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Penínsulas rotas

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Todo cuanto aquí dejo consignado no pretende otra cosa que legar mis investigaciones sobre la oportunidad de cambiar el modelo energético del planeta. Para cualquier ingeniero aeronáutico, matemático, o incluso para un físico como yo, no será difícil reconstruir los giróscopos que diseñé en los planos, como tampoco lo será avanzar hacia una forma eficiente del uso de la energía magnética pura. Desafortunadamente, me falta el tiempo para llegar hasta este último objetivo. Por esa razón, intento dejar estos papeles y cuadernos de la forma más sistemática y ordenada posible.

Estamos quemando el planeta. Es lo que hemos hecho desde los tiempos de Prometeo, cuando se nos ocurrió que con el fuego lograríamos emanciparnos. La industria del fuego tiene en el petróleo, como la tuvo antes en el carbón, su aliado más mortífero. Es por ello que se hace imperante prescindir de este recurso y de cualquier otro que implique combustión interna. El petróleo no sólo nos hace cada vez más dependientes de un sistema global depredador, sino que además terminará por acabar con el género humano y con todo lo que lo sustenta: la propia naturaleza.

Procurando siempre su sabiduría, me apoyé en ella para formular mis hipótesis científicas. Sobre todo, después de recibir unos extraños mensajes de seres que se hicieron más prudentes que nosotros cuando tuvieron que abandonar su planeta por el abuso de combustibles fósiles que lo dejaron completamente estéril. Un magma verde oscuro engulló toda el agua de la superficie del planeta en el que vivían.

Mis mensajeros no son marcianos, los conozco por el nombre de ostracenses, el gentilicio en castellano que han buscado para mí, recurriendo a una etimología que homenajeara a las tortugas que les enseñaron el oficio de la migración. Los ostracenses gravitan perpetuamente en el sistema solar después de haber perdido su propio lugar y, a veces, como los niños que se cuelan por debajo de las mesas, se infiltran en otros planetas para romper la monotonía de una eternidad sin hogar.

Lo que estoy por referir ya ha sido escuchado por algunos de mis estudiantes y por otros allegados. Aun arriesgándome a que, después de muerto, mi fama de loco se perpetúe, quiero dejar constancia de mi agradecimiento a los ostracenses porque sé que de algún modo ellos siguen al tanto de mí y una vez que mi cuerpo deje de sostenerme ya no sé si volveré a comunicarme con ellos.

La historia comienza así: sería un poco antes de las siete de la noche de aquel año de 1976, cuando yendo de Coro hacia el Supí, en plena carretera de la península de Paraguaná, mi picó se quedó sin gasolina. La puse en neutro y la empujé hacia el hombrillo. Extrañamente, ningún carro transitaba por allí, por lo que agradecí la oportuna retirada del sol calcinante y la entrada de la noche, preparándome para una espera prolongada. El calor me daba una tregua. Además del susurro familiar del mar y el zumbido agresivo del viento, siempre metiéndosele a uno en los oídos para quedarse en el mero tímpano, no se escuchaba nada, ni siquiera el aleteo de los murciélagos bigotudos que suelen pulular a esa hora. De pronto, una diminuta luz en el cielo que se fue haciendo un poco más ancha y brillante pareció acercarse hacía mí. Supe que no era una estrella porque su color fue transmutándose desde un rosado pálido hasta un rojo intenso, irradiando unos rayitos intermitentes que, inexplicablemente, me produjeron una profunda alegría. Por unos instantes el tiempo se detuvo, las olas enmudecieron y el viento se trocó en un airecillo helado. Como si hubiese sido sorprendido por los faros de un vagón inmenso en la profundidad de una mina, apenas atiné a parpadear. Todo sucedió en un instante y antes de que me diera cuenta acabó. El cielo se vistió nuevamente de estrellas, el mar volvió a su vaivén y el viento se reacomodó en mis oídos. En la mano ya no llevaba las llaves del carro, en su lugar sostenía el caparazón vacío de una tortuga carey.

Hacía muchos años que me dedicaba a la observación de la naturaleza pero siempre me había limitado al estudio de las plantas. Había descubierto su circularidad, la ligereza de las hojas, su negación a las formas planas y rectas, pero aún me seguía interrogando por el mecanismo de sus movimientos. La energía eólica y la solar eran ya un camino bastante recorrido no sólo por mí, sino por muchos otros estudiosos de energías alternativas. Sin embargo, el caparazón de la tortuga me colocó en otra dirección. O más bien, me hizo volver sobre aquellos imanes con los que ya yo había experimentado años atrás desentrañando las propiedades del electromagnetismo. En los próximos días me dediqué a estudiar el caparazón, lo medí en todas sus extensiones y ángulos. Evalué la hondura de su elevación, su grosor e incluso registré el color, la degradación y la repetición de la serie de sus manchas. De allí surgieron varias conjeturas prometedoras. En Coro, aprovechando las clases que enseñaba durante la semana, me acerqué hasta la Facultad de Biología, aledaña a la mía, y observé algunos ejemplares vivos. La ordinaria lentitud de las tortugas carey en tierra se disipaba en cuanto entraban al agua. Supe que eran unas nadadoras consumadas de grandes extensiones. Entonces me concentré en crear una réplica artificial que me permitió descubrir que, al llegar al agua, el caparazón prácticamente levitaba sin la necesidad de un gran esfuerzo.

No deseo explayarme en los contados encuentros que tuve con los ostracenses, gracias a los cuales pude seguir desarrollando estos estudios. Hay ciertas cosas que sólo nos conciernen a ellos y a mí. Sólo agregaré que sucesivamente me obsequiaron varias cosas. Entre ellas un trompo de madera, muy parecido a los que tenía de niño, para que evaluara su movimiento al girar sobre el pavimento de la carretera peninsular. La última vez que nos vimos me dejaron recorrer su nave espacial.

Al igual que con el caparazón, me dediqué a crear una primera réplica, una miniatura de aquella nave que, confieso, me dio mucho trabajo. Pero valió la pena. Siempre recordaré la emoción que nos invadió a todos una mañana en mi aula de clases cuando logré que la pequeña nave se elevara por encima del pizarrón en el que, minutos antes, había atormentado a mis estudiantes con un sinfín de fórmulas matemáticas.

Lo que propongo y espero legar es un objeto de navegación que a la vez sea avión, submarino, barco, automóvil y, por qué no, también podría ser una casa. Una casanave, una nave-esqueleto que como el caparazón de las tortugas de Paraguaná pueda recorrer grandes distancias sin causar ruidos, sin envenenar las aguas, ni el aire ni la tierra y que, además, sea capaz de detenerse, girar sobre sí misma y moverse lateralmente. Mi giróscopo es electromagnético. Es la antítesis de los aviones, de los cargueros, de los cohetes nucleares e incluso de los torpedos que conocemos hoy en día. Es una nave ultraliviana abierta a los desplazamientos oblicuos, siempre movida por un motor anular periférico porque jamás en el orden de la naturaleza, la fuerza se ha ejercido desde un eje central. Se trata de un objeto prodigioso porque si, de una vez por todas, asignamos al petróleo el lugar que le corresponde: el de nuestro subsuelo más profundo, la energía electromagnética o meramente magnética nos hará capaces de revolucionar el mundo de forma definitiva.

En el Partido Comunista intenté explicarles que el giróscopo era uno de los hallazgos más subversivos contra el actual orden mundial y su base energética, que sin nuevas tecnologías no cambiaríamos la correlación de fuerzas. No escucharon y finalmente me fui y armé mi propio partido. Pero, para ser franco, tampoco fueron receptivos desde la otra orilla política. Fue una infeliz coincidencia la aparición de mi giróscopo con la del boom petrolero. ¿O será que los ostracenses escogieron deliberadamente ese momento para comunicarse conmigo? Quizá temieron lo peor, no lo sé.

Ahora que reúno y acomodo todos mis papeles, que me preparo para el último trance, encuentro aquel trompo viejo y comienzo a preguntarme si las utopías no tienen que ver con la entrega lúdica de los niños. Es raro esto de ponerse viejo.

Cabure, 22 de mayo de 1991

Extraído de los manuscritos de Segismundo Garcés Acosta

Capítulo Voces, de la novela Penínsulas rotas (La moderna, 2020)

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