Victorias mínimas, de Jesús Miguel Soto

24/ 08/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

resident evil umbrellaKim nunca había recibido un sobre, mucho menos una carta. Su experiencia con el correo físico se limitaba a rasgar, arrugar y arrojar en cualquier lugar los esporádicos estados de cuenta bancarios y la impersonal publicidad no deseada. Hasta ahí todo bien, casi nadie en el siglo XXI (salvo los embajadores y los amantes nostálgicos) recibía cartas.

Kim, además, tenía varias semanas sin intercambiar palabras con nadie, ni por teléfono, ni por chat (salvo con el gordo Mota), ni por e-mail, ni cara a cara. También tenía varios días sin cepillarse los dientes y sin afeitarse el rostro, pero eso no importaba porque Kim era casi lampiño. Y como siempre tenía las fosas nasales tapadas, ni su propio olor, ni el de la habitación, repleta de latas de Pepsi, de envoltorios de nachos y de envases de sopa para microondas, lo estorbaba en lo más mínimo.

A pesar de su carácter a veces huraño y de su torpeza para el trato con desconocidos Kim era lo que en la universidad llaman un buen prospecto: notas sobresalientes, ensayos impecables, tesis de grado excepcional. Sin embargo, un día después de haber recibido el título con letras góticas que lo acreditaban como licenciado en Literatura no tenía la menor idea de qué hacer con su vida.

El dinero que le había enviado su papá le alcanzaba para seguir alquilando el anexo donde vivía unos tres meses más. Kim decidió invertir ese tiempo extra en tres proyectos que tenía pendiente desde hacía rato: distanciarse de sus pocos amigos, jugar toda la saga de Resident Evil en su Play Station 2, y releer todo lo que había leído de Dostoievski, combinación que a él, en cierto modo que no era capaz de explicar, le parecía asonante pero justa.

La carta que recibió, digamos su primera carta, había sido introducida por debajo de la puerta del anexo. Al tomarla entre sus manos le pareció que estaba impresa en un papel demasiado blanco, áspero pero inmaculado, se le ocurrió que era un papel hecho de leche. Estaba escrita en inglés y tenía un membrete de la Universidad de Texas, la de El Paso. El texto anunciaba la concesión de una beca total para un diplomado de traducción literaria al que lo había postulado su Facultad meses atrás. Era una carta que no esperaba, así que no supo como tomarla. La dobló sin releerla, la guardó en la página 380 del amarillento volumen de Los hermanos Karamazov, y continuó combatiendo a la Corporación Umbrella.

Hacia las ocho de la mañana del día siguiente, cuando era su hora de acostarse, releyó de nuevo la carta. Luego de varias semanas de trámites engorrosos hizo una maleta de libros y otra de ropa. Tuvo que vender el PS2 (no se atrevió a resetearle la memoria llena de insignes hazañas e innobles victorias) y la vieja moto para ayudarse con la compra del pasaje. El dinero sobrante lo cambió en el luminoso mercado negro por unos cuantos dólares, que apenas le servirían para nimios gastos durante el inicio de su nueva etapa de sobrevivencia. A su papá sólo le dijo en lacónicas palabras que había conseguido un trabajo en el Norte, información que resultó suficiente para éste, pues no preguntó si su hijo se refería a un bar llamado El Norte, al norte de la ciudad, al norte del país, al norte del continente o al norte de las expectativas prefiguradas por su tradición familiar.

Salvo esa llamada telefónica, Kim se embarcó sin decir nada a nadie en la universidad, ni mucho menos en la residencia donde estaba su anexo, el cual abandonó la madrugada de su vuelo debiendo dos meses de alquiler. Sólo avisó en persona al gordo Mota y, mediante un mensaje de texto, a Susana, una antigua novia que probablemente ya no lo tenía registrado en sus contactos.

Uno de los más vivos y gratos recuerdos de su pasado reciente en su país natal fue cuando se estaba quitando la correa al pasar por el detector de metales del aeropuerto. El resto lo fue borrando poco a poco, archivo tras archivo, mientras el avión se alejaba de las costas de Maiquetía.

Años atrás había estado en Houston y en Los Ángeles, quizá por ello no sintió que empezaba una nueva aventura en un lugar lejano. De hecho le pareció que su propio país le era más extraño que este estado ex mexicano cuyo singular trazado cartográfico, similar a ciertas repúblicas forzosamente artificiales de África, siempre le había llamado la atención.

Solamente se presentó en la universidad las seis primeras semanas. El campus, las aulas y la residencia, lejos de estimularlo y hacer resucitar a quien fue un notable estudiante, más bien lo distanciaron de su pasado lleno de logros académicos. A pesar del bullicioso olor a espíritu joven, le costó retomar el ritmo de las lecturas guiadas y de la rendición de cuentas mediante ensayos de quince cuartillas a doble espacio.

Su mayor descubrimiento en esta etapa no fue el entrar en contacto con otros latinoamericanos que traducían copiosamente las obras de sus coterráneos a la lengua de Steinbeck; para él, lo novedoso fue encontrarse con un club de lectura que leía a Robert Howard, escritor texano, creador de Conan El Bárbaro, al que Kim sólo conocía en su versión cinematográfica.

Sin embargo, pronto lo aburrió el club, porque sus miembros se mostraban reacios a hablar de las versiones fílmicas. Si siguió asistiendo a las reuniones fue porque se había enamorado a segunda vista de una mejicana llamada Amanda, quince años mayor que Kim, y que ni siquiera se habría dado cuenta de su presencia salvo por sus impertinentes comentarios y por una estridente franela con la cara de Arnold Schwarzenegger que Kim empezó a llevar a las reuniones del club.

A su residencia estudiantil le llegó otra carta con el membrete de la universidad. En esta misiva le interrogaban con incisiva cortesía sobre sus repetidas ausencias, le recordaban algunos artículos del reglamento de asistencias y le manifestaron que estaban en la disposición de etc. Sin analizar su situación, Kim sólo pensó que el papel de las cartas de la universidad, blanco como el de la primera vez, tenía una textura similar a la de los billetes de dólar.

Aunque lo inquietó, esa hoja impresa no lo hizo retornar a las aulas. Toda su concentración estaba puesta en la mejicana que lo ignoraba. La tarde de la carta, Amanda no asistió a la reunión del club. Kim creyó escuchar que ella y su grupo solían frecuentar un bar llamado Toole, cercano a la avenida Coffin, nombre que a Kim le pareció terrorífico desde la primera vez que lo vio escrito en los rótulos de tránsito.

Con el sol muriendo en púrpura Kim recorrió varias cuadras sin encontrar ningún bar llamado Toole, ni Tool, ni nada que le sonara similar. Apelando a su séptimo sentido se aventuró a un pub ubicado en el sótano de un pequeño edificio de oficinas. El local no tenía nombre, lo cual para Kim era un indicio de que había dado con el lugar correcto.

Mientras bajaba las escaleras, el rumor del bar le hizo entender a través de su octavo sentido que ese no era el sitio que buscaba, que allí no hallaría a Amanda, a ninguna otra estudiante, ni a ninguna mujer moderadamente bella. Sin embargo siguió la inercia del movimiento rumbo a la puerta. Por acto reflejo se palpó los bolsillos y constató que tenía 20 dólares en el bolsillo derecho y 50 bolívares en el izquierdo.

Empujó la puerta de vidrio con la punta del zapato Adidas ( /// ). Aunque la goma lateral de la suela estaba inmunda, la punta de gamuza parecía inmaculada, o al menos esa fue la impresión que le dio en ese momento. La puerta volvió a cerrarse tras de sí y buscó sin éxito un asiento en blanco en alguna mesa.

Aunque el local no daba la idea de estar repleto, tampoco había ningún asiento libre. Calculó inútilmente, como le gustaba hacer a veces, que el bar tenía capacidad para unas siete mesas adicionales con cuatro o cinco sillas cada una, lo que permitiría incrementar el aforo en hasta treinta y cinco consumidores. Ese mal uso de los espacios en blanco daba la impresión de que el bar estaba vacío al tiempo que no había ningún asiento disponible.

En la barra había un gordo de pantalón de gabardina cuyas nalgas chorreaban sobre el borde del taburete. Cuando el gordo se levantó y salió del bar, Kim aprovechó el turno y se apoderó del banco aún tibio.

“Hey, You, tres más”, ordenó una voz sedienta y ebria desde el extremo más oscuro de la barra. Y entonces You (que así se pronunciaba mas seguramente no se escribía el nombre del cantinero) deslizó tres Budweiser, una tras otra, sobre la barra grasienta; las botellas parecían competir entre ellas, pero sin chocar y sin variar el orden en que habían sido lanzadas. Después que llegaron a su meta, You se secó las manos con un trapo de pelos grises, lo hizo de un modo que parecía que en vez de limpiarse las manos con el trapo, limpiaba el trapo con sus manos.

En la barra Kim era flanqueado a la derecha por un enfluxado de barba, y a la izquierda por una flaca de ojeras violeta. El enfluxado levantó con pesadez su vaso vacío y You le echó un chorro de ron Havana Club.

El enfluxado de barba se mostró interesado en buscar conversación; así que Kim le contó que estaba trabajando en un proyecto de traducción de jóvenes poetas polacos que escribían desde Nueva York en la lengua de Melville. Kim no sabía si se hacía entender, sobre todo porque el enfluxado de barba parecía que estaba bebiendo desde hacía al menos 72 horas. La flaca que estaba al lado los escuchaba; aunque estaba muy mareada, con los ojos desorbitados y hablaba un inglés tan incorrecto que al letrado Kim le costaba comprender del todo, quiso saber más sobre él y sus poetas polacos newyorkinos. Cuando Kim trató de reanudar la explicación, ella le preguntó si él era polaco. La respuesta de Kim fue una sonrisa risueña que sus interlocutores interpretaron como un sí, o como que Kim estaba drogado al igual que todos los descarrilados muchachos universitarios de hoy en día.

El enfluxado le pidió más ron a You y también “una poca de ron para el amigo polaco”, dijo en imperfecto español y luego explicó que vivió varios años en México pero ya no recuerda qué era lo que hacía allí.

You trajo la botella de mala gana, casi se podría decir que con asco rabioso. Kim le hizo una seña de alto a You con la mano derecha. You comprendió y guardó la botella también de mala gana, como si le hubiesen hecho perder los minutos más valiosos de su vida y ahora no hubiese más remedio que limpiar el trapo con sus manos.

–Una Pepsi –le pidió Kim a You, quien frunció todavía más las arrugas del rostro.

–¿Qué?

–Una Pepsi –repitió Kim más lento.

You, fastidiado, le dijo que no entendía y que mejor pidiera otra cosa, o se tomara el Havana Club o se fuera al carajo. Pero Kim volvió a insistir con lo de la Pepsi.

–Una Pepsicola. Pep–sic–ola.

–A ver, escríbelo aquí polaco –y le extendió una servilleta y un bolígrafo.

Kim comenzó a escribir peps, se detuvo y empezó de nuevo con letra de molde y de mayor tamaño. You tomó la servilleta y le dio varias vueltas como si no entendiera qué tipo de objeto era esa cuadrícula suave y blanquecina, la deshizo en pedazos con una sola mano y la tiró sobre la barra.

–De todos modos no sé leer –dijo You con cierto orgullo.

Kim le preguntó al enfluxado de barba si aquello se trataba de una especie de broma de bienvenida. Su respuesta, secreta y trémula, fue que ni a You ni al hermano de You le agradaban los polacos, ni los mejicanos.

La flaca de ojeras se ladeó hacia el hombro de Kim, le mostró unos dientes amarillentos y torcidos, se le acercó un poco más y le vomitó una baba acaramelada encima de las piernas y los genitales. You miró al polaco con desprecio como si él fuera el culpable de los asuntos gástricos de la flaca de ojeras, y murmuró: “polaco de mierda”. La flaca cayó al piso, escupió un poco más de espesa bilis, se levantó y se arrastró encorvada hacia el baño de mujeres. Con los restos de servilleta que decía pepsicola, en supuesta caligrafía polaca, Kim trató de limpiarse la entrepierna; pidió otra pero You se la negó:

–Al menos que la compres, el tío You no puede andar regalándole servilletas a todos los polacos que se ensucian.

Una voz anónima y desganada conminó a You a que siguiera llenando vasos y parara de hablar.

Kim no comprendía y hasta le parecía que la situación tenía algo de divertida. Cuando decidió buscar a Amanda en un bar desconocido buscaba también, de algún modo, un tipo de aventura, y allí la estaba teniendo.

Justo cuando Kim se proponía levantarse para irse a asear, sintió en su hombro el peso de una mano de dedos macizos. Al voltearse, Kim reconoció al gordo que había salido del bar hacía rato y que en un pasado que le parecía remoto ocupaba el banco en el que a Kim le habían negado un refresco, lo habían vomitado y lo habían llamado polaco de mierda. El gordo le preguntó qué hacía sentado en su puesto.

–Cuando llegué estaba vacío –murmuró Kim en el mejor inglés que le permitían sus cuerdas vocales; y aunque no fue capaz de dominar el temblor de su voz, se esforzó por mantener un semblante digno mientras recordaba uno de los laberintos de Resident Evil III.

El gordo tomó a Kim por el hombro, apretándolo progresivamente. Tenía los nudillos poblados de rubios pelos revueltos. Su aliento olía a maní con vinagre, aunque eso no lo sabía Kim, porque sus fosas nasales eran poco receptivas.

Un viejo le gritó al gordo que Kim era polaco, y de inmediato un cubo de hielo, que dejó una estela de frío al rozar la oreja de Kim, se estrelló con apagada violencia en la barra.

El enfluxado de barba le dijo en voz baja al polaco que mejor se fuera de allí.

–¿Qué demonios hablas tú ahí? –le gritó el gordo.

–Nada, Máquina, nada.

Kim no pudo aguantar la risa al escuchar el apodo del gordo de la barra, y dio el primer paso para irse del local.

–Tú no vas a ningún lado pedazo de mierda. Ahora vas a ver quién es Máquina.

Lo tenía agarrado por el cuello de la camisa, lo manoseó con asco y lo soltó con desdén.

You le dijo a Máquina, guiñando un ojo, que no quería otro muerto en el bar.

También guiñando un ojo, Máquina se quitó la chaqueta de cuero que llevaba puesta y dejó al descubierto una franela blanca con un logo circular, mitad rojo, mitad azul, que en el medio decía pepsi. Kim le señaló la franela a You y You soltó una carcajada amarga que más bien parecía un gruñido a causa de un agudo dolor intestinal.

–Si quisiera golpearte duro lo haría, pero ahora estoy cansado –dijo Máquina, y se sentó sin importarle que hubiesen pequeños rastros de vómito en el banco.

Kim abandonó el bar sin quitarle la mirada a Máquina, quien ahora bebía cerveza espumosa de un jarro enorme y se reía con You.

Llovía y Kim permitió que el agua de lluvia lavara sus pantalones sucios y su cuello sudado. Luego caminó hacia lo que él creía que era el Norte de la ciudad mientras se le mojaban los Adidas en los charcos frescos que reflejaban las bombillas de la avenida.

En un semáforo se topó con la flaca de ojeras que lo había llenado de inmundicia. Parecía estar un poco más sobria; las gotas de lluvia la hacían ver como pixelada. Sin duda se veía mejor así. Le pidió disculpas por la vomitada, le dijo que ella no hacía eso con frecuencia, así que Kim asumió que quizá no era la primera vez que ella vomitaba sobre la entrepierna de un desconocido.

La flaca lo invitó a asearse como es debido, era lo menos que podía hacer por él. Le dijo que podían ir caminando hasta su apartamento; le tenía fobia a los taxis, además eran caros.

Anduvieron más de media hora, escampó, y la visión de los edificios y autos recién lavados reconfortó a Kim. La flaca parecía mareada, pero más por falta de sueño o de vitaminas que por el efecto del alcohol. Ella se mostró interesada en saber donde quedaba Polivia y cómo era Polinesia, polaco.

Sin realizar ninguna aclaratoria, Kim solo dijo que en su país hacía calor todo el año.

Después de eso caminaron sin hablar como dos desconocidos que llevan la misma ruta; y eso es precisamente lo que eran.

Ya Kim estaba cansado cuando la flaca suspiró diciendo que habían llegado. No se veía ningún edificio, casa o tráiler, pero Kim entendió lo que ella quiso decir al ver la parada de transporte público. Mientras esperaban el autobús Kim se acercó a un quiosco de revistas que estaba por cerrar y pidió una Pepsi. Aunque el vendedor le dijo que estaban calientes igual compró una y la bebió de dos tragos. Estrujó la lata y la arrojó lo más lejos que pudo, por encima de un estacionamiento cercado. Kim comenzó a dar eructos fuertes que hacían reír a la flaca. Mientras se devolvían a la parada de autobuses, Kim le mostró el billete de cincuenta bolívares. La flaca dijo que era bonito, que era un verde diferente.

Se bajaron en la última parada y entraron a un edificio descascarado. La flaca se disculpó por el olor a orines que reinaba en la planta baja del edificio. Aunque Kim no podía oler igual agradeció el dato.

Subieron dos pisos de escaleras muy largas, como si en vez de dos hubiesen subido cuatro pisos. Sin embargo los apartamentos más bien tenían el techo bajo.

–¿Champagne? –interrogó entre risas la flaca mientras abría la nevera.

Kim preguntó por el baño y fue a lavarse la cara, las manos y los pantalones. Se restregó sobre la tela del bluejean la barra de jabón hasta formar una espuma azul que luego quitó con agua.

La flaca le toc–toc–toc la puerta y Kim le abrió con lentitud. Estaba desnuda con las dos botellas de cerveza apretando sus pequeñas tetas pálidas y fofas. Tenía un pezón mucho más oscuro que otro. Su panza fláccida, con el ombligo bordeado de algunos gruesos vellos negros no era muy estimulante. En todo caso, Kim pensó que era mejor que nada.

–Lo único malo es que están calientes, pero ya me acostumbré a tomarlas así desde que se dañó la nevera –dijo la flaca agitando las botellas.

Kim empezó a desvestirse, no como quien se dispone al acto sexual sino como quien se quita la ropa para ponerse la piyama; la flaca le hizo una seña para que entrara a una habitación que, en vez de puerta, tenía una cortina de retazos.

Allí, dentro de una cuna forrada con periódicos viejos y portadas de revistas había un bebé desnudo de unos diez o doce meses. Mientras Kim se sacaba las medias empapadas la flaca trató de sintonizar una emisora en la radio.

El miembro de Kim colgaba sin vida, la flaca se lo besó hasta que poco a poco fue cobrando el vigor suficiente para llenarle la boca de 100 cc de un esperma traslúcido lleno de grumos. Después escucharon música y bebieron cerveza caliente durante un rato. La flaca preparó un par de pitillos con conchas de cambur tostadas. Ella le dijo que se acostumbrara a eso si se iba a quedar allí, fue lo que medio entendió Kim.

El bombillo y la radio cesaron de repente.

–Siempre pasa, al menos dos veces a la semana. Por eso fue que se dañó la nevera. Espérame que voy por una vela –la flaca volvió con la luz envuelta en las manos y la colocó en el suelo.

–No alumbra mucho –dijo.

–No importa. Así te ves mejor flaca. –Ella aceptó de buena gana la ironía, lo abrazó y se recostó sobre su pecho.

–Polaco, no te gustaría que…

–No me digas más polaco.

–¿Cómo quieres que te llame polaquito? –le dijo la flaca mientras se mordía las uñas.

–Mi nombre es Kim. Pero siempre he querido llamarme Sam Davis.

–¿Te puedo decir entonces Sammy?

–Sí, Sammy suena bien.

–¿Y a Carlitos lo puedo llamar Carlitos Davis?

–¿Quién es Carlitos? –preguntó el polaco Sam Davis a.k.a. Kim y la flaca le señaló la cuna de periódicos.

–Ah, sí, está bien, como quieras.

–Sammy, ¿quieres que te lo vuelva a chupar? –le dijo la flaca con una sonrisita entre tierna y sexy.

Carlitos Davis despertó y empezó a llorar. Kim se dio la vuelta, y reunió en un bulto la ropa que se había quitado. Palpó en el bolsillo de su pantalón sus billetes y su pasaporte húmedo; cerró los ojos y le respondió ya sin ánimos de más nada al menos por esa noche:

–Más tarde, más tarde.

 

Del libro: Perdidos en Frog (Lugar Común, 2013)

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