Buscar

‎ Cuentos
‎ Cuentos

Todos los cuentos publicados

‎ Novelas
‎ Novelas

Capítulos de novelas disponibles

‎ Sobre el oficio
‎ Sobre el oficio

Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Molokotov

  • Compartir:
2. La tortura china

 

Desde pequeña he tenido una especie de fascinación y terror con el tema de las torturas. De los recuerdos más fuertes de mi infancia con mi hermano Francisco tengo el de jugar a la tortura china. Por supuesto, yo siempre era la víctima: niña, menor que él y flaca. También recuerdo a algunos de sus amigos torturándome. Imagino que me veían como a un animalito, presa fácil para atrapar y maltratar. Me tomaban entre cuatro o cinco niños, inmovilizándome, y me hacían cosquillas hasta que realmente sentía que iba a morir. Entre risa y llanto no podía respirar y hasta me venían ganas de vomitar. Ahora que lo veo en retrospectiva, me doy cuenta de que había algo sexual en todo aquello, entre sexual y perverso. A esa edad no estamos ni remotamente conscientes de ello. Lo digo incluso por mí, pues me dejaba atrapar por el varón que más me gustaba. Me hacía la víctima frente a él, como seduciendo al cazador. Y, en algunas ocasiones, de víctima pasaba a victimario; para lucirme y demostrar algo de poder, luego venía mi revancha: agarraba a mi cazador y lo convertía en mi presa, me le montaba encima y empezaba a atacarlo. Tenía fama de loca, tremenda, hasta un poco de marimacha, pero estoy segura de que les encantaba mi espectáculo, porque esos niños no salían de mi casa y yo no paraba de ser la estrella.

Lo bueno es que me acostumbré desde pequeña a defenderme. Una vez, mamá me contó que cuando tenía dos o tres años Francisco me metió en la gaveta de una cómoda en su habitación y, con el desbalance de mi peso, el mueble cayó al suelo trancando las gavetas. Quedé atrapada. Era imposible salir de allí sin que alguien levantara totalmente la cómoda. Yo pegaba gritos desesperada. Mi hermano tuvo que terminar llamando a algún adulto para que me sacara de aquel suplicio enlatado en el que yo no sabía dónde quedaba la parte de arriba o dónde se encontraba el suelo. Mi mamá no estaba en casa, por suerte para Fran. Yolanda, la nana, nos escuchó y vino al rescate. Esa escena creo rememorarla sólo a través de los relatos de otros. Pero sí recuerdo claramente las torturas acuáticas de las que fui víctima mientras aprendí a nadar. Mi hermano jugaba conmigo al pescador y el carite: claro que yo era el carite. Él me hundía en la piscina y me ahogaba sin piedad, tratando de atraparme como si yo fuese un pez enfurecido. Otras veces me ordenaba exhalar todo el aire en la superficie y hundirme, luego meterme debajo de la escalera de la piscina y allí inhalar con todas mis fuerzas, pues, según él, cada escalón por debajo escondía cápsulas de oxígeno. Yo acataba sus órdenes y me ahogaba como una tonta. Cuando finalmente lograba subir la cabeza y respirar, recuperar mi aliento y salir de la piscina, iba corriendo a avisarle a mamá lo que acababa de suceder. Ella simplemente ponía una linda sonrisa, me tomaba el mentón con dulzura y me decía que siguiera jugando. Mamá continuaba hablando con sus amigas e inhalando plácidamente sus cigarrillos Belmont. Nunca entendí si le daba flojera regañar a mi hermano, si estaba agotada de tanto castigarnos, o simplemente creía que era parte de la dinámica lúdica entre sus hijos.

Quizá, como consecuencia de estas experiencias ordálicas que sufrí en mi infancia, que se encontraban entre el sadismo y el humor, mi interés en el tema de las torturas me ha acompañado siempre. Desde que comencé a oír sobre la Tumba, me imaginé que se trataba de una cárcel parecida al Helicoide: sucia, llena de maltratos visibles y cucarachas deambulando por el suelo para luego escalar sobre los cuerpos de los prisioneros, en celdas ambientadas con tufo a heces y orina, todo gris y roído. Por eso, el día en que le hice la entrevista a Lorenzo a través de Skype, recién salido de la Tumba y llegando a España, me impactó mucho lo irreal de mi percepción anterior. Lo primero que vino a mi mente fue Kubrick: puro instinto y premonición. Luces de un blanco intenso veinticuatro horas al día, silencio absoluto logrado con una especie de white noise. Horas y días en una misma posición con los brazos amarrados con cinta adhesiva y papel periódico para que nadie nunca notase las marcas. Otras veces, recibiendo chorros de agua sobre el cuerpo durante horas, como para cancelar la percepción de la piel y anular los sentidos. Corriente eléctrica. El silencio absoluto. Litros de sangre extraídos antes de cada interrogatorio para debilitar al reo. El martirio blanco, porque es limpio, no deja huellas. Pero, por supuesto, no parecen cosas de venezolanos: los venezolanos somos desordenados, algo limpios, aunque no tanto. Esto es una tortura importada, con un cálculo exacto y anticipado.

Ese día yo estaba bastante nerviosa. Me aterraba alguna falla en la conexión del internet, como siempre ocurre. Lorenzo estaba en Madrid, yo en Caracas. Puse la alarma de mi celular media hora antes de la entrevista para irme acomodando. Ya había grabado su nombre de usuario de Skype en mi computadora y él tenía el mío. Luego de presentarme y saludarnos, le pedí que me relatara de corrido, sin tapujos, su experiencia. Era un tipo educado, leído. Habló durante casi una hora seguida, como si tuviese tiempo queriendo drenar, escupir una cantidad de información que a veces ni él mismo se la creía. Tengo entendido que fue la primera entrevista larga que le hicieron, con detalles. La que dio a conocer su historia ante el mundo con aspectos cotidianos, con reflexiones bien pensadas y digeridas.

Luego de transcribir la entrevista de Lorenzo, me quedé meditando sobre el asunto antes de comenzar a escribir mi reportaje. Alguna entradilla interesante y que hiciera pensar al lector. El verbo “torturar” viene del latín “torquere”, que significa “torcer”: aquella dislocación o torcedura que se le mete al cuerpo para tratar de doblegar el alma y el espíritu. Pero para torturar debe haber cierto elemento de goce y maldad en el victimario. Según Sade, hay dos tipos de maldad: una estúpida y la otra depurada y selecta, que a fuerza de ser sensualizada se ha hecho inteligente. El sádico debe sentir primero el castigo antes de sentir placer con él. Los torturadores de la Tumba parecían distintos a los del Helicoide: más sofisticados, mejor entrenados y con una frialdad particular. Desarrollaron una actitud gélida, elemento fundamental de la estructura perversa. Ése era el detalle que los diferenciaba. Eran más perversos, pensé. El victimario debe, primero que nada, deshumanizar a la víctima en cuestión. Son obligados a sentir que esa persona, a quien destrozan, no es un ser humano, visión que se logra, en parte, con ciertos ritos de iniciación. Ellos mismos deben sentir primero un poco de electricidad y dolor; paso a paso los futuros verdugos van saboreando aquello. Más allá del goce y de la maldad inteligente, hay algo primordial: la repetición… El ciclo debe reiniciarse una y otra vez hasta convertirse en algo natural.

A veces me pregunto si yo sería capaz de torturar a alguien, si tuviese la frialdad suficiente para herir a otro de esa manera. Quizá si mi vida dependiera de ello. Y qué son esos pequeños momentos en los que torturamos a nuestros amantes, a nuestros padres, a nuestros hermanos. Aunque sea por algunos segundos, nos gusta sentir que dominamos. Que podemos ejercer cierto poder sobre nuestras parejas, que nuestros hijos no van a poder más que nosotros. Pareciera que ese instinto amenazante lo llevamos dentro. Para pasar a otro nivel, sólo faltaría que nos convencieran de que es por el bien común, por una causa final que justifica ese sufrimiento del otro.

Una cosa es leer la entrevista de una víctima y otra muy distinta es escucharla directamente, ser el receptor irrefutable y primerizo de aquellos años de agonía, confrontar cara a cara sus silencios, oír su voz entrecortada, verlo bajar la mirada, taparse los ojos pudorosamente con las manos durante unos segundos y suspirar para poder continuar su relato. En cierto modo, me arrepentí de haber buscado aquella entrevista. Creí descubrir en mí un toque de sadismo inserto en aquella curiosidad por los detalles. Un morbo por evidenciar cada aspecto de su estadía en la Tumba. Sentí cierto goce en sus palabras. Quizá un placer de saber que no era la víctima, de comprender que todo aquello era real y que yo no lo padecía en carne y alma. Una especie de regocijo al acceder de primera fuente a toda esa información, pero al mismo tiempo cierto alivio de que esta vez la víctima era otro.

 

Edición del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas, 2021

Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2020

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.