Cuentos
Todos los cuentos publicados
Buscar
Todos los cuentos publicados
Capítulos de novelas disponibles
Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar
a Roberto Martínez Bachrich

Llamo a Pellegrini y le digo: profesor, ¿usted cree que hoy nos podamos ver para que me entregue las correcciones de mi trabajo? Aaaaah, murmura, y se queda un rato en silencio. Para distraerme comienzo a darle unos golpecitos a la cabina telefónica y veo pasar a un ciego junto a las mesas del Gran Café. Paj, se tropieza con una chica, que de lejos se ve muy linda pero al aproximarse ya no lo es tanto. El típico buen lejos. Es Ariadna, una estudiante de la universidad. Mucho más cerca se le notan los años y el pantalón blanco súper apretado le trasluce celulitis. Hola, digo. Me saluda levantando la mano a la distancia y veo a la futura bibliotecóloga perderse entre la gente de Sabana Grande. Qué, reacciona Pellegrini. No, nada profe. ¿Nos vemos o no nos vemos?, digo, ya medio ladillado. Hay un sol potente, que me cae justo en la cabeza. Dale, pues, gruñe. ¿Adónde nos vemos?
No, pana, senda rumba. Te lo digo. Las cajas de birras entraban y salían. La vaina parecía un fumadero de opio chainís, o chino, traduciendo, pues. Estaba esta jeva. Cómo se llama. Ah, claro, Ariadna. Senda loca, dígalo ahí. Eso. La tipa estaba acostada en el cuarto de Pedro Luis y yo daba unas vueltas por el depto y entré. La vi cual racimo frondoso de pasiones. Jejejeje. Le dije que qué pasaba, si estaba triste o borracha. O quién sabe, hice así con los hombros. Pero no, la chama estaba tranquila, en franelita y parecía meditar. Te lo juro que era la primera vez que le veía los brazos. Marico, nunca le había visto esas cortaotas, que estaban así como que todas juntas: blancas y salidas de la piel. Como que se había aplicado en ese cortarse los brazos. Bueno, le vi las cortadas y pensé: esta jeva está burda de frita, fritísima. Ahí me le siento en la cama y comienza a hablar en alemán. Sí, pana. Es que ella había vivido en Alemania un bojote de años cuando era más chama. Y había hecho danza, o teatro. No estaba nada mal, déjame decirte. Tenía sus buenas caderas y unas piernototas. Así de grandes. Uf, uf. Pásame la candela que se apagó esta vaina. Graciela, brod. Como te iba diciendo, marico. Cof, cof. Me senté en la cama y se puso a hablar en dialecto alemán. Ajjjzingbiuguen. Algo así sonaba. De repente dijo, en criollo, claro, o de lo contrario no le entiendo niente, que éramos unos esclavos. Le pregunté: ¿cómo es la vaina? Pero no por arrecharme sino porque no le había entendido bien. Repitió: los que están en esta fiesta son unos esclavos. Igual, ahí mismo capté esa especie de desprecio o de no sé qué. Y de nuevo empezó a hablar en alemán. Ajjjzingbiuguen. Todo me sonó a hitleriano, nazi, musofascista, skínjed. Poco rasta, en definitiva. Por qué piensa de esa manera, mi reina, dije. Con ganas de saber cuánto había de fritura en su cabeza y cuánto de verdad neonazi. Pero se hizo la que no me escuchaba. Entonces, me puse a acariciarle los súper cabellos y el hombro redondito. Hay que decirlo, sendas greñas y tremendas lolas que se gastaba la jeva. También le sobaba la barriguita. Y se dejaba hacer. Fue cuando se puso a cantar, bajito, en el idioma ese. De pronto, se calló y me miró con cara de verdadera tostá. No te puedo negar que me asusté un pelo. Puso los ojos saltones. Así. Me quedé sentado, tranquilazo, sin moverme un centímetro con un dedo en su ombligo. Y le comencé a acariciar de nuevo el hombrito y luego el cuello, que lo tenía suave, como culito de bebé, por decir algo, marico. Me acuerdo que se escuchaba una pasta de los Steel Pulse, que hacía poco yo había puesto. El cedé del concierto en La Lagunita. Sí, ése que estuvo bien chimbo: puro tombo y raqueteo, brod. Creo que sonaba el surco “Ku Klux Klan”, que es la merma y parecía puesto a propósito. Ah, pues, en serio. Tranqué la puerta con pestillo. Préstame la candela porfa. En qué estaba. Ajá, me senté de nuevo en la cama. Cof, cof. Pero ya no me interesaba mucho su discursito skín, más bien ni tonto ni perezoso me bajé el cierre del bluyín y le dije que había un micrófono para que cantara sus marchas alemanas. Eso le dije, marico. Ahí no más se puso a cantar a capela y luego ya no sé si me escuchaba o disfrutaba lo que me estaba haciendo. Eso nunca lo supe.
Me reúno a los días con el profe, como habíamos quedado, a las 6.30 de la tarde en O’Gran Sol. Sitio que está cada vez más decadente. Bueno, cervezas baratas y generalmente comienzan a llegar los conocidos. Un lugar para comenzar, para calentar motores que le dicen. Así es que allí estoy con Pellegrini revisando las anotaciones que ha puesto al borde de las cuartillas con letra medio tiritona. Como si fuera zurdo y se empeñara en escribir con la derecha. Le tengo que preguntar, entonces, por cada una de las indicaciones. Qué puso aquí, profe, y aquí. Se ve aburrido. Incluso me doy cuenta de que hay sugerencias incoherentes, las cuales están para hacerme creer que ha revisado con minuciosidad. Ni modo. Le digo si quiere ir a casa a celebrar mi cumpleaños y agrego que va a ir gente de la Escuela. Felicitaciones, dice. ¿Cuántos cumples? Treinta y cinco, señalo. Mira como si no me creyera. Después llama por celular a su esposa: mi amor vente a O’Gran Sol. Agrega otras frases que no entiendo y cuelga. Pedimos más cerveza. Me imagino que será para prender motores.
Paul es una ratica, lo que digo, una ratica. Lo vi meterse raudo en el cuarto de Pedro Luis, donde estaba la chica esta, que dice haber vivido en Europa con sus padres. Adriana o algo así. No sé. La pana como que le gustan las vanguardias artísticas de principios del siglo XX. O como que se quedó pegada en algo muy lejano. Antes del cumpleaños del Lalo, me la encontré en el pasillo de ingeniería comprando un libro. Era un texto de Karl Kraus. No es que fuéramos amigos, pero de repente conversábamos. Esto es literatura, dijo. Me insinuó que conocía a ese autor desde los tiempos en que ella vivía en Berlín. Pero la verdad es que no entendí si decía que allá lo había leído, o bien que había asistido a un montaje de su obra, o se refería a que lo conocía personalmente. Creo que quería darse importancia, como si uno no supiera que el alemán o austriaco ese murió hace mucho tiempo. La cosa es que nos fuimos al cafetín de la Facultad e intenté hablarle de expresionismo. Yo asomaba: el cine de Murnau (que pronunciaba Murnó, como si fuera francés, y ella me corregía: Murnau, como se escribe), o Trakl, o Benn, o el pintor Beckman, por sólo nombrar a los más conocidos. Ella insistía en corregirme la pronunciación. De pronto, me aburrí y fui por dos café marrones. Cuando volvía a la mesa le vi las cortaduras en los brazos. Le pregunté: ¿y eso? No, nada, cosas de la vida, murmuró. Ahí mismo pensé que Adriana era maniaco-depresiva, o que tenía que meterse un montón de pepas para funcionar. Ya conocía ese tipo de personas. Claro, por comodidad uno quiere pensar que los medicados suelen comportarse así. Es decir, pensé en ese momento: la jeva está medio loca y, como otros que andan medicados, tiende a dejar de tomar las pastillas que la mantienen bien. De improviso se sienten mejor, y por un desbalanceo químico, o por lo que sea, les estalla la pea loca. Digo yo. Aunque en verdad me dio vaina con ella. Nadie merece vivir con semejantes marcas en el cuerpo. O tomar pepas para andar como si no se estuviera aquí. Al tiempo fue lo de la fiesta en la casa del Lalo y Pedro Luis. Era viernes. Yo llegué como a las diez de la noche. Al entrar me tropecé con unos panas de la Escuela que iban saliendo a comprar cervezas. Los acompañé y al volver me puse a saludar al resto de mis compañeros y compañeras y a Pellegrini con su esposa. Todo bien hasta ese momento. Friken, el muy jalabolas, insistía en servirle whisky al profe. ¿Con agua o sin agua?, le gritaba desde la cocina cada vez que le iba a llevar uno. Y le cuidaba la botella como si fuera hueso santo. Epa, epa, que es del profe, decía manoteando. De las cervezas, que en realidad nunca son suficientes me he dado cuenta, se cambió el ambiente a varias botellas de ron, que aparecían llenas y de pronto estaban más vacías que la Plaza Bolívar a las dos de la noche. No es que hubiera mucha gente. Si mal no recuerdo, no pasábamos de quince, Pellegrini y esposa incluidos. No me gusta beber mucho, así es que veía cómo se hacían mierda y comenzaban a reírse de cualquier estupidez. Ya me estaba fastidiando y fue cuando vi a la rata pelúa de Paul. Lo vi entrar en el cuarto y al poco tiempo abrió y cerró la puerta muy rápido. Fui para allá y me di cuenta que estaba trancado. Bueno, seguro está con su novia, pensé. En la cocina me serví un cuba libre. Cero limón, como siempre en este tipo de fiestas. Ahí le pregunté a Pedro Luis quién estaba en su cuarto. Una amiga que le duele la cabeza, respondió con total ingenuidad. Conversé de cualquier cosa y sin que se notara me puse a hacer guardia fuera del cuarto y a golpear suave primero y después cada vez más duro. Paul se asomó, subiéndose el cierre del pantalón. Qué pasó, marico, farfulló, con esa cara de comelón regordete que lo caracteriza. Entonces vi a mi lectora de Kraus mirando al techo y pasándose la lengua por los labios. Abrí un poco más la puerta y empujé a Paul hacia afuera, que no se hizo de rogar. Cerré.
Mira, las fotos de la fiesta. Jajaja. Me gusta esta, se ve clarita. El de la izquierda es Pellegrini y, claro, la de la derecha es su mujer. Tan chiquita y feúcha. Marta creo que se llama. Pero igual levantaba esa noche. Todos querían cogérsela, o por lo menos hacerse la ilusión. También la mayoría estaban rascaos. Lo que se llama ebrios, como diría el Lalo. Y borracho no es gente, dígalo ahí. Claro. Además, en esas condiciones cualquier mujer si es gorda, adelgaza, y si es pequeña, crece. Eso es sabido. En algún momento, mientras le traía el whisky al profe, uno bien servido, como tiene que ser, Marta estaba acorralada por tres panas. Fue un poco después, en el hilo cronológico de los acontecimientos, como diría Carrera Damas, que saqué la segunda foto. Vacila: allí están las chicas bellas. Mira la jeva, acaba de entrar el semestre pasado a la Escuela. Bien rica es lo que está. ¿Ah, cómo dices? No, pana, a mí me gustan las gorditas: que haya de dónde agarrarse. Túquiti-túquiti, jajaja. La pequeñita del medio es la famosa Julia de economía. Ella es hija de argentinos. Bonita, ¿no? Esa chama es súper lanzá. La semana pasada me fui con ella y la doctora Carmen, mi amiga bióloga, a una fiesta. De repente se pusieron a dar los besos. Pana, con lengua y delante de todo el mundo. No es que sean cachapa. Pero de que se fajaron, se fajaron dándose los latasos. Las lenguas salían y entraban de las bocas. Era rico verlas. ¿Las lenguas son glándulas, o qué? En fin, esas chicas se fueron más o menos temprano de la rumba. Lamentablemente. En esta otra el profe ya estaba comenzando a embriagarse. No ves como que está despelucao. Y ya se había sacado la corbata. Es que él acostumbra a andar elegante. Vacila: ya ha pasado como hora y media entre esta y esta otra. A la botella de whisky le quedan como cinco dedos. Sí, se ve clarito. Pellegrini le tiene puesta la mano en la pierna al Cheo. Ahí se ve. Jajaja. Es que ese chamo es como medio pargo también y al profe se le anduvo mojando la canoa. Cheo se le pegó toda la noche y lo abrazaba de vez en cuando diciéndole que quería hacer con él su tesis sobre los carimbos. ¿Ah? Así le llamaban a los sellos que le ponían a los esclavos para marcarlos, como si hubiesen sido animales. Justo en el momento en que terminé de sacar esta fotografía, pasó Paul y me dijo que andaba en busca de unos rollin para fumarse un tabaco. Al rato salió Peter del cuarto con cara rara. Sí, el que se las da de intelectual y habla todo el tiempo de literatura y cultura europea y gringa. A veces se pone pesado, medio cansón, pero igual es pana. Es pana. Me asomé al cuarto. Entré. Allí estaba Ariadna en pantaleticas. Me dio vaina con Pedro Luis. Hace días no más comentaba que había tenido algo con esa jeva. No es que estuviera enamorado, pero le gustaba. Déjame decirte que igual está bien chévere. Eso de ser bailarinas les cae bien. Y bueno pana uno reacciona como macho. Dígalo ahí. Eso. La jeva tenía las piernas abiertas, que le llegaban al infinito. ¿Y qué iba a hacer yo que soy un simple ser humano? ¿Ah?
No sé. Anoche me nublé de repente. También cambiar de cerveza a ron da esta maldita resaca y además el monte. No joda. Coño, tengo la cabeza como si me fuera a estallar. Poco es lo que me acuerdo. A ver: en algún momento llegaron las chicas de economía y de sociología. Claro, las chicas faces, que les dicen. Estaba también Anais, con su discursito ecologista, Zamira, y Carmen, que es muy amiga de Friken. Y los de siempre: el grupete de la Escuela. Con Ariadna no es que estuviéramos empatados, ni mucho menos. Aunque ya veía una salida así. No estoy diciendo que ella sea una buscona o algo por el estilo. No sé. Igual se le notaba como que tenía un tornillo medio rodado, esos tornillos que se aíslan. Eso es verdad, la chama está como aislada. Bueno, no sabría decir si se siente sola o aburrida. Tampoco creo que se haya intentado quitar la vida. Los verdaderos suicidas no andan con la mariquera de las cortaditas. Los de verdad se lanzan por lo menos de un décimo piso por los aires y disfrutan su caída. El viento del abismo que los cubre, digo yo. O cuando pueden se dan un tiro en la boca, o en la cabeza, que para los efectos da lo mismo, o bien se toman unos cuantos cc de cicuta. ¿Fue esa vaina que se tomó Sócrates? Que uno sepa que no va a haber vuelta atrás. Coño. ¿Queda Atamel por ahí? En fin. Creo que hay mucho de exhibicionismo en eso del suicidio. A propósito, el otro día me quedé en la casa de Nassim y cuando salía en la mañana vi a un tipo ahorcado. Así como te lo digo. Aunque suene increíble: estaba en una terraza colgando de una soga. No lo podían sacar porque esperaban al juez y a los médicos forenses. Además, claro, los bomberos estaban allí cuidando al muerto. A esa hora pasan carros que jode y mucha gente a pie. Nassim me contó que el muerto era hijo de un juez. Es decir, no hay que ser un súper Freud para hacer relaciones evidentes. Ah, sí, ella aún está en mi cuarto. Creo que voy a comprar una cerveza para quitarme el megarratón. No, tranquilo, déjala ahí, está como concentrada en algo.
La democracia significa poder ser esclavo de cualquiera diría Kraus claro sencillamente estos esclavos que ni siquiera conocen al vienés iconoclasta piensan que la democracia es la libertad y que es lo mejor que les ha pasado porque hablan de historia como si la historia no fuera una gran pesadilla que si me preguntan más bien no quisiera recordarla ya que sólo es una pobre quimera del pasado esa ilusión de progreso que no ha evidenciado en absoluto nada sino miseria y pobreza del espíritu pues ni siquiera se puede estar en una fiesta tranquila y aparecen mentecatos que quieren aprovecharse de la que está un poco más jodida claro de seguro se reirán de mí ya que una tiene ideas diferentes y aquí la esclavitud piensa que las mujeres estamos hechas para que les llenen los huecos ellos hablan de sexo en tres platos como si fuera un hueco o un orificio carente debilitado por su falta de llenura y anoche pude comprobarlo cuando comenzaron a entrar de a poco a intentar llenar mis agujeros los malditos y no se daban cuenta que era yo la que los estaba utilizando como esclavos que son así se dejan ir por sus impulsos primarios los primates que en unos cuantos años más van a ser unos barrigones sin pelos en la cabeza y todo lo que andan ideologizando y censurando se va a ir al hueco mortuorio con ellos además estos esclavos son unos ignorantes que no saben dónde están parados y que se sienten bien porque aprenden unas fechas y a escribir sandeces eso es lo que hacen pero nunca se preguntan para qué son las cosas o peor aún no se preguntan para dónde va el presente claro dicen y los he escuchado en los pasillos y en las cafeterías y dicen que los hitos de la historia y los acontecimientos como propuestas casi de vida como si se pudiera empezar a construir algo desde tan poco es decir algo totalmente inventado que aunque suene loco es inventado en todo caso entraban de a poco y me veían como si fuera una pieza de carne lanzada al azar en la cama y yo les seguía el juego a los malditos les decía que eran unos esclavos y se asustaban pero el deseo pudo más sin duda el deseo siempre puede más porque es el motor de la historia como dice Marcuse aunque él dice que la libido en fin se quedaban allí boquiabiertos cuando les mostraba mis intimidades las que las mujeres ya estamos condenadas a cubrir aunque estemos vestidas y se babeaban los puercos con sus caras desencajadas y ya no me miraban a mí sino a algo que podía ser un pedazo de carne y con el deseo que querían incrustarme y llenarme los orificios y los dejaba hacer total en qué pueden cambiar las cosas cuando nada va a cambiar durante siglos y seguro que si el gran Karl Kraus los viera se reiría de ellos y diría que la democracia significa poder ser esclavo de unos cualquiera.
A Pellegrini hace tiempo que no lo veo. Vinieron las vacaciones y después se fue a estudiar a Sevilla, donde van los historiadores que están pendientes de algo. Sin duda, la imagen del profesor quedó bastante estropeada luego de la fiesta. Muchos suponían que era bisexual, pero del dicho al hecho la duda es la que prevalece. Pobre Pellegrini. Nunca se habría imaginado que sus estudiantes, y compañeros de juerga por una noche, lo iban a despedazar así. Hasta fotografías le sacaron las ratas. Es que en esa escuelita la gente es muy conservadora. Por ejemplo, la otra vez yo andaba con una revista de cine en la que trabajaba de editor y le dije al gallego de Historiografía si quería comprarme un ejemplar. Cuando empezó a hojear la revista, con cara de asco, muy típica en él, descubrió una fotografía casual de Almodóvar (de esas que acompañan una noticia pero no se relacionan mucho con lo escrito) y la lanzó sobre la mesa haciéndose el ofendido. Ése es un marico, dijo. Claro, uno se pregunta cuál es la novedad. El mundo completo sabe que Almodóvar es gay. El grasiento y maloliente profesor Rodríguez Silveira insistió y uno entiende que un gallego, sea lo que sea, a menudo saldrá con ese tipo de cosas. ¿Franco no era gallego? A Ariadna la vi de lejos en Tierra de Nadie hace unas semanas. Creo que me divisó pero se hizo la que no me veía y pasó como a veinte metros sin mirar hacia los lados. Corregí el trabajo y lo titulé: “Piar en la historiografía”. Era mi primer artículo histórico y lo había hecho en sesenta y cuatro días. Es decir, me leí la bibliografía en dos meses y lo escribí en cuatro días. Ni más ni menos. Me armé de valor y lo mandé a las Jornadas de Investigación de la Facultad. Allí, con mucho nerviosismo leí diecinueve cuartillas. Hubo tres preguntas de los asistentes (había seis personas). Las típicas: por qué el tema, las fuentes de dónde provenían y si tenía pensado hacer algo más grande con ese trabajo. Lo primero: es un héroe patrio que no ha sido muy estudiado. O dije, quizá, algo más grandilocuente. Dos: no me acuerdo qué respondí. Tres: voy a hacer mi tesis. Mi artículo sólo daba cuenta de los últimos días del personaje curazoleño. El tiempo de “la caída del héroe”, como le había puesto dramáticamente a lo que describía el fin de esa extraña vida. Todo me salía pésimo y Piar me entendía. Eso significaba que uno iba a la deriva y galopaba, al igual que él, por las ennegrecidas noches hasta ser acorralado. En estos días me dijeron que iban a meter mi Piar en el libro Temas de historia contemporánea. La verdad es que ya cambié el tema de tesis y no le veo por ninguna parte lo contemporáneo a mi texto. En fin, ellos verán.
Cuento incluido en la antología De qué va el cuento, compilada por Carlos Sandoval (Alfaguara, 2013).