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Hasta ese momento (hasta ese grasiento desayuno en Nueva Orleans), mi papá había sido un hombre invisible, un tipo anodino que pasó desapercibido por mi infancia. En los años grises de la adolescencia, su influencia no tuvo crédito ni gloria. Me intimidaba su morbo por el conocimiento, su visión de la vida como una experiencia intelectual y de la rutina como discurso. Mi papá no sabía conversar. El diálogo era una noción extraña e imposible para Álvaro, porque a él lo que le gustaba era explicar, dictar cátedra y contar su versión de la Historia. No tenía la costumbre de la alternancia y, mucho menos, la refutación. Su concepción del arte excluía la idea del placer. Creía con firmeza que las personas razonables no podían perder su tiempo ni su dinero estimulando la creatividad de los mediocres. Mi padre me enseñó muchas cosas. Sabía, por ejemplo, que los libros que me gustaban eran bestsellers lamentables; mi música favorita, estridencia comercial y las películas que amaba, sobrevalorados blockbusters. Según su concepción de la vida, algún día alcanzaría la madurez suficiente para darme cuenta de mi falta de criterio. Siempre me aburrieron sus regaños pedagógicos, sus recomendaciones sobre la verdadera literatura o las arengas ejemplarizantes en torno al porvenir.
Ninguno de los dos sospechaba, entonces, que para que las cosas cambiaran entre nosotros tendríamos que volar más de tres mil kilómetros y mamá tendría que pegarse un tiro.
El lugar era idéntico al de mi película predilecta. Cuando el cliente de camisa hawaiana alzó la mano y gritó «Garçon coffee», no supe disimular la sonrisa. Mi padre, por supuesto, no captó las coincidencias; no me preguntó qué me pasaba ni por qué me reía como una idiota. Me hubiera gustado explicarle, decirle que la pelirroja que estaba sentada al fondo tenía cierto parecido con Amanda Plummer y que, en cualquier momento, amenazaría con matarnos, pero sabía que mis referencias cinematográficas no le dirían nada. La posibilidad de mi inteligencia era una burla para él.
La mesonera trajo tres vasos. «Orange juice and coffee?». Adrián, mi hermano, afincaba su estupidez en el discman, mientras golpeaba el aire con baquetas imaginarias. Mi padre lanzó dos piedras de azúcar en el café negro. La mirada, hundida en el fondo de la taza, parecía confrontar un interrogatorio recurrente y cansino. El silencio era inquebrantable. Yo también tenía preguntas sobre lo que nos había pasado, muchas preguntas, pero no sabía cómo hacerlas, no me atrevía a decirlas en voz alta. La primera, la más necesaria, era qué hacíamos en Nueva Orleans. La segunda tenía que ver con lo que había sucedido la noche anterior en la baranda del Natchez.
Nos registramos en el hotel Place d’Armes al final de la tarde. Lo primero que hicimos al llegar a Luisiana fue caminar hasta el puerto. Llegamos a tiempo para abordar el último turno. El Natchez era un ridículo barco que hacía recorridos por la vera del Misisipi. Una banda de viejos agasajaba turistas, orientales en su mayoría, con piezas de jazz acartonado y versiones de karaoke. A mitad del recorrido, una pareja de japoneses (o coreanos, o chinos) le pidió a mi papá que les hiciera una foto panorámica con el río de fondo (en el año 2001, la fotografía digital era un costoso privilegio. No existía el hábito del selfie). «Preferiría no hacerlo», dijo, y abandonó la cubierta. Los japoneses se miraron confundidos. Lost in translation, interpretaron el desplante. Mi padre caminó hasta la baranda. Las aguas sucias del Misisipi pasaron bajo sus ojos. Su rostro estaba descompuesto, parecía que la certeza de que habíamos llegado a Estados Unidos le hubiera revuelto la digestión y la memoria. Se abrazó al poste de madera, se llevó las manos al rostro. Lo vi llorar desde la distancia, incapaz de acercarme. Solo entonces pude darme cuenta de la fragilidad de mi desprecio. Sentí que su inteligencia, de alguna forma, sí me hacía sentir orgullosa y que, quizás, la razón de mi desapego era la conciencia de que nunca podría estar a su altura, leer todo lo que había leído, saber todo lo que sabía; tener, si no su afecto, al menos una mínima muestra de respeto. Adrián, abstraído en la contraportada de Nevermind, no se enteró de nada. La banda del barco comenzó a tocar una fanfarria: You scream, I scream / Everybody wants ice cream. No había ni una sola estrella en el cielo de América. Habíamos llegado a la tierra prometida, pero yo no lo sabía.
Hablar de mi madre es más difícil. No soy capaz de hacer una exposición objetiva de su vida. La memoria de Paula es una bacteria. Mi versión de los hechos está marcada por el reconcomio. No sé cómo contar su historia sin que todo parezca un ajuste de cuentas o una denuncia amarillista. Durante mucho tiempo, pude vivir al margen, ignorándola, dándole la espalda a su influencia, sin que su mal agüero hiciera sombras. Pero la enfermedad de Álvaro y la inminencia del divorcio (la pérdida de la custodia de Adam, entre tantos desastres) la trajeron de vuelta.
Hay una Paula que me es del todo ajena y por la que siento una imprecisa forma de nostalgia, casi empatía. Me faltó la experiencia de su juventud. Mi Paula siempre fue vieja. Nunca vi sus cuadros ni fui testigo presencial de su belleza. No soy capaz de imaginar a la artista. Me cuesta creer que la muchacha seducida por el viejo San Francisco, conmovida por las canciones de Jackson Browne y los desnudos primaverales de Nathan Oliveira, es la misma mujer con la que tuve el infortunio de pudrirme en un apartamento de Bello Monte. Las personas que tuvimos en común no se sienten cómodas al nombrarla. Muchos fruncen el ceño ante mis cuestionarios. Algunos hacen gestos de malestar y flojera. Mi tía Mathilde dice que Paula era una mujer impenetrable, con un mundo interior desordenado y selectivo. Cuando le conté la decisión de novelar la vida de mis padres, aunque no me lo dijo, cuestionó mi fortaleza.
Además del asunto del remordimiento, me costó entender lo más sencillo. Tuvo que pasar mucho tiempo (relaciones autodestructivas, psicoanálisis caros, soledades suicidas, fracasos profesionales) para darme cuenta de que la historia de mi madre era un lugar común, un cliché. Mi mamá se enamoró de dos personas al mismo tiempo, eso fue lo que pasó, lo que nunca vi. Durante diez años, mantuvo las relaciones en paralelo. Sus novios formales no llegaron a conocerse. Paula fue leal a su bigamia. La pasión no distinguía entre uno y otro. Sus amantes gozaron la misma entrega e intensidad. Mi madre vivía para ellos, fue feliz con ellos, habría matado por ellos. Cuando menos lo esperaba tuvo un retraso imprevisto, pero no tuvo tiempo de contarlo. No exagero si digo que los amó como nunca más amó durante el resto de sus días sedentarios y vencidos. El problema para nosotros, para la paz de nuestra casa, fue que mi padre no era ninguno de los dos. Los depositarios de su afecto se quedaron varados en las calles de San Francisco.
Editada por Editorial Maluma, 2026