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Los expulsados

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Preludio

I

Tres niños heridos se perdieron en un territorio difícil de ubicar. En su andadura quedaron encerrados en un camino indeterminado. En ese camino la luz iba y volvía, iba y volvía ocasionando un severo trastocamiento visual. Las pocas edificaciones estaban inacabadas; la arquitectura formaba parte de la geografía de la descolocación. La inestabilidad tanto en la luz como en la forma no ayudaba a tener una perspectiva definida de la realidad. Aquellos niños tenían por nombre Sara, Andreu y Marta. 

La odisea de los niños llevaba tiempo; sería injusto decir que comenzó cuando escaparon de sus respectivos hogares. Pero ¿se trató de una huida? Según la versión oficial sí, aunque para cierto vecino, escondido en las farolas, lo de esos niños fue una expulsión. ¿De sus casas? ¿De su pueblo? ¿De su país?

Expulsar.

Echar a una persona de un lugar. La caída del hombre, su expulsión del paraíso. La negación de la casa. Sacar algo de dentro y arrojarlo fuera. El después del último juego. El círculo, como cuando Sara dijo que temía que, a partir de entonces, su vida girara alrededor de los recuerdos.

—¿Sara?

Una tarde en la habitación de Andreu, los tres menores intentaban ponerse de acuerdo sobre cuándo fugarse, porque para ellos, más allá del significado de la acción, lo urgente era huir. Debajo de la cama tenían tres mochilas con provisiones; todo parecía indicar que los preparativos llevaban días. Esa tarde, en voz baja para no despertar al padre que dormía la siesta en el dormitorio de al lado, Andreu ofreció su cohete como el transporte más efectivo para alejarse lo suficiente; sólo pidió un par de días para conseguir el combustible necesario. Marta, algo molesta, le dijo que olvidara las fantasías, pues la fuga iba en serio y era un riesgo esperar una noche más. Andreu se quedó pensativo, ido, extasiado en alguna idea ajena a la inmediatez que exigían sus compañeras. En alguna página de internet leyó que, Puesto que el camino es muy largo, sin escalas y siempre hacia arriba, el cohete espacial debe llevar varios tanques de combustible, cada uno del tamaño de una cisterna y con capacidades de hasta cientos de miles de litros. El universo tendría que ser un lugar seguro, la zona deseada; el único punto siempre abierto a la diversión. El refugio ideal para los fantaseadores; sólo haría falta combustible para llegar.

—¡Andreu!

Sara chasqueó los dedos frente a la mirada de Andreu; él no reaccionó, se había quedado con la sonrisa fija en otro punto. Más allá tendría que haber otras posibilidades, otro funcionamiento, otra necesidad; leyes distintas a las de la tierra. En el infinito quizá sería posible no crecer.

¡Trasto plop!

Aquella tarde algunos vecinos vieron a los niños correr calle abajo, en dirección a la carretera internacional. Parecían alegres, efusivos, salvajes. Avanzaron de frente, llevaban la mirada tan fija en el horizonte que nunca vieron a los lados, ni un saludo, nada, ni un guiño a los mayores. Otro niño, uno de los pocos de la región, también los vio pasar. En sus ojos, como en su boca, había asombro; una chispa de admiración estremeció su pequeña figura. Quién pudiera celebrar un cumpleaños tremendamente feliz, murmuró. Oye, dale más duro a la rueda, pero no te sueltes, recordó. Se dice que al año la policía dejó de buscar a los tres menores, familiares y vecinos también se rindieron; la prensa aseguró que los secuestró una secta extranjera. Se dice mucho, aunque cada vez menos. Se llegó a decir tanto, pero ni una palabra de los distintos abusos cometidos contra esos niños antes de desaparecer.

Publicada por Editorial Berenice (2025)

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