Las cucarachas salieron bailando conga, de José Irimia Barroso

01/ 04/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

las cucarachas salieron bailando congaLa Habana se fue haciendo cada día más familiar para Alma Romero. El recorrer sus calles, el conversar con Yoya en el portal, el mirar el morro y el tocar sus piedras, le fue devolviendo a Alma la ciudad perdida. Cada día que pasaba, sentía que menos años habían transcurrido desde que un veintiocho de agosto de mil novecientos sesenta y siete, había abandonado la isla. Un día en el portal, Yoya le soltó sin más: “¿Y tú, por qué te fuiste, Alma?”. “Por lo que todo el mundo, Yoyita, ¿a qué viene al caso eso ahora?” (Alma golpeada por la pregunta). Yoya respiró profundo y trató de responder: “A nada en especial, mujer. Sólo que siempre me lo he preguntado. Nada más. Viendo La Habana ahora, viendo mi casa vuelta una mierda, viendo mi vida y pensando en la tuya, segura estoy que no te has arrepentido de tu decisión, pero mujer, tú eras feliz aquí entonces. Y si bien no teníamos lujos, vivíamos bien. Yo no he perdido la memoria, Almita, tu solías decir que te sentías una gran revolucionaria. A ti nunca te gustó aquel mundo de Jacinta. No me refiero a ella, que sé lo que significa para ti en la vida, me refiero a la prostitución. Para serte franca. Tu nunca fuiste una gran puta que digamos, Almita, y sea como sea, la revolución cumplió tu sueño frustrado. Estudiaste una carrera, te hiciste maestra, comenzaste a ejercer, dejaste ese mundo…”. A Alma también le costó responder: “Pero no sé, Yoyita, la vida no es sólo eso. Jacinta era y es mi única familia. Figúrate que a alguien de sopetón se le vaya toda la familia para no volver. Tampoco y precisamente la revolución me sacó de ese mundo así nada más, porque en primer lugar, yo no estaba obligada a nada en ese mundo. Jacinta nunca me forzó a nada”. “…Pero te forzabas tu misma, que es peor” (Yoya interrumpiéndola). “Me forzaba yo misma, porque ya estaba encerrada en aquello. Tú sabes que no me aceptaron en ningún otro empleo” (Alma tratando de aclarar, pero enredándose más). “Entonces, me estás dando la razón, mujer, la revolución te alejó de ese mundo” (Yoya aprovechando el flanco). “…Y también de mi familia y mi hogar, que contradictoriamente eran Jacinta y ese mundo. Ese mundo me golpeaba, pero en un momento significó mi único abrigo en el planeta. Digamos, la dulzura que nunca tuve en mi vida, ni en mi niñez…” (Alma tratando de entenderse a si misma). “Estamos, Almita. Jacinta Valdés… ¿y que más?” (Yoya inquiriendo). A Alma se le escapó una lágrima revolviendo el pasado: “Todo no es rojo y blanco, Yoya. El arcoiris está lleno de colores. Además, hay cosas de mi vida que tú no sabes. Aparte de la fidelidad y el cariño por Jacinta, que pesó demasiado, hay fantasmas que dejé en La Habana al marcharme. Y sólo yéndome de aquí podría desprenderme de ellos. En fin, digamos que fue un compendio, pero no me preguntes más, Yoyita, por tu madre. Y como dices tú, en cualquier caso, no me arrepiento un ápice. Te puedo jurar que en Venezuela, sí logré ser profunda y entrañablemente feliz”. Si bien las explicaciones de Alma, no llenaron ni remotamente sus expectativas, Yoya prefirió respetar su intimidad y no volver a hablar del tema.

Juancito llegó de turistear con unos amigos italianos que había conocido. Todos se bajaron de los carros y en menos de cinco minutos habían armado una fiesta en casa de Yoya, quien se deleitaba tratando de ser todo lo anfitriona que se puede ser en La Habana. No descansaron hasta hacer a Yoya y a Alma bailar conga. Hacía tiempo que ninguna de las dos se divertía tanto. Un apagón terminó con la música mas no con la diversión, y al caer la noche, uno de los italianos propuso salir a navegar en el yate que tenía atracado un amigo en la Marina Hemingway. Nadie puso reparos a la aventura, si bien Alma no estaba muy convencida. Yoya se la llevó a la cocina: “Ay, por tu madre, Almita, no todos los días un grupo de italianos jóvenes y buenmozos invita a un par de viejas a pasear en yate de noche, ¿no te parece?. Aparte, no van a intentar sobrepasarse contigo, luego que todos son maricones ¿no?”. Yoya —que tenía media botella de whisky entre pecho y espalda— se reía a carcajadas. A Alma no le quedó otro remedio que aceptar. Con todo, hasta se entusiasmó, toda vez que la otra mitad de la botella se la había bebido ella.

Una vez en alta mar, la fiesta terminó de cuajar. Dos de los italianos andaban completamente desnudos, y Yoya sentía que se iba a orinar de la risa, enseñándolos a bailar mambo. Alma se asomó por la popa, y de pronto, inexplicable y feroz, comenzó a dar gritos de horror. Juancito apagó la música de inmediato y todos se acercaron a asomarse al mar a ver que era lo que había visto Alma. Nada había aparte del mar oscuro, pero Alma no paraba de gritar, ni se dejaba agarrar por nadie que intentara saber que le pasaba. Juancito trataba de asirla y Alma forcejeaba como espíritu poseído. Se tiró en el piso sin parar de llorar y patalear. Yoya miró a Juancito como quien busca una explicación: “Yo he visto a mi tía beber más que hoy, y jamás la he visto así. Es más, nunca siquiera la he notado fuera de lugar”. Yoya se acercó y el tenerla cerca exasperó su histerismo. Sin pensarlo, le lanzó un sopapo, preciso y tranquilizador. Finalmente se calmó. “…Perdónenme todos, por favor, pero llévenme de aquí”. La embarcación dio la vuelta. Alma no se movía de la popa y no dejaba de mirar al mar, temblando de un frío que no hacía. Llegada a la casa, tuvo abrigo, manzanilla caliente y pocas palabras.

Al día siguiente, Juancito y su tía Yoya estaban desayunándose y comentando lo sucedido, cuando Alma se despertó y se acercó a la mesa a tomar café, pretendiendo fingir demencia, cual si nada hubiera sucedido la noche anterior. “El calor amaneció alborotado, carajo” (Alma por hablar de cualquier cosa). “No te hagas la pendeja, tía Alma, que estamos esperando una explicación…” (Juancito untándole mantequilla a un pan). “No hay ninguna explicación que dar, me hizo daño la bebida, supongo” (Alma sirviéndose café). “Te repito que no te hagas la pendeja, que tía Yoya y yo estamos esperando” (Juancito inquiriendo). “Háganse la idea que no pasó nada” (Alma revolviendo el café). Juancito insistió una y otra vez, y Alma se montaba por las ramas. En una y sin más le soltó: “Por cierto, mi cielo, ¿el italiano rubio ya te dio por el culo?”. Juancito se quedó petrificado y Yoya se atoró con el pan tostado, al punto de no poder parar de toser. Alma jamás se había metido con su vida privada y menos aún de tan prosaica manera. “…Estás pensando que esa es tu vida privada, y que cómo digo una cosa así relacionada con tu vida privada, ¿no? Pues tienes toda la razón. Lo que pasó anoche pertenece a mi mundo privado. Sé que sabrás perdonarme la impertinencia de mi pregunta, mi niño, y si no me arrodillaré hasta que lo hagas. Pero en este caso, creo que sólo una crudeza como ésta te podía hacer entender”. Juancito entendió demasiado bien y no volvió a tocar el tema, pero Yoya no se iba a conformar.

 Las cucarachas salieron bailando conga (Espasa, 2000)

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