Thelma y Louise, de Fernando Cifuentes

24/ 03/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

JULIÁN MARSÉ REINA
ESPAÑA
Barcelona, 1970— Mallorca, 1991)
Cuando desde Cataluña, los cuentos de Julián Marsé (hijo del reconocido escritor español Juan Marsé) llegaron a Madrid en un volumen titulado Thelma y Louise, la crítica de toda la Península Ibérica, asombrada ante la juventud de su autor y la soberbia de sus relatos, no dejaron, junto a los buenos augurios, de advertirle sobre el riesgo de dejarse distraer por los aplausos. De soslayo, sin embargo, siempre se jugueteó con insinuaciones de que, o era un prodigio, o que como en el caso de Alejandro Dumas, solo el futuro diría si este no habría sido otro ardid de sus progenitores, a quienes adjudicaban la autoría de la obra.

Nada más lejos de la verdad, si se considera que los cuentos de su libro son mucho mejores que los del laureado escritor.

Julián, como Mozart, Borges o Javier Marías, perteneció a la estirpe de esos hijos de artistas que, o sucumben bajo la sombra de sus progenitores en una vida plagada de desaciertos, como generalmente sucede, o que en una estocada morbosa del destino, la superan con creces. Él fue de estos últimos. Desgraciadamente no vivió para demostrarnos hasta donde podría llegar, y en una pueril apuesta de esquí acuático, perdió pie y murió ahogado en el Mediterráneo, frente a las blancas costas de Mallorca, en 1991.

Contaba con 21 años de edad.

De factura impecable, e interpuesto en dos series temporales, hemos seleccionado el cuento que motivó el título de su único libro, un relato sangriento, de final inesperado, narrado con un desparpajo que solo pueden permitirse las precocidades.

A diferencia de la mayoría de los autores seleccionados en esta recopilación, que nos fueron arrebatados junto a sus obras inéditas para sumergirse en el olvido, la mejor manera de rendir tributo a Julián Marsé Reina, es decir que su primer y único libro de relatos (Edit. La Rueda Dentada, Barcelona 1990), ya con tres ediciones, definitivamente llegó para quedarse.

Thelma y Louise

thelma_ja_louise¡Ahora les vamos a dar por el culo!, dijeron, mientras les amarraban el cuello sobre el respaldo de dos sillones. Vamos a hacerles el espejo, como a las de Carabanchel, mi Rojo, ¡a ver qué tan putas son!

¡Pongan los sillones de espalda, uno contra el otro, zorras!, ordena el moreno navaja en mano, y las obligan a montarse sobre ellos, de rodillas, de manera que sus cuerpos permanezcan frente a frente. El pelirrojo cierra las ventanas que dan hacia el techo del edificio de enfrente, Residencias Viloria, luego las atan con una cuerda que ligan tras sus corvas y amordazan sus bocas con el mantel de la cocina que han roto en dos de la tarde ya Thelma, es tarde, vamos a ver esta película, ven.

Son amigas y viven solas; Thelma se sienta frente al televisor, se esmaltea las uñas, comentan la presentación de Miguel Bosé en Madrid aquel fin de semana, y dejan que la tarde transcurra en un tranquilo domingo sin hacer nada, sin los quehaceres de la oficina, ni los hogareños, ajenas al ajetreo diario de la ciudad, apoltronadas en el sofá y frente a dos sillones, tomando refresco con cubitos de hielo, que mastican.

Al atardecer es Thelma quien cocina algo ligero; Louise aprecia la vista desde la terraza. Le gusta Madrid. Después riega las plantas y da de comer en la palma de la mano a Madre Teresa, su lora azulada. En la noche, a ella —como siempre— se le antoja ir a algún sitio “a estirar los músculos”. Vamos a La Castellana, nos tomamos unos chupitos nada más, ¿vale? A lo mejor hay buena onda, y si no, nos venimos y ya.

Thelma está lo suficientemente deprimida por el deterioro que ha ido sufriendo últimamente su relación con Ernesto, que en verdad es un tormento estar esperando tanto la llamada de un hombre, que en definitiva no vale la pena. Sí, chica, dice, nos tomamos aunque sea unos cuantrós y se acaba el lío, después quién sabe cómo te emburro ¡perra!, con mantequilla o al natural, ¿no has visto las películas de Marlon Brandon?, ¿la abuela nunca te llevó? ¡Busca la mantequilla, Chúo! Ordena El Rojo con un ademán. Aquí tienes ratona, para que no chilles, ¡si hasta te tengo lástima! ¡Ahora siente esta polla calentándote el culo, por si no lo sabes, cuando se entieza puede llegar hasta el palacio y apuntar a la Infanta misma! No te hagas la remilgona, diabla, mira pa’llá, mira a Chuíto, míralo de frente viene el camarero y Thelma pide solo un daiquirí para empezar. A mí me traes de entrada un cuantró, pide Louise, pero con bastante hielo, por favor. El camarero asiente como un japonés, moviendo la cabeza de arriba hacia abajo.

Un sitio con buena marcha este ¿no?, dice Thelma, afirmando. Lo conocí con Ernesto, que me trajo recién graduado de ingeniero. ¡Qué manía la tuya con eses tío! —corta Louise, disgustada— dale un hijo de una buena vez a ver si así dejas este follón. No, responde Thelma, ¿estás loca?, yo jamás me metería a vivir con un hombre casado. Si le gusta así, bien, si no ¿nos las pajeamos hasta por los sobacos, que allí sobran pelos! Los dos hombres las violan, cabalgándolas contra natura al unísono. Ellas gimen, tratan de zafarse intentando brincos desesperados, pero están impedidas de gritar o moverse, han sido atadas por manos expertas. Sus gestos de súplica los excitan aún más todavía si fuera soltero o estuviera divorciado, ¿pero así?, ¿vivir y no vivir?, ¡qué va!, mejor que vaya y venga. ¿Pero quién te entiende niña? —agrega Louise— eso es lo mismo, igual te está chuleando. ¡Ay, no! —concluye— ¡please!, no hablemos más de eso, todos los días lo mismo y el gilipollas viniendo tres días al mes, cuando su mujer es la chica de rojo. ¡Qué horror, Thelma, qué mácula!

Se quedan en silencio unos momentos, Thelma se torna indiferente, desvía la mirada, mueve el vaso al compás de una pierna que posa sobre la otra y hace sonar los hielos mientras observa los coches a través de la ventana. Dos hombres vestidos deportivamente, como recién salidos de un gimnasio, las miran desde el ángulo derecho del local. Louise se ha percatado de aquello, y disimuladamente, haciéndose la que no ve, le dice a Thelma con el pitillo entre los labios: mejor date la vuelta y ves los dos tipos aquellos que nos están viendo, el pelirrojo y el moreno, al final de la barra, en la esquina, niña, junto al biombo: lo que es el moreno ¡está buenísimo! Ya empezaste Louise, responde Thelma, harta. Deja tus tonterías. Sabes que estoy mal, que quiero mandar al Ernesto este a freír espárragos, y a ti se te revuelven todas las hormonas juntas y te entran ganas de follar. Louise la mira apaciguada: en eso estás desde hace cuatro años, colgada, ¿para qué?, si el tío te trae de cabeza y hasta le planchas. Mejor dobla el cuello, como una gacela, y vacílate aquellos bebés, dice, llevándose una mano a la boca y riendo.

Thelma voltea solo por curiosidad. Los hombres saludan caballerosamente. Más tarde unas sonrisas, luego las abordan. Louise cede un espacio al pelirrojo y entabla conversación, al tiempo en que los cuantrós están empezando a dar vueltas en su cabeza. Thelma disimula solo para congraciarse, asoma unas muecas vagas, pero al final termina aceptando la charla de Jesús, y en mi casa me dicen Chúo, que resulta eres ingeniero, igualito que Ernesto ja ja ja. ¡Si supiera lo que estamos haciendo, mi conejita! De seguro debe estar roncando, rrrrrr, rrrrr, siempre lo he dicho: la culpa es de ellos mismos, cabrones, que dejan a sus perras solas. ¡Si viera cómo te desmierdo y encima me embarras la polla! ¡hay que decirle a ese Ernesto que te compre unos lavaos, pero estas tetotas, mamá, pa’arrancarte las puntas a mordiscos!

Que no te muevas maldita puerca —dice el pelirrojo— mira que la muerte es como la gripe, no avisa, ¡si te vuelves a mover, te guiso! Introduce la mano en la bolsa de cuero negro, saca la navaja, la abre y la acerca a la garganta de Louise después de probar su filo con un certero zarpazo en el pescuezo de Madre Teresa, que de golpe cae al piso partida en dos. Se afinca, arremete con toda la fuerza de su miembro mientras el Chúo deja caer un salivazo entre las nalgas de Thelma y tras un chasquido de dedos, arremeten al unísono.

Ellas chocan cara a cara, terror a terror, sienten aquellos dos hombres sudorosos dentro de ellas, un calor en carne viva que las taladra, y Louise la proximidad de la muerte ante la punzada de aquel objeto cortante. Finalmente acepta y él pide dos whiskys, con agua por favor. ¿Así que eres administradora de McDonald’s?, qué bien, pero tú no estarás casado ¿no?, pregunta Thelma. Va avanzando la hora, el diálogo, las sonrisas. Thelma mira, ríe como ilusionada, como indagando, quién sabe, ya se ha tomado tres copas y la verdad es que este moreno no está nada mal. El pelirrojo acaricia a Louise susurrando algo en su oído. A Thelma nunca le han gustado las ligerezas de su amiga, pero es tan grata, tan pija, que te perdono tus puterías, con tal no lleves hombres al piso. Se lo ha advertido siempre. Secretamente envidia su capacidad para no involucrarse, su no tener carencias ni estrechar lazos; a veces quisiera ser como ella. Mujer —ha dicho siempre Louise— los hombres son unos gilipollas que apenas sirven para follárselos, ¡aunque un vibrador ni debe ser caro!, esa eres tú que te enamoras: Thelma ¡El Barco del Amor!

Louise, ¡qué vulgar!, ¡qué cochina eres a veces! —dice Thelma—, qué falta de glamour!, ¿de qué orfanato te sacaron? Eso es lo que me gusta de ti —dice Jesús—, llámame Chúo, Chuíto, que eres una mujer educada, fina, con clase,. A tu amiga como que le gusta la movida ¿no? Thelma pide permiso, va al lavabo, el hombre aprovecha ese momento y deja caer una pastilla que se disuelve rápidamente en el whisky de Thelma.

El pelirrojo abraza a Louise y la besa, mientras mira al moreno y le guiña un ojo, en tanto los cuantrós dan vueltas y vueltas en la cabeza de Louise, como el cable del teléfono que empieza a repicar a las dos a. m. Los hombres se inquietan: ¡están llamando! Dice el Chúo. Se encienden las luces del piso de enfrente, los hombres se intranquilizan aún más. ¡Malditas perras!, grita enfurecidamente el Rojo, las mujeres gimen tras la mordaza. Louise trata de soltarse y provoca un chirrido en las patas de los sillones. ¡Me cago en Dios! ¡Te lo dije! Tembloroso levanta el cuello de la mujer, la alcanza por la cabeza sujetándola contra su pecho y la degüella fríamente. Apenas se oyen los aflautados y enronquecidos gritos de Thelma que ha logrado zafarse de la mordaza. El Chúo siente un corrientazo en todo el cuerpo al salpicar en él la sangre tibia. Su mirada se torna turbia, posesa. Saca una pequeña hacha de la bolsa negra, la alza con las dos manos y propina al cuello de Thelma el guillotinazo mortal que deja su cabeza apenas suspendida, como una bisagra.

El piso está completamente encharcado de sangre, que gotea hasta de los cuadros, pero Thelma se siente extraña, está tan excitada, le parece tan buen mozo ese hombre. A llá a lo lejos aparece flotando la imagen de Ernesto y lo maldice; es verdad, lo ama, sin embargo se siente tan sola, y este tío es amable, buena onda, ingeniero como él.

¿Qué me pasa?, se pregunta. Tiene tantas ganas.

Nena —susurra el Chúo, acariciándola suavemente— vámonos juntos, el amor es así, a veces de flechazo. A unos les llega, a otros jamás. Oye mi Thelma, se acerca Louise: tú me vas a disculpar pero yo me voy con mi pelirrojo, no sé si serán los cuantrós, pero te aconsejo que hagas lo mismo. Se pega al oído de su amiga: si sigues esperando a Ernesto, te van a salir telarañas por allá.

¿Un hotel? ¿Por qué?, ¿por qué no en el piso? Sí —piensa Thelma—, así debe ser si es el comienzo de algo serio. Al hotel van las putas. El rostro de Ernesto se mueve en onduladas despedidas desde el fondo del vaso que Thelma ha abandonado. Thelma acepta, se marchan los cuatro.

Los cadáveres de las mujeres yacen suspendidos de los sillones, descuartizados entre libros, adornos y cojines finamente forrados. Los asesinos se cambian y sin ser vistos abandonan velozmente el edificio.

Thelma y Louise están llegando, es domingo a la una de la madrugada y ellas vienen acompañadas por dos hombres, un moreno y un pelirrojo. Thelma manipula la llave de la cerradura que dejó sin girar, pero extrañamente la puerta ha sido asegurada con pestillo. Ebria, trata de abrir y no puede. Su hermano mayor, que ha despertado, escucha el sonar de la puerta y sale a abrir, ellas se sobresaltan. Louise se adelanta a la situación e inocentemente saluda al hermano de su amiga, quien ha percibido las intenciones de las mujeres y mostrando una cara de bisonte, mira a Louise y a su hermana.

—Hola Alejandro ¿cómo estás?

—Ahí…

—¿Y eso que viniste este fin de semana?, no te esperábamos.

—Mmm…

—Ah, mira, te presento a unos amigos que nos trajeron.

Alejandro casi gesticula. Se restriega los ojos, mira el reloj y regresa al cuarto que ocupa los fines de semana cuando ocasionalmente viene.

Bueno chicos, gracias por traernos, dice Thelma, dirigiendo una mirada a Jesús. Nos llaman, ¿vale? Se despiden.

Entran. Thelma suelta el bolso, trata de disimular nerviosamente, se sienta en la poltrona. Louise va a la cocina, prepara un café y acercándose a su amiga, le dice en voz baja: Calma, no hay lío, tu hermano ni se enteró. Pero ostias, querida, ¡por los huevos del Papa! ¡Qué putada! ¡No poder follarnos a esos tíos, y tan buenos que estaban…!

 Del libro: Jóvenes cuentistas muertos (Edaf, 2003)

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3 Comentarios a “Thelma y Louise, de Fernando Cifuentes”

  1. Arnaldo says:

    Jóvenes cuentistas muertos es un libro extraordinario. “Thelma y Louise” es un buen ejemplo de la calidad de los relatos que lo conforman. En lo personal, considero que “Decanarius” (el cuento atribuido al narrador cubano) es el mejor de todos, debido a la capacidad del narrador para mezclar los estilos de Reinaldo Arenas, Cabrera Infante y Lezama Lima. No entiendo por qué Fernando Cifuentes no figura en la antología De qué va el cuento (2012).

  2. […] sus libros. Cifuentes no sólo les inventa biografía, sino también obra. Entre ellos aparece un hijo de Juan Marsé y un cubano, Jorge Garnica, que escapó por el Mariel (el autor equivoca la fecha), fue amigo de […]

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