta y tía lo que hizo fue pegarle un grito a mamá desde afuera y dejarme en el porchecito. Entonces se montó otra vez en su carro y se fue y yo entré llamando a mamá porque yo tampoco sabía que ella no estaba allí, y que el que estaba era papá y entonces salió del cuarto, yo creo que estaba durmiendo, porque siempre es así cuando llega tomado, tú sabes, ven mi niña, me dijo así, ¿quién es la princesita que papá quiere más? Y me levantó y me cargó. Yo entonces le dije también lo que había pasado en la piñata y le enseñé a Mariela y me puse otra vez a llorar porque él me dijo que no importaba, que me iba a comprar una Marielita nueva que mañana me la traía y que él había visto unas lindas en la quincalla y me la iba a comprar, pero a mí me dio una lástima que no quería otra sino la que tenía, que yo la que quería esa ésa y que tenía ganas de morirme. Me dijo: mentira, mentira, haciéndome cariños y me llevó para el cuarto y yo me sentía ya casi tranquila y casi se habían pasado las ganas de llorar, entonces me puso sobre la cama y me acostó, y acostó a Marielita al lado mío y él también se acostó, del otro lado. Empezó a desvestir a Mariela, vamos a ver si Marielita está enferma, y le fue quitando los vestidos a mi muñeca, le quitó el vestido, le quitó el lacito que tenía en la cola de caballo y le quitó las pantaleticas y la empezó a examinar, decía él, la tocaba por aquí y por allá y por todas partes, y entonces fue que me dijo que por qué no me quitaba yo también el vestido para que viera que Marielita no tenía nada, que no se iba a morir y yo tampoco tenía para qué morirme, que no tuviera miedo, me dijo así, ahora vamos a examinar a Adrianita, ahora el doctor va a examinar a la linda Adrianita, y me fue quitando el vestido y me soltó el pelo y me hizo muchas cosquillas y yo estaba muy contenta porque me gustaba mucho, ¿ves?, me encantaba que me hiciera así y que me besara, pero cuando me vine a dar cuenta ya estaba yo todita desnuda, prívate, y aquello de verdad sí que no me gustó porque entonces empezó a besarme más abajo, allá, tú sabes, y yo: no papaíto, no papaíto, porque yo sabía que eso era sucio y que estaba mal. Y yo llorando y todo, él me abrazó, estaba como loco que me daba mucho miedo, entonces me separó las piernas y me hizo una cosa horrible que me dolió mucho, yo luché y luché, gritando, pero entonces él me tapó la boca, déjate mi niña, me decía, entonces se me fue el mundo y quedé como privada.

Desde el apartamento ves los reflejos brillantes de las primeras luces sobre la avenida. Ha cesado la lluvia, Adriana, y ahora el sonido que escuchas te llega desde el baño: te tranquiliza intuir la presencia de su cuerpo bajo la ducha y saber que te acompañará ahora, esta noche, y muchas otras noches del futuro. No te preguntas dónde terminará esto y sabes que de nada valdría intentarlo. Apenas te encuentras extraña, agotada, y por momentos sientes todavía la impresión irreal de tener un cuerpo al lado tuyo: un cuerpo que ahora conoces bien y que estuvo todo este tiempo llegándote a retazos, con cautela, casi escondido detrás de las tazas y los sobrecitos de azúcar en largas conversaciones de cafetín, en las tardes de compras por la Calle Real de Sabana Grande o en los sorbos de los yintonics para apagar el aburrimiento o la emoción súbita: la presentación, la primera cita cómplice, la duda, el primer roce, enjabóname la espalda querida, y una risita que te viene desde el baño y luego un chistecito sobre el jabón y tú vuelves a pensar diez años antes o una hora antes, qué más da, y todas las imágenes siguen llegándote juntas, como en una tira cómica.

—¿Lista, querida? ¡Adriana, te estoy hablando! ¿Qué te pasa? —Te dice mientras sale del baño, secándose, mirándose coqueta en el espejo.

—Lista, querida —le contestas sonriendo, y te apresuras y le alcanzas la falda y las sandalias.

Ella se sienta al borde de la cama, ven, y tú te acercas, Adriana, mirándola largamente antes de besarla.
Entonces cuando desperté papá se había ido y mamá no había llegado y ya era de noche y yo sentía mucho frío porque estaba desnuda y como toda mojada, así, entonces agarre a Marielita que estaba dormida con el ojo que le quedaba y no tengas miedo, le dije, pero yo no tenía ganas de decir eso, yo de verdad lo que tenía era frío y unas ganas horribles de morirme.

Historias de la Calle Lincoln (Monte Ávila)

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Un Comentario a “Historias de la Calle Lincoln, de Carlos Noguera”

  1. Gracias a un amigo de Facebook que me hizo llegar este texto me lo he sorbido de un solo trago. ¡ Qué belleza!, me encantó el estilo del autor Carlos Noguera y terminé llorando, porque esos casos, cada día aumentan en nuestras sociedades y no hay quien los pare, ya las propias víctimas a veces los esconden por miedo. Trataré de que una amiga me consiga el libro y me lo traiga a Miami. Monte Avila fue siempre el aliado de la literatura.

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