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Perdidos en Frog

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I

Frog es una pequeña aldea ubicada al sur de la sierra 23. El contraste entre sus suelos ardientes y sus ventiscas heladas es quizá uno de los factores modeladores de las enigmáticas costumbres de sus habitantes. Por ejemplo, en Frog es común que las chimeneas estén construidas, no a ras del suelo, sino a un metro de altura.

El pueblo de Frog o villa Frog (o incluso cantón del Frog) fue fundado por un grupo de exploradores del Cáucaso quienes, en algún momento del siglo XVIII, arribaron a las costas de la Capitanía General de Venezuela, provenientes de Curazao, con el objetivo de llegar vía terrestre hasta Cuzco. Por alguna razón desconocida: falta de suministros, de ánimo o quizá a causa de una revelación mística, se asentaron en este territorio sin nombre pero abundante en fuentes de agua y en cuevas de piedra brillante.

De ese supuesto pasado fundacional no queda mucho, salvo algunos apellidos cuya grafía concluye en –ick, –tmn o –skchy, y una palidez grisácea en la mirada. Asimismo, la altura de sus habitantes es notoria en comparación con el promedio de la población de Venezuela; igual lo es la blancura exagerada de su piel, casi rosada, como fríos embutidos sangrantes.

A lo largo del siglo XIX la villa de Frog perteneció, en décadas distintas, al estado Falcón, luego al llamado Gran Estado Centro– Norte de Occidente, al estado Falcón–Zulia, al Gran Estado de Lara y por dos meses a Portuguesa. A inicios del siglo XX formó parte del estado Loma Brava, entidad federal nunca reconocida legalmente y que fue desintegrada (o más precisamente exterminada a sangre y fuego) debido a sus pretensiones independentistas. De hecho, Frog y otras poblaciones aledañas no figuraron ni en los mapas, ni en los registros civiles de esos convulsivos años como una forma de punición de los gobiernos por reprender esa breve e infructuosa aventura que fue Loma Brava.

Durante todo el siglo XX, Frog perteneció alternativamente a los estados Falcón y Yaracuy, y en la actualidad se encuentra en la zona en reclamación que disputan ambos estados. Pero lo que realmente vale destacar de este escueto recuento es que los habitantes de Frog nunca han manifestado ningún tipo de interés por estos vaivenes jurídicos.

Hoy en día Frog es un territorio áspero y, como ya se dijo, de suelo caliente y vientos helados, lo cual influye en que sus pobladores anden arrebujados con gruesas mantas de la cintura para arriba pero con los pies descalzos y las pantorrillas desnudas. Su población la conforman unos 2.300 aldeanos; aunque se estima que apenas se ha contabilizado el sesenta por ciento de la misma, pues se cree que muchos froguenses aún viven en cuevas de difícil acceso.

Su población es mayoritariamente anciana y condenada a la desaparición si se prolonga la hermética endogamia en la que llevan sumidos toda su historia. No se conoce que tengan tradiciones culinarias, festivas o religiosas. Hablan el español de un modo característico, muy básico, y su forma más usual de comunicación es una especie de risa gutural que emplean para girar instrucciones o admirar la luna. También se dice que hablan con fluidez, pero sólo puertas adentro, un idioma que no es de raíz latina.

Su arquitectura es sencilla, con casas de bahareque y techos de teja o paja tejida. En el pueblo hay una pequeña iglesia levantada por misioneros, en la cual no se oficia misa desde el año 1884 y que ahora funge como depósito.

La gente de Frog vive del agua, que no utilizan como fuente de energía o para irrigar los escasos cultivos que tienen, sino sólo para beberla o asearse, lo cual hacen en abundancia. Cazan guacharacas y conejos. Lo único que cultivan son cebollas, tomates y algunos tubérculos; también crían cerdos, lo cual rebate la endeble tesis de que en Frog son judíos. Sus actividades comerciales se limitan al intercambio de productos entre ellos mismos, operación que realizan bajo reglas algo ambiguas; por ejemplo, el valor de cambio de un cerdo o un conejo es mayor o menor dependiendo de la nitidez de la sombra que proyecte sobre “el lienzo de intercambio” (una sábana parda que debe llevar consigo cualquier persona que quiera intercambiar un bien por otro).

Eventualmente, los froguenses realizan menudas compras en los poblados más cercanos: algunos víveres, caramelos, gasolina para los cinco vehículos que hay en el pueblo y algunos otros insumos de la industria moderna. En Frog hay luz eléctrica pero la mayoría de sus habitantes usa radios con baterías, incluso televisores que funcionan con pilas. No hay líneas telefónicas, sin embargo, la conexión satelital es muy buena, mejor incluso que en muchas ciudades importantes del país, según han dicho conocedores de la materia. Aún se conserva en pie, desteñido y oxidado, un teléfono público que nunca funcionó.

En lo referente al turismo, Frog no tiene ningún atractivo natural, histórico o cultural; es un caserío sin forma, un azar de casas, aceras y caminos de tierra que se enredan y mueren de manera imperceptible en algún punto.

En la década de 1980 Frog se puso de moda por un par de años. Fue exactamente en 1982 cuando unos ingenieros petroleros descubrieron, en las adyacencias de la aldea, un parque de armas de guerrilleros enterrado en una mina. Además de fusiles, metralletas y uniformes propios de las últimas décadas del siglo XX, lo curioso fue que se encontraron cientos de ballestas decimonónicas y al menos dos docenas de lanzas de acero pulido. Se rumora que también se hallaron algunos lingotes de oro, pero eso nunca pudo ser comprobado, o al menos quienes los encontraron nunca lo reportaron formalmente. Lo que sí es seguro es que ni una gota de petróleo o un centímetro cúbico de gas natural había en toda esa extensión.

A partir de ese curioso hallazgo armamentista se escribieron una docena de artículos sobre Frog en los ámbitos de la antropología, la sociolingüística e incluso de la parapsicología; eventualmente ello trajo un pequeño contingente de entusiastas turistas nueva era que al poco tiempo emigraron, incapaces de establecer un diálogo fructífero ni con los habitantes, ni con el clima, ni con la naturaleza de Frog. No es un lugar para vivir, en absoluto, decían.

Debido a ese brevísimo entusiasmo inicial se empezó a construir un pequeño museo en Frog, el cual no prosperó y quedó inconcluso. Dicha estructura sirve de depósito de leña para los habitantes y de refugio de perros descarriados. En Frog, valga acotar, se estima que hay un perro por cada diez habitantes, sin embargo, se cree que ninguna familia los tiene como mascotas; simplemente vagan y devoran lo que encuentran. Son como enormes ratas que limpian las calles y que se reproducen con mesura. Se trata de perros mudos, no se sabe si por alguna predisposición genética o por algún tipo de intervención quirúrgica realizada por los habitantes de Frog a estos animales.

En fin, Frog pasó de moda. La última referencia pública a este sitio fue cuando un grupo musical pop de tercera categoría dedicó una canción y un videoclip a Frog y esa palabra se volvió un eco radial durante cuatro semanas; después todo el mundo la olvidó.

Salvo las noticias ya referidas, es poco el material bibliográfico y hemerográfico que se consigue sobre Frog. En Internet hay algunas notas donde se menciona a Frog de pasada, sobre todo en alusión al armamento que se halló y a los lingotes de oro de cuyo paradero nadie supo. Los periódicos regionales no le dan cobertura. No hay noticias de ese lugar. Aparentemente nada ocurre allí, o lo que ocurre no se barniza con el cariz de la trascendencia. Se dice, por ejemplo, que si alguien roba algo (cosa que rara vez ocurre) aparece quemado como por un rayo y con las manos amputadas, sin juicios, sin quejas, sin algarabía. Claro está que esta última afirmación se basa en simples rumores de visitantes esporádicos y no en el registro de algún investigador minucioso.

Al menos desde la mirada del forastero, en Frog no hay novedades, y la ausencia de estaciones o de variaciones climáticas significativas hace que el tiempo sea eterno, lento, flojo, como un espeso plato de avena. La gente allí se muere de vieja, de hastío. Tienen un cementerio vertical, es decir, una fosa de medio kilómetro de profundidad en la que van arrojando los cadáveres a la profundidad de la Tierra.

II

Frog aparece en algunos mapas viales recientes, pero su grafía suele variar entre Frog, Frogg y hasta Frock.

Es difícil llegar a Frog sin ayuda de un baquiano o sin haber ido anteriormente y tener buen sentido de la orientación.

Se dice que la mejor forma de llegar a Frog es por error. Y así fue como llegaron Andrés y Ana. Su destino era la península de Paraguaná, pero entrando a Lara erraron la ruta y tras atravesar estrechos y oscuros vericuetos, evadiendo vacas y cabras en el camino, llegaron a Frog.

Sin importar la fase lunar, las noches en Frog siempre tienen un halo plateado. Algunos atribuyen este efecto al río Arawac que desemboca en una serie de arroyuelos silenciosos y colmados de piedras color plata que emiten un resplandor casi eterno. Durante algunos años se corrió el mito de que en Frog había minas infinitas de plata, pero esas piedras no eran más que simples rocas metamórficas y sedimentarias que juntas (sólo juntas) producían un argentado efecto bajo las aguas mansas de los fríos arroyos. De manera que una noche en Frog no es tenebrosa por lo oscura; sin embargo, es temible por lo iluminada, así que quien de noche se pierde en sus caminos tarda en darse cuenta que se ha extraviado hasta que se empieza a topar con senderos que son interrumpidos de manera abrupta por empalizadas coronadas con púas o por el muro de una casa grande, de apariencia abandonada, con un letrero que dice Museo, pero que en realidad es una casa llena de perros mudos y sin nombre.

Era su viaje de luna de miel y no habían podido estar juntos desde que firmaron el contrato nupcial en la jefatura la tarde anterior. Un viaje que prometía ser breve se había convertido en un divagar de más de seis horas. Ana sólo quería llegar a su destino final sin dar más rodeos y, a estas alturas del viaje, lo mismo le daba llegar al turístico pueblo de Adícora que a un desconocido caserío de costumbres inciertas.

En vista de que Frog no tenía plaza Bolívar, jefatura, ni otro centro neurálgico tuvieron dificultad para ubicarse, o al menos para sentir que estaban realmente en algún sitio. Dado que necesitaban de alguien que los orientara para salir del laberinto, decidieron estacionarse junto a una hilera de casas cuyo interior parecía iluminado por velones de luz trémula.

En una de las viviendas escucharon un vago rumor como de niño llorando, pero se apagó apenas se bajaron del automóvil. En esa estrecha calle había un puente y bajo éste un riachuelo que apenas sonaba, pero su agua, plateada de piedras, parecía fluir con espumosa rapidez.

Ana tenía frío y Andrés se moría de ganas de orinar. Antes de avanzar por la calzada rumbo a alguna puerta, él se detuvo tras un muro derruido, dispuesto a vaciar su vejiga. Justo cuando se comenzó a bajar el cierre del pantalón, una botella de vidrio zumbó junto a su oreja y se estrelló e hizo pedazos contra un tronco. Entre apenado y aterrado, se aguantó las ganas y se devolvió junto a Ana que estaba acostada sobre el capó del vehículo con ambas manos dentro de los bolsillos de la chaqueta y un cigarrillo en su labio, apagado.

Las puertas más cercanas no les inspiraron confianza, sobre todo por el diseño antropomorfo de sus aldabas. Así que caminaron varias puertas más antes de tocar en una puerta que carecía de cualquier tipo de adorno. Mientras esperaban a que alguien les abriera, un trío de perros se les acercó a olisquear sus pies. Si bien no mostraron los dientes, se movían en amenazadores semicírculos como el depredador que se sabe muy superior a su presa. Ana dijo que tenía miedo y frío y Andrés sonrió antes de abrigarla con un abrazo, pero temblaba de las ganas de orinar así que no fue un abrazo lleno de la seguridad y la calidez que ella esperaba de su recién esposado.

Un joven flaco y largo les abrió la puerta sin decir palabra. Luego de mirar hacia afuera, como para asegurarse de que estaban sólo ellos y nadie más en la calle, dibujó una mueca intraducible en palabras. Ana tembló un poco más en los brazos de Andrés y él sintió que una gota de orina caliente comenzaba a abrirse paso, pero logró retenerla. Una persona de sexo indeterminado y mucho mayor que el joven, salió de una habitación y fue quien atendió a la pareja.

Tanto para romper el silencio como por la salud de su vejiga Andrés preguntó si le podían prestar un sanitario y la persona dijo que no, y tras una pausa (casi ensayada) aclaró en tono áspero que estaba dañado. Cuando Andrés preguntó cuál era la forma de retornar a la carretera principal, la persona les indicó que debían seguir derecho y doblar a la izquierda en la tercera calle. Luego cerró la puerta; se escuchó que ajustaron los cerrojos por dentro.

Andrés y Ana volvieron al vehículo, rodaron un trecho y en una calle libre de viviendas cercanas Andrés se dedicó a orinar durante tres deliciosos minutos sobre las aguas del riachuelo. El chorro amarillo produjo una espuma verde que, algo compactada cual barcaza deforme, fue arrastrada con paciencia por la corriente fluvial.

Al regresar al interior del auto, Andrés notó que Ana seguía temblando de frío pese a que la calefacción estaba al máximo. Discutieron sobre la posibilidad de que se agotara la gasolina y sobre la posibilidad de que ella tuviera fiebre. Él sacó del asiento de atrás una botella cuadrada y le ofreció un trago de ron que ella despreció. Cuando reanudaron la marcha, se percataron de que un nutrido grupo de desnutridos perros los seguían a paso lento.

En la tercera calle el único desvío posible era hacia la derecha, pues no había cruce hacia la izquierda. Repitieron en voz alta lo que había dicho el viejo de la casa y optaron por seguir en línea recta hasta encontrar un cruce a la izquierda.

Avanzaron a toda marcha por la calle poblada del rumor de manantiales que corrían a velocidades distintas. Ana pidió un encendedor para prender su cigarrillo, Andrés buscó en vano en el bolsillo de su camisa, así que le indicó a su recién desposada que buscara en la guantera; ella revolvió con desespero e irritación mapas, un par de revistas, los papeles del carro y una linterna. Este periplo no tenía nada que ver con lo que ella habría esperado de su luna de miel. El desespero de ella contagió a su vez a Andrés, quien pensó en ese instante que una luna de miel era precisamente eso que estaban viviendo: el inicio del desastre irreversible en que terminan muchos matrimonios; así que no se mortificó con que el error estuvo en la elección de la pareja o en la escogencia del destino turístico, sino en el hecho de no haber calibrado el alcance inexorable del destino.

En esas cavilaciones estaba cuando se inclinó por un segundo hacia la guantera a rescatar el yesquero y de pronto un golpe contundente y seco resonó en el parachoques. Antes de erguir la cabeza frente al volante ya había frenado. El panorama seguía tan vacío como antes. Ana tembló, esta vez a causa de un frío mucho más interno como causado por electricidad, pensaba ella. Andrés se cercioró por el retrovisor de que no había nadie detrás de ellos, miró a los lados y al frente. Dijo que quizá fue un perro; se bajó del automóvil y le dijo a Ana que estuviera quieta. Le encendió el cigarrillo y conservó el yesquero con él. Al momento, ninguno se dio cuenta de que lo prendió al revés, sólo ella, más tarde, cuando la segunda o tercera bocanada le supo a plástico.

Andrés caminó hacia delante del vehículo, miró hacia el río que ahora lucía profundo, manso y refulgía en los lugares donde se acumulaban las piedras. Sus aguas parecían tan quietas que pensó que quizá podría estar congelado, y trató de imaginar cómo sería la apariencia de un río congelado en los países de muy al norte o muy al sur; soñó brevemente con una cresta de agua dulce, como una ola, congelada en el justo momento antes de caer y disolverse en espuma. Avanzó un poco más, hacia unos matorrales a la orilla del río. Vio un bulto negro y se horrorizó al pensar que se trataba de uno de los perros que los habían estado siguiendo. Temió que la manada los persiguiera para cobrar venganza. Pensó que los mamíferos son vengativos por naturaleza. Cuando se acercó más al pequeño cuerpo se dio cuenta de que no era un perro sino un niño de unos cinco años, envuelto en una especie de batola oscura, de una palidez verdusca en el rostro y con los ojos abiertos.

Andrés miró a su alrededor, luego miró hacia el auto. Ana se acariciaba el cabello y miraba hacia la distancia, hacia lo lejos, que es lo mismo que decir hacia adentro. Andrés sabía que desde donde estaba, ella no podía ver lo que había oculto entre la maleza. Andrés tocó el cuerpo. No tenía rastros de sangre, pero sí una evidente contusión tricolor en la sien. Estuvo allí un rato, de cuclillas, le tocó el pecho y el cuello para ver si detectaba alguna pulsación. No había nada que hacer, y sin embargo lo atacó el pensamiento de que ahora, desde ese instante decisivo de su vida tendría mucho, demasiado que hacer. Con los pies, porque ya no quería tocarlo más, hizo rodar el cuerpo por la pendiente. Se detuvo un rato mientras lo veía hundirse en el río que lo tragó con lentitud, y esa lentitud, pensó él, era garantía de que se hundiría bien al fondo, para siempre.

Escrutó el suelo para ver si había quedado algún rastro de la vestimenta del niño u otro objeto de éste. De regreso al auto, caminó con la cabeza gacha examinando el terreno. Aminoró el paso cuando estuvo frente al capó para mirar de reojo si había algún rastro visible de sangre, tela u otra evidencia en el parachoques del vehículo, pero todo lucía impecable.

Ana abrió los ojos justo cuando él encendió el motor. No estaba dormida sino con los párpados bajos. Andrés se limitó a decir que era un perro viejo y que mejor se iban pronto antes de que llegaran los otros. Ana se limitó a asentir con la cabeza.

Avanzaron con lentitud y con las luces del auto apagadas, en vez de torcer a la izquierda en el siguiente cruce, siguieron recto un buen trecho. Ana fingía dormir o al menos eso le parecía a Andrés.

No hablaron hasta que, después de media hora, lograron hallar una salida hacia una carretera en la que se avizoraban algunos vehículos. Se sintieron felices, pero por separado: aunque la razón de la alegría era la misma, no la compartían.

Aunque faltaba poco para el amanecer, decidieron dormir unas horas en cualquier hotel antes de seguir su rumbo.

Al bajarse del auto, Andrés comenzó a temblar como si hubiese caído en una piscina de hielo. Le pareció una eternidad el camino hacia la recepción. Ana se durmió apenas su cuerpo tocó el colchón, pero él anduvo toda la noche haciendo zapping en los canales del cable. Cuando recién había logrado conciliar el sueño, se despertó de golpe y buscó entre su ropa el encendedor. Imaginó de pronto la pieza de plástico en un laboratorio de criminalística, empapado de sus huellas dactilares y de su ADN. Buscó y rebuscó en todos sus bolsillos sin hallarlo, y cuando había tomado la resolución de ir hasta el vehículo para ver si estaba allí, Ana murmuró medio dormida que si quería fumar buscara el yesquero en su cartera. Andrés buscó y en efecto allí estaba. Sin embargo no fumó, sino que se limitó a prenderlo una y otra vez hasta que le dolió la yema del pulgar.

Ya al amanecer retomaron su plan original de ir a la posada que habían reservado cerca del mar. Las dos primeras noches Andrés no pudo tener una erección decente, pero a la tercera se reivindicó. Además de tomar sol, tomaron un curso de pesca en el que Andrés no dejaba de preguntar a los instructores el porqué los peces muertos no se hunden en el agua sino que flotan.

El regreso a su hogar fue raudo y lleno de un silencio interrumpido cada treinta minutos cuando Ana le preguntaba si él la amaba y él respondía, con los ojos fijos en la autopista, que sí.

III

Cuatro años después, mientras almorzaban en un restaurante italiano en compañía de otros amigos, Ana le preguntó a Andrés si recordaba su luna de miel. Incómodo y algo cortado, Andrés se limitó a decir que la luna de miel con ella era todos los días, sin que para ello tuvieran que viajar a ningún lado.

De súbito y en secreto, Ana le preguntó si era una hembra o un varón. Andrés palideció, pero trató de mantener la compostura.

—Siempre he estado con esa duda, pero nunca me atreví a preguntarte —añadió Ana.

Andrés respondió que no recordaba. Bebió hasta el fondo su copa de vino, y luego agregó que la verdad era que no sabía.

Un compañero los interrumpió festivamente y les dijo:

—Ya va siendo hora de que encarguen un pequeño, ¿no? —y rió.

—Sí, ya es hora –repitió Andrés sin énfasis.

Y luego la conversación derivó hacia otros temas, los precios del petróleo, los dólares falsos que andaban circulando por ahí o la clasificación de los equipos de fútbol de esa temporada.

Entretanto Ana pensaba (suponemos) que también les haría falta un perrito de mascota.

Del libro Perdidos en Frog (Libros Lugar Común, 2012)

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