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Soñé que era un halcón. Me fascinaron desde el día en que los vi por primera vez, en la zona donde vivo. Recuerdo que nos mudamos un miércoles y, a la semana, avisté uno posado en la barra más alta del columpio del patio trasero (reliquia de propietarios anteriores, ni siquiera del que me había vendido la casa). Amanecía y allí estaba el halcón ―o ¿sería águila?: mi mujer decía que era demasiado grande; nunca nos pusimos de acuerdo, ni en esa ni en las otras ocasiones en que lo discutimos―. Águila, azor, cernícalo, fuese lo que fuese, lo consideré signo de buena suerte, de que todo nos saldría bien y la mudanza había sido un acierto. Mi argumento principal era que tendríamos espacio para una familia; eso convenció a Maryann, pese a la cuota inicial, un poco por encima de nuestras posibilidades. Me corrigió: un poco es eufemismo. No sé si allí sentí un pinchazo. O si fue al descubrir el halcón (que ella siguió llamando águila cada vez que pudo para llevarme la contraria; no soy experto, y confieso que no distingo águilas de halcones, y el factor tamaño se suma: los que veía en los alrededores ciertamente cumplían requisitos de águila). Pintamos la casa. Le agregamos un garaje. Hicimos arreglos en el sótano húmedo, en que aparecían charquitos sin previo aviso; un defecto menor, me imaginaba. Eso fue al año; a los dos, en vez de pintar de nuevo el exterior decidimos forrar la casa de vinilo, como vimos que había hecho la mayoría de los vecinos. Cuando ponía manos a la obra en esas mejoras, durante la primavera o el verano (alguna vez se me ocurrió la locura de hacerlo en el otoño, pero casi no lo aguanté), pasaba horas intensas en el exterior, y entre tareas me dedicaba a espiar los movimientos de los halcones. Tratándose de ellos, ver y ser era lo mismo. Anidaban en la arboleda que teníamos en el patio trasero; en las pequeñas colonias de robles y arces que los del vecindario dejábamos crecer entre las casas, para marcar linderos sin recurrir a las espantosas cercas que el hielo de enero y febrero acababa desencajando.
Espiaba, como digo, a los halcones: en invierno, una pareja de plumaje rojizo; hacia marzo, la pareja cambiaba: tenía el pecho blanco y se comunicaba con chillidos. Los había grisáceos o de un marrón cobrizo. No faltaba el solitario, tarde o temprano desalojado por los cuervos, esos detestables, en pandillas de tres y hasta de más. Los maleantes acosaban al pobre halcón, allá tan alto. Hijoputas los cuervos. Que no son cuervos sino grajos, decía Maryann, óyelos. Yo escuchaba, pero no sabía distinguir. De las equivalencias estaba seguro: si me tocase ser ave preferiría ese halcón, así que los pajarracos que lo perseguían en el cielo, y lo picoteaban, y no se largaban, volvían a picotearlo, los muy zarrapastrosos comebasuras hijoputas ya está dicho; los asquerosos no merecían respeto. De tener escopeta les habría disparado (¿escopeta?, querrás decir rifle… qué sabes tú de armas, habría sentenciado Maryann si me hubiese oído los pensamientos). Lo que me recuerda que, por esa época, con la abundancia de bosques que teníamos cerca de la zona donde ahora vivíamos, me entró la fantasía de cazar. Mis compañeros de trabajo (cuántas veces no los habré escuchado, un poco embebido de ese acento de Nueva Inglaterra, en que las erres se volatilizan), los cuatro o cinco de siempre, se juntaban el fin de semana para ir a meterles tiros a los venados, que brincaban por todos lados, los muy plaga, y causaban entre cuatro y ocho accidentes de tránsito al mes, según leí en los periódicos del condado. Además, para purgar cinco días de encierro en laboratorios y talleres ópticos era un alivio salir con los amigotes y volver con un par de bambis atados en el techo del auto (mejor allí que empotrados en el motor, luego de dejar el capó inservible). Nunca me animé; lo de tener un arma e irme a cazar era una tentación, sin duda, y miré catálogos para ver qué me convendría comprar como principiante, luego de las respectivas clases y el examen ―supuse que eran los canales regulares―: un Weatherby Vanguard Series 2, ajá, el mejor rifle por su precio, ese encargaría si finalmente me atreviese a volverme cazador. El tal Weatherby lo habían mencionado mis colegas, y no quería quedarme atrás. El paquistaní que les traía municiones baratas, baratísimas, juraba que podía localizarles uno incluso a mitad de precio. Si me atreviese, tendría que lidiar con el paquistaní, porque el sueldo no me llegaba para mantener una casa y encima una afición de ese porte. Pero atreverse costaba más. Fastidiaba que la tentación fuera tan fuerte que me atontase durante días sobando las posibilidades, sin que me saliera nada sino una neblinosa indecisión. En eso empezamos a ponernos mal Maryann y yo; lo nuestro. No sé cuántos médicos consultamos por la cuestión de la esterilidad. Estábamos en el asunto antes de la mudanza y, quién quita si, por miedo a encarar la situación, nos pareció que comprar un lugar iba a obrar magias para tener hijos. Claro, en el momento no lo entendíamos, ni nos lo explicábamos a nosotros mismos. Dos, tres años, casi cuatro duró el tour de consultorios. Hasta que a ella por una carambola del destino le diagnosticaron lo que nadie anticipa, un tumor en el útero. La histerectomía con cada una de sus sílabas nos tocó a la puerta y se quedó pagando alquiler con una depresión de pastillas interminables, luego esa tristeza pegajosa, que no se le pasó a Maryann, que no se nos pasaba por más que tratamos. Deseábamos morirnos; supongo que Maryann más que yo, pero tampoco tenía ella derecho a despreciar mi horror lento, mis ganas de llorar sin previo aviso, mientras reparaba el sótano o contenía el asedio de goteras que aparecían un día dejando charcos que iban a convertirse en piscina si no me espabilaba. Glup glup glip glop, glup glup glip glop. ¿Sonaban? Serían ecos. Ajusta un tubo acá, un tubo allá, y mira: el demonio de la gota se manifiesta una semana después a unos cuantos metros. Arreglos de nuevo, y de nuevo otra gotera en otro rincón impredecible. Goterones. Gotas. Gotitas: por minúsculas que fuesen estaban allí y dormido me perturbaban. Maryann, en cambio, se aisló; dejó de reunirse con las pocas amigas que había hecho desde la mudanza, echaba de menos a su hermana, a sus primas, que cómo se nos había ocurrido interponer tanta distancia. En este maldito pueblo que no es pueblo ni ciudad ni nada: casas entre árboles, árboles entre casas; tramos de bosque, tramos de casas. Árboles, casas. ¿Dónde rayos está el centro? Una no puede vivir sin centro. Yo intentaba calmarla: parece que no fueses de este país; no es tan distinto de la zona donde antes vivíamos, ¿no?, tampoco de donde naciste. Ella insistía: ¿por qué escogiste este lugar y no otro? Le recordé que no había mucho que hacer, porque me habían trasladado los de la compañía, y que obtener un nuevo traslado costaría. Y, oye, que no escogí sin preguntarte, Maryann; acuérdate de que lo hablamos largo. Tú misma dijiste que sí. Ella entraba en razón: pide otro traslado; inténtalo. Lo intenté; averigüé. Tampoco se trataba de ponerle presión a la gerencia, porque eran tiempos de recortes drásticos y austeridad (o sea, decapitación de personal), así que mejor no fastidiar. Maryann comprendía, y a las dos semanas no comprendía. Íbamos exasperándonos. Lo peor eran los sueños: durante las últimas noches que dormimos juntos la sentía estremecerse en su lado de la cama, sacudirse, daba saltos y a veces gritaba. Soñaba con niños muertos. Niños muertos, de ojos pinchados (manchas negras, decía), columpiándose allá afuera, en el patio. Una noche una pareja, niño y niña; otra, solamente esta, muy magullada, arreglándoselas para llorar, aunque no hubiese más que oscuridad en las cuencas de sus ojos. Yo intentaba abrazar a Maryann, ella no se dejaba; no se dejó nunca más, en realidad. Mis palabras de consuelo pecarían de sensatas: acuérdate de tu hermano, tiene que ser eso. El único hermano que había tenido se había muerto a los dos años, de una leucemia. Cuando acabé de formular la hipótesis ella me miró como queriendo desaparecerme, como si yo fuese una cosa hedionda, repugnante: ¿es lo único que se te ocurre decirme? Supuse que todo iría de mal en peor a partir de ese instante, pero decidí no aceptarlo. Eso sí, me pidió que la dejara tranquila, lo que significaba que me mudara a otro cuarto. No habríamos logrado conciliar el sueño haciéndole yo compañía: las pesadillas con niños muertos se contagian y lo único que las borra son los insomnios con goteras, o con el entrechocar de las cadenas de los columpios, agitados por el viento. Columpios con cadenitas que hacen clinclín clinclán, oscilantes, vacíos; con la mirada muerta. Una vez, luego de un almuerzo en que no dijimos ni una palabra, cediéndole a la televisión, como siempre, el derecho de expresarse, le sugerí a Maryann que buscase empleo, que le haría bien salir de casa; aires nuevos, ¿sí? El aire nuevo que se puso a respirar lo halló en casa de su hermana, prácticamente del otro lado del país. Un día llegué del trabajo y leí un papelito pegado con un imán en la nevera:
Me fui adonde mi hermana.
Mierda, pensé: sonaba hasta casual e implicaba coger un avión. En efecto, lo cogió. Las horas que pasaron entre ese descubrimiento y la primera conversación telefónica fueron más largas que una vida. Por suerte el día siguiente era feriado y se juntaba con el fin de semana. Hice el esfuerzo de comprar el pasaje, ir a verla; el esfuerzo de suplicarle que volviese. Una pérdida de tiempo. No nos dijimos nada que no hubiese repetido lo declarado de vez en cuando en nuestras discusiones y en las conversaciones telefónicas. Pasé una noche calamitosa enclaustrado en un cuarto de hotel de mi vieja ciudad, donde no quise recuperar vestigios de mi adolescencia; los de mi infancia estaban sepultados, y en paz descansen. Otro avión: volví a casa. Trabajé. Compuse lo que había que componer en el sótano (sus goteras: estas reaparecerían, siempre lo hacían). Arreglé canaletas, techos, cielorrasos. Cuidé el patio mientras pasaban días y semanas. De noche, viento. Más viento y clinclín clinclán de columpios. En el sótano, las gotas. Inútil llamar a un fontanero profesional (ruso o húngaro, sospecho, por el apellido, lo pelirrojo y el aspecto oriental de las cejas y los ojos casi rasgados): el señor Beelze dictaminó que los dueños anteriores eran los culpables de tantos desperfectos; les había dado por creerse manitas y prescindir de expertos: las tuberías eran un desastre, habría que cambiarlas en su totalidad. Le pregunté cuánto costaba. La cifra que oí no distaba mucho de la cuota inicial de la casa. Al infierno mandé al señor Belzee (no en voz alta, para mis adentros, pero creo que mi sonrisita fue clara: caramba, Bob —así, como en confianza, reducido a su nombre de pila y al diminutivo que él ofreció inicialmente para demostrar que se había aclimatado en el país—, ¡caramba!, lo que pide es de locos… Él bufó con sorna, sin persistir en sus consejos sobre cómo mejorar mis condiciones de vida; al despedirse, le adiviné en el gesto risueño un nos vemos pronto, avaro). Noches de columpios y goteras. De día, fuese en la oficina o en los quehaceres domésticos, me daba por imaginarme águila, halcón o cazador. Cazador o ave de rapiña: a veces ambas existencias se alternaban, con menos de diez segundos dedicados a cada una. Así transcurría mi modesta biografía: entre halcones y disparos. Otro avión; fui a visitar a Maryann (tengo una terquedad animal). Ya no estaba tan deprimida; volvía a verse como la mujer hermosa de cuando nos conocimos hacía años. Para que no la malentendiera, sin embargo, deletreó la palabra divorcio. Respira hondo, pensé: jamás la había notado tan resuelta. Divorcio. Será la bruja de la hermana la que le ha metido esto en la cabeza. ¿Acaso las primas? No: la bruja de mi cuñada; me la figuro de cuencas vacías, agujeros negros que me miran sin mirar. Avión de regreso; un viaje eterno que debe seguir en algún cielo paralelo. Y abrir una vez más la puerta de casa, entrar sin nadie ni nada, excepto el bolso de viaje. Encendí el radio del comedor, casi mecánicamente, para sentir que había alguien más. Hablaban un galimatías de noticias y escuelas, maestras de Connecticut. Tragedia, trágico, repetían los locutores. Una masacre en la primaria Sandy Hook, de Newtown, no tan lejos de mis predios. El gobernador decretaba duelo en el estado. Qué sé yo. Pronto me desentendí. En el patio contemplé, como de costumbre, el vaivén de los columpios mecidos por el viento; estudié el ir y venir de los halcones, preguntándome si la nueva pareja sería la misma de años previos, o si duraría más que los visitantes anteriores ese halcón ermitaño, que bien podría ser águila real, por lo grande (los periódicos del condado la mencionaban, azote de mininos y caniches). Qué alivio habría sido nacer depredador. Tener pluma y volar alto, bajando como una flecha a matar la liebre que no espera el chicotazo de viento sólido, cataclán, y adiós vida, con cuchillas atravesadas. Muerte rápida tiene que ser. Una vez estaba yo sentado en la tumbona, revisando cartas y formularios de los abogados que Maryann se había buscado, y en eso vi por el rabillo del ojo cómo descendía algo con una suavidad escalofriante: me fijé y di, a no más de unos pasos, con la escena. Una ardilla, de las seiscientas sesenta y seis que debo tener en el patio, porfiaba en esconder una bellota, excava que excava, como lo hacen ellas, con ataques de nervios. Cataclán: algo cayó del cielo. Del cielo caen arcángeles famélicos. Le vi a este el pecho blanco, salpicado de plumas ocres y rojizas. Un chillido: ¿de verdad lo oí? Y no hubo más ardilla. El cónclave fue breve: enseguida el arcángel se elevó en silencio y la cola del roedor que se sacudía aterrizó sin cuerpo, a solas, en los matorrales. El halcón se perdió entre los robles: habrá ido a almorzar. También tienen derecho, ¿no? Por supuesto. Recuerdo que pensarlo me abrió el apetito. ¿Quién quería ser cazador?: lo que deseaba yo era ser halcón. En vez de adquirir el Weatherby Vanguard Series 2, no me importa lo bien que estuviera de precio, me contenté con un Ruger LCR, revólver barato de mercado negro, más íntimo y para defensa personal (se lo compré al paquistaní que venía a traerles municiones a mis colegas, un día en que preparaban un glorioso fin de semana de cacería. Me invitaron. Les di las gracias, pero les expliqué que tenía una gotera en el sótano y había que hacer algo al respecto. Las casas son un pozo sin fondo donde uno tira el sueldo, comentó el oficinista simpaticón y cazador-en-ratos-libres con el que hablaba, y sí, un pozo sin fondo, añadí percibiendo la resonancia de las gotas que se desprendían del cielorraso y caían en el cemento: glip glip, glop glop). Volverme halcón habría sido la felicidad. Recuerdo el orgullo que sentí cuando el de pecho blanco que vivía en uno de los robles del patio les plantó cara a los cuervos, grajos o lo que fuesen. Como era particularmente grande, tal vez águila, en una de las persecuciones dio un giro y sorprendió al bicho negro hincándole las garras en la cabeza. Supongo que eso habrá sido: le habrá sacado un ojo, o ambos. Lo cierto es que, desorientada, la cosa infecta se estrelló contra un arce y se precipitó entre los matorrales. No la vi emerger de ellos. Sí fui testigo, satisfecho, de cómo los compinches se dispersaban, escandalizados, y el halcón se posaba en su roble, sin alharaca, sereno tras haber reinstaurado la justicia. Hasta que se cansó y se largó. Recuerdo que me acerqué a los matorrales a buscar los despojos del cuervo; como anochecía, la oscuridad no me permitió ver nada. A la mañana siguiente, luego de horas y horas en vela, se me hizo tarde para salir al trabajo; eso no me dio oportunidad de ir al patio. A mi regreso, estaba oscuro de nuevo, porque faltaba poco para que comenzara el invierno. Y pasaron unos días. Así que cuando por fin pude echarle un vistazo al arce ―un miércoles, sería― no encontré el cuervo. Deduje que las zorras se lo habían merendado: en esta zona sobran; algún coyote ha merodeado también por las calles menos transitadas. Los periódicos del condado publican noticias sobre los peligros de dejar sueltas las mascotas: los propietarios imbéciles luego publican, en esas mismas páginas, el anuncio de que se busca tal o cual de nombre empalagoso y raza X. Qué más habría querido yo que ser halcón. Mejor que las cenas solitarias. Y los gruñidos que uno tiene que prodigar, sin ton ni son, cuando descubre otra gotera. Gruñidos: gritos, más bien; necesarios en el invierno, cuando en las calles todo es hielo. Los vecinos están a cierta distancia; aquí nadie oye a nadie, gritos gritos berridos alaridos, ni nadie quiere hacerlo: por eso los robles y los arces. Gotas, cadenas; goterones afuera, cadenitas adentro, arriba y abajo, quién quita. Putos suburbios. Más gritos. Si iba a ser halcón tenía que ser uno hermoso, como aquel que les trae la muerte a las alimañas rastreras, atravesándolas con las garras y sintiendo, justo antes de regresar al cielo, que el conejo o la ardilla o el topo ya no se mueven. Me vi volar; sentí que dejaba la rama donde había consumido la última vértebra de la ardilla, que crujiría mientras la partía con el pico, clac, exactamente. Clac. Clac. Los halcones seguro que tragan lo que tragan y luego el sistema digestivo se encarga de reducir a su mínima expresión la carne, el nervio, el pellejo. Cartílagos y huesos. De hecho, creo que vomité la primera bola de pelo y hueso después de zamparme la ardilla en cuestión. La bola se precipitó y la vi alejarse, perderse allá abajo; enseguida reparé en que no se perdía: mi miopía de humano había desaparecido. Bolas vomitadas en el sótano. Veo las cosas distantes con la precisión de las cosas que tengo al lado, porque vivimos los halcones ―ahora lo sé: a fin de cuentas, soy lo que soy― en un mundo de foco en profundidad. Por ejemplo, estoy en una rama desde la que puede apreciarse el horizonte casi en círculo a mi alrededor, excepto por las serranías del oeste (así de alto es este roble y así de llana la zona donde vivo), y en aquel patio, entre los pedazos que van quedando del columpio abolido (el hombre ha estado sacando las barras una a una y aporreándolas contra las rocas cercanas, duro duro duro, haciendo añicos sus piezas como si al astillarlas estuviera aplicándole la furia a una criatura similar a él, similar a algo sórdido e intolerable si después de todo es uno mismo: gotas, gotitas, goterones, ya no grita, pero rompe, quiebra y, sí, grita: los halcones oímos dentro), entre los pedazos del columpio destrozado, decía ―como decimos estas cosas los de mi especie―, veo, con nitidez, el ratoncito que se afana, porque la miseria del tipo que liquida desarma destruye el podrido columpio le ha removido la madriguera. Sale el ratón, lo descubro allá abajo y me lo planteo pragmáticamente: ¿por qué no, si hay hambre y el individuo aquel anda atareado? Salto, me dejo caer. Sacudo las alas para colocarme en la ruta que me lleva cada vez más rápida y certeramente al ratón. La satisfacción anticipada de echarle garra me tiempla los músculos. Hay hambre. Lo que veo cerca sigue acercándose. Acercándose. Sé que mis patas lo saben y apuntan. Pero en eso noto que no son lo único que apunta: el hombre allá abajo se ha dado vuelta, me observa y levanta el revólver que se ha sacado del abrigo. Me doy cuenta de que no soy halcón, soy hombre, el que está en el patio de su casa apuntándome con lo que no es un Weatherby Vanguard Series 2, el mejor por su precio, sino un revólver de mala muerte, como solo pueden ser de mala muerte los que uno compra valiéndose de propinas furtivas y gordas, sin ánimos de ir a cazar. Sé que ese hombre que empuña un Ruger LCR entre las ruinas de un columpio soy yo. Le veo la cara y es la mía. Mía también es la concentrada mirada de quien quiere dar en el blanco y sin duda lo hará.
Algo en su mueca me aterra: ese hombre ―que soy― jamás ha soñado ser un halcón.
Cuento incluido en el libro Ante el jurado (Pre-textos, 2022)