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Corina abre el buzón del correo sosteniendo entre el hombro y la oreja el teléfono celular; toma las revistas que recibe puntualmente, producto de las costosas suscripciones que tanto esfuerzo le suponen y se dispone a subir los tres pisos que la llevan a su apartamento. Usa la escalera para ejercitarse un poco, intentando evitar la acumulación de grasas. Aunque desistió, después de diez años de divorciada, de la idea de volver a tener pareja, piensa que las canas y la presbicia son más que suficiente; no quiere, además, un abdomen flácido. Está convencida de que la correcta postura contribuye a formar un buen cuerpo; pasa gran parte del día sentada entre la silla del escritorio y el asiento del automóvil, por lo que cuando sube las escaleras se pone derecha, aprieta el estómago y en cada escalón comprime las nalgas. Al llegar vuelve a su habitual andar relajado y en las tardes, según el cansancio, puede inclusive arrastrar los pies, pero esos peldaños los recorre con el mayor esfuerzo, esperanza y dignidad.
Ese mediodía, apoyada en el tope de la cocina, revisa la correspondencia y observa con nostalgia un sobre dedicado a «Mimina», como solían llamarla las amigas de bachillerato. El sobre contiene la invitación de una antigua compañera del colegio, a quien vio por última vez hace varios años en una reunión de ex alumnas.
«Voy a tratar de ir —piensa—, será un plan diferente y no la puedo pasar mal. ¡Irene es de esa gente de toda la vida!».
La idea de asistir a la comida le viene bien pues está de ánimo bajo; el sentido del humor siempre ha sido su aliado, hasta en los más difíciles momentos de la vida y sabe que ese don se alimenta del contacto con gente cordial y de energía positiva, que últimamente se le dificulta conseguir. Recuerda que alguien le había insinuado que el desánimo es «el síndrome del nido vacío», el mismo que abatió a Tony en el primer capítulo de la serie Los Soprano. Ciertamente los hijos han crecido y cada vez están menos en la casa, pero descarta esa teoría. Ella disfruta compartiendo con los muchachos, ya grandes, con criterio e ideas novedosas, y recuerda con horror los primeros años de sus vidas. Fue una esclava de esos niños; entonces se sentía agobiada por comprar la comida y prepararla, hacer transportes, supervisar tareas, leer cuentos, rezar, cortar uñas, sacar piojos y además tratar de mantenerlos sanos psíquicamente a pesar del abandono del padre, quien los dejó por una mujer de origen humilde y menos enrollada que ella, cuando los niños estaban todavía chiquitos. Ahora está orgullosa de la relación que tiene con sus hijos adolescentes, arreglo basado en el respeto y la mutua colaboración. Al comienzo de este nuevo período (cuando los retoños ya no respondían sumisos a sus exigencias sino que contestaban groseramente a sus solicitudes de colaboración) comprendió que discutir sólo iba a deteriorar la relación. Asistió a un taller donde le explicaron que las personas maduras deben comprender y aceptar que no se puede cambiar la personalidad inquieta de los imberbes, que es inútil batallar con ellos pues tienen más resistencia, no sufren de culpa y después de las discusiones se vuelven iracundos e inaccesibles. Sólo queda esperar a que pase este período caótico, en que son desordenados y se me visten de forma extravagante, etapa que ciertamente es un desbarajuste. Se consuela pensando en que la Biblia dice que «al principio todo fue un caos» y no pierde la esperanza: esta fase puede significar un paso que traerá como resultado un adulto admirable, reflejo de los ejemplos que recibió durante su vida. A partir de esa reflexión empezó a esmerarse en la relación con sus hijos, a tratarlos respetuosamente y mostrarse agradable ante ellos; decidió escuchar sus conversaciones y conocer sus gustos. Ahora los imagina inquilinos con quienes comparte la vivienda y que le pagan ocasionalmente con un cariño que recibe como el mejor de los reembolsos, ya que son los únicos que le brindan la calidez del contacto físico.
El trabajo como escritora la ha convertido en el tipo de persona que hace preguntas constantemente y es poco solicitada en la mayoría de los eventos sociales. A los hijos les inquieta que la madre haga públicas sus privacidades si no tiene a mano un tema colectivo para desarrollar en el espacio semanal que escribe para un periódico. Corina nota que la gente que frecuenta sólo está pendiente de ser mencionada de alguna manera en su columna, aunque no siempre sea ocurrente. No es una periodista famosa, eso le hubiese permitido conocer personas interesantes; los elogios se reducen únicamente a las llamadas de los familiares cercanos que la felicitan por algún artículo o le sugieren incoherentes ideas para que las desarrolle, con el afán de sentirse colaboradores. De vez en cuando algún lector la contacta a través del correo electrónico para hacerle observaciones, la mayoría de las veces críticas poco constructivas. Piensa que sólo los necios la toman en cuenta y que nadie importante le escribe.
Admira la obra de escritoras como Paula Fox y Sylvia Plath; supone que la soledad de la primera y la fragilidad de la segunda estimularon su apasionada literatura, mientras que Corina siente que no ha alcanzado ese grado necesario de infelicidad para producir textos tan conmovedores. No considera interesante dar a conocer las anécdotas de su familia, por más pintorescas que sean, ni tiene paciencia para estudiar algún personaje histórico y convertirlo en héroe de sus relatos, pero siente que debe escribir: se cree poseída de un don especial, que las cosas le susurran al oído y capta un diálogo invisible detrás de los hechos. Muchas veces se apresura ante sus ocurrencias para modelarlas en el papel y no perder lo imaginado en el terrible desencanto del olvido. Durante años la poesía le sirvió de catarsis, pero la abandonó porque al publicar sus versos sólo elogiaron el trabajo de la imprenta, nadie tomó en cuenta lo que expresaban y la experiencia le demostró, además, que el sentimentalismo no ayuda a mantenerse económicamente. Desde entonces decidió desechar la sensiblería y se obligó a escribir metódicamente las cuartillas que debe entregar a la prensa con rigurosa puntualidad, pues aunque no involucre el alma es este tipo de escritura la que le da de comer.
Hora tras hora llena folios en la búsqueda de temas escritos con la palabra correcta, tratando de expresar las imágenes que se le acumulan en la mente y suponiendo que así consigue trascender. Sabe que es muy difícil alcanzar notoriedad con la pluma; es duro el trabajo de escribir, requiere de mucho tiempo para la introspección y el repaso. Le cuesta conseguir períodos de serena reflexión, su vida está constantemente alterada por obligaciones cotidianas que la agitan y le acortan las horas. A veces sondea el alma buscando sincerar los sentimientos y emergen imágenes del padre de sus hijos. Ella lo conoce a fondo, calibra su estado miserable y no dejan de sorprenderle las reacciones de ese hombre con el que compartió muchos años. Sabe que el origen de los desequilibrios del ex marido data de los maltratos que sufrió en la infancia. Corina lo amó hasta el punto de imaginar que con la intuición podría reivindicarlo; soportó con paciencia los variables estados de ánimo por los que él pasaba. Al cesar los momentos de agresividad, en el posterior desaliento, cuando quedaba consumido por la inútil confrontación, el hombre desolado se refugiaba en sus brazos. De nada valieron las ocasiones en que después de hacer el amor compartieron la placidez por haber alcanzado juntos la plenitud. Corina esperó inútilmente que esa imagen que parecía tan verdadera le sirviera de asidero a su pareja para salir de las depresiones; sin embargo, él se mantuvo resentido, incapaz de ver las cosas buenas, siempre negativo, sin importarle las frases de aliento y los libros de autoayuda que ella le hizo leer. Después del último intento desesperado, argumentando sobre el futuro y la estabilidad de los hijos, recurrió a la pasión que una vez los unió y le hizo llegar unas letras, cargadas de erotismo, que mostraban el deseo de volver a estar con él. No supo si recibió esas líneas o fue inútil manifestarle sus ansias de sentirse amada. Todavía se avergüenza de su incapacidad para recuperar a ese hombre cuyo dibujo nítido tiene aún en el alma. Nunca logró conmoverlo ni penetró en el fondo de su existencia, por lo que fue imposible salvar el matrimonio a pesar de haberlo amado con vehemencia. Durante los primeros años sin su compañía, tenía el cuerpo cargado de tensiones que le ocasionaban dolores musculares, además de una actitud generalmente exaltada, atribuible —según piensa— a la falta de sexo. Cuando lo recordaba, una terrible ansiedad le hacía latir aceleradamente el corazón. Al intentar dormir, no hallaba el cuerpo que tantas veces la había complacido; en la cama no volvió a encontrar la cálida piel del hombre que durante mucho tiempo fue su marido. Posteriormente, después de algunas decepciones, renunció a la búsqueda del sustituto perfecto. Se dio cuenta de que los tipos que le parecían apetecibles, de risueño aliento y brillante piel, eran demasiado jóvenes; y que, aparte de la satisfacción que le brindaban sus caricias, las conversaciones le resultaban fastidiosas. Mientras que a los individuos maduros con los que había intentado una relación los encontró repletos de prejuicios y sin libertad para el amor. Comenzó al mismo tiempo a sentir el paso de los años y poco a poco se convenció de que ya no podía conquistar a nadie. Se percata de que dejó de ser una amante espontánea y creativa por estar pendiente de esconder —tras la oscuridad, las sábanas o las manos—, la piel flácida de los pechos caídos. Está dedicada al celibato y, como ella dice, se cauterizó el alma; supone que nunca más volverá a abrir la gaveta del amor, pero imagina en secreto que algún individuo ardiente se le acercará un día para dejarse tentar por una deliciosa aunque falsa ilusión.
Mientras piensa, Corina va recogiendo los platos sucios, aprovecha para regar las matas que tiene en la ventana de la cocina y limpiar la caja que sirve de vivienda a unos pequeños morrocoyes, la única mascota que ha permitido a sus hijos en la casa, pues son discretos y se mantienen con una dieta económica, aunque reconoce que son aburridos y que el único momento de diversión que han tenido con los animalitos fue cuando su hija les pintó las uñas con esmalte rojo. A pesar de no ser ordenada ha decidido mantener la organización de la vivienda, ya que pierde mucho tiempo cuando busca algo y no lo encuentra. Lo que le pagan por los artículos en el periódico y las esporádicas colaboraciones como guionista de telenovelas no le alcanza para gozar de servicio doméstico. Cuando pudo contratar muchachas para las tareas caseras la suerte no la acompañó, resultaron desaseadas e inclusive llegaron a robarle; con esa mensualidad prefiere pagar la televisión por cable. Opina que la disposición correcta de las cosas es una cuestión científica, asunto de metodología y disciplina; considera que las personas ordenadas están en un nivel más avanzado de la evolución. Tener un lugar para cada cosa la ha ayudado a reducir esos escenarios en que algo —que ha visto segundos antes— desaparece frente a su nariz. Esta situación, aunque resulta increíble, suele ocurrir y una de sus tías la atribuye a «la perversidad de los objetos inanimados». Intenta me agrupar los artículos según su especie —libros con libros, discos con discos, franelas con franelas—, pero hay ocasiones en que todo está revuelto; entonces se ve obligada a organizar a fondo el apartamento y dedica largos períodos a colocar en «su santo lugar» lo que está desarreglado. Luego de estas batallas contra la anarquía, se siente satisfecha porque controla el hogar. Cuando baja la guardia, los hijos dejan las cosas en cualquier sitio y Corina, resignada, admite que de nuevo tiene que consagrarse a una jornada de orden.
Cuando finalmente deja la tarjeta de invitación que acaba de recibir, sostenida por un imán en la puerta de la nevera, se da cuenta de que debe empezar a buscar la ropa que se pondrá esa noche. Desde hace años no compra nada nuevo, en el clóset sólo tiene unos bluyines anticuados y lo único elogiable de ellos es que conservan la misma talla de cuando estaba soltera. Se siente bien cada vez que se enfunda en esos pantalones, las dimensiones del cuerpo no le han cambiado mayormente y todavía le siguen quedando cómodos. Percibe cierta nostalgia por el tiempo en que le interesaba su arreglo personal; no se alisaba la ondulada cabellera, la lucía al natural pues le daba un aire rebelde del cual se sentía orgullosa. Llevaba con vanidad los primeros pantalones de bota campana con el corte más abajo del ombligo, que le hacían parecer el talle más largo y dejaban ver los huesos de la estrecha cadera. Entonces se decoraba los brazos con una extensa colección de ligas negras que sacaba de las tapas de las compotas y llenaba el incipiente escote con collares de diminutas cuentas de colores. Cuando tenía una fiesta tomaba sol en el patio de la casa para que el tono de la piel le resaltara durante la noche y, engalanada con la frescura de la juventud, salía a la calle con la sensación de comerse el mundo; podía enfrentarse a cualquier diálogo en el que se hiciera referencia a un escritor o un filme de moda, con puntos de vista actualizados y comentarios cargados de fino humor.
Ahora lleva una vida mecánica y hasta cierto punto aburrida si la compara con la época en que no se perdía ningún festival de teatro o de cine; iba a dos o tres funciones diarias, conocía a los organizadores y participantes de los eventos, asistía a las recepciones de esos grupos bohemios, utilizaba franelas alusivas a los espectáculos y repartía panfletos publicitarios. Todavía mantiene intacto su apetito por la información y los eventos de actualidad, pero en la juventud era tanto su arrojo que una noche llenó de grafitis varias paredes residenciales; en ese entonces, la mayoría de los jardines de la ciudad estaban abiertos y los escasos muros resultaban una tentadora pantalla para publicar sus ideas.
Sin darse cuenta se puso a hablar sola y mientras se dirigía al cuarto para ponerse a trabajar se dijo en voz alta:
—¡A ver si te animas un poco, mijita!
Editado por Editorial Ex-Libris, 2009.