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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

El plano inferior

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«El azar y la suerte fluyen con poca luz» fue lo primero que se le ocurrió decir a Franto.

Estábamos a punto de destapar la alcantarilla y ascender hacia la calle, pero frente a nosotros una patrulla del Cuerpo de Investigaciones de la Ciudad daba coletazos de luces rojas y azules.

—Franto, escúchame, creo que para mañana mi collar tendrá más balas —dije y nos devolvimos escaleras abajo.

Esperamos un poco.

 

Aquella mañana nos tocó madrugar. Todavía no oíamos temblar las paredes de la cloaca. Por muchos años, estas paredes húmedas han sido nuestros horizontes, nuestro cielo resentido y rectangular. En este espacio dormimos, nos reunimos y comemos todo aquello que logramos traer hasta aquí.

Los cimientos de las paredes han cedido su verticalidad. Alguna tímida fuerza telúrica las ha estado inclinando por décadas.

En los ladrillos y bloques agujereados anidan alimañas y se filtran las deyecciones de la ciudad.

Las tuberías exhiben capas de barro, breves eras geológicas se sedimentan cada vez que llueve y se inundan las calles. En los ángulos suelen desarrollarse especies irreconocibles de plantas, lo que le otorga a este pequeño territorio un aire de independencia. Contamos con nuestras propias leyes y nuestro propio manifiesto. También con una vegetación xerófila y endógena.

A costa nuestra, decenas de universitarios han sacado sus licenciaturas, maestrías y doctorados. Han venido acá pichones de biólogos, ingenieros y sociólogos, chismosos periodistas, petulantes psicólogos, veinteañeros engreídos. Entre ellos destaca Yuri, quien no debe demorarse en llegar.

Desde temprano, las paredes se agitan por el peso de camiones, motos, autobuses y todo el repertorio de maquinarias rodantes que circula por la ciudad.

Aquí abajo, la ciudad bulle con ansiedad sísmica, con el rumor de las cañerías y los ronquidos afónicos de Saúl, expunketo, expandillero, exhombre, que de vez en cuando nos sorprende con sus frases grandilocuentes.

Los breves temblores se prolongan por varios minutos. Cada mañana crecen las manchas de hollín como trazos de mapas a los que gradualmente les aplicáramos zoom, una geografía oscura atravesada por ríos de óxidos por los que, sospecho, respira el mundo.

Mientras sucede todo el ciclo de la naturaleza, observo cómo pilastras y vigas sobresalen de la pared de mi espacio privado, vibran como huesos que se abren paso en la piel de un elefante herido.

Franto remendaba unas botas que halló en el basurero de la Redoma de Coche. «Mi antiguo hogar», dice, siempre nos lo hace saber de alguna manera. Es su lema de la pertenencia. «Esa plaza espera un busto desde hace años», añade con pena, con orgullo malherido.

He notado con preocupación cómo en los días más recientes mis compañeros han empezado a odiarme. Franto, del que menos imaginaba un sentimiento de esta índole, ya que no desperdicia ninguna oportunidad para exteriorizar sus halagos empalagosos, en más de una ocasión me ha torcido los ojos. Comprobé mis sospechas cuando le grité: «¡Ponte los zapatos de una vez, carajo!, vamos a Mersifrica, no a un encuentro con el Rey de Suecia». Franto suspiró agriamente en un intento, supongo, de aliviar su irritación. Solo se limitó a apretar los labios y tragarse alguna frase ofensiva.

Pero Franto sigue absorto.

Franto intenta pegar un trozo de suela.

Franto se acerca el zapato a los ojos. Lo manipula con el rigor de un veterinario miope que disecciona a un gato anestesiado.

Franto ha hecho caso omiso a mi orden, puede que ni siquiera me haya escuchado. Mi voz es un ruido más en esta madrugada. Pienso repetir ponte la camiseta…, pero me abstengo. Prefiero escuchar los ruidos del exterior.

 

En Coche hay dos plazas: una de ellas es la sucia y deteriorada casa de Franto, hoy poblada por la razón de su exilio: una colonia de morfinómanos; la otra es un apéndice de La Cancha de Lucas, sede del futbolito de la parroquia por las mañanas y diana de las molotov que arrojan desde las residencias Los Morados y Los Amarillos a los funcionarios de El Cuerpo cuando vienen de visita para efectuar redadas, allanamientos, buscar chivos expiatorios, o todas las anteriores. La Cancha de Lucas fue bautizada así en honor al carismático entrenador brasileño que murió un Año Nuevo: infarto fulminante mientras se echaba una ducha fría de medianoche. Por décadas enseñó futbolito a varias generaciones de adolescentes que optaron por cambiar de ramo antes de dedicarse al deporte en la adultez. A Los Morados se les llama así porque fue el color que la Sherwin Williams donó para pintar sus cercas en los años setenta del siglo pasado, cuando se culminó su instalación. A Los Amarillos se les llama Los Amarillos por las mismas razones. Pero el verdadero nombre de estas edificaciones prefabricadas es Residencias Martín Tovar y Tovar, en honor a un pintor venezolano que se forró de plata porque era pana de un caudillo en el poder que le encargaba cuadros y cuadros históricos, entre ellos El Tratado de Coche, un documento de paz que pondría fin a la Guerra Federal y se firmó aquí mismo, en Coche, para aquellos tiempos una hacienda lejana de Caracas, pero desde mediados del siglo xx se integró a la ciudad. Y todo esto lo sé porque asistí a un seminario interfacultad sobre historia de la pintura venezolana. Irónicamente allí también me enteré que en los cuadros épicos de este artista no aparecen ni tonos morados ni amarillos, a no ser el rojo de la sangre combinándose con el azul de los trajes patriotas, exageradamente embellecidos; o el opaco amarillo de las banderas, exageradamente deshilachadas.

Ninguna de estas plazas cocheras expone bustos de héroes en sus pedestales. Se esperan candidatos. Héroes que resuelvan algo en la vida y que, después de muertos, se le proponga a un escultor la noble tarea de cincelar sus perfiles en un trozo de mármol.

Una vez Franto se obsesionó con incursionar en el mundo de las esculturas con chatarras. «Crearé estatuas para esas plazas», siempre nos lo advertía, le tocásemos el tema o no. Algunos piensan que Franto está un poco chiflado. Yo pienso que ama Coche y que tiene más talento cosiendo zapatos que de artista posmoderno.

Franto es meticuloso. Viste de marca. Usada, deshilachada, con parches y sin botones, pero de marca. Nunca la comprará en tiendas, pero buscarla en los containers ya lo convierte en un mendigo de la Era posconsumista.

Franto cree en teorías extrañas: «x1 se deshace de un par de zapatos, de un reloj, de una cobija gruesa atestada de pelos de gatos, de cualquier cosa; no muy lejos, x2 necesita de esos objetos en una escala inversamente proporcional: necesita un nuevo calzado para trotar y rebajar los veinte kilos de más, necesita saber el tiempo, necesita arroparse y no es alérgico a los gatos, necesita cualquier cosa». La universidad enloqueció a Franto. He pensado que expresa ese tipo de cosas para ufanarse de su labia. «¿Ves?», se señala el pecho con su pulgar: «Yo soy esa persona necesitada». Es un buen tipo, mitómano, pero buen tipo. Los silencios se disuelven con sus delirios mesiánicos. Ya nos acostumbramos a sus interrupciones. Forman parte del ruido.

«¡Estos Nikes están del carajo!», celebra como si acabara de ganarse el premio gordo de la lotería.

Afinco la mirada en la sudorosa espalda de Franto. Lo imagino agujereado por mi filosa contemplación. Pero la realidad es otra, y es una realidad incisiva: lo veo ensimismado con esos malditos zapatos y tiemblo. Pasan sobre mí autos y camiones de ansiedad. «Tranquilo, Valle-Coche, no te digo que seas paciente, porque yo no me ando con eufemismos de revistas domingueras», me dice sin voltear a verme.

Me aquieto. Trato de no darle importancia. Trato de no entender lo que me acaba de decir.

Mirar los nuevos zapatos de Franto me llevó a repasar mi vida con desconfianza, luego con nostalgia y, por último, descansé mi confusión en una exagerada alevosía. Pensé en mi pasado. Por enésima vez admito que lo he sepultado a medias. Pensé en mi pasado e intuí que se asemeja mucho a esas hojas caídas que tapizan los brocales y las aceras, que saldan su etapa biológica al secarse, que se vuelven polvo y pasan a formar parte del aire y del esmog.

—Tú primero —dije.

Y Franto, en un leve gesto de agradecimiento, se trepó a la escalera y ascendió con ese entusiasmo insólito, de otras épocas de la humanidad, con que asume cada reto, como si en lugar de irnos de excursión a Mersifrica, más bien estábamos a punto de conquistar un territorio inhóspito, atestado de yacimientos minerales y tesoros arqueológicos.

—El azar y la suerte fluyen con poca luz —dijo.

 

Capítulo “Tú primero” de la novela publicada por Monroy Editor, 2026.

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