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Partida de tres

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Un acto de desaparición

 

Éramos, entre otras cosas, ratones de quiosco. Merodeábamos sus pequeñas estructuras porque nos gustaba todo lo que ahí se vendía: revistas, periódicos, novedades, chucherías. Disfrutábamos su olor a tinta y la extraordinaria variedad de suplementos especiales que acompañaban a los impresos. Y es que aquellos quioscos parecían tener de todo, desde un chicle de menta, hasta una edición popular de Cien años de soledad. Una vez vi uno que hasta vendía patines y papagayos.

Además, los quiosqueros, al menos los de nuestra infancia, eran personas peculiares, verdaderas rarezas humanas: hombres y mujeres muy sacrificados, que se levantaban antes que Dios los siete días de la semana para esperar a los repartidores y disponer su mercancía; huraños en plena vía pública, seres que vivían enclaustrados en sus ínfimos locales las mejores horas del día, y que se ganaban el sustento muy de a poquito, y sin nunca emitir una queja.

Sabíamos de un quiosquero en Chacaíto que vivía dentro de su quiosco. Lo sabíamos porque habíamos visto su peculiar rutina con nuestros propios ojos.

Íbamos con frecuencia a Chacaíto a comprar revistas importadas difíciles de conseguir, que adquiríamos en quioscos y en un par de afamadas librerías: revistas de comics que ambos disfrutábamos, revistas de marketing que empezaban a atraer mi atención, revistas de exploración geográfica que mi amigo adoraba, y unas revistas de cocina que a él le había dado por comprar, siempre con la excusa de que eran para su mamá, pero que yo sabía bien él también leía.

Siempre nos gustaron las revistas. Hay algo que tiene la revista… un cierto no sé qué, que es como si fuera la hija que el periódico y la televisión siempre quisieron tener, un medio que ofrece la actualidad del periódico sin su aridez visual, y el colorido de la televisión sin su estruendo.

De forma que presiento que evolucionará la televisión, y morirán un chorro de periódicos, pero siempre quedará la revista como la mejor amiga del ojo, mariposa singular de cuarenta alas, aleteando otro poco hacia nosotros para ser re-vista, ojeada, releída una vez más; volando alto pero siempre a mano, batiendo ligera y alegremente sus páginas entre nuestros dedos.

El día en cuestión, mi amigo y yo ya habíamos comprado nuestras revistas, algunas chucherías, y un par de helados, y disfrutábamos de estos sentados sobre la talanquera de un estacionamiento privado, cuando caímos en cuenta de que habíamos gastado todo nuestro dinero irresponsablemente, y de que no teníamos suficiente ni para el transporte público de vuelta a casa. Por supuesto que argumenté a mi amigo que podíamos hacer uso de su bendito fondo de emergencia, pero esta vez se mostró totalmente intransigente. De forma que se nos hizo tarde esperando que mi mamá, a regañadientes, viniera a buscarnos. Y esperándola, apostados en diagonal a un enorme quiosco, es que fuimos testigos accidentales del singular espectáculo.

El quiosquero en cuestión era un hombre de cabellera enteramente blanca, algo rechoncho y disforme, que especulamos era en parte porque se alimentaba mayormente de las chucherías que vendía, y en parte porque su actividad física se restringía a los cuatro metros cuadrados de su quiosco y sus entornos inmediatos, cual prisionero de una celda de barrotes invisibles.

Hizo su acto de desaparición cerca de las seis y media de la tarde. Para entonces ya hacía rato que se había disipado el tránsito de compradores y oficinistas regresando a sus hogares. Las bocas del metro habían engullido aquel amasijo de gente sin reparo, y ahora solo una mezcla singular de vagos, artistas, borrachos y amantes deambulaba el bulevar.

El quiosquero, que hasta ese momento había estado sentado en su taburete dispensando un penúltimo paquetico de chicle a alguna pava, o un último ejemplar de Últimas Noticias a algún rezagado que corría a agarrar el metro, se alzó de su puesto. Ya había, en un arrebato de actividad previa, retirado de la acera las pilas de periódicos vespertinos sobrantes, y vaciado y retraído parcialmente las alas del quiosco, que cada mañana, imaginábamos, extendía al sol como un colosal cormorán metálico. Había, afortunadamente, suficiente distancia entre él y nosotros, y el amparo de un buen número de obstáculos, de forma que no podía vernos, por lo que podíamos observar cada uno de sus movimientos sin riesgo a ser descubiertos, y sin que nuestra presencia le hiciera alterar su rutina de forma alguna.

Entonces pasó el que sería su último cliente del día, un joven flacuchento y nervioso con pinta de hombre del teatro, quien llevara una cajetilla de Belmont y un yesquero, y partiera apuradamente con su amanerado caminar, sin duda a sus quehaceres teatreros nocturnos.

En ese momento el quiosquero, ya resignado a dar por terminada la jornada, y probablemente a sabiendas de que lo que venía tras el último cliente no era más que problemas (algún ladrón que viniera a reclamarle las ventas del día, o bien la agresión de un borracho tras protestarle el orinar en uno de los lados del quiosco) se dispuso a terminar de recoger sus macundales y doblar su carpa, por así decir.

Introdujo al interior de la estructura, uno a uno, los impresos y la variada mercancía que pendía del techo del quiosco mediante un rudimentario sistema de exhibición compuesto de hilos de nailon y ganchos de ropa (en el punto más alto, las revistas para adultos forradas de plástico, y ya un poco más a mano, perinolas y algunas preciadas revistas americanas de carros, de cine, de actualidad y de negocios). Guardaba los objetos a la manera que hace un niño cuando mete sus cachivaches en una caja de juguetes… Se notaba a leguas que la suya era una cansada rutina que ya deseaba pasar a otro, así fuera a un malagradecido sobrino que no supiera valorar la dicha de un negocio ya montado y funcional, y que echara todo a borda en un par de meses. Al verse envejecer y debilitarse en su sitio, pensaría sin duda que ya más de un buhonero le tenía el ojo puesto a su privilegiado punto de venta, y hasta le desearía alguna desgracia. Pero para nosotros, a pesar de su obvio cansancio y aparente desgana, su quiosco era valiosa atracción mientras esperábamos que apareciera mi madre. Él introducía más y más objetos al interior de aquel armazón, colgando dentro aquellos objetos que antes pendían fuera, y no podíamos dejar de pensar cuántas cosas deseables escondía el fondo de esa pequeña estructura: antiguas barajitas de fútbol de algún mundial pasado, ejemplares de desaparecidas revistas, ¡y vaya uno a saber qué otra cosa más! Y entonces, mientras imaginábamos los tesoros que conservaba el quiosco, el hombre se paró al centro de este en una postura similar a la que presentan las momias egipcias en los sarcófagos, y, con un movimiento limpio de sus manos, como quien se cubre con una capa o se abanica suavemente con ambas manos en simétrica moción, haló de dos cuerdas, de forma que el armazón metálico del quiosco lo envolvió y le hizo desaparecer completamente en su interior.

La inusual secuencia producía el efecto de una auténtica caja sorpresa, pero en reverso, o quizá hacía recordar lejanamente aquellos sofisticados robots de juguete japoneses que se transforman inesperadamente en vehículos. El hombre había desaparecido ante nuestros ojos. Solo quedaba el quiosco, ahora carente de colorido alguno, con su sobriedad neutral de mobiliario urbano, como una especie de lienzo libre y tridimensional para afiches y grafitis; apoyo temporal para borrachos y marihuaneros, e improvisado escondite para rufianes o para besos furtivos en la oscuridad.

Mi mamá llegó a buscarnos unos minutos después. Camino a casa, mi amigo y yo especulamos largamente en voz baja sobre las largas noches del quiosquero en su refugio: el estrecho catre mullido con papel periódico, su intermitente picoteo de maní salado y chocolatinas durante las horas de insomnio, y la incomodidad de orinar en una botellita de refresco. La forma en que el sonido de la primera pila de periódicos que golpeaba la acera al lado del quiosco cada madrugada marcaba el fin de su martirio nocturno, de su rutinaria sepultura en vida, y era señal para renacer, surgir de su temporal encierro, desplegar las alas y comenzar su día.

Las noches más largas, sin duda, eran aquellas en que una lluvia incesante golpeaba el fino techo de metal, o aquellas en que escuchaba claramente una pelea de malandros a media cuadra, o en las que un perro callejero o un hombre ebrio orinaba o defecaba en las inmediaciones del quiosco.

Solo Dios sabe qué complicada situación familiar, o de salud mental, habrá apocado a aquel pobre hombre, y le habrá forzado a salir del hogar convencional que un día seguramente habitó, y le habrá llevado a sobrevivir en la caja de metal aquella.

Ya para aquel entonces yo empezaba a ganar cierta conciencia de la fuerza del destino de cada uno, de los inevitables engranajes de la casualidad y la causalidad, y de lo difícil que puede llegar a ser desmarcarse de la arbitrariedad del infortunio.

A raíz de lo que presenciamos aquel día, y de la idea que nos hicimos de la vida que llevaba este pobre quiosquero, decidimos de ahí en adelante comprar todas nuestras revistas exclusivamente en su quiosco. Mismo que, a diferencia de la librería, este carecía de varios de nuestros títulos predilectos. Dicho cambio, sin embargo, nos permitió el trato con el tal portugués, y conocer más señas del personaje.

El quiosquero desaparecedor, a pesar de nuestro intento por verlo favorablemente, era un hombre más bien desmañado al que además casi todo parecía darle igual. Era, al menos a estas alturas de su vida, mediocre en lo que hacía, y estaba desconectado emocionalmente de sus labores, que realizaba como por inercia. Al dejarle saber que tal o cual revista faltaba en su repertorio, nos prometía conseguirla para el sábado siguiente, pero al preguntarle por esta una semana después, intentaba simplemente vendernos la idea de una opción alterna, tratando de convencernos de que una Newsweek era igual, sino mejor, que una Time, o una Archie igual, sino mejor, que una MAD. Meshma cosa, meshma cosa, nos decía una y otra vez con su aceitunado acento.

Lo único salvable de su comportamiento, aparte de su acto de desaparición diario, era una frase que repetía como lema a casi todo comprador: El periódico que lleva buenas noticias cuesta igual que el que lleva malas noticias. La decía con una naturalidad que suponía esta siempre sería comprendida por el interlocutor de turno, cosa que, juzgando por los rostros de muchos de estos, podíamos deducir no era el caso. Y, aunque muchos simplemente la ignoraban, mi amigo y yo la analizamos hasta el cansancio. A él le sonaba algo a la manera de esas frases que dicen: ‘sonreír no cuesta nada’, o ‘ser amable es gratis’, o ‘la actitud lo es todo’. Pero yo pensaba había en esta algo más, quizá a la manera de ‘la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar’, o incluso ‘escoge tus batallas cuidadosamente’.

A través de los años, inevitablemente, su frase se ha disparado en mi mente cada vez que compro un periódico, pero también en otras situaciones, como, por ejemplo, cuando diviso a alguien empecinado en la negatividad y pienso: oye, por el mismo esfuerzo puedes mantener una actitud positiva.

. . .

Teníamos pendiente el levantarnos un día antes del amanecer para acercarnos a Chacaíto a ver al quiosquero desaparecedor salir de su escondite, que imaginábamos hacía, sin querer, a la usanza de un escapista; pero, en un sorpresivo brote de madurez, desistimos ir, no fuera que el hombre nos viera pillándolo surgir de tan mínimo y precario resguardo, y así afectar su dignidad.

Con el paso del tiempo, al ir cobrando mayor consciencia del amplio espectro de las experiencias y tragedias humanas, regreso una y otra vez a la imagen de aquel hombre que, resignado, se encierra en su caja de metal y se encapsula cada noche, enmarcado por los cuatro costados por la crudeza y dureza de su destino. Con la sabiduría que presta la distancia, he logrado también deducir el origen de la solidaridad que instintivamente siempre he sentido hacia él, y entender que se debe, en parte, por saber que mi padre también yace enclaustrado, y en parte por entender que comparten aquello que tienen en común el hombre muerto y el hombre vencido: un destino plenamente ejecutado.

 

Capítulo Un acto de desaparición de Partida de tres (Edición de autor, 2024)

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