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Mientras observo el edificio espero que algunos recuerdos aparezcan. Clic, clic, clic, capturo el lugar con la cámara del pequeño teléfono que cargo cuando oigo unos gritos: “¡Están tomando fotos! ¡Están tomando fotos!”. Me volteo y observo a una mujer, escoba en mano, en la acera de una casa frente al edificio. Le contesto en voz alta para que las demás personas ocultas en sus casas me oigan: “¡Es que aquí vivía mi abuela! ¡No se preocupe! ¡Tenía años que no venía!”. Le hago una seña de despedida con la mano y sigo tomando fotos.
Había llegado por una calle poblada de matas de mango hacia Santa Eduvigis, al lugar donde vivió mi abuela materna. Llegaba por intuición, invocando mi niñez, cuando íbamos a visitar a Yiya, memorias que residen en un lugar cálido y borroso. No sabía exactamente cómo llegar, se despierta el sentido de orientación, copiando un mapa del pasado: calle Santa Ana, transversal 10.
Entonces fue cuando gritaron: “¡Están tomando fotos! ¡Están tomando fotos!”. Hay un árbol enorme, parece sacado de una película africana; en la cúspide, un ramaje como de medialuna con el cielo azul y las nubes de fondo. Antes de llegar a lo que fue la casa de mi abuela, venía desde Los Palos Grandes y, a medida que me acercaba al municipio Sucre, empezaba a notar algo en común que me parecía extraño: la aparición de hombres altos, fornidos y solos caminando por las calles y hurgando en la basura. Parecían buscar cosas específicas. Se procuraban alimentos y enseres con fervor dentro de las bolsas de basura.
En la esquina entre la quinta transversal y la avenida Santa María se desata una trifulca. Dos muchachos, que hablan en malandro, se van a las manos. Un tercero los separa y le dice a uno de ellos que lo deje así, que no le pare bolas, que va a venir la policía; lo intenta convencer inútilmente, luego desaparece. El que daba los golpes se queda diciendo impertinencias. Cada vez llega más gente curiosa del desarrollo del conflicto. Un hombre entrado en edad, que había dejado su mochila tricolor tirada en la calle, se enfila a toda velocidad hacia el muchacho con un serrucho gigante plateado, profiere insultos a bocajarro.
El muchacho, ahora asustado, huye de quienes lo persiguen. Estos bloques, donde ocurre la acción, construidos en la época del dictador Marcos Pérez Jiménez en los años cincuenta, siempre me han parecido particulares, quiero decir, la sensación general que me trasmite esta calle es inquietante. Así lo sentía cuando visitaba a mi abuela. Entre una acera y la otra el espacio es anchísimo, como si allí quedara plasmada una realidad paralela entre los edificios.
Cuando el viejo con el serrucho corre entre los bloques se oye un primer pitido, como de árbitro de partido de fútbol. Los mirones nos vemos las caras, sorprendidos. El sonido lo emite un hombre que se asomaba de una ventana y, en enseguida, la calle se convierte en un estremecimiento de pitos desde los apartamentos; se multiplica como cigarras sedientas en Semana Santa. “¡Qué arrecho, qué de pinga!”, comenta uno, “esta gente está organizada”.
Supuse que se trataba de códigos de defensa entre vecinos: si alguno ve algo raro, suena el pito, y entonces los demás, sin pensarlo, sin siquiera constatar nada, hacen sonar también los pitos, para gestar una sinfonía ensordecedora de advertencia de peligro en ese tramo de la calle, lo que aúna más a su extrañeza. Cualquier delincuente se sentiría intimidado y huiría ante la magnitud sonora de los pitidos colectivos.
En ese instante, se adentra en la calle una moto de la Policía de Sucre que se enfila hacia ellos y la trifulca se detiene. Un tipo que está a mi lado dice: “Ese viejo es jodido”, refiriéndose al hombre con el serrucho. Tomo una foto al cruce de las esquinas donde sucede el acontecimiento bélico. Una señora, asomada desde las rejas de lo que puede ser la sala de su apartamento, me mira con cara seria y reprobatoria, ¿qué hacía yo tomando una foto? Su rostro me llevó al sur de Italia, como si sus facciones fuesen un mapa regional pintado ante mí: amaro siciliano.
Desvío la caminata hacia calles aledañas. Tomo una foto a un árbol multicolor que me impresiona. Unos hombres que estaban trabajando en un hueco en la calle me ven sorprendidos y les digo: “¿Una foto del árbol? Está bonito”, y me sentí estúpido. Una mujer me ve con recelo desde una casa. Entonces prosigo y paso enfrente de La Herrereña, lo que fue en vida la residencia del expresidente Luis Herrera Campíns.
En una esquina me encuentro con una caja aplastada del ansiolítico Clonazepam de 2 mg. Hace unos días había visto otra de 0,5 mg, también aplastada sobre el piso. Me viene a la cabeza una de las imágenes más duras de esta pandemia: el 6 de mayo de 2020, encontraron a un hombre ahorcado con el tapabocas puesto en el puente adyacente al Mercado de Quinta Crespo. Hay mucha gente a lo largo de la quebrada y sobre el puente. El hombre está sostenido en el aire por un mecate, encima de la quebrada contaminada y llena de basura, como sumido en una meditación. El tapabocas es gris oscuro y la camisa violeta con un logo en el centro. Tiene puestos blue jeans azul claro y zapatos deportivos. Detrás de los zapatos se observa una gavera de cervezas Polar vacía que probablemente utilizó como punto de apoyo. Es delgado pero su constitución física se ve entera y sana. Quitarse la vida cumpliendo el protocolo de protección contra la pandemia, qué contradicción: querer morir al tiempo que resguardabas tu vida del virus para no morir. La imagen aparecida en un medio llamado Reporte Confidencial —la única fotografía de estas crónicas que no tomé durante mis caminatas— es cruel, tierna y devastadora. Me hace llorar.
Desemboco en la avenida Rómulo Gallegos, avanzo un poco y subo de nuevo por la avenida Santa Eduvigis hacia la panadería Cueva de Iria, regreso a los primeros años de la infancia. En ese terreno, que ahora es el edificio que acoge a la panadería, estaba la casa donde mis padres levantaron a siete hijos. Mi hermana Marielena, en estos días de búsqueda de fotos y documentos del pasado, a lo que algunos nos hemos dedicado —siendo el pasado lo único relativamente sólido que pareciéramos tener en estos tiempos de pandemia—, me hace llegar una foto en la que aparezco en el jardín de esa casa. Allí estaba yo de niño con mi serie de muñequitos de conejos de goma, supongo que desde pequeño siempre fui un tanto obsesivo y eso me ha servido para la escritura. Atrás, al fondo, está una de las matas de mango que ahora veo escondidas detrás del edificio que acoge a la panadería, famosa por su pan de jamón navideño, justo frente a Bolívar Films.
Cuando nos mudamos de allí a otra urbanización tenía unos seis años. Siendo yo el último de los hermanos, no tengo tantos recuerdos en mi mente; una imagen difusa de mis hermanos, los juegos en el jardín, la mata de mango en la que nos trepábamos y algunas tardes de televisión. De pequeño sufrí de asma y se me curó a los trece años. Tenía muchas pesadillas con dinosaurios. Hay una foto, de las poquísimas que conservo de niño, donde estoy con mi papá, mi mamá y con mi hermano Antonio, en el murito con herrajes frente a la panadería y que da hacia la calle. Ese trozo del pasado está intacto y pintado de blanco, es lo único que queda del lugar que fue nuestra casa.
Mi padre, antes de morir en 2009, organizó una gran cantidad de álbumes con recortes de prensa y fotografías de mi familia para que cada uno de los hijos se convirtiera en custodio de la memoria, en especial, de la vida de ellos: Carlos y Olga. Ya cercano a sus noventa años pasó meses ensamblando estos recuerdos o legados para sus hijos. Ellos eran la reina y el campeón. Mi vida interrumpida me ha permitido rescatar esos numerosos tomos que tenía guardados en la oscuridad de un depósito. Ahora los leo y observo con atención y trato de reconstruir parte de ese pasado.
Al regresar a la Rómulo Gallegos, noto unos anuncios comerciales peatonales que tienen los vidrios estallados y regados en el piso. Hay uno de Chichalac, como si el producto ya no existiera de lo desteñido del papel y la estética de los dibujos de los niños de la época de Los Supersónicos. El anuncio tiene un mapa del municipio que también parece antiguo. Abajo, la marca Lumalac. Al costado derecho, una lista de los hijos ilustres del municipio con sus biografías resumidas. En la estación de metro Dos Caminos hay un quiosco con un letrero: “Se compran relojes antiguos buenos y malos”.
En las aceras de Sucre hay mayor aglomeración. Para mantener la distancia recomendada en pandemia, me veo obligado a hacer un mayor contrapunteo de acera con calle. Hay bastantes desechos en distintos lugares. Llego al centro comercial Millenium en Los Dos Caminos, que parece una garza gigante posada en la orilla de un río. Desciendo hacia la avenida principal de La Carlota con un interés específico; en su inicio, hay una estatua de Antonio José de Sucre, uno de los próceres venezolanos, con un brazo mochado por el vandalismo.
En los últimos años escribo una novela que tiene que ver con los italianos vistos a través de dos generaciones, una parte transcurre en Caracas y la otra en Florencia. Aprovecho para verificar datos y captar detalles y pinceladas para sumarlas a la novela. En esa urbanización vivió mi abuelo, Manuel Salvati, con mi abuela Yiya. Mi abuelo era historiador, masónico y escritor. Dos de sus libros, que conservo en algún lugar indeterminado, son: Anotaciones históricas sobre la masonería en Carúpano y La grandeza moral del general Rafael Urdaneta. Busco la calle donde vivieron y el nombre de la quinta, María Luisa. No logro ubicar el patio de entrada de la casa, que había visto hacía unos días atrás en la foto que me envió mi hermana Marielena en la que mi madre me carga en sus brazos.
Escribía Manuel Salvati en Anotaciones históricas:
Corría el mes de junio de 1814, año tan aciago para las armas republicanas, que casi todas las provincias de Venezuela, después de una encarnizada brega de dos años, habían sido sometidas al yugo de la dominación española, aun cuando muchas partidas de patriotas derrotados habíanse refugiado, unos en lo más profundo de nuestras inconmensurables llanuras y otros en el corazón de nuestras inexploradas selvas, en continua lucha contra la naturaleza, pero cada día más dispuestos a proseguir la guerra contra los peninsulares y a sacrificarse en aras de la independencia y libertad de nuestra patria.
Hay un deterioro significativo en las calles. Una muchacha está echada en la acera junto a otro adolescente. Parecieran estar sumidos en un viaje alucinógeno o en una completa desidia. La avenida Central de La Carlota está vacía. Los bancos para sentarse del gran islote de concreto, en medio de la avenida, están desocupados. Hay pocas personas por las calles, se percibe que la gente está guarecida en las viviendas, el silencio no es hueco sino contenido. La panadería Rocarena es el único lugar con vida. Hace tanto calor que el agua no basta. Compro una bebida hidratante. Todo se ve desvencijado, la zozobra casi estrangula. Y, sin embargo, hay todavía una mezcla de nostalgia italiana junto a la precarización de la zona.
La Casona al final de la calle, el lugar donde se supone que duerme el presidente con su familia, pero que no ha sido así desde que se instauró la paranoia revolucionaria, ahora tiene más barreras de alambres. Cerca de allí está el edificio donde vive Nicolo, el personaje principal de mi novela italiana. Gracias a un detallado anuncio con fotografías de una inmobiliaria, pude ver la distribución espacial interna del apartamento, lo que me sirvió para su descripción. A pocas cuadras estaba antes el restaurante Lucky Luciano, ahora desaparecido y del que solo queda un anuncio cincelado sobre un cristal. Allí funciona en su lugar un centro hípico. Casi mordiendo la avenida Francisco de Miranda está el edificio Poggio Morello, que deslumbraba en los años cincuenta con su sala de cine para proyectar películas italianas, se nota también deteriorado, aunque en menor grado.
En la Francisco de Miranda, pegado sobre una caseta de electricidad, noto un cartel de un hombre desaparecido en mayo. Me pregunto si podría haber sido el resultado de una pelea como la que había presenciado en Santa Eduvigis. En este regreso a Caracas he visto muchos letreros de gente desaparecida. Algunos, relacionados con el mal de Alzheimer; otros, cargados de misterio e incertidumbre, como el que veo al dejar La Carlota. El hombre de la foto, con su camisa de cuadros, su corte de pelo, me parece como sacado de alguna película estadounidense de hace unas décadas en algún suburbio de la mal llamada América profunda.
En la Rómulo Gallegos continúo el trayecto hacia Los Ruices y El Marqués. Recuerdo una vez, más o menos a esta altura de la avenida, durante las marchas de los años 2001, 2002 y 2003, un hombre que tocaba una melodía melancólica con su trompeta desde un balcón. En Los Ruices, al lado de un mercado de calle que se instala, leo en una pared la leyenda: “Quien juzgue mi camino le presto mis zapatos. Yo estaré construyendo el país que quiero”. Los Ruices está lleno de grafitis de la lucha de los jóvenes de la Resistencia. Al lado de la Iglesia San Antonio María Claret, sobre una pared se lee la leyenda: “Dios no se muda”. Mi madre había dado el nombre Antonio María Claret a mi hermano, el mismo de la foto cuando vivíamos en la casa de la reja que persiste al paso del tiempo.
Recordé que tenía que visitar las tumbas de Carlos y de mis padres en el Cementerio del Este. Me había dicho hace un tiempo Olguita, una de mis hermanas, que se habían robado la placa del cementerio donde están las tumbas de mis padres. Ello ocurrió durante unos meses de vandalismo hamponil a los camposantos. Se robaban las placas para vender el bronce del material con que están hechas. La superficie del lote de terreno de grama donde están mis padres y mi hermano era de completo anonimato luego del hurto. Si uno no se acordara del lugar donde estaban enterrados, desaparecería cualquier referencia a donde se encontraban sus restos. En el país habían ocurrido profanaciones más crueles, como la que en 2016 denunció Theotiste Gallegos, la nieta de Rómulo Gallegos: “Tengo que informarles que la tumba de mi abuelo, el expresidente de la República de Venezuela e insigne escritor venezolano, don Rómulo Gallegos, fue profanada. Se llevaron el mármol que la cubría, se lo llevaron a él y a mi abuela Theotiste”.
La frase de consuelo habitual cuando se producen asaltos de cualquier tipo en Caracas es “al menos estás vivo”, que se podría aplicar al robo de la placa de la tumba de mis padres: “Al menos no se llevaron sus restos” para traficarlos con practicantes de ritos de santería, seguramente pagados en dólares. Al igual que el bronce de la lápida de mis padres o el mármol de la tumba de Gallegos; unos, en el Cementerio del Este, de construcción más reciente; el otro, del Cementerio General del Sur, más tradicional a pesar de encontrarse en una barriada muy peligrosa. Hay un sinnúmero de personalidades célebres de otras épocas cuyas tumbas han sido profanadas.
Esperaba con afán, durante esta permanencia inesperada y prolongada en Caracas, que estuviese lista la nueva placa que reemplazara la original de mis padres y que también terminaran de colocar la de mi hermano Carlos, que había tomado una eternidad. A los pocos días, Olguita me manda una nota con la buena noticia de que luego de una espera prolongada, por la cantidad de placas que se habían robado y la dinámica del país, quedó lista la de nuestros padres e instalada la de mi hermano Carlos. Así que conduciría la vieja Vitara para llegar hasta el camposanto. En efecto, allí estaba la placa nueva hecha de un material sencillo, de poca apetencia para los delincuentes, y la de mi hermano. La degradación de los materiales no importaba. Quería constatar, estar en el lugar para que esta visita permaneciera en la memoria y así poder reconstruir el pasado en el futuro. El mismo color sepia que vi al llegar al país rodeaba las tumbas. La grama estaba quemada por la sequía y la falta de riego, seguro que debido a la escasez de agua. Si no había agua para los vivos cómo iba a haberla para los muertos. Siempre me había gustado el lugar donde están enterrados mis padres, al borde de una pequeña colina, al lado de una canaleta, como si fuese un sitio sagrado y privilegiado. Encima de ellos, un mar de hojas secas.
Me encuentro en el suelo una invitación para asistir al programa Concurso millonario, de RCTV, del día cuatro de marzo de 1986. RCTV era el canal que más audiencia tenía en el espectro televisivo venezolano y que, tras el asedio que impuso Hugo Chávez, dado que no era un canal que se prestó a ceder su línea editorial —como lo hicieron los pocos que sobrevivieron—. Fue antagónico y crítico del chavismo y lo clausuraron. Su última transmisión ocurrió el 27 de mayo de 2007, creando entre la población venezolana uno de los mayores traumas colectivos que se recuerde, condenando al olvido los recuerdos de generaciones de tantos programas que fueron eje central de la vida diaria del venezolano y privándolo de su canal preferido.
A lo largo del municipio Sucre, lo que más impacta es la presencia de muchachos de entre unos ocho a doce años que deambulan como una tropa de huérfanos insensatos. Veo a varios grupos dispersos con sus pocas pertenencias dentro de un enrejado lleno de basura. Están echados en las calles, en las islas de separación de vías, cerca de los semáforos, a veces solos, en cualquier rincón aparecen. Dan la impresión de que los hubieran echado a patadas de una casa para niños huérfanos.
Hay mucha soledad en la Rómulo Gallegos y presiento que debo regresar a la Francisco de Miranda por la ruta de Los Ruices hacia El Marqués. La Francisco de Miranda, también por momentos, parece tierra de nadie. Hay hombres solitarios, andando, errando, sin un rumbo particular. Frente a un taller, un grupo tribal habla en malandro, estentóreamente, sin tapabocas. Uno le mete un puño en un brazo al otro en señal de cariño, como si todo fuera un vacilón, la vida es un juego de desafíos. La avenida a esta altura tiene una anchura peculiar, marcada por un reflejo expandido ante los ojos como por el efecto de una lupa.
Al lado del automercado Central Madeirense, en la parroquia Petare, hay un conjunto con la firma gigantesca de Chávez y una foto de los ojos del finado comandante a un costado de los edificios amarillos de la Misión Vivienda, similares a muchos que he visto en otras caminatas y lugares. Se trata del proyecto habitacional Maca Socialista, también conocido como Samán de Güere. En la fábula chavista, Hugo Chávez, junto a otros militares, juró en ese lugar liberar a Venezuela de la miseria y la pobreza, un símil fallido con el que pretendía, como un delirio, equipararse a Bolívar. El muro de las viviendas tiene consignas revolucionarias como “Gringo, respeta” o “Somos Chávez”, cosas así.
A medida que me aproximo a Petare, el caos aumenta y se acorta el distanciamiento social entre las personas y el uso del tapabocas. En estos días las noches se visten de guerra por los enfrentamientos entre bandas en los barrios. Las detonaciones arman una danza sonora macabra. El país se tiñe de violencia. Un estado policial y militar: una masacre en una cárcel del estado Portuguesa; colectivos montando videos en las redes mientras circulan por las calles vociferando amenazas a la población; un ejercicio militar de defensa del Cuartel de la Montaña, donde está enterrado Hugo Chávez; una supuesta operación militar en Macuto, en el litoral, para contrarrestar una acción que pretende acabar con el régimen; noches de explosiones y tiroteos, bloqueos de calles y urbanizaciones.
Hace poco terminé de leer los diarios de Rufino Blanco Fombona, que debatió su vida entre Europa y Venezuela, y resulta espeluznante que cosas escritas en 1904 o 1905 tengan tanta vigencia: “En Venezuela el peor Gobierno es preferible a la mejor de las revoluciones […]. En este país no gobiernan, en primer término, ni tienen influencia decisiva sino los militares, aunque los militares, a su vez, sean gobernados, dirigidos o simplemente influidos por los civiles, los rábulas”.
Al pisar la Redoma de Petare, me doy media vuelta, no por temor a un asalto, sino porque no me parece segura la zona epidemiológicamente hablando. A lo lejos, sobre una edificación de dos pisos, la consigna “Petare es nuestro”. Se trata de la barriada más grande de América Latina, supera a cualquier favela de Brasil.
Me he tomado ya dos bebidas hidratantes y el camino de regreso es largo. El ímpetu me ha llevado hasta aquí, de manera inevitable, guiado por una fuerza superior. Así voy con mi supuesta pinta, que no llama la atención. Con mi mascarilla N95, mis lentes para proteger la mucosa de los ojos, una gorra para el sol, cargando mi pote de gel. Siento la cabeza recalentada como un radiador a punto de echar sus últimos gases. Me echo agua encima pero también está caliente. Siento los músculos de las piernas entumecidos, como si hubiese caminado un tramo extenso del Camino de Santiago.
Avanzo de regreso. El cuerpo se arrastra por inercia. El Museo del Transporte está cerrado, deteriorado, desvencijado, oxidado. Una bandera venezolana está rasgada como un trapo abandonado, el patio lleno de hojas muertas, el avión monomotor parece que representa el retroceso que ha sufrido el país.
La grama y la vegetación del Parque del Este están secas. Hace algunas semanas la muerte de Kalíope, la nutria del parque, produjo mucha consternación. Varias organizaciones denunciaron que había fallecido de hambre. De pequeño, mi madre me llevaba a ver los animales al Parque del Este y veía, comiendo algodón de azúcar, las nutrias juguetonas, que eran mis favoritas. Afuera del parque han suspendido las unidades de transporte con destino a Guarenas.
Paso por una valla que advierte “Caída de escombros”. Me han caído muchos escombros imaginarios a la vez que reales al atestiguar la nueva ciudad que es mi ciudad, pero que ya no es mía, al tiempo que redescubro y revivo mi pasado al despertar los recuerdos: la casa de mi abuela Yiya, encontrar el murito y las matas de mango donde transcurrieron los primeros años de mi infancia en Santa Eduvigis con mis padres y hermanos, la casa de mis abuelos maternos en La Carlota, de la que no supe precisar su ubicación, y la de mi abuelo escritor, del que seguro que heredé algunas de mis inquietudes. Todo ello rescato como un arqueólogo en medio de las ruinas, esperando descubrir tesoros de la memoria, una piedra por cada hecho del pasado que colocaré para cruzar a paso seguro un río de aguas turbulentas.
Capítulo de La vida interrumpida. Crónica de un regreso a Caracas, publicado por Ediciones Catarata, 2025.