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I

Mi padre solo me pegó una vez. No fue una situación tan complicada: me agarró de una pierna y me hizo caer sobre la cama en posición desventajosa: el culo al aire, los objetos dispuestos absurdamente, un manchón de pintura en pasada veloz que se volvió a convertir en la imagen del mal: el techo, su cara, sus ojos iguales que siempre y su mano a punto de castigarme. Pocas veces me regañó, y en cada una de ellas utilizó mi nombre completo para invocarme. Pero cuando necesitaba un grito que extendiera aquello y que nos metiera en una pelea verdadera, en un choque entre dos fuerzas equivalentes, él encendía un cigarrillo, me miraba por dos segundos y se daba la vuelta. Yo lo perseguía para contrariarlo en todo. Necesitaba el enfrentamiento. Comenzaba como una crítica de las peores, de aquellas que tiran a matar porque, en el fondo, su ojo nada más quiere ver la herida abierta. Criticaba su forma de caminar, me quejaba del ruido que hacían sus zapatos, le señalaba lo absurdo de cada uno de sus actos y, para finalizar, lo sentenciaba a muerte con las últimas bocanadas que le daba al cigarrillo: sigue fumando, huevón, que te vas a morir. Él, tras varios minutos de pasividad, aplastaba el cigarro contra la mesa y se volvía hacia mí para pedirme que me callara, que lo dejara en paz, y se largaba al patio de la casa a echarse en una silla de playa conquistada, de vez en cuando, por el único rayo de sol que dejaba filtrar la arbolada.
Yo fui una niña rebelde desde el día en que entendí que mi papá no iba a sostenerse por sí solo. Poco me importaban sus lamentos y su eterno desespero ante la falta de control que tenía sobre mí. En el fondo, todo era por él, por su seguridad, para construirme yo con todo el revestimiento necesario para enfrentar las cosas malas del mundo.
Mi mamá lo dejó por un cincuentón y mi papá se castigó a sí mismo haciéndose una raja al lado de la oreja con una hojilla afilada. Yo me asomé al baño cuando apenas la sacaba de la funda. Lo miré por unos segundos desde la ventanita opaca que daba al patio. Asumí que se iba a suicidar cuando me di cuenta de que en su cara no había pelo alguno. Me asusté mucho, mas no traté de irrumpir. Retrocedí, me mantuve estática por unos segundos y preferí entrar a la casa y sentarme en la sala a ver televisión. Estuve una hora entera observando imágenes sin sonido hasta que apareció como si nada y se sentó a mi lado. No brinqué de alegría ni le besé el mentón liso por el alivio de verlo vivo. El olor a sangre fue tan claro como el olor de la lluvia cuando toca el pasto. Hice lo posible por no llorar. Me aferré a la sábana desvencijada que cubría el sofá, como si de algún modo estuviéramos en un vehículo en movimiento y ese agarre fuera mi única certeza de estabilidad. Permanecí callada. Nos quedamos viendo un programa estúpido de concursos mientras el tiempo se transformaba en una cápsula hermética. Adentro estábamos nosotros, enredados en una nube de polvo iluminada por la luz de la tarde, dando vueltas lentamente, flotando en el líquido amniótico del tiempo y de la confusión, eternizados como un souvenir barato. Comencé a sentir calor a medida que la competencia se intensificaba. Lo único que hicimos fue movernos por sobre el sofá para buscar las superficies que todavía no estaban hirviendo de cuerpo humano. Pasadas las horas, cuando el equipo azul se coronó campeón y sus miembros agitaron los brazos con alegría para celebrar la victoria, mi padre respiró y habló con un valor que, para mí, se equiparaba al de un guerrero espartano:
—Hija —me dijo.
—Dímelo.
—¿Hay algo que quieras saber?
Yo pensé en el paradero de mi mamá. Pensé en el hombre fantasmagórico que una vez la había llevado hasta la casa. Pensé en la forma en que mi padre se ponía cuando algo le molestaba, cuando se rompía los nudillos por darle puñetazos a la pared del patio o cuando, simplemente, no decía una palabra por horas y horas. Y pensé, por supuesto, en la reciente cortada que no se preocupaba en disimular, sino que exhibía en su lado derecho, iluminada por los reflejos del sol. Se mostraba como un cuadro, como una pieza de arte, como una simple transición de su obra a otro plano estético.
—No, papi —le dije.
Las premiaciones literarias de mi papá me hicieron ser reconocida en la escena literaria como la hija del señor Diego Frost. Sus colegas solían saludarme con el respeto que merecía mi apellido, y con tan pocos años tenía que soportar continuamente el peso que conllevaba ser yo misma, hija de aquel hombre, mientras caminábamos por las calles de Chacao y hacíamos las compras del día o mientras íbamos a tomar café en Los Palos Grandes. En el colegio, los profesores me miraban como si dentro mí habitara algo muy especial y reiteradamente me hacían una pregunta que nunca supe responder:
—¿Cómo está tu papá?
Y antes de que apenas respondiera que bien, que todo normal, que igual que siempre, soltaban:
—¿Está escribiendo algo?
Ante lo cual tenía que mentir:
—Pues no sé.
Todas las semanas salíamos del este de Caracas y terminábamos al otro lado de la ciudad para asistir a las reuniones que mi papá sostenía con unos pobres hombres que había conocido, creo yo, en alguna experiencia de rehabilitación. No le era suficiente reivindicarlos sobre los podios de las universidades: además de los elementos técnicos y de las habladurías de todo escritor en torno a los legados, a las generaciones que vienen y a la necesidad de construir un país desde el oficio de las letras, mi papá tenía una obsesión con lo terrible del mundo material y con la poesía encontrada en los parias de la tierra. Esto, por supuesto, no lo hacía merecedor de un enfoque originalísimo, ya que esa afinidad incluso podría considerarse un lugar común de la literatura. Lo único que rescato es que su interés en democratizar el alcance de las letras lo hizo abandonar la cuna de oro que se le abría como una ostra, y que me terminó llevando de la mano a conocer un lugar con pocas librerías y con poca oferta de autores pero donde las emociones, según mi padre, tenían nombres, oraciones y metáforas distintas.
Daba el ejemplo de Alfredito y de su poema El valle.
—Como Alfredito: no escuché la bala/ sólo vi la sangre.
Cosa que según él han dicho, palabras más, palabras menos, diversos artistas para referirse a determinadas situaciones de las relaciones humanas como el desamor o la muerte de un cercano.
—El punto interesante es que a Alfredito sí le metieron una bala en el abdomen cuando tenía quince años, hija.
Mi núcleo, una especie de centro en mí, se veía aplastado por el consenso que tenían que hacer dos partes mayores y si se quiere limítrofes de mi alma: estaba la grandeza surgida en mi pecho tras escuchar la épica de un hombre como Alfredito enfrentada con la necesidad de vigilar mis alrededores, de oír como un gato y oler como un perro y reaccionar como una asesina serial si se diera el caso de tomar la violencia como única opción. En el medio de aquello, aplastada y sin respiro, yo.
Entonces preguntaba:
—¿Qué me estás diciendo?
—Que años después nos estábamos tomando un café y me estaba contando sobre algo que le causaba dolor. Entonces yo, pensando que aquel poema hablaba de amor, le pregunté por la naturaleza de su dolencia —¿dónde era, pues? ¿Con qué se comparaba?—. En el fondo quería que su dolor se pareciera al poema. Pero no: el carajo me vino a decir que se sentía como una cosquilla rara en las piernas que, por pasiva y dosificada, te hace querer morir. No como un tiro. Mucho menos como uno en la barriga. Un tiro es intenso y él dice que lo intenso te hace querer vivir.
Yo no entendí nada. Lo miré con seriedad. Se rió:
—Un tiro es un tiro y un corazón roto es un corazón roto.
Mi papá dictaba sus talleres informales en una de esas calles de La Hoyada que descienden desde la Plaza Bolívar hacia La Candelaria. Su centro de congregación se ubicaba en un local antiguo que pertenecía a uno de sus amigos poetas. Era un sitio oscuro y húmedo. Los pies de los asistentes siempre descansaban en un centímetro de agua que cambiaba de color dependiendo de la intensidad de un único bombillo que se balanceaba sobre una mesa en la que se amontonaban los poemas de la semana.
Yo solía sentarme con la espalda recta y con la cabeza alineada hacia el frente. De alguna forma, eso me hacía sentir más fuerte, como si encapsulara mi cuerpo en la posición más correcta que conocía, donde la vulnerabilidad me era ajena. Así, la exterioridad no me afectaba: todas las lacras —aunque románticas— a los que me tenía que enfrentar se explayaban sobre sus sillas desconchadas como si dentro de ellos habitara el silencio más placentero, y yo me preguntaba cómo era posible semejante tranquilidad: ¿y las amenazas de muerte de algunos?, ¿y los flashbacks de las complicadas infancias?, ¿y los síndromes post-traumáticos de los lustros en la cárcel?
Las lacras románticas eran Alfredito, Cara de Lapa y un señor de sesenta años al que le decían San José, vigilante del edificio donde se ubicaba el establecimiento. Había otros que iban y venían sin disciplina alguna.
Alfredito siempre me miraba desde su silla y me decía mi amor, acércate al círculo, con su acento y sus entonaciones de la marginalidad. Yo le decía que prefería no hacerlo, que me gustaba estar cerca de la puerta, y él se retorcía de la risa y le decía a mi padre que yo era una niña especial. Sifrina, bella y especial. Mi cara era la de una muerta, pero con cada despunte de su voz sentía el corazón latirme más fuerte. Tras las dos horas de taller, nos dirigíamos a un bar ubicado en una de esas esquinas bulliciosas. Allí, ellos se sentaban a beber y a conversar de cualquier cosa menos de literatura. Yo tomaba esos momentos para irme a caminar porque sabía que en el fondo mi papá quería hablar de sus problemas. Es decir de mi madre. Así que religiosamente salía del bar y cogía la esquina de Principal y caminaba unos pasos hasta la Plaza Bolívar. Ahí me dejaba golpear por el frío de la noche, por las luces blancas y por el bullicio de los niños. Le daba unas cuantas vueltas a la estatua del carajo ese y después bordeaba cinco o seis veces la plaza. Me conseguía a los vendedores de café, me fumaba un cigarrillo barato y veía los ojos de los más grandes. No me preocupaba nada. Era mi momento de libertad: yo conocía a los malandros más malandros de Caracas. Malandros que, de paso, se habían convertido a poetas. Era hija del mejor escritor de Venezuela. Pero, por cosas que no entiendo, era más fuerte que todos ellos y por ende era más fuerte que cualquier malandro y era más poeta que cualquier poeta. No importaba entonces mi vestimenta, mi pelo amarillo ni mis zapatos caros. Mi rostro no era el rostro de una niña confundida a pesar de que por dentro fuera un armario vacío lanzado desde las alturas. Mi rostro era el rostro de la seguridad, del fuego azul, del hielo seco.
Si me hablaban, les deseaba la muerte sin remordimiento alguno. Mi léxico camaleón. Mi cuerpo de fuego. Mis noches de libertina, alejada de Chacao y de los restaurantes caros y de mi familia desmembrada. Mis noches en que me acercaba de nuevo al bar y me encontraba a los tres tipos más malos del mundo llorando junto a mi padre, que estaba más bien en el extremo contrario, ubicado junto a los príncipes y los reposteros. En ese momento, por pocos segundos, era cuando entendía que todo el mundo podía llorar y entonces pujaba como una constipada o una parturienta, pero el llanto completo no afloraba. Si acaso, lo único que se venía era una lágrima pequeñísima que se secaba con el viento aguerrido de ese pasillo entre la Plaza Bolívar y la Avenida Baralt. Ahí me quedaba, como una estatua en medio de un invierno, hasta que ellos me veían y se secaban las lágrimas y dejaban de hablar de amor, de sexo y de drogas.
Cara de Lapa, el ex presidiario, me lo decía: no camines por ahí sola, mi niña.
Alfredito, enamoradísimo de mí sin saberlo, también: por favor, chamita, cuídate.
San José, el sabio, apoyaba: por ahí hay mucho bicho malo.
Mi papá, ingenuo desencanto de la aristocracia, contrariaba: ¿pero qué le va a pasar?
La noche finalizaba con un abrazo entre los cuatro borrachos. Mi papá, un irresponsable de primera, se ponía al mando del Mercedes y manejaba a treinta kilómetros por hora hasta que llegábamos a la casa. En el camino me contaba lo que había concluido en las sesiones. Hablaba de la capacidad de sus amigos y decía cosas inentendibles sobre su infancia en Londres. Yo cerraba los ojos y miraba hacia la noche y trataba de reproducir una brújula en mi mente para ubicar a Alfredito entre todas las luces de Caracas.
— ¿Dónde queda Sal Si Puedes? —lo interrumpía.
—Que desde aquí no lo vas a ver. El relieve te lo tapa —respondía.
Después retomaba su diálogo sin la más mínima idea de mis intereses en el remoto oeste. Comentaba cosas sobre la ciudad, sobre la grandeza de su pequeñez, el infinito dentro de sus propios límites, y por alguna razón yo de todo eso entendía que extrañaba a su esposa, es decir a mi madre, quien también debía de esconderse bajo una de esas luces. Quizás se sentía como yo, y cada bombillo prendido nos hacía recordar que la vida nos superaba, que iba más allá de nosotros y de nuestros cuerpos. Es decir que le daba la certeza de que su mujer todavía estaba en algún lugar de esa inmensa ciudad; tal como yo me imaginaba a Alfredito leyendo o pensando en mí o quizás rodando en su moto, fundido en la borrachera, mientras declamaba mi nombre dentro del esófago del cielo negro.
II
El ojo salió publicado en 1993, cuando yo todavía no había nacido. Es el libro experimental de mi padre: el único donde se introduce —parcialmente— en la fantasía para hablarle al público sobre lo necesario que es, para no morir, olvidar. Lo cual es hablar, análogamente, sobre cierta nocividad de la memoria. Es la historia de un hombre con la capacidad de emprender algo similar a la reencarnación; simultáneamente, el personaje cuenta con la facultad de recordar las cosas de su vida pasada. El fenómeno de su regreso a la tierra no se rige por las leyes del tiempo. Por ende, el renacimiento puede darse en cualquier sitio, en cualquier año de la historia de la humanidad. El hombre se termina suicidando con una escopeta tras asesinar a quien, en su anterior vida, era su padre. Un padre que, en la vida que estaba viviendo, no era tal, sino un amigo que deviene en enemigo. Un enemigo sádico y feroz. Esto termina de imposibilitar su nacimiento y borra el rastro de quien había sido antiguamente, o en el futuro, dependiendo del punto de vista, y presenta la tesis de la novela: nos debemos al pasado, por más terrible que éste sea.
El suicidio, el capítulo final, es la parte que más me gusta. Mi padre creó a un ojo imaginario que persigue al protagonista por todos lados y que a su vez funciona de narrador. Se trata de un ojo invisible que registra todas las actividades del protagonista. La escena comienza con el sujeto caminando por algo similar a un desierto, alejándose del sitio donde solía vivir. El camino se hace largo. El trayecto es complicado. El hombre transpira y jadea. Cada cierto tiempo voltea hacia atrás. En ese momento de la narración, el lector puede darse cuenta de que lo que en realidad hace es huir. Esto, en cierta forma, ilustra el mecanismo real de toda huida: primero es una caminata suave y disimulada que se convierte, con el paso de los segundos, a medida en que aumenta su desesperación, en una carrera por la vida. El aumento en la recurrencia del giro de la cabeza nos hace entender, en otro momento, quizás posterior, que el hombre está viendo algo que lo aterra, pero el enfoque del ojo no hace referencia sino a lo que el sujeto tiene enfrente. Nada de lo que hay atrás importa porque en verdad, detrás del marco de la narración, cuyo límite es, pues, el ojo, no hay más nada. Por ende, el miedo terrible, el perseguidor final, es el ojo mismo, aquello que lo narra, es decir el pasado, la memoria. Una posterior revelación sucede cuando el hombre, justo antes de tomar su decisión, mira al ojo por última vez y le dice, en un susurro, que por favor se calle. Mi interpretación de esto es que toda la narración del ojo estaba siendo pronunciada en voz alta. Aquí quizás se haya referido a los efectos, a veces un poco sádicos, de la melancolía, a la cualidad torturante que conlleva la reproducción circular del pasado. Después el hombre agarra la escopeta que tiene guindada de la espalda y recuerda que no es nadie y se la apoya justo entre los ojos. Después todo se acaba. Mi padre menciona algo sobre un pitido que al principio parece gratuito pero que, en la mayoría de los casos, funcionó: los fanáticos más irracionales juraban haber escuchado un sonido de baja frecuencia, como el que se escucha tras un gran estruendo, al momento en que finalizaba la novela.
Yo no escuché un coño.
III
Cuando cumplí los ocho años mi papá me dejó leer la novela por primera vez. A los diez, cuando se fue mi mamá, la releí. A los trece le pedí que me la explicara. Fue algo frustrante, en realidad, porque yo esperaba que me dijera de qué trataba. Pero no: a cada pasaje que le leía, simplemente me miraba con serenidad y sostenía sus ojos siempre aguados en mí.
—¿Qué entiendes tú de eso? —me preguntaba.
Y yo hervía en rabia hasta que, después de mucho rato repitiendo ese ciclo, sentía que había entendido algo.
Un día le pregunté a Alfredito:
—¿Cómo fue aquello del tiro?
Lo escuché reírse y le pedí explicaciones detalladas. Incluso le exigí que me mostrara dónde había sido, sabiendo bien que aquel gran agujero estaba enmarcado en su abdomen de altiplanos. Después se puso serio y me agarró de la mano y me explicó el problema:
—Yo nací malo.
Entonces yo pensé en su maldad. Le di vueltas, como si de alguna forma la pudiera sostener en las manos para que el sol le pegara.
—Pues yo también— le dije.
Él me miró con ternura, pero me parece que se burló de mí. No lo tomé como un gesto de rechazo ni me molesté con él por evadir mi pregunta. Sin embargo, más tarde me arrepentí por haberme mostrado tan condescendiente. Tanto así que incluso, por primera vez, escuché los poemas con total atención. El de Alfredito lo sentí en la panza, como si me la atravesaran con una piedra recién desenterrada de la nieve. Lo vi iluminado bajo la luz del bombillo mientras su boca repetía aquellas palabras normales y corrientes. Palabras que mis amigos usaban en el colegio, pero que combinadas a su forma y recitadas por su boca terminaban siendo de lo más dolorosas: terminaban siendo un poema. Dos horas después, se paró y se dirigió hacia mí. Yo tardé en sonreír. Tardé en mirarlo. En un momento incluso me acerqué a mi papá y le dije que quería irme, que no soportaba estar en ese chiquero. Entonces mi papá me pidió respeto y abrió las cuencas de los ojos como si estuviera muriéndose. Era su estúpida forma de reclamar. Después me dirigí hacia el asiento de Alfredito y lo miré fijamente y salí por la puerta de metal de la santamaría. Sólo bastó eso para que me siguiera como un perrito hacia la salida. Afuera, caminé algunos metros y me apoyé de un árbol solitario. Él se acercó disimuladamente y encendió un cigarrillo y se puso a hablar de su moto y de un camino que había tomado unos días antes.
—¿Con quién fuiste? —le pregunté.
Pero no contestó y siguió hablando del lugar. Pocos segundos después entendió que no me interesaba nada su historia a menos que me hablara de su compañía. Me la imaginé: ¿cómo sería? ¿De qué tamaño? Se quedó en silencio. Lo vi hacer monerías con el cigarro hasta que se quemó los dedos. Lo tiró al suelo, lo pisó y me tocó el pelo. Su mano se quedó ahí, inmóvil sobre mi cabeza. Tampoco moví un músculo. Nuestra inmovilidad buscaba alargar el momento, pero su mano, nerviosa y mal apoyada, comenzó a temblar por la falta de entrenamiento de sus escuálidos bíceps. Al cabo de unos minutos, dejó de tocarme. Me sentí triste, pero conseguí de algún sitio el valor para preguntarle:
—¿Tú has querido olvidarte de algo?
Él sonrió.
—De muchas cosas —me dijo, y no me sentí tan sola.
Mi padre dejó de asistir a ponencias y a conversatorios tradicionales —es decir fuera del marginal taller— desde el día en que mi mamá se fue de la casa. Después de un año y medio, decidió asistir a un evento que conmemoraba la reedición de El ojo. Ese día tardó como seis horas en vestirse, desempolvó trajes viejos y ensayó nudos de corbatas con nombres de animales hasta que, pasadas las horas, cuando yo estaba entre dormida y despierta, apareció con una camisa de cuadros y unos bluyines claros. Se calzó un sombrero de vaquero que había comprado en uno de sus viajes pero yo le prohibí ponérselo. Él protestó, como es normal, pero le expliqué que no podía hacer eso después de tanto tiempo de ausencia pública.
Nos fuimos rodando muy lentamente, con las ventanas abajo. En eso, tras una curva cerrada, los dos escuchamos que desde la distancia sonaba su nombre. El ¡Dieguito! viajó desde una dirección incierta y se metió en nuestro carro como un intruso. Por un momento pensé que el origen de ese grito era mi cabeza, el centro de mis sentimientos, pero ver que mi padre también buscaba el sonido y se desviaba de su canal correspondiente, me hizo saber que no. Un hombre nos alcanzó en un carro del año y se quedó viendo fijamente a mi padre a medida en que nos adelantaba. No sé si le gritó que era un hijo de puta o si solo se lo moduló con los labios. El punto es que yo lo vi bien y entendí cada una de sus palabras y quise matarlo con mis propias manos. Diego Frost solo exhaló y corrigió el rumbo y me dijo perdón, hija, es que estoy nervioso.
En ese momento entendí su fragilidad: pocos, muy pocos, le habían visto la raja en la cara.
Así, con esa pesadumbre, entramos al centro comercial. Él estacionó el carro ocupando dos puestos y yo me quejé de su incapacidad para maniobrar el volante. Después subimos lentamente. La luz del ascensor le daba directamente en la frente. Pude ver entonces el nacimiento de las gotas de sudor y asumí que sus nervios eran un fenómeno ineludible. Por eso y nada más le agarré la mano y le deseé suerte. Después hicimos nuestra entrada triunfal: a pesar de haber tomado la precaución de llegar temprano, nos recibió una sala llena, con algunos de los asistentes rebosando las fronteras de la librería. Mi padre Moisés abrió un camino entre la gente agrupada y se hizo paso hacia el podio. Todos lo vieron con sorpresa. Con una sorpresa que, en principio, pareció respetuosa, pero apenas pasados unos minutos, vi que algo, una especie de baba tóxica, de residuo verdinegro, se les desbordó a todos por las bocas, por las fosas nasales y por los huecos de las orejas. Entonces sus cuerpos avanzaron como los de unos muertos vivientes y se abrieron paso entre la maleza para agarrar a mi padre, la única presa en cientos de kilómetros. Teniéndolo atrapado, comenzaron a formular preguntas. Viejos obesos en chaquetas, cubiertos de una barba blanca o mujeres altísimas por las inmensas plataformas. Todos llegaron, empapados en su radioactividad, utilizando unos verbos rarísimos y otras grandes palabras que yo no comprendía. Hablaban del pasado, de la ausencia de un escritor, de cómo un hombre de las letras puede volverse un fantasma que habita no sé qué, hasta que reclamaron el botín con un tono que ya me tenía cansada. Un tono que, de algún modo, parecía el de un sujeto con dolores en el hígado —la cara arrugada, la boca inclinada, una mano en la pelvis y un leve ladeo del tronco—: señor Frost, noto que tiene una herida muy grande. Todo para preguntar si había sido la inseguridad, las hordas del presidente Chávez o alguna historia pasional y suculenta que además tuviera que ver con mi mamá. Mi papá me sostuvo la mirada. Yo, alejada de él por una línea de cuerpos, me abrí camino para rescatarlo. Fui empujándolos a todos hasta que llegué a su lado. Me presentó ante todos. Recibí los halagos de la gente sensible con orgullo y frialdad.
Me sentó a su lado antes de comenzar su intervención, como si yo también tuviera algo que decir. Comenzó hablando con mucho miedo, aunque mantuvo la compostura. En un momento de su diálogo, me puse a detallar sus labios rojos y sentí unas ganas inmensas de llorar. Me volteé durante un segundo y vi por encima de los oyentes. Regresé el rostro hacia él y escuché sus palabras como un gemido de tristeza. La cercanía con su cuerpo me hizo sentir importante, como la guardaespaldas del rey: una sanguinaria, en realidad, cuya maldad se canaliza hacia el mantenimiento del orden.
Al cabo de algunos minutos su forma de hablar cambió un poco: se adentró un poco más en los temas con los que estaba familiarizado y su discurso aumentó en fluidez. Su cuerpo, por otro lado, se mantenía tieso: la espalda recta, las dos manos apoyadas sobre la mesa, la cabeza, como un giroscopio, haciendo un barrido por encima del público. Si me preguntan, la primera media hora fue tan terrible que sentí que los pies se me volvieron parte del piso. Si mi nombre no hubiera estado atado a su nombre y por supuesto si me hubiera podido apropiar de las llaves del Mercedes, me hubiera ido sin dudarlo, no sin antes mirarlo con vergüenza. Pero el público estaba ahí, atento, con los ojos como cámaras de seguridad, procesando todo lo que, lentamente, salía de la boca de mi padre. Al cabo de un rato les dio su recompensa y de entre su monotonía surgió una genialidad. Todos rieron, algunos devolvieron los chistes. Todo marchaba correctamente. Todo. Hasta que alguien mencionó lo de la luz.
—Queremos verlo bien —dijo una, como si la obra fuera él y no sus libros.
Los otros secundaron la petición. Según los espectadores, la librería no contaba con una luz adecuada para ese tipo de eventos. Por supuesto, cuando Sevelindo Parado o Zacarías Bello Delano presentaban una colección de ensayos o de crónicas, los cinco asistentes no reclamaban semejante locura: a nadie se le ocurría añadirle más calor a un sitio atiborrado de gente. Entonces entendí que Diego Frost ahora tenía un rasgo extra que aumentaba la devoción que sentían por él. Y ese añadido, devenido en misterio, estaba estampado en el costado de su rostro.
El reflector amarillo se encendió. Mi padre sonrió tranquilamente porque la luz, en términos generales, no le molestaba. La gente levantó los cuellos como si fueran palomas y no humanos y vi de nuevo aquel líquido oscuro desbordarse de sus cuerpos. Giré la cabeza a pesar de que sabía lo próxima que estaba mi tristeza. De algún modo la percibía, como algunas veces que vino en esencias de sangre y otras en esencias de lluvia; como cuando estuvo encuadrada en la imagen —CNN, FOX, no recuerdo quién la mostró— de un cachorro de perro azotado por el huracán Amanda, o el huracán Camila, o el huracán Sofía o por otra, menos dolorosa con el pasar de los años, como la de mi mamá diciéndome que nada de lo que acababa de pasar significaba que no nos íbamos a ver de nuevo. Volteé: la cicatriz en el lado derecho le brillaba con el impacto del reflector. Tenía un aspecto nítido, sin distorsiones algunas. No sólo se podía ver el relieve general como los cráteres en la luna, sino que se podían detallar las características de aquellos, como si un telescopio te dejara observar la profundidad y la forma y te dejara entender que la totalidad está formada por elementos fraccionados. Así le vi la raja: pelos, poros llenos de grasa, el queloide alargado pero a su vez discontinuo, producto de un curso interrumpido del cuchillo por sobre la piel, de una mano que no está segura de lo que está haciendo. En ese instante comencé a respirar por la boca porque sentía un pedazo de plomo en el pecho. Me acordé entonces del poema de Alfredito: no escuché la bala/ solo vi la sangre/ y sentí una mano negra que jugaba conmigo, pero entendí que mi plomo no era aquel que te atraviesa por su inmensa velocidad. El plomo que tenía yo por dentro no era pequeño ni viajaba gracias al impacto de un martillo. Mi plomo nació conmigo. Yo era mi mano negra.
El calor me hizo interrumpir las palabras de mi padre. Resultó que después de todo sí tenía algo qué decir. Vi el objeto tentador y sólo me hizo falta tocarle el brazo para que lo soltara, como si mis dedos tuvieran dentro alguna magia oscura. El metal negro se posó en mis manos. Antes de ser totalmente mío, mi padre indicó la razón de la interrupción y la gente suspiró, se llevó las manos a la cabeza y celebró que la niña decidiera formar parte del legado de su padre.
Según el magnífico Diego Frost, yo, la hija, iba a decir unas palabras sobre el libro.
Aclaré la voz y vi cómo las cabezas de los asistentes se estiraban hacia delante. Entonces fue insostenible, como cuando se tiene un ser muy pequeño delante y no se puede evitar hacerle daño, o cuando se busca una venganza bien guardada en el corazón:
—El ojo se trata sobre mi madre, y sobre ustedes, y sobre todo aquel que le rompió el corazón. Hijos de puta. ¿No les da vergüenza?
Lo dije como si comunicara un halago, sin que se me quebrara la voz, sin alzarla incluso, con el tono más natural que conocía.
Mi papá volteó hacia mí con los ojos hechos ceniza y me trató de quitar el micrófono de las manos. El público se rio para evadir la incomodidad. Estoy seguro de que alguno pensó que la inocencia, incluso en brotes de obscenidad, era hermosa. Yo pensé en lo equivocados que estaban, en que en mi cuerpo había de todo: dolor, náuseas y rabia, pero jamás inocencia. Sostuve el micrófono con toda la fuerza que me quedaba y forcejeamos por unos segundos. Mi padre continuó clavándome esa mirada siempre aguada hasta que de pronto, cuando entendió que yo no cedería, jaló tan duro del micrófono que me lo arrebató sin consideraciones. Todo pasó muy rápido. Sentí el coro de risas incómodas cincelando mi oído mientras lo veía fijamente. La ambivalencia del sitio me hizo entender de alguna forma que estaba viva. Fue entonces, pocos segundos después, cuando me paré y arrimé la silla hacia atrás con una patada.
—¿Nos vamos? —le pregunté a mi padre desde arriba.
Él se quedó un rato sentado, viendo hacia la mesa. Le pasó el micrófono al ponente contiguo con un movimiento lento. Yo de verdad pensé que me acompañaría, que me agarraría la mano y me demostraría que confiaba en mí más que en nadie.
—No, mi amor —me dijo, como queriendo evitar herirme —. Mejor me esperas afuera.
Sentí un punzón en la garganta: el plomo, la mano negra. Sin embargo, me fui con la frente en alto, mientras los idiotas que escuchaban a mi padre como si fuera un dios me miraban con ternura, como si supieran todo lo que me sucedía en la vida, como si entendieran. Atrás, por entre las cabezas, pude distinguir el aspecto discordante de las lacras románticas, que se miraban los unos a los otros y se preparaban para recibirme. Alfredito me miró sin lástima. Lo hizo con los ojos más bellos que tenía, que eran los de la noche, y yo sentí una electrificación en todo el cuerpo que no quise demostrar. Volteé y volví a ver a mi padre. Retomó su discurso y no hizo caso a lo que había sucedido. Hablaba más rápido y expandía un poco el rango de los movimientos de su cara. Me abrí camino entre la gente y sacudí mi hermoso pelo amarillo. Lo hice con un dolor en el pecho, como si me hubieran despojado una arteria central, como si el oxígeno no me calzara en las cavidades.
Las lacras me escoltaron hacia la salida porque querían fumar, pero, justo antes de cruzar, invité a Alfredito a explorar los pasillos solitarios y a ver las fachadas oscuras de las tiendas. San José y Cara de Lapa continuaron caminando hacia la única puerta que quedaba abierta y nosotros dos nos perdimos en la noche del centro comercial. Subimos las escaleras como insectos sorprendidos por la luz. Nos reímos a carcajadas. Yo lo enseñé a ulular como un búho y él me enseñó a silbar con los dos dedos metidos en la boca. No supe cómo hacer para que el sonido me saliera debidamente. Alfredito, desde la distancia, me trató de explicar. Yo me reí a todo gañote, como una hiena, aunque sabía que emprendía la risa como una niña. Nada importó. Por un breve momento estuve feliz. Los guardias comenzaron a subir las escaleras buscando los alaridos y nosotros corrimos por los pasillos. Yo le di la mano a Alfredito para ceder por primera vez el control. Yo sabía que era un control momentáneo, porque, en el fondo, todo el mundo me hacía caso. Desde el londinense más retraído de Caracas hasta el vándalo más bello del remoto oeste. Entonces corrimos hacia la derecha, por entre las tiendas de tela y de antigüedades, hasta quedar casi escondidos de nuestros persecutores. Por ahí, en un espacio acojedor, nos sentamos en el piso. Me miró a los ojos y sé que se puso muy triste por el peso de la realidad: yo apenas tenía trece años y él ya casi alcanzaba los veinte. Se quedó callado un buen rato, ahora mirando hacia el techo, mientras una brisa fría proveniente de las escaleras nos acariciaba la espalda. Yo quise que me mirara otra vez, pero que me viera bien, que encontrara en mí algo que lo obligara a besarme en la boca. Me quedé hipnotizada con su rostro distraído y solo me desperté al escucharlo hablar. Me gustó su voz melodiosa y su acento de malandro. Me gustaron sus manos negras y sus anillos plateados y la llave de la moto que le guindaba de una pulsera horrorosa. También su pecho mal afeitado, visible por el gran cuello de su camisa, lleno de tatuajes chinos oscurísimos. Nos acercamos con cada exhalación. En un momento tuvimos los rostros muy cerca y me respiré todo su aliento hipnótico de aguardiente.
Traté de hacerlo otra vez, pero me aseguré de que mis dedos no respondieran:
—No sé qué estoy haciendo mal —le dije.
—Es que tienes que dejar espacio para que pase el aire —me dijo.
—¿Por qué no me enseñas con los tuyos?
Se quedó petrificado, como si nunca hubiera sentido las yemas de los dedos de una mujer en sus manos ásperas. Después sujeté sus dedos índice y pulgar con mis manos y los conduje hasta mis labios. Los toqué con suavidad y me los introduje poco a poco en la boca. Procuré que mi lengua hiciera contacto con sus huellas digitales y sentí aquel sabor a hierro y a sal. Succioné un poco.
Traté de soplar. No sonó nada.
La otra mano tímida de Alfredito me recorrió la espalda como respuesta. En un momento la dejé de sentir y pensé que se había desvanecido en el miedo. Pero más tarde, como si fuera un héroe que te rescata cuando la muerte te abraza, sentí la presión de su mano en mi nuca. Lo primero que se me ocurrió, entonces, fue tocarle las orejas. El corazón lo tuve como nunca. En mi cuerpo había chispas, una intermitencia absurda. Él estaba frío aunque la frente le sudaba. Me acerqué a sus labios cerrados. Nunca había besado, así que simplemente los lamí con delicadeza. Dos pasadas suaves, un pequeño rastro de saliva. Alfredito respiró como si no lo hubiera hecho en un siglo. Me agarró las manos, me las puso contra la pared y me acarició el cuello con la nariz. Ahí se sostuvo durante varios segundos y me besó lentamente la piel. Yo respondí enredándole las piernas alrededor del cuerpo. Estuvo a punto de besarme, muy cerca, hasta que de pronto se levantó y dio un paso hacia atrás, como si hubiera sentido un susto tremendo, como si hubiera levantado la mirada y se encontrara a punto de besar a un monstruo y no a la niña más bella de la capital. Retrocedió, se sentó en una de las escaleras, encendió otro cigarrillo y se puso a respirar como un budista.
Desde ahí no escuchábamos mucho. Solo nos acompañaba el sonido continuo de una máquina ubicada en la base del edificio.
Con mucha inteligencia, se incorporó con un monólogo sobre la poesía y sobre la transformación de todo el mundo terrible que había visto desde niño a un mundo bueno, a un mundo que por fin valía la pena. Después dijo que esa transición fue posible gracias a su mentor, es decir a mi padre, el gran Diego Frost.
¿Diego Frost?, pensé yo, y entendí que saber enfriar un rincón es igual de importante que saber calentarlo.
Me lamenté por dentro. Mantuve mi silencio. Sus preguntas de pronto no hicieron efecto en mí. Mi cabeza se distrajo, mis manos sudaron y todo porque sabía que el beso con Alfredito, con ese malandro imberbe, era imposible, y era así no por una cuestión de castigos o de imposiciones entre morales y legales, sino porque valoraba más la poesía que su enamoramiento por mí. Fue entonces cuando me entró la necesidad de tenerlo en mis brazos y de decirle no te preocupes, Alfredito, que yo te protejo de todo lo que te haga daño en el mundo; de pedirle que confiara en mí porque yo era la única salvación posible para su vida; que yo era, pues, la única poesía que habitaba las calles de Caracas y de esa guarida desconocida, aunque seductora, que él llamaba Sal Si Puedes. Entonces creo haber querido llorar otra vez. Sentí celos de mi padre, el único capaz de dominar a semejante caballo. Sentí celos de la poesía, la única ante quien se arrodillaba. Aunque la verdad es que no estoy muy segura.
No me quedó más que levantarme del piso y volver a erguir la espalda por encima de su cuerpo encogido en el rincón.
—¿Nos vamos? —le pregunté.
Se levantó poco a poco. Me agarró por los hombros y me sobó los brazos.
—Sí, mi amor —me dijo Alfredito, el escupido por las montañas y el atajado, no sé cómo, por mi padre.
Entendí la imposibilidad de lo nuestro, pero lo abracé y apoyé mis mejillas contra su pecho caliente y mordí su camiseta húmeda. Desde ahí sentí el vapor que se filtraba por la tela y olí el rastro, diluido en sudores, de un perfume dulce y barato. Bajamos las escaleras y corrí hacia las voces que escuchaba desde el lado contrario de la planta baja. Alfredito me siguió con un trote suave y con una sonrisa que inspiraba cierta serenidad. Cara de Lapa, a lo lejos, trataba de explicarle algo a los vigilantes del centro comercial.
A mí me ignoraron. No me vieron a los ojos ni una sola vez. A ellos le preguntaron qué hacían ahí. San José respondió sin que le temblara la voz:
—Vinimos al evento que celebra la reedición de El Ojo, de Diego Frost.
El tipo se quedó como si no entendiera y se marchó a hacer su guardia sin decirnos nada.
—¡Este sí es marico! —dijo San José.
Bajamos hacia la librería mientras Cara de Lapa hablaba sobre unos carburadores o unos pistones o vaya a saber Dios qué. Alfredito, por su parte, se ubicaba lejos de mí. Yo entendí que había sido la causante de todo aquello. No me quedó más que entenderlo y hacer las paces con la tiranía de la distancia que, sabía, ahora nos separaría. Tras unos minutos nos asomamos por la vitrina de la librería. Mi papá estaba parado en su podio, con un cigarrillo encendido y con una pierna sobre la mesa, leyendo un pasaje de la novela mientras todos los asistentes lo miraban asombrados y se retorcían de la risa debido a la hilaridad que podía provocar, a través de las letras, un hombre tan triste, pero tan triste como él.
Cuento finalista de la cuarta edición del Premio Santiago Anzola Omaña (2019)