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—Per la Madonna! Magari potessi dargli una mia gamba a quel povero cavallo!
Estaba tirado en el piso, jugando con sus carritos Match Box, cuando escuchó el histriónico grito de la conserje. “¡Ah, si pudiera darle una de mis piernas a ese pobre caballo!”, gemía ella, en un sonoro y bien silabado italiano. Enseguida se le formó en la mente la imagen de un jamelgo con la pierna de la vieja incrustada en su cuarto posterior, reemplazando a la pata amputada. La conserje, la señora Lía, era una italiana solterona, sin familia cercana, que andaría en los años finales de su vida; su único pasatiempo conocido eran las carreras transmitidas desde el hipódromo de La Rinconada, los domingos en la tarde. Su lamento se debió al accidente sufrido por un potro, que al caerse se había fracturado; en ese momento el locutor deportivo, con hípica voz, decretaba su sacrificio. La señora Lía estaba a punto de llorar de dolor por un animal al que le había seguido la pista desde su primera presentación, y el muchacho no entendía bien el motivo de su angustia. Total, era un caballo en blanco y negro con una pierna de mujer. Una gorda, pálida y varicosa pierna de mujer, por lo que había visto una vez que la anciana se agachó y enseñó mucho más de lo que él hubiera querido ver.
Esa noche soñé con un animal extraño, una especie de centauro: era un caballo con el torso de la conserje, que corría por las escaleras del edificio mientras barría con su cola, pero en un momento determinado tropezó, lo que ocasionó que rodara hacia abajo por la escalinata. En el accidente se fracturó una pata, y un cirujano aparecido de la nada lo señalaba, diciendo:
—Córtenle la pierna, hay que salvar a la señora Lía.
Sí, recuerdo ese episodio. Tenías tal vez cuatro o cinco años, y un terror reverencial a esa anciana. A veces, cuando tu mamá necesitaba salir y no podía llevarte consigo, te dejaba en su casa —la conserjería: un apartamentico escuálido, sin más adornos que unos platos desportillados con vistas de alguna ciudad italiana— y te sentabas en un rincón, tratando de hacer el menor ruido posible mientras la vieja cocinaba en su precaria estufa algún potaje de olores nauseabundos, que te produjeron una repulsión a los coliflores sancochados que todavía conservas. Esos momentos te acompañan hasta hoy en día, en forma de recuerdos olfativos que te producen comienzos de arcadas.
Además de los olores, las reminiscencias visuales también están grabadas con mucha verisimilitud en su memoria. Imágenes, algunas en blanco y negro, otras en color, almacenadas en la más tierna infancia, que aparecen de la nada, sin que él las evoque. La vista desde su casa, por ejemplo. La geografía de un niño de 3 o 4 años, sobre todo si pertenece a una clase media que hasta hace poco era baja, es muy limitada. Él no escapó a eso. Descubrió el mundo de a poquito: al principio desde un remedo de balcón en el cual se asomaba a ver a su padre caminando a lo lejos, rumbo a su trabajo, mientras agitaba su manito en vana espera de que aquella figura minúscula se volteara y devolviera el saludo. Y un poco desilusionado se instalaba horas a contemplar la inmensa mole azul (así la vio siempre; por más que fuera una montaña llena de vegetación, sus ojos la percibían color añil, sobre todo hacia el atardecer) y soñando con poder escalarla algún día. O viendo la variedad de edificaciones que se asomaban a la avenida Casanova. Su favorito era el edificio radio: lo bautizó así porque tenía en su tope, hacia una de las esquinas, una torrecilla —¿la sala de máquinas del ascensor, quizás?— que siempre lo hizo pensar en la antena de una radio, como la que tenía el pequeño aparato de transistores, portátil, que le regalaron un diciembre.
La verdad, eras un niño bastante raro. De no haberte dicho alguien que la televisión era en blanco y negro no te hubieses dado cuenta, pues jurabas que lo que veías era a todo color. Y tampoco notaste que las comiquitas no estaban dobladas al español, en los tempranos años 60. Te sumergías en las imágenes, te embebías en ellas, te volvías otro personaje más.
Pienso que exageras. A todos los niños les pasa lo mismo, a esa edad. No creo haber sido más raro que los demás. O de pronto sí, quién sabe. Dígame lo que me llamaba la atención: recuerdo, de todos los cartones animados que vi durante la infancia, aquél sobre unas pulgas que vivían en un perro, que era como un enorme país, interminable, para ellas, y daban largos viajes sobre la superficie peluda (cada pelo, en su perspectiva, era un árbol gigantesco). Esa animación me hizo entender la relatividad de las cosas, y el tema del marco de referencia: tal vez nosotros los humanos éramos unas pulgas montadas sobre un perro, que a su vez era una pulga montada sobre un perro y así hasta el infinito.
Otra cosa que le fascinaba era ver la espuma que salía a chorros del desagüe de la lavadora, que iba a parar a la ducha. A ciencia cierta no está seguro, pero tiene recuerdos de haber estado sentado en el piso de la regadera, rodeado de ese mar de espuma. Algo muy improbable dada la fobia a los gérmenes de su madre, quien nunca hubiese permitido que su hijo estuviera en contacto con los desechos de la lavada.
A los tres años comenzó a ir a la escuela, el pequeño colegio “Bello Monte” ubicado en una vieja casa de la calle Baruta, del que recuerda si acaso un patio con un área techada al fondo, y en la entrada un salón en donde el objeto preponderante era un gran piano, cuya tapa le cayó una vez sobre los dedos causándole un inusitado dolor y un enorme respeto hacia esos instrumentos misteriosos y solemnes, que podían producir sonidos que nunca antes había escuchado.
Ese piano. No me acuerdo de mucho, sino de estar frente a él, rozando apenas con fascinación sus teclas, y después la sorpresa y el ruido de esa pieza de madera oscura al caer con inaudita fuerza encima de mi pequeña e intranquila mano. Es el recuerdo más vívido de ese primer año escolar. Ese, junto a la corta caminata diaria agarrado de mi madre, quien me conducía allá a las siete de la mañana y luego me buscaba cerca del mediodía. Un paseo que todavía soy capaz de recrear en la mente; la minúscula región que conocía del mundo.
¿Estás seguro de que eso ocurrió en verdad, o es una de tus invenciones, a lo mejor inspirada en algún episodio televisivo, que era tu pasatiempo predilecto? ¿No será ese resquicio que separa la realidad de lo ficticio? ¿Otra de tus memorias forjadas?
No lo creo. El recuerdo es demasiado real; aún a distancia de más de medio siglo puedo sentir la sensación dolorosa, y escuchar mi grito, y la algarabía que se formó a mi alrededor junto con la reprimenda de alguna persona mayor, tal vez mi maestra, que me regañaba por estar tocando lo que no debía. Pero sigamos. En ese colegio transcurrí apenas un curso, al que hoy se le da el nombre “maternal”, y en aquel tiempo se le decía “pre-kinder”; al año siguiente me inscribieron en otro, que quedaba lejos, en unas colinas, y ya no iba a pie sino en un gran autobús color verde manzana, que me obligaba a madrugar mucho antes y permitió expandir mis horizontes en cuanto al conocimiento de la ciudad. Un viaje cotidiano, siempre por las mismas calles, mortificado por los gritos de las dos o tres decenas de párvulos que ocupaban el transporte, como le decíamos, y en el cual trataba de conseguir un puesto pegado a la ventanilla, para observar el paisaje urbano que desfilaba frente a mis ojos. No lo sabía, pero estaba atestiguando la conversión de la Caracas provinciana, en la que había nacido, en una gran urbe, que se desbordaba hacia el este. Frecuentes demoliciones de casas y pequeños edificios que luego eran reemplazados por construcciones gigantescas, y solares vacíos que en el lapso de algunos meses estrenaban relucientes torres de concreto armado y cristal sobre ellos. Y unos cuantos inmuebles emblemáticos, con nombres misteriosos como “Toki Eder”, que gracias a mi reciente alfabetización podía leer de corrido a pesar de no entender su significado. Bello Monte, Las Mercedes, Chuao, Las Colinas. Urbanizaciones que todavía eran residenciales pero comenzaban a desarrollar un comercio incipiente, como lo atestiguaban los negocios que se establecían en los bajos de los edificios: casas de abastos, mercerías, librerías, y otras tiendas que expendían rubros necesarios en el quehacer cotidiano.
La vida escolar supuso el descubrimiento de un nuevo mundo. Un mundo en donde había gente distinta a sus familiares cercanos, niños de su misma edad, actividades diferentes, letras, números, pizarrones, tizas, cuadernos cuadriculados, lápices y creyones. Y una señora que le daba órdenes, que no era su madre. La disciplina impuesta por figuras femeninas, eso parecía ser una constante en su todavía corta vida.
Ya por esa época solía bajar a la calle, pero aún no solo. Siempre con mi madre como vigilante. Pendiente de que no me fuera a caer cuando corría, que no me peleara con los vecinitos, que no estropeara la ropa. Pero, como yo era algo desastroso, por lo general acababa más bien sucio. Tenía una gran predisposición a mantener contacto con las manchas de grasa presentes en el estacionamiento, sitio donde, por lo general, pasábamos las tardes aprovechando que en esas horas estaba semivacío, ya que los inquilinos que poseían vehículos se encontraban en sus respectivos lugares de trabajo. Cuando nos cansábamos de estar allí, íbamos a la entrada del edificio, en donde había un par de locales comerciales y un amplio descanso que lo separaba de la acera, lugar propicio para correr hasta el cansancio. Frente a mi edificio solía pasar un carretón halado por un caballo, que tenía en su parte posterior una especie de jaula que, por lo general, estaba repleta de niños. Creo que la primera vez que lo vi me asusté, pues pensé que se los llevaban presos. Tal vez lo asocié con una escena del libro Pinocchio, que me habían mandado de Italia, y en la cual se llevaban a los niños engañados con la promesa de un circo, pero estas son elucubraciones que me hago ahora. Luego supe que era un señor que por una módica suma paseaba por las calles de la urbanización a la chiquillada. Una de mis primeras frustraciones en la vida fue no haberme subido en él. Nunca me concedieron el permiso para hacerlo. Entonces miraba a los niños más afortunados subirse a la carreta, buscando acomodo en los bancos corridos de la plataforma, asomándose por los barrotes de la improvisada cárcel rodante, felices y expectantes. Y seguía con la mirada, hasta donde me alcanzaba el rango visual, el lento traqueteo de la carreta por el medio de la calle arbolada, acompañado por el sonido de las coces del caballo.
En realidad tú tampoco hiciste mucho para lograr subirte a esa carreta. Bastaba un poco de empeño, y ella hubiese cedido. Pero nunca te gustó imponerte sobre tu madre. Era algo más fuerte que tú. No sé qué tanto había de respeto y qué tanto de miedo, pero el hecho concreto es que nunca te atreviste a contradecirla.
A los seis años tuvo su primer encuentro con la muerte. El acontecimiento se materializó gracias a un telegrama, enviado desde Italia, en el cual se anunciaba, en el escueto lenguaje que permitía la brevedad del formato, el fallecimiento de su abuela paterna. No le afectó mucho, por supuesto. A esa abuela jamás la había conocido, y sabía de su existencia y de su fisonomía gracias a las fotografías que su madre guardaba en un álbum de cartulina, de hojas negras, en las cuales las imágenes se fijaban mediante unas cuñas de cartón azul celeste autoadhesivas. Gracias a esas fotos, que ojeaba a veces en las tardes lluviosas cuando no había nada que hacer, supo de la larga familia que tenía en el otro continente. Fotos en blanco y negro, de gente desconocida pero que llevaba su misma sangre. El luto lo observó no en el cambio de vestimenta –por lo menos a los niños les evitaban ese trance– sino en la tristeza palpable que embargó a sus padres, sobre todo a su papá quien veneraba a su viejita y no había podido verla desde su emigración definitiva, diez años antes. Durante todo ese tiempo, religiosamente, parte de sus ganancias viajaba bajo la forma de giros postales a Italia, y así paliaba de alguna manera la pobreza de su gente. Ahora se enfrentaba a lo inevitable: más nunca vería de nuevo a su madre, y fue un golpe muy duro. En ese momento la economía no permitía realizar viajes, así que tampoco pudo asistir al funeral, para su mayor desconsuelo.
¿Recuerdas el sueño de tu madre, con la abuela?
Claro, lo tengo muy presente. Fue unos meses después de su deceso. Ellas dos estaban en una especie de balanza, cada una en un plato. La nonna le decía: “¡Ven conmigo, no me dejes sola!” y ella pensaba que no podía ir allá, pues estaba muerta y eso supondría abandonar a su familia. Siempre me intrigó el significado de ese sueño.
Es bastante obvio, ¿no lo entiendes todavía? Haría las delicias de un psicoanalista.
Fue un poco más tarde, dos o tres años quizás, cuando empezó su etapa solipsista. Tal vez como manera de refugiarse de la hostilidad del mundo exterior, resolvió que vivía en una especie de realidad virtual en la cual el único ser con vida era él, y todo lo que pasaba a su alrededor se debía a su imaginación. Las enfermedades, las muertes, los accidentes, nunca le iban a ocurrir, puesto que nada de eso existía en la realidad. Veía pasar los acontecimientos que sucedían a su lado como si de una película se tratara, y él fuese el único espectador de esa función continuada que era su vida.
También ocurrió que en ese tiempo me exiliaron del cuarto en donde había dormido hasta los siete años, que compartía con mi hermana, y me acomodaron un lugar en el pasillo que dividía la sala de la zona íntima del apartamento. Mi lecho era un sofá-cama, que distendía mi madre todas las noches. Tengo un recuerdo muy embarazoso: la primera vez que lo utilicé me oriné dormido, cosa que nunca me había pasado antes desde el momento en que abandoné los pañales. En mi recuerdo, me toman en brazos y me llevan al baño, donde me asean. No me regañan, es posible que se sientan un poco culpables por esa micción incontrolada.
No deberías buscar excusas para explicar tu comportamiento, ni volcar sobre otros tu sentimiento de culpa. Esa que narras es una circunstancia nimia, ridícula. No es, no debería ser, una experiencia traumática ni mucho menos. La verdad es que sentías terror de estar solo. Por primera vez en tu vida dormías sin ninguna compañía, y el miedo te embargaba. Un miedo, por otra parte, del que más nunca pudiste deslastrarte, que te ha acompañado siempre desde ese momento. Por mucho que intentes ocultarlo, por mucho que te lo niegues a ti mismo. En el fondo eres bastante cobarde.
No considero que sea un cobarde, por lo menos no más que el común de la gente. Pienso que se trata de instinto de supervivencia, en todo caso. Hasta ahora me ha servido, y espero que me siga acompañando por el tiempo que me quede. Pero permíteme continuar con mis recuerdos, hazme ese favor. La historia que quiero contar no comienza aquí, ni en ese momento. Esta historia se origina unos veinticinco años antes, y en un lugar muy lejano: Verona. Una ciudad hermosa, pero violada por la segunda gran guerra, víctima de frecuentes bombardeos y voladuras de vetustos puentes, algunos construidos en el siglo I. Ciudad romana, con su anfiteatro al que los lugareños llaman desde tiempos inmemoriales “L’arena“, escenario de batallas épicas entre gladiadores, cuyo interior guarda ecos de muerte. Pero también ciudad medieval, con su castillo feudal, “Castelvecchio“, y ciudad renacentista, con sus elegantes edificaciones rematadas en estucos blancos y ladrillos sin revocar. Una ciudad que por su ubicación geográfica hubo de ser fortificada con gruesas murallas, y que pasó por diferentes gobiernos: el veneciano, el austríaco, y por último el de la Italia que se comenzó a consolidar como país apenas a finales del siglo XIX.
La escena no la vi, claro. Imposible que la viera, ya que había ocurrido veinte años antes de mi nacimiento. Pero me la contaron una vez, y se me quedó grabada en la mente. Un muchacho, de unos 16 o 17 años, arrastrando una carreta por el medio de la adoquinada avenida. El vehículo está atestado de mercancía variada, que es codiciada por los transeúntes, dada la gran escasez causada por la guerra. El joven, flaco, tal vez desnutrido, tiene serios problemas para transportar la carreta y su preciado contenido. En un momento determinado sucede la catástrofe: una de las ruedas se entierra en un bache causado por los frecuentes bombardeos a los que está sometida la ciudad, y provoca que vuelque, desparramando por toda la avenida su preciosa carga. Enseguida la gente se arremolina alrededor del siniestro. El muchacho —ingenuo todavía— piensa que la muchedumbre lo va a ayudar. La cruel realidad es que, como ocurre desde tiempos inmemoriales, cuando se accidenta un vehículo la gente se siente con derecho a tomar la mercancía que transportaba. No sé por qué sucede, pero es así. Aquí y en Pekín. Volvamos a la escena: el joven, desesperado, no halla qué hacer salvo tirarse él mismo entre la multitud a tratar de recuperar algo. Pero por mucho que se afana, logra apenas salvar un par de cajas de fruta, magullada por el accidente. Como puede, levanta la carreta, y reanuda su viaje a sabiendas que a su llegada le espera una reprimenda de la persona que le confió esa delicada labor. El muchacho, creo que no hace falta aclararlo, era mi padre. No entendí nunca por qué, cuando me contó esa historia, reía a carcajadas. Yo me hubiera puesto a llorar, mínimo. Pero él lo contaba como si fuera la cosa más graciosa que le ocurriese jamás. Pero mi padre era así, siempre miraba el lado jocoso de las situaciones. La vida, para él, debía ser disfrutada en la medida de las posibilidades de cada quien, y ponía en práctica ese precepto siempre que podía (claro que sus agotadoras jornadas de trabajo, de 50 o más horas a la semana, no le daban mucho tiempo para el solaz, y los domingos, por lo general, los pasaba tirado en la cama, procurando darle descanso a su cuerpo).
¡Bah! esa historia la fabulaste tú, con tu grandiosa imaginación. De seguro escuchaste algo sobre una carreta, y todo lo demás lo inventaste. Siempre quisiste tener una mitología propia, y a falta de una verdadera te la fabricaste a la medida. Toda la vida has sido un gran soñador despierto. Un Walter Mitty cualquiera. Tienes una facilidad increíble para hacer castillos en el aire, a partir de nada. En cambio de dedicarte a lo que en verdad es importante, se te va la vida en fantasías improductivas y tontas.
No es culpa mía que la naturaleza me haya provisto con esa particularidad. También me ayudaron un poco las circunstancias. Vivir en un país caribeño fue determinante, por supuesto. Siempre sentí curiosidad por los planos, los atlas, los mapamundis, y Venezuela fue mi debut en ese campo. Creo que las primeras nociones de geografía venezolana las aprendí gracias a mi padre o, para ser más preciso, a sus viajes de cacería. Él, junto con sus socios, adquirió el gusto por meterse selva adentro para encararse con la fauna salvaje que vagaba libre por los montes, y con su camioneta ranchera, su escopeta y un baúl de latón acondicionado como cava, se iba algunos fines de semana al interior, regresando el domingo por la noche con una docena de patos, un cuarto de venado, o una lapa. Y así comenzaron a sonar en mi casa nombres como “El Baúl”, “Calabozo”, “Tucupido” y “El Sombrero”. Niño al fin, me imaginaba cosas extraordinarias tras esos nombres tan peculiares. ¿De dónde saldrían esas denominaciones? ¿Sería que Calabozo era una inmensa cárcel, o en El Baúl se guardaban secretos inmemoriales? Ahora sé que se trata de pobres caseríos, o a lo sumo pueblos que buscaban crecer. Pero a los ocho años alimentaron mi imaginación, y soñaba con poder ir algún día a esos lugares con nombres de fábula. Pero todavía estaba muy pequeño, según el criterio de mi madre. Sé que en el fondo mi padre hubiese querido llevarme con él alguna vez, pero no se atrevía a contradecirla. Era demasiada responsabilidad. Tendría que esperar varios años para que ese deseo se me cumpliera.
Una vez llegó de esos viajes con un cuento impresionante: estaban sesteando bajo la sombra de un inmenso árbol, a la espera de que el sol bajara para salir en una jornada nocturna de cacería, cuando entre el denso follaje de la mata se asomó una enorme tragavenados, que abría golosa sus fauces. Mi padre no lo pensó dos veces, y de un certero disparo de su escopeta Bernardini —morocha, de cañones superpuestos, calibre 12— le voló la cabeza. Una vez muerta, la descolgaron del árbol, y constataron su tamaño. Se sabe que los cazadores son embusteros cuando hablan de las piezas que abatieron. Mencionó el tamaño: ocho metros. Yo no me atreví a cuestionar esa afirmación, y ese animal pasó a formar parte de mi mitología. Más tarde revelaron las fotografías que habían tomado tras el acontecimiento y vi que la cargaban entre todos los cazadores. En realidad era enorme, gruesa. Un tubo de carne recubierto de piel. Una manguera descomunal. Prometió llevarla a casa, disecada, para que la viéramos. Eso nunca pasó, por fortuna. No sé qué hubiéramos hecho con el cadáver de una tragavenados, la verdad. ¿Colgarla de una pared de nuestro minúsculo apartamento? Grotesco, sin duda. La razón oficial fue que se había podrido, y más nunca se mencionó a la culebra. Pero yo, coleccionista de animales fantásticos, la guardé en mi memoria. Y en mis sueños, de vez en cuando, aparecía, acechándome. Si podía comerse a un venado, como lo indicaba su nombre, también pudiera haberme comido a mí, luego de enroscarse alrededor de mi cuerpo y triturarme, matándome asfixiado antes de deglutirme.
Vaya, vaya. Parece que eras un niño impresionable. Y no dejas muy bien parado a tu padre, dicho sea de paso. ¿Por qué no recuerdas cómo comenzaste tu biblioteca? ¿No fue acaso él quien te llevó un día al “Libro Italiano”, esa librería repleta de publicaciones en el idioma de tus mayores, que quedaba en un lugarcito de Sabana Grande haciendo esquina con la calle Negrín, para que escogieras tus primeros volúmenes? Anda, haz un esfuerzo. Un libro de aventuras náuticas: Capitani dell’ ultima vela, que todavía conservas. Y los de Salgari, todas las aventuras de Sandokan, que te hicieron viajar a parajes exóticos y que comenzaron a fomentar tu amor por la literatura. Hay que ser un poco agradecidos, después de todo. Tu padre era un obrero, pero también un alma de artista. Suplió su falta de educación formal con puro instinto, y sospechaba que tú también habías heredado ese fuego.
Es cierto. Su padre se mostraba algo distante con él; no era cariñoso en exceso, pero demostraba su amor con hechos más que con palabras. Esos paseos sabatinos por la calle real de Sabana Grande, por lo general en silencio, siempre terminaban con algún objeto tangible: juguetes, revistas de historietas —el célebre Topolino, con las tiras cómicas de personajes de Disney interpretadas por los italianos, comprado en esa misma librería, que tenía un gran mueble donde exhibían las novedades en materia de revistas y periódicos impresos en Italia, y que llegaban con relativa frecuencia para el solaz de los emigrantes— y también libros. Parecía querer redimir su infancia de privaciones en su descendencia, y procurarle una existencia cómoda, alimentando su intelecto al mismo tiempo. Él, que había vivido tanta destrucción y tanta miseria humana durante su juventud, no permitió que esas vivencias lo corrompiesen, y su legado tuvo ese norte. Sentía que en la vida debe predominar la belleza, tanto en lo material como en lo espiritual, y ese espíritu trató de inculcárselo a sus dos hijos. Era un buen hombre. O más que eso: un hombre.
Capítulo de La puerta que se cierra (Oscar Todtmann Editores, 2018).